Capítulo 28
Axel
A brí los ojos hace más de media hora y, desde entonces, no he movido ni un solo músculo de mi cuerpo. Sigo tumbado boca arriba, disfrutando de esta nueva sensación, la de amanecer en una cama que no es la mía, con una chica preciosa recostada sobre mi pecho.
Por una vez, no estoy pensando en ser productivo, estoy justo donde quiero estar. Siempre he sido una persona honesta, tanto con los demás como conmigo mismo, por lo tanto, no voy a empezar a mentirme ahora. Sí, Becca ha calado algo dentro de mí; puedo sentirlo y no tengo intención de huir.
Su profunda respiración me produce calma.
Se encuentra medio desnuda debajo de las sábanas, con el cuerpo totalmente relajado extendido en gran parte sobre mí.
Lo que pasó anoche lo cambió todo. Ya tenía un presentimiento, la atracción que sentía por ella traspasaba las barreras de lo físico, y nuestra actual conexión me lo ha confirmado.
Empieza a moverse desperezándose y parpadea todavía con la neblina del sueño. Alza la cabeza un poco, apenas puede ver con esa cantidad de pelo en la cara, y a mí me entran ganas de hacerle una foto y ponerla en mi pared, está realmente preciosa.
—Buenos días, Becca.
—Buenos días, Axel. —Se ruboriza al instante—. Perdona, te estoy aplastando.
—Discrepo. —Me río ante semejante ocurrencia.
—Parece que he corrido una maratón, no siento las piernas.
—Bueno…, en parte, lo has hecho —afirmo, y le guiño un ojo desde mi posición con las manos detrás de la nuca.
Anoche nos dejamos llevar y repetimos hasta quedar agotados y atrapados por el sueño.
—Qué chistoso eres por la mañana —se queja sarcástica—. Yo necesito casi una hora para ser persona, ni te cuento para pensar.
—Ya llevo un rato despierto.
—¿Y por qué no me has avisado? —dice, luego se incorpora tirando de las sábanas para taparse.
—No quería molestarte, parecías tan a gusto roncando…
—Tío, yo no ronco, no digas eso. —Abre los ojos como platos, estoy mintiendo, solo quería vacilarla un poco.
—Si tú lo dices…
Ante su cara de horror, no puedo hacer otra cosa que reírme. Cuando se da cuenta de que estoy bromeando me golpea el brazo con las mejillas encendidas.
—A lo mejor es que estás acostumbrado a dormir con chicas más refinadas y silenciosas.
—Yo no duermo con nadie, Becca —respondo, mi tono no tiene ni pizca de broma ahora—. Bueno, al parecer, contigo sí.
Me mira llena de asombro, diría que incluso algo emocionada por lo que acabo de decirle. Pero es la pura verdad, nunca me quedo a dormir después del sexo.
—¿Quieres un café? —cambia de tema radicalmente.
—Claro —acepto, me inclino hacia ella y le doy un beso en los labios antes de salir de la cama como Dios me trajo al mundo y empezar a vestirme.
Rebecca se queda en el mismo sitio, observándome.
—¿Qué pasa? ¿Te ha entrado la timidez mañanera? —me guaseo—. Si prefieres que me vaya, no pasa nada, solo tienes que decírmelo —agrego.
—¡Para nada! —dice alarmada—. Lo siento, no quería que pensaras eso. Anoche lo pasé muy bien. Y conseguiste que me olvidara del bochorno que montamos en el estadio. Gracias por consolarme, te lo agradezco.
—No fue nada, pero puedes compensarme saliendo de nuevo conmigo.
Definitivamente quiero seguir saliendo con ella. Necesito más.
—Dalo por hecho —afirma, y su sonrisa consigue atravesar todas mis barreras.
—Genial. Te espero en la cocina —le indico una vez vestido, atravesando la puerta de su dormitorio, a lo que ella asiente todavía sujetando las sábanas.
Primero voy al baño a adecentarme un poco. Es algo pequeño para compartirlo con dos personas más, pero lo tienen increíblemente ordenado y limpio. Cuando acabo, me dirijo a la cocina y me encuentro con café recién hecho, suerte la mía.
Agarro una taza extravagante que no podría estar más recargada de colores y formas y me sirvo un poco. No sé cómo le gusta a ella, así que prefiero esperarme.
—Qué bien huele, me encanta encontrármelo hecho —confiesa Rebecca al asomar por la cocina, vestida con un chándal—. Esa taza es de Amber, te queda bien.
—A ti sí que te queda bien todo. —Doy un sorbo sin dejar de mirarla.
Parece que le cuesta aceptar cumplidos, cada vez que le hago uno, mira hacia otro lado. Es absurdo, esta chica es un verdadero bombón. Solo de recordar algunas partes de nuestra noche, me pongo cachondo al instante.
—¿Cómo van tus prácticas?
Todo lo que tenga que contarme me interesa.
—Están siendo una experiencia inmejorable. Mi mentor es muy atento conmigo y el equipo de profesionales me lo pone todo muy fácil. Estoy aprendiendo mucho, pero…
—¿Pero? —Dejo los codos apoyados en la encimera, escuchándola.
—Los fondos públicos escasean y el director de la clínica, en mi inexperta opinión, claro, creo que no los distribuye como es debido —señala sonrojándose—.
Me gustaría especializarme en Gestión y Planificación de Centros, ya sabes, por si tengo la oportunidad algún día, y saber cómo repartir mejor los recursos.
—Me parece una gran idea. Eres una chica inteligente, seguro que podrías hacerlo.
—No te creas, el cerebro de mi familia es mi hermano Brad, yo más bien voy tirando.
—No te infravalores, que seas consciente de cómo funciona una clínica al completo y quieras tomar medidas al respecto, dice mucho de ti.
—Gracias.
Se le ha iluminado la cara, debería saber que es más que suficiente.
—¿Y tu proyecto? —se interesa.
—Casi acabado.
—Seguro que consigues que ese documentalista te escoja.
—Espero que sí, llevo media vida soñando con ello —le respondo entusiasmado.
Nos terminamos el café sin parar de hablar.
Me cuenta que es socia de un club de lanzamiento y, ante mi asombro, me explica todos los detalles; no había conocido a nadie con ese hobby , lo que me parece sexy de la hostia.
En mi mente, me la imagino con pantalones de cuero mientras sujeta uno de esos cuchillos en la mano y lanza a diana.
Por supuesto, le he hecho prometer que me llevará con ella a practicar y, a cambio, yo le aseguro una clase con el saco en mi gimnasio.
Le explico cómo el deporte me ayudó con el estrés y cuánto mito hay detrás de las artes marciales mixtas. Seguro que se divertiría con Thiago entrenando, él podría darle alguna clase de defensa personal, siempre viene bien saber qué hacer en una situación complicada.
No sé qué está haciendo esta chica conmigo, pero me gusta. Quiero imaginar que, si está aquí, no tiene nada serio con el imbécil ese con nombre de príncipe. Directamente no quiero que tenga nada y punto.
Pon el freno, semental.
—Por cierto, quizás no es asunto mío, pero… me siento más cómoda si te lo pregunto… —empieza, agarrando su taza ya vacía con ambas manos.
—Pregunta lo que quieras.
—¿Sales con más chicas? —dice casi en un susurro—. Quiero decir a la vez, si sueles estar con varias al mismo tiempo. ¡Dios! ¡Me estoy explicando fatal!
—Te he entendido perfectamente. —Me acerco a ella, le quito la taza de las manos, dejándola en el fregadero, y alzo su barbilla con mis dedos para que pueda mirarme bien—.
Si lo he hecho o no, no importa, porque ahora no tengo intención de hacerlo, solo quiero verte a ti. ¿Responde eso a tu pregunta?
—Sí —afirma, me pasa las manos detrás del cuello y me agacho para besarla.