Capítulo 26
Axel
N o acostumbro a pasear de la mano con una chica. Puede parecer un gesto muy pequeño en comparación con tener sexo, por ejemplo, algo que sí suelo hacer. Pero, por insignificante que sea, es sencillo y complicado a la vez.
Justo en este momento, camino hacia la salida del estadio, cogido de la mano de Becca, y no tengo el menor impulso de soltarla. Por mí, no lo haría en toda la noche. Se siente bien, cercano y agradable. Lo noto nuestro.
A lo mejor parezco gilipollas y para ella es solo eso, un gesto cotidiano.
No, estoy casi seguro de que, para ella, también se siente diferente. Tiene que serlo, cada vez que la toco, mi pecho se mueve. También pienso en ella todos los días, a todas horas.
Paramos en la puerta de los vestuarios, para esperar a Daxton.
—Oye, ahora vamos al Back a celebrar la victoria, ¿no? —propone Willow—. Seguro que los Crimson se apuntan también, hoy habrá mucho ambiente.
—¡Sííí! Me apetece mover este cuerpo. —Amber y él se chocan las manos.
Peyton y Lia también se unen a su entusiasmo, las chicas han congeniado increíble, parece que se conocen desde hace años.
—Yo prefiero retirarme y descansar —declara Rebecca moviendo los pies un poco nerviosa—. Ya he tenido suficientes emociones por hoy.
—¿Seguro? Podemos volver a casa cuando quieras —intenta convencerla Peyton—. No dejes que esa… —carraspea— que ella te dé la noche por un berrinche estúpido.
—He tenido una semana muy estresante, necesito recargar energía y descansar.
Becca les da un abrazo a todos, se abrocha bien la chaqueta y se dispone a irse, pero antes de que se dé la vuelta, vuelvo a cogerla de la mano.
—Que tengáis buena noche —me despido yo también—. Dadle la enhorabuena a Fuller de mi parte, decidle que lo veo en casa.
Nadie se sorprende excepto la chica que alza la cabeza y me mira con ojos brillantes. Por supuesto que voy a irme con ella, no la dejaría irse sola ni loco.
Echamos a andar, esta noche como tenía pensado beber no he traído el coche. Estamos algo lejos de su piso, pero la parada de bus está justo aquí.
—¿Quieres que cojamos el autobús? ¿O prefieres pedir un taxi? —le pregunto.
—¿Por qué lo has hecho?
—¿El qué exactamente? —pregunto, y entonces caigo—. Perdona me ha salido sin pensar, si prefieres estar a solas en casa no te preocupes, te acompaño y me voy.
—Claro que no, quiero que vengas conmigo, pero no quería estropear tu noche.
—No estás arruinando nada, en todo caso, la estás mejorando. Me gusta pasar tiempo contigo —le digo apretándole la mano más fuerte—. Lo hago porque quiero.
—Entonces… el bus está genial.
Quiero verle esta sonrisa todas las veces que sea posible.
Esperamos en la parada unos cinco minutos. Cuando nos subimos y acomodamos, se deja caer sobre mí. No estoy seguro de cuánto dura el viaje, entramos en un cómodo silencio mientras nos acariciamos mutuamente.
Le paso una mano por detrás de la espalda y con la otra cojo mechones al azar de su pelo.
Estoy obsesionado con el olor que desprende, es como si entrase de golpe en una floristería.
Siempre que la tengo cerca, acabo inhalándolo, a este paso acabaré comprando un champú como el suyo, solo para que no se me olvide.
Ella mira hacia la ventanilla mientras me acaricia suavemente el brazo de arriba a abajo. Una canción se filtra por los altavoces, es imposible no identificar a Imagine Dragons, sobre todo si está sonando Demons .
—¿Te gusta? —pregunto sacándola de su letargo.
—¿Perdón? —Es adorable.
—La canción —aclaro, y señalo el altavoz del techo del autobús.
—¡Ah! ¡Sí! —Se endereza dándole énfasis a la respuesta—. Es de mis favoritas, me la pongo cuando estoy alegre y cuando estoy triste, representa todas mis emociones.
—No esperaba menos de ti —le sonrío—. Tienes buen gusto para todo, a la vista está —insinúo sonriendo, y luego le guiño un ojo.
—No voy a negártelo —asegura, yo me alegro de que su picardía haya vuelto a sus ojos—. Alguna vez me encantaría ir a un concierto, siempre me quedo sin entradas. —Asiento y tomo nota. Seguro que lo pasaríamos increíble.
El autobús llega a nuestra parada, nos bajamos y Becca me guía hasta su piso, aunque ya estuve una vez cuando recogí a Willow. Siento que pasa una eternidad mientras subimos las escaleras. Ella va por delante de mí, y yo no puedo evitar fijarme en el movimiento de su culo.
Me encantaría agarrarlo muy fuerte ahora mismo.
Tengo que hacer un esfuerzo por serenarme, entre las caricias en el bus y estas vistas, se me ha puesto durísima. Cuando por fin llegamos, no sé si estoy más acelerado por la subida en sí o por ella.
—Puedes colgar tu abrigo en la percha de la entrada —me indica—. ¿Quieres algo de beber?
No, quiero morderte esa boca de una vez.
—Estoy bien así, gracias, preciosa.
Es entrañable cómo se ruboriza siempre que le suelto algún halago.
—Me gustaría terminar de ver La La Land , la disfruté mucho…
Seguro que está recordando por qué no la acabamos la última vez.
—Sí, a mí también me gustaría…, ya sabes, acabarla. —Arrastro las palabras con la voz más ronca de lo habitual.
—Puedes ir a mi habitación, es la primera en el pasillo. No tardo nada, voy a hacer palomitas.
Me giro y busco su dormitorio. El piso no es muy grande, por lo que están casi todas juntas. Es imposible equivocarse, cada puerta tiene una inicial blanca en madera pegada en la parte superior. Empujo la puerta que tiene la letra R y…
¿Estoy en un dormitorio o en una zona de guerra?
No esperaba encontrármelo como si un servicio de limpieza hubiera pasado por aquí recientemente, pero tampoco tan…, cómo decirlo, desordenado. Lo comprendo, esta chica actualmente no tiene tiempo ni para respirar, mucho menos para esto. Si me dejase, encantado le echaría una mano.
Su cuarto es femenino, huele a lavanda y contiene colores pastel, como el edredón lila de su cama, la cual no es muy grande.
También encuentro fotos de los que considero serán sus padres y un chico más alto que ella que le rodea los hombros con el brazo.
Si no fuera porque guardan un parecido más que evidente, los celos me estarían mordiendo el trasero.
Tiene más fotos con sus compañeras de piso y alguna más con la pelirroja de esta noche.
Miro en el escritorio, enterrado entre papeles, carpetas, pintalabios y pendientes.
Rebecca entra sosteniendo un bol de palomitas y canturreando City of Stars de La La Land . Le da un golpecito con la cadera a la puerta para cerrarla y de golpe se calla y se queda parada en mitad de la habitación.
Me acerco a ella frunciendo el ceño, le quito el bol de las manos y lo dejo como puedo encima del escritorio.
—¿Qué pasa?
—Estoy sufriendo el mayor ataque de vergüenza contado en la historia de la humanidad —suelta, y alza los brazos señalando la habitación—. Si mi madre lo viese me castigaría sin salir un mes.
—Por mí no te preocupes, soy consciente de que apenas descansas. Tienes demasiadas obligaciones, es normal no llegar a todo.
Agarro a Rebecca por las caderas, girándola hacia el espejo.
Tiene uno bien grande en la pared y, desde que lo he visto, mi mente ha imaginado justo esto.
Me pongo detrás de ella, nuestras miradas se cruzan en el cristal y noto como sus ojos han pasado de la vergüenza, a otro sentimiento más primitivo.
—¿Qué ves? —le susurro al oído, ladeándole un poco la cabeza y bajando por su cuello con mis labios.
—Veo… veo…
Cierra los ojos cuando le rozo el hombro con los dientes.
—¿Sí? —insisto.
—Un desastre, eso soy. Ni siquiera puedo mantener mi dormitorio decente.
Cambio una mano de su cadera a su abdomen, mientras le dejo una hilera de besos por su clavícula. Estoy tan cachondo que podría manchar los pantalones.
—Yo veo a una mujer fuerte y decidida —continúo deslizando mi mano por su hasta llegar al filo de su ropa interior.
Abre la boca para contestar, pero no articula palabra al notar mis dedos en esa zona, le estoy pidiendo un permiso silencioso para seguir por ese camino. Aprovecho su silencio para seguir hablando.
—Has conseguido las prácticas que querías, mantienes tu nota media y has buscado un trabajo para no pedir más de lo necesario. En mi opinión eres un ejemplo —zanjo, alzo la cabeza y miro al frente cuando digo esto último.
—Apenas sobrevivo, me siento como una bola gigante de estrés y ansiedad.
Me mira a través del espejo a la vez que se arquea, empujando su culo contra el bulto que me sobresale del pantalón.
Más me vale rezar una plegaria o acabaré esta noche en ridículo.
—Pues déjame ayudarte con eso.
Poso mi boca sobre su cuello y prácticamente lo devoro.
Justo después, introduzco mi mano dentro de sus bragas, palpando suavemente hasta alcanzar su clítoris. Pierdo toda la cordura que me quedaba al descubrir que está empapada, me vuelve loco pensar en lo excitada que se encuentra por mí.
Deja caer la cabeza hacia atrás y suelta un gemido en voz baja. Ha sido tan sexy que necesito oírlo de nuevo, cuantas más veces mejor.
—Axel —jadea.
—Mmm —estoy demasiado entretenido lamiendo su mandíbula—, ¿quieres que pare, Becca?
Más silencio por su parte, así que me retiro levemente y ella reacciona agarrando mi mano, inmovilizándola en el sitio.
—Ni se te ocurra parar —afirma, y sus palabras salen como una orden, exigentes.
Suelto una carcajada bien sonora, aunque la situación no tiene ni pizca de gracia, estoy ardiendo.
Comienzo arrastrando su humedad y me sirvo de ella para hacer círculos suaves sobre su centro. Ella se contonea mientras sigue deshaciéndose en mis manos.
Hostia puta, voy a atravesar el pantalón.
Quito la otra mano de su cadera y le masajeo un pecho por encima del jersey. De repente, siento la necesidad imperiosa de ver sus tetas, mi mano no consigue abarcarla y, estoy a punto de empezar a salivar como un perro.
—Más… más rápido, por… por favor —balbucea mientras se retuerce.
—¿Así?
Cambio de dedos, introduciendo dos de golpe por su húmeda ranura y utilizando el pulgar para ejercer presión en su clítoris. Lo tiene cada vez más hinchado, se encuentra cerca y yo necesito que llegue para poder deleitarme.
Empujo hacia dentro y fuera de ella, intentando hacer más y más presión en su centro a la misma vez. Si con esto no termina ella, lo haré yo. Estoy al borde de un roce más con su culo de acabar.
—¡Madre mía! ¡Axel! —gime descontrolada, entre movimientos arrítmicos, cuando estalla con el orgasmo recorriéndole todo el cuerpo.
Sigo haciendo lo mismo, pero poco a poco ralentizo mi tacto. Su respiración se va calmando, dejándose caer sobre mí.
—¿Mejor? —le vacilo entornando los ojos, dejando un beso en su pelo.
—Desde luego.