Capítulo 24
Axel
S e me están congelando las pelotas. La temperatura ha bajado drásticamente y me siento como una estatua de hielo de esas que decoran los banquetes de boda. Pero le dije a Becca que la esperaría en la puerta del Bright-Landry Hockey Center y eso hago.
Mis amigos ya han entrado, querían ir pidiendo la bebida y yo, como buen caballero, he decidido esperar aquí. Por suerte, mi tortura dura poco. Doblando la esquina veo venir a paso ligero a Rebecca, Peyton, Amber y una chica a la que no reconozco.
—Ey, gracias por esperarnos —me saluda Becca, inclinándose y dándome un beso en la mejilla, quitándome todo el frío del cuerpo—. ¿Llevas mucho tiempo aquí?, tienes la cara helada.
—Qué va, acabo de llegar.
Mentira, llevo diez minutos como poco.
—Menos mal —sonríe—. Te presento a mi amiga…
—Cara Bianchi. —Esta da un paso al frente interrumpiendo a Becca.
Vaya, qué lanzada.
No tengo claro si ofrecerle la mano, su actitud parece un poco hostil, pero a la vez muestra una sonrisa de lado a lado, haciendo acopio de sus encantos. Es una chica alta, con el pelo color fuego y los ojos verdes, parecidos a los de Amber, pero más apagados.
—Encantado, soy Axel Ward —la saludo finalmente desde mi sitio, me parece formal ofrecerle la mano y demasiado íntimo darle un beso.
Me da un repaso de arriba abajo y siento como si me estuvieran haciendo un escáner y pudiera ver dentro de mi interior, es un poco escalofriante.
Me fijo rápidamente en su atuendo, sí, resalta su físico, pero no creo que un vestido sea la elección más adecuada para un estadio de hockey, le van a castañear los dientes.
Saludo también a las chicas, que están bastante calladas, el ambiente está un poco enrarecido. Después, nos ponemos en marcha y me siguen hasta el interior. Les indico dónde pueden encontrar los baños, por si necesitan ir en algún momento y hacemos la primera parada en la barra.
—¿Quieres una cerveza? ¿Algo de comer? —le ofrezco a Becca.
—Pues… estaría genial una cerveza y un perrito, sin mostaza, por favor.
Cada vez que me mira, me quedo un poco más enterrado en sus ojos.
—Para mí lo mismo —añade Cara.
Me ha pillado por sorpresa, solo tenía pensado pedir lo de Rebecca.
—Chicas, vosotras ¿queréis algo?
Qué menos que preguntarles a las demás, ya puesto no voy a excluirlas.
—No te preocupes, estamos eligiendo, ya pedimos para nosotras —me indica Peyton un poco tensa. Amber asiente a lo que ha dicho ella.
Solo tardan unos minutos en traernos todo, lo cogemos y vamos a nuestra fila. Nuestros asientos son de los mejores, las entradas las ha cogido Dax.
Saludamos a Lia y Willow y nos acomodamos. Estamos sentados justo detrás del plexiglás, entre los banquillos y la portería, desde aquí se ve todo increíble.
—Eh, un brindis por Fuller —dice Willow alzando su cerveza, y los demás le imitamos—. Pienso gritar tan alto que voy a dejar sordos a los de Maine.
—Compórtate —le pide Lia brindando con él—. Bueno, mejor no, ¡vamos a darlo todo!
Cara no muestra muchas intenciones de relacionarse con mis amigos. Nos dedica una mirada de superioridad, está sentada rígida como una columna.
Las luces se apagan, dando paso a las presentaciones de los equipos.
Aunque se trate de la liga universitaria, siempre son un espectáculo.
La música suena a todo volumen y los jugadores empiezan a salir por el túnel entre luces rojas parpadeantes.
Uno a uno, se deslizan por el hielo hasta formar una línea en el centro, dejando en último lugar la salida triunfal del capitán de los Crimson, nuestro Daxton.
Si ya de por sí es imponente, con las protecciones parece una verdadera bestia.
El público lo recibe entre rugidos desde las gradas, mientras sus cuchillas suenan contra el hielo.
Después salen los Black Bears, el equipo rival de la Universidad de Maine.
Durante los primeros veinte minutos, tanto yo como Peyton, que para sorpresa de todos es experta en hockey, le contamos a Rebecca cómo funciona.
Ella se deja llevar por completo y se convierte en una verdadera fan, gritándole al árbitro, levantándose todo el rato del asiento y golpeando el metacrilato.
Suena la bocina dando por terminado el primer periodo y empieza el descanso de quince minutos. Pero antes de que nos levantemos a estirar las piernas, un jugador de Maine se acerca patinando hacia donde estamos sentados.
Se queda mirando a las chicas, dando toquecitos al cristal son su stick .
—Princesa, ¿quieres que te dedique mi próximo gol?
¿A quién cojones llama el mierda este «princesa»?
Las chicas se miran entre ellas confundidas, menos Cara que esboza una sonrisa espléndida que derrocha seguridad y soberbia. Obviamente, no tiene dudas de que el idiota se refiere a ella. Por mí, estupendo, porque no tengo ganas de que me echen del estadio.
Cuando la pelirroja está a punto de abrir la boca, aceptando el cumplido, el jugador señala directamente con el dedo a Peyton. Me relajo, porque tenía el cuello tan tenso que seguramente se me nota la vena que lo cruza.
—Deberías centrarte más y dejar de decir tonterías —le contesta Peyton con desagrado—. Por lo que veo vais perdiendo.
—Por ti, subiré el marcador a nuestro favor, ya lo verás.
El chico se retira patinando hasta la otra punta de la pista, mirando hacia atrás con una sonrisa bravucona. Busco a Fuller con la mirada y lo encuentro bebiendo agua, agarrando la botella tan fuerte que tiene los nudillos blancos.
A la amiga de Becca le cambia la cara por completo, sus ojos echan más fuego que el color de su pelo. Me levanto y Rebecca se queda haciéndole compañía, sacándole algo de conversación.
Vuelvo con varias cervezas en las manos para quien quiera y justo acaba el descanso. Los Crimson están haciendo muy buen partido. Nunca le había prestado atención al hockey, pero desde que llegué a Harvard y conocí a Daxton, me volví un experto y el mayor aficionado.
Todo transcurre sin incidentes hasta que le dan un golpe tan grande al plexiglás, que el metacrilato retumba como si fuera a partirse. Me ha pillado desprevenido, estaba escuchando una historieta de Willow mientras tenía la mano apoyada en el muslo de Becca, dejando mi mente vagar en la nada.
El sonido ha venido del jugador de antes, el que intentaba flirtear.
Fuller lo ha estrellado tan fuerte que el pobre chaval tiene que sentirse como un animal atropellado.
Noto que mi amigo le masculla algo entre dientes.
El árbitro no le ha pitado nada a Dax, los de Maine se enfurecen por lo que ha pasado y el partido se vuelve más despiadado.
—Vaya, no sabía que era tan agresivo en el hielo —comenta Becca.
—Por lo general no lo es, es el capitán, suele mantener la calma —le explico—. Le habrán tocado los cojones esta noche. —Ella parpadea, sorprendida.
Cuando estamos en el tercer y último periodo del partido, Cara se levanta y mira con desdén a Rebecca.
Esto no me gusta…
—Me voy, estoy aburrida. Este juego es una estupidez y son un puñado de bárbaros —afirma con los brazos sobre el pecho antes de darse la vuelta.
Mis amigos están perplejos. Lia conecta su mirada con la mía y frunce el ceño como queriendo preguntarme qué ha sido eso, y yo muevo la cabeza en negación porque tampoco entiendo nada. En cambio, Amber y Peyton no muestran confusión alguna, esta última pone los ojos en blanco y la rubia resopla.
—¿Qué? Pe… pero… ¿por qué? —balbucea Rebecca.
Se levanta y echa a andar detrás de su supuesta amiga, palabra que estoy empezando a cuestionar en lo poco que la conozco.
—Ahora vengo —le digo a nadie en concreto. Lo que quiero es saber qué está pasando, y cuanto antes mejor, no me ha gustado ni un pelo lo que he visto.
Salgo de las gradas, las he perdido de vista, han acelerado mucho. Voy por el pasillo que da a la salida del estadio y allí, antes de girar la esquina, oigo voces. Me paro y saco la cabeza con cuidado, espiar está mal, pero me resulta violento salir ahora.
—No me has prestado atención en toda la noche —le echa en cara la pelirroja.
—No sé por qué dices eso, todos estábamos viendo el partido y comentándolo.
—No, a mí me has ignorado especialmente —le debate—. Solo tenías ojos para el tío ese y tus amiguitas. —La última palabra le sale con desprecio.
Rebecca se queda en silencio por un momento, su expresión dolida me da ardor de estómago, esta tía es una imbécil.
—Me gustabas más antes, cuando te preocupabas de tus amigos.
Se está comportando como una niñata con una rabieta.
—Ahora me estás cabreando de verdad, estás siendo muy injusta —responde Rebecca, que se ha puesto muy seria—. Todo esto no será porque el chico ese no estaba ligando contigo, ¿no?
—¿Por quién me tomas? —contraataca, resulta que ahora se hace la ofendida—. No me importa el mal gusto que gastan algunos, ya sabemos lo corriente que es Peyton, no hace falta que la pongamos en evidencia.
—¡Ahora sí que te has pasado! Ella nunca se ha portado mal contigo, y sobre todo jamás habla mal de ti. Tienes que parar, escupes veneno como una víbora y no pienso aguantarlo.
—Me largo, nunca te pones de mi parte. Y no sugieras acompañarme, quiero estar sola.
Zanja la conversación saliendo a paso rápido en dirección a la calle, dejando a Rebecca ahí plantada.