Capítulo 23
Rebecca
E l viernes por la tarde llego a casa derrotada. Parezco una cáscara de plátano en el Mario Kart, pero con menos color.
Me descalzo y recuerdo por millonésima vez que tenemos que comprar un zapatero para la entrada. Llevamos años quitándonos los zapatos nada más entrar en el piso, es un pacto para no ensuciar, pero ninguna de nosotras ha dado el paso de comprar uno y hacernos la vida más fácil.
Cuelgo el abrigo en la percha y dejo las llaves en uno de los cuencos que tenemos sobre la repisa de la pared. Con la mochila en una mano y los dichosos zapatos en la otra, voy a mi dormitorio. El cual se podría confundir con unos almacenes en rebajas, es todo un caos.
Qué agobio.
Mi croquis de organización semanal parecía perfecto, pero olvidé meter la limpieza de esta habitación y cuidar un poco más de mí misma, porque en la nevera me queda un tomate, crema de cacahuete y tres huevos.
¡Tristísimo, espabila!
Vale, vale, solo tengo que ponerme un poco más las pilas. Yo puedo.
Suelto todo de cualquier forma y le escribo un mensaje a Cara para preguntarle si no le importa que quedemos en mi casa. Prefiero estar en mi sofá y no tener que arreglarme para salir, además, hace un tiempo de perros, aquí estaremos más calentitas.
Últimamente, solo nos vemos en los intercambios de clase, tengo mucho que actualizarle, aunque sí sabe que tengo un trabajo nuevo.
Me responde al momento diciendo que no le importa y que ya viene para acá. Como no tengo comida, pediremos algo a domicilio, eso no entra en mi plan de ahorro, pero un día es un día y hoy me lo merezco.
Voy al baño, me lavo los dientes y me doy una ducha exprés. Mis compañeras no llegarán a casa hasta más tarde, hoy tenían planes, como casi todos los universitarios un viernes noche, claro.
Me parece excesivo colocarme el pijama, así que opto por un chándal, pero de los bonitos, no de los andrajosos que utilizamos cuando estamos revolcándonos en nuestra propia tristeza o en la semana premenstrual.
Justo cuando he acabado, llaman a la puerta.
Abro y mi sonrisa se ensancha cuando veo que mi amiga viene con bolsas, de las que reconozco la etiqueta, son de mi restaurante de sushi favorito.
—¡Ay, Cara! ¡Has traído la cena! —Pego un chillido de colegiala—. Estás en todo como siempre, te adoro.
—Por supuesto, ¿por quién me tomas? —bromea, y hace un gesto con la mano al aire—. Suponía que tu frigorífico estaría en alerta roja.
También se ha acordado de traer vino, a mí me gusta más la cerveza, pero a caballo regalado no le mires el diente. Colocamos toda la comida en la mesa baja delante del sofá y sirvo un par de copas. Ambas nos acurrucamos con mantitas. Es un plan perfecto.
—Bueno, querida, cuéntame qué te tiene tan ocupada como para no poder verme —dice, señalándome con su copa en la mano—. Ponme al día.
—Un cúmulo de cosas: las clases, las prácticas en la clínica, el nuevo trabajo en la asociación y… —hago una pausa dramática— he conocido a un chico.
—Sí, a Eric —afirma.
—No, a otro.
—¿Otro? Qué raro, no es muy propio de ti. —Chasquea la lengua y tuerce los labios hacia abajo—. Ya sabes, eso de estar con dos a la vez.
—¡No estoy con dos a la vez! Con Eric la cosa no avanzó, estuve en su casa ayudándole a estudiar, no sucedió nada más, encima él había quedado esa misma noche y ni siquiera tenía pensado cenar conmigo.
—Ah… ¿No te ha vuelto a hablar o decirte de quedar? —Su expresión mientras tanto es totalmente neutra, siempre se pone rara cuando hablamos de Eric.
—La verdad es que no —le cuento, subiendo las piernas y cruzándolas debajo de mí—. Creo que todas supusimos que le gustaba más de lo que era en realidad.
—Habla por tus amigas, yo no me fiaba de él, es un deportista universitario y tampoco es que tenga fama de monógamo.
Siempre intenta competir con Amber y Peyton.
—De todas formas, eso, que he conocido a alguien. Bueno, ya lo había visto antes, se llama Axel. Fue en la fiesta en la que estuvimos en aquella hermandad —le relato.
Mientras me termino el vino, le cuento cómo sucedió todo. La invitación a su piso, que coincidía con el mismo día en que fui a la residencia de Eric; cómo básicamente este pasó de mí y, finalmente, que acabé en casa de Axel y que nos besamos.
Ella no interviene, solo golpea el cristal de su copa un par de veces con las uñas, da un delicado sorbo y por fin decide hablar.
—Me podrías haber invitado a mí también.
No me esperaba esa respuesta. No me puedo creer que de todo lo que le he contado se quede con eso.
—Técnicamente nos invitaron ellos por un favor que les hizo Amber. —Conforme me mira con cara de disgusto, me estoy empezando a sentir mal—. Y yo se supone que no iba a ir, sucedió de un momento a otro…
—Ya, entiendo.
Para nada lo entiende.
—En fin, Axel me ha dicho que vayamos a un partido de hockey en Harvard mañana, juega su compañero de piso, ¿quieres venir?
—Si no molesto…. —arrastra la palabra mientras lo dice.
—¡Claro que no! —Dejo la copa vacía en la mesa—. Si vienes podrás conocerlo, me hace ilusión presentártelo. Tengo un presentimiento, aunque haya pasado poco tiempo, pienso en él de forma distinta a la habitual, ¿sabes?, es más intenso.
—Está bien, iré, no tengo planes mañana.
Ha sonado pedante. Podría decirme que le hace ilusión venir conmigo y no hacerlo parecer un descarte porque no tiene nada mejor que hacer.
Este año mi relación con Cara está cambiando de forma radical. O antes ella no era tan así o yo no me daba cuenta. Me gustaría que fuese la primera opción porque, la verdad, estoy empezando a hartarme de sentirme mal.
No me parece razonable en una amistad que yo tenga que medir mis palabras y en cambio ella pueda soltar todo lo que le apetezca como si nada. Prefiero creer que ya se le pasará y quedarme con cosas como la cena que me ha traído.
—¿Y tú? ¿Qué tal estas semanas? —cambio de tema.
—Como siempre, aburridas, estoy empezando a cansarme de esta ciudad, ya no le veo el atractivo. Estoy pensando en pedir un traslado a Nueva York, tiene mucho más que ofrecer y también vería más a mamá y papá.
Cara sigue hablando y despotricando sobre sus prácticas y los tíos con los que queda. Todo le parece insuficiente y frustrante. También está el tema de sus padres, un poco tabú, ya que la dejan tirada constantemente; tienden a sacarle planes que luego jamás cumplen.
Un par de horas después, nos hemos bebido la botella y terminado la cena. Cara se levanta y va directa a por el abrigo.
—Ha sido un placer disfrutar de tu compañía, pero me marcho ya, he quedado —anuncia, qué misteriosa está.
—¿Quién es el afortunado?
—Nadie. —Su respuesta es algo tajante y evasiva—. No lo conoces y tampoco creo que merezca la pena conocerlo —suelta en una risita.
—No condenes al pobre chaval todavía, dale la oportunidad de no ser un fracaso —le digo de forma bromista.
—Sí, sí, bla, bla —se despide, coge su bolso y me mira abriendo y cerrando la mano imitando una boca hablando—, nos vemos mañana, amore mio .
Cierro la puerta y recojo todos los envoltorios vacíos de comida, friego las copas y apago todas las luces. Mi cama me está llamando como un canto de sirena. Aunque el sueño me atrapa, tengo una molesta sensación de que estoy olvidando algo importante.