Capítulo 20
Axel
T odavía no puedo creerme que ella esté aquí, en mi piso, siguiéndome a mi habitación. Había perdido toda esperanza de que viniera. Si lo hubiera sabido, ni siquiera hubiera tenido aquel desliz con Evelyn la otra tarde.
Lo hice porque quise y me apeteció en ese momento. Pero fue un acto de coraje, estaba enrabietado conmigo mismo porque Becca no me respondía a los mensajes, estaba seguro al cien por cien de que no vendría hoy.
Cuando ha aparecido en mi cocina me he quedado perplejo, pero al volver a ver esos ojos color arena, sabía que no la dejaría ir a ninguna parte.
Seguro que estaba con el idiota de la otra vez, el caballero de brillante armadura. Pues de galán no tiene nada, si finalmente ella ha acabado aquí y sin cenar.
Gracias, tío, por dejarte en evidencia tú solo y facilitarme el trabajo.
Por lo general no traigo a chicas aquí, salvo alguna excepción. Soy demasiado quisquilloso con mi espacio, sin embargo, las grandes batallas requieren grandes esfuerzos, y Becca lo merece.
Abro la puerta de mi habitación y la invito a pasar.
—Ponte cómoda, no te cortes.
Eso no ha sonado como yo pretendía; bueno, en mi mente pretendo muchas cosas, pero no es necesario que sea tan transparente. Ella se pasea por el dormitorio observando todo lo que tiene a su alrededor y deteniéndose en las fotos que tengo colgadas encima del escritorio.
—Axel, son increíbles —afirma, antes de acercarse un poco más para verlas bien—. Parecen profesionales.
—Son de mi madre, es fotógrafa. No le gusta encasillarse en un material específico, así que trabaja para todo tipo de reportajes.
—Es una artista, son preciosas.
Soy muy consciente de lo talentosa que es, pero me llena de orgullo escucharlo.
—Tú también eres preciosa.
Joder, no pretendía decirlo en voz alta, aunque su expresión ruborizada ha merecido la pena. Se da la vuelta, da algunos pasos y mira la cama de matrimonio como si no supiera qué hacer exactamente.
—Puedes sentarte ahí, es más, debes hacerlo —la animo—. Te prometo que merecerá la pena. —Ella me mira algo recelosa sin entender muy bien qué pretendo.
Rebusco en mi mesita de noche y saco un mando. Me descalzo y ella hace lo mismo. Ambos nos subimos a la cama y nos acomodamos contra el cabecero. Tengo gran variedad de cojines, paso bastante tiempo aquí metido y me gusta estar lo más cómodo posible.
—¿Estás preparada?
—Estaba lista para muchas cosas esta noche, aunque te aseguro que para esto no. —Se ríe, y yo acabo de darme cuenta de que podría hacerme adicto a ese sonido, y más aún a la cara risueña que pone al hacerlo—. Todavía no me queda claro qué estamos haciendo.
—Estás a punto de descubrirlo.
Pulso el botón dándole un poco de expectación al asunto, meneando el mando como si fuera una varita mágica.
La lámpara de mi techo emite una luz verde y empieza a deslizarse un panel blanco hacia abajo.
—Pero ¡qué pasada, es un proyector! —Su entusiasmo es contagioso—. Tienes tu propio cine montado en casa.
—El año pasado gané un concurso de escritura e invertí el premio en esta maravilla. ¿Te gusta entonces?
—¡Mucho! ¿Qué vamos a ver?
La pantalla, totalmente deslizada, se encuentra a una distancia perfecta para disfrutarla. Abro las aplicaciones de streaming , tenemos mucha variedad para elegir.
—Elige, pondremos lo que quieras —digo cediéndole el mando.
—No, prefiero que lo hagas tú, eres el experto —niega, y me lo devuelve.
—Está bien, tú lo has querido, no vale arrepentirse.
Me mira haciendo gestos cómicos con los morros y a mí me surge un impulso voraz de morderlos.
Contrólate, hombre.
Es difícil teniéndola tan cerca, no sé cómo voy a poder comportarme. Aunque más me vale, lo último que quiero es espantarla.
Miro en varias plataformas hasta que encuentro justo lo que busco. Podría ponerle uno de mis documentales favoritos, pero quizás otro día, si es que hay otro día. Hoy prefiero intentar llegar hasta ella, que entienda por qué me apasiona tanto este mundo.
También quiero que lo disfrute, así que creo que esta opción es más adecuada. Clico sobre la película y sale la presentación en el proyector.
— La La Land —pronuncia—. ¿Un musical?
Me encanta lo curiosa que es.
—Ajá, ¿la has visto? —Espero que no, o me destrozará el factor sorpresa—.
Se llevó seis Oscar, cinco Globos de Oro y cinco Bafta.
Pero no la he elegido por el glamur de los premios, sino porque los merece de verdad, tiene un trabajo detrás espectacular.
Su dirección, interpretaciones y banda sonora son increíbles.
—No la he visto, pero me encanta Ryan Gosling y me fío de tu criterio.
Y a quién no le encanta Gosling…
Le doy al play y empiezan a sonar los primeros acordes de Another Day of Sun , la canción abre la película con una coreografía en masa en medio de un atasco de Los Ángeles.
—Puedes tumbarte, estás en tu casa. —Quiero que se relaje, sin más pretensiones—. Si te apetece algo para picar o beber, puedes decírmelo.
—Estoy genial, pero gracias.
Tímidamente se recuesta un poco más, deslizando su cuerpo por la cama y dejando caer la cabeza en los cojines. Decido quedarme un poco más erguido, prefiero evitar el contacto y las sorpresas.
Casi dos horas después, casi hemos terminado la película, solo nos falta el gran final.
He visto a Rebecca abrir los ojos sorprendida, emocionarse, gritarle al proyector, bailotear al ritmo de la música y llorar.
Hemos tenido que pararla más de seis veces.
Ella odia no enterarse bien de lo que está pasando y yo adoro comentarlo absolutamente todo.
También hemos hablado un poco más de nosotros, la universidad, su hermano, mi padre, etc.
No sabría calificar esta sensación tan agradable que me hace sonreír sin planearlo.
Por lo general, no suelo profundizar cuando quedo con una chica, a ellas nunca les ha interesado saber más allá de lo que ven, y a mí no me ha nacido intentarlo, con satisfacernos y pasar un buen rato siempre ha sido suficiente.
Con Becca algo ha cambiado, todavía no se ha ido y ya quiero repetir.
Durante la película, mi cuerpo empezó a ser consciente del contacto directo que tenía con el de Rebecca, quien ahora yace totalmente relajada a mi lado. El resultado era predecible, una tienda de campaña como un demonio y unos pensamientos intrusivos que podrían asustar a un actor porno.
Me permito mirarla, embelesado.
— Es mágica .
Ha sido apenas un susurro, pero estoy seguro de que ha hablado en otro idioma. Creo que en español.
—¿Qué ha sido eso? —le pregunto en voz baja y tierna.
—No me he dado cuenta —se sobresalta—. Es mi idioma materno, mi padre es estadounidense y mi madre española. He dicho que es mágica.
—Eso me parecía. No hablo español, aunque me sonaba la entonación de la palabra —afirmo, y siento mi voz más profunda de lo normal—. Es alucinante, te envidio.
No puedo soportarlo más, estoy obsesionado con sus ojos, sus labios y su cuerpo desde la primera vez que la vi. Llevo horas haciendo un esfuerzo titánico por no cagarla, pero ya es insostenible.
—Becca…
—¿Sí?
Pero no le respondo con palabras.
Me inclino hacia ella, apoyando un brazo al lado de su cabeza y posando una mano en su cadera, la miro fijamente y estrello mis labios en los suyos.
Joder, he sido demasiado invasivo, demasiado rudo.
He intentado evitarlo, pero no me importa fracasar si la recompensa es el sabor de sus labios. Son carnosos y dulces, con aroma a cerezas, seguramente del cacao que siempre utiliza.
Poco a poco suavizo el beso, tratando de no parecer un perro hambriento, pasándole la lengua por el labio inferior.
Estoy a punto de apartarme y pedirle perdón de tres formas diferentes, pero ahí está, justo lo que necesitaba para saber que no estoy loco, que esta atracción es mutua.
Ella me corresponde al beso y alza sus brazos lentamente, colocando las manos alrededor de mi nuca, emitiendo un suave ronroneo que puede ser el detonador de mi débil cordura.