Capítulo 19
Rebecca
Vuelvo a comprobar la dirección que me ha mandado Amber. Cuando he salido de casa de Eric, después de una experiencia bastante decepcionante, he llamado a un Uber y me he plantado aquí. Estoy justo delante de la puerta, lo único que tengo que hacer es llamar.
Remuevo los pies una y otra vez dentro de mis botas, arrepintiéndome de haber elegido una ropa tan cómoda. Se supone que iba a pasar una noche de estudio en una casa y no en un piso con personas que no conozco de nada.
Estás diciendo tonterías, a ti no te importa la ropa.
Es verdad, parezco idiota dándole importancia a esto. Toco el timbre y espero.
No escucho nada de ruido al otro lado y están tardando más de la cuenta en abrirme. Es imposible que me haya equivocado, lo he mirado cuatro veces.
Al cabo de un momento, detrás de la puerta aparece una chica rubia, un poco más alta que yo, tiene unos brillantes ojos color miel.
—¿Puedo ayudarte? —pregunta extrañada al verme ahí plantada en silencio.
—Em, sí —reacciono, me llevo la mano al cuello y me aclaro la garganta—. Soy Rebecca, me han invitado a venir con Peyton y Amber.
—¡Ah! Sí, sí, pasa —me pide, abriendo del todo y empezando a caminar por el pasillo—. Yo soy Lia, sígueme. Tus amigas son geniales —añade—. ¿Vivís las tres juntas?
—Sí, compartimos piso cerca de la BU.
Llegamos a la cocina y ahí está él. Sentado en la ventana, apagando un cigarro mientras echa el último aliento de humo en dirección a la calle. Todavía no me ha visto, está absorto en su tarea. Me fijo en toda su figura y un cosquilleo traicionero me recorre la columna.
Aquí solo están Lia y él, lo que me hace sentir fuera de lugar. A lo mejor, los demás ya se han ido y se han quedado solos aposta. Joder, encima les estoy interrumpiendo. Voy a matar a Amber por no avisarme.
—Em, Axel, tienes visita —le informa la chica.
Alza la vista hasta mí y me quedo congelada. Es obvio que no me esperaba, y menos a estas horas. Empiezo a pensar que esto ha sido un tremendo error.
—Becca, has venido —dice, y su sonrisa es tan grande que me tranquiliza.
Escuchar ese diminutivo de mi nombre se está convirtiendo en una tortuosa adicción.
—Al final me ha sobrado tiempo y he pensado en pasarme. ¿Dónde están los demás? ¿Ya habéis acabado?
No articula respuesta, se queda ahí plantado, mirándome como si se hubiese olvidado de cómo responder. Su amiga parpadea y nos observa.
—Acaban de irse hace diez minutos. Han decidido beber algo más en un bar. —Bendita sea por arrojarme algo de claridad.
—Ah, vale, decidme dónde es y voy para allá.
Está claro que aquí estoy sobrando. Que los demás se hayan ido y ellos sigan aquí me hace pensar que les estoy jodiendo los planes.
—No hace falta, te acompaño —dice Lia—. Deja que coja mi abrigo.
—Gracias, pero no quiero molestar, puedo ir sola.
—¿Molestar? —responde confusa.
Se queda quieta con su chaqueta en la mano, mirándome. Hasta que tiene un momento de claridad y entonces empieza a reírse como una loca.
—Axel y yo estábamos recogiendo un poco antes de unirnos a los demás. Para tu información tenemos la misma química que dos animales de diferentes especies intentando aparearse —aclara, y luego sigue riendo.
El alivio inunda mi estómago como si se tratara de un líquido sustancial y real. Estaba experimentando una mezcla de vergüenza y ridiculez.
—En ese caso, podemos irnos cuando quieras —afirmo, agarrando la bufanda que todavía llevo puesta.
—O puedes quedarte, si te apetece.
Su voz por fin ha hecho acto de presencia y mis piernas acaban de convertirse en gelatina. Axel se levanta, deja el cenicero a un lado y cierra la ventana. Vuelve a girarse y da unos pasos lentos hacia mí.
—Había pensado en quedarme en casa. Puedes quedarte aquí conmigo, si quieres. —Mis entrañas me susurran que acepte su invitación.
Ahora Lia sí que parece realmente confundida.
—Yo… yo… —Mi cerebro ha olvidado cómo utilizar las cuerdas vocales.
Abro la boca para intentarlo de nuevo, pero mi barriga suena de tal forma que los presentes en la sala han tenido que escucharlo.
Axel frunce el ceño y cruza los brazos por el pecho. Erguido en toda su estatura, tengo que obligarme a levantar un poco más la cabeza para mirarlo a los ojos. Es posible que tenga un hilo de baba cayendo por mi comisura en este momento. Me parece tan atractivo que es injusto.
—¿Has cenado?
Me recuerda a mi padre cuando quiere que confiese algo.
—No, pero…
—Entonces te preparo algo, no puedes estar sin comer a estas horas.
—Creo que aquí se ha tomado una decisión —aclara Lia. Cuando quiero responderle, ya se ha abrochado el abrigo y está de camino a la salida—. Que lo paséis bien —comenta en tono guasón justo antes de cerrar la puerta.
—No es necesario, de verdad… —Mi estómago vuelve a sonar, dejándome en ridículo—. Vale, sí, a la mierda, tengo hambre, necesito comer.
Axel empieza a reírse fuertemente ante mi ataque de sinceridad y yo reacciono dándole un golpe juguetón en el brazo. Pero preferiría no haberlo hecho, ahora sé lo que se siente al tocarlo físicamente y tengo la sensación pegada a la piel.
Y a las bragas, para mi vergüenza.
Este tío consigue que me deshaga con su mera presencia.
—¿Te apetece un burrito? Sé hacerlos de carne con verduras —me ofrece, completamente ajeno al hilo de mis pensamientos—. Tengo nachos con guacamole para acompañar.
Sííí, me apetece un burrito de carne… y un poco de él…
¡Oh, por Dios! Necesito que se calle o no podré sacarme la imagen de la cabeza. No entiendo qué me está pasando, serán las hormonas. Sí, eso, seguro que estoy ovulando y me está subiendo el calor corporal.
—¡Oye! No pongas esa cara. No soy el mejor cocinero, pero te prometo que me defiendo bien.
Se ve que he asentido porque ya está manos a la obra cogiendo los ingredientes.
—Confío en ti —respondo cuando por fin vuelvo de las profundidades de la estupidez.
Tomo asiento en un taburete pegado a la pared junto a una barra que hace de mesa. Ya me encuentro más relajada, más yo, y empiezo a hablar sobre cualquier tema que me viene a la cabeza.
Axel termina y me sirve la cena. Prepara un bol de nachos enorme, imagino que él también piensa coger alguno, y después coge una cerveza del frigo antes de arrastrar una silla para sentarse junto a mí.
—Los responsables de la clínica están siendo muy amables conmigo, estoy enfocada al máximo en sacarle todo el partido posible a las prácticas.
Cada día tengo más claro que quiero especializarme en Gestión de Centros.
Me interesa todo lo relacionado con la planificación que hace posible que un lugar así funcione.
—Hago una pausa y le doy un bocado al burrito, seguido de otro y… otro—. ¡Dios mío! Está buenísimo.
Me mira completamente satisfecho, levantando la comisura de su boca por un lado. Le da un trago a su cerveza y yo no puedo evitar fijarme en cómo se mueve la nuez de su garganta cuando traga.
Ante su silencio me doy cuenta de algo.
—¡Madre mía! Llevo media hora hablando sin parar, lo siento. —Me enderezo en la silla, sintiendo la rigidez en mi cuello—. Tiendo a hablar de más, de verdad, no soy tan egocéntrica como parezco.
—No te disculpes, estoy disfrutando de tu entusiasmo. —La sinceridad que desprende al decirlo consigue que me relaje—. Además, no soy el más indicado para juzgar el ego de nadie. A veces, saco el mío a pasear y no me doy cuenta de que ha ocupado gran parte de la habitación.
—En serio, sé que soy demasiado intensa, no te he dejado decir nada. No lo hago adrede, pienso en algo y me posee la incontinencia verbal.
Suelta una carcajada sin dejar de mirarme. Sé que su reacción no debería sorprenderme, pero todavía llevo inseguridades pegadas a la piel.
—Nunca permitas que nadie te diga lo que tienes o no que decir. Hay personas tan ignorantes que necesitan apagar la voz de los demás para así poder resaltar ellos.
Algo se ha movido en mi barriga y no ha sido la cena que acabo de comerme. Su expresión es atenta y comprensiva, tan agradable como si me rozara el primer rayo de sol del día.
—¿Has terminado? —Señala mi plato y yo asiento en respuesta.
—Bien, ven por aquí, quiero enseñarte algo.
Se levanta arrastrando la silla y sale de la cocina. Lo imito, dejo los platos en el fregadero y lo sigo por el pasillo hasta que llegamos a su habitación.