Capítulo 17
Rebecca
H ace mucho tiempo que no utilizo gafas para hacer esto, y me refiero a lanzar. El único equipo que llevo son botas, por seguridad el zapato siempre debe ser de tipo cerrado. Y suelo escoger ropa cómoda y flexible que me permita el ágil movimiento.
¿Es posible sentir la adrenalina por las nubes y a la misma vez una calma absoluta? Yo digo sí, porque es justo lo que siento en este momento.
Me invade la emoción cuando saco un cuchillo de la funda, por lo general llevo colocado un cinturón en la cadera donde guardo varios arrojadizos. No son cuchillos ordinarios, están hechos especialmente para lanzar, son alargados y acabados en punta.
Cuando tengo tiempo de sobra, también me pongo un arnés en el muslo, así tengo más espacio para guardar más armas y tenerlas a mano en el momento.
Hay quien considera sexy este tipo de práctica, y tengo que admitir que tiene su encanto visto desde fuera. Pero no tengo opiniones al respecto, porque nunca nadie me ha visto hacerlo, bueno, mis padres y Brad sí, pero ellos no cuentan.
Hoy he escogido lanzar a una diana. En este centro tienen más posibilidades, como troncos de árbol u objetos, pero la precisión me llama. Y ahora, deseo clavar mis cuchillos justo en el círculo rojo central.
Acertar en el punto justo donde yo quiero dispara partículas de felicidad en mi cerebro, y eso ya es suficiente aliciente para que ocurra. Me pongo erguida y relajo mi cuerpo, prestando toda la atención al objetivo. Vacío mi mente de pensamientos y me enfoco en el juego de muñeca.
Lanzo y… centro.
Pocas sensaciones pueden asemejarse a esto, adrenalina, calma y satisfacción.
Sigo arrojando cuchillos durante una hora y media más, hasta que recojo todo el material y me dirijo a la recepción para pagar mi reserva.
Dejo caer la mochila contra el mostrador y saludo a la chica que recoge mi carné de socia para revisarlo. Paso la tarjeta por el datáfono y este emite un sonido que me da mala sensación, poniéndome en alerta.
—Disculpe, señorita, pero el pago ha sido denegado —me explica en tono cordial. Qué raro, no sabía que iba tan justa de dinero este mes.
—Perdón, probaré de nuevo con otra diferente —contesto un poco avergonzada.
Cojo mi otra tarjeta y lo intento de nuevo. No me gusta utilizarla, es la que tengo para gastos fijos como el alquiler, las facturas o la comida. Normalmente, para cualquier otra cosa uso la que me acaban de rechazar. Procuro siempre tener una reserva de dinero en ella para actividades extra.
—Esta sí ha sido aceptada —me señala ella con una sonrisa—. Gracias por su visita, espero que lo haya pasado bien.
Nada más salir del local, reviso mis aplicaciones del banco.
Mierda.
La tarjeta para gastos fijos está bien, justo como tenía planeado. Hay dinero suficiente para aguantar el año entero y no tener que irme a la calle o robar comida. Pero la otra está temblando y el curso prácticamente acaba de empezar.
Podría pedirles ayuda a mis padres, pero eso sería tremendamente egoísta por mi parte.
La beca me cubre todos los gastos fijos y ellos me han estado dando, a lo largo de mis años en Boston, pequeñas cantidades que son las que destinaba a todo lo demás.
De esta manera me evitaba pedir un préstamo y los intereses que conllevan.
No puedo abusar más de ellos, llevan años planeando un viaje que todavía no han podido hacer.
Además, siguen echándole una mano a mi hermano.
Brad también fue becado, pero sus gastos en material eran desorbitados y, aunque ya esté haciendo la residencia, su sueldo actual es bajísimo.
Él sí pidió una pequeña cantidad al banco, después de todo, será médico, no tendría que tener problema para devolverlo.
Tengo dos opciones si no quiero vivir a base de macarrones: pedirles más dinero a mis padres, cosa que está descartada, o buscarme un trabajo.
La segunda idea me parece más que razonable. Cuando termine Trabajo Social, me gustaría especializarme en Gestión de Centros, por lo que necesitaré más dinero. Siempre que sea un trabajo parcial, puedo mantener mi media para no perder la beca.
Decidido, mañana mismo empiezo a buscar.
Miro el reloj y solo quedan un par de horas para ir a casa de Eric. Lo mejor sería coger un Uber, pero después de los nuevos acontecimientos, en los que resulta que no tengo dinero, esperaré al autobús, aunque se retrase.
Además, las personas que no tenemos coche estamos acostumbradas a caminar o a movernos en transporte público.
No tarda tanto como esperaba en llegar. Aprovecho el trayecto para darle vueltas a lo contradictorio de mis emociones o, mejor dicho, la falta de ellas. Me apetece ver a Eric, aunque sea para estudiar, pero al mismo tiempo, si soy sincera conmigo misma, quizás me gustaría estar en otra parte.
Cuando llego a mi piso, me voy directamente a prepararme.
Después de una ducha, elijo un conjunto cómodo, un pantalón de punto negro tipo flare con un jersey grande y calentito.
Me maquillo un poco en el espejo, lo habitual.
En general mi apariencia no es que hoy sea la más destacable, pero, aunque no esté llamativa, me siento guapa.
Cojo el bolso y salgo al salón para calzarme las botas, justo cuando las chicas también están cogiendo sus abrigos en la entrada.
—Bec, pásalo bien, ya me entiendes —comenta Pey con una sonrisita, sé perfectamente a lo que se refiere.
—Eso, cuéntanos luego qué tal ha ido —dice Amber—. Y si te sobra tiempo, ya sabes, llámanos y te unes a nosotros.
—Tranquilas, solo voy a ayudarle con su trabajo.
—Pues vas muy mona, para estudiar digo —deja caer Peyton de forma socarrona.
Me quedo mirando su atuendo porque me encanta. Peyton suele escoger camisetas tematizadas, siempre con pintalabios rojo de complemento, por supuesto.
La de hoy tiene dibujadas unas alas como de murciélago y pone: «Escoge tu ilyrio, Cassian es mío».
Imposible no saber quién es. Estuvo un año entero obsesionada con una saga de libros de romance y fantasía, o romantasy , como ella los llama.
Incluso consiguió que Amber y yo leyéramos alguno.
Acabamos admitiendo que los ilyrios tienen lo suyo.
—Cállate —suelto, y le golpeo con el bolso de forma juguetona.
Las tres bajamos las escaleras y tomamos direcciones diferentes. Ellas van a pasar la noche en casa de Axel y yo, en la de Eric, y estoy totalmente conforme con la situación.
Mentir se te da de pena.
Bueno…, tengo un poco de resquemor, pero nada del otro mundo.
Por el camino, llamo a mi madre para que me ponga al día, es fisioterapeuta y ha tenido una semana muy estresante.
Le encargaron atender al equipo de beisbol local en las últimas clasificatorias.
Ya tenía la consulta a rebosar para todo el mes, pero como ella decidió hacerles un hueco.
Tiende a sobrecargarse de trabajo y se resiente de la espalda, necesita unas buenas vacaciones.
Por ese motivo no quiero pedirles más dinero, para que puedan tenerlas.
Después de veinte minutos en llamada con ella, tengo que colgarle para poder mirar bien Google Maps y asegurarme de que no me equivoco de dirección.
Justo como me indica mi aplicación, estoy frente a la residencia de Eric. Esta tarde me envió el código de la puerta de entrada, para que no tuviera que esperar al conserje ni responder preguntas, por lo visto son muy pesados con las visitas.
Entro y cojo el ascensor, su habitación está en la quinta planta del edificio. Cuando estoy lista, toco a su puerta y espero mientras me peino el pelo con los dedos.
Eric abre y me quedo estupefacta cuando compruebo que va vestido como si fuera a cenar a un restaurante.
En cambio, yo, parece que voy a echarle de comer a las palomas del parque.
No debería sorprenderme tanto, Eric siempre va arreglado o elegante, pero esto ha sido pasarse, si suele estudiar así yo me quedo tiesa.
—Bienvenida, Rebecca —me saluda invitándome a entrar.
—Vaya, pensaba que sería compartido.
—Lo es, vivo con Marco, un compañero de remo. Pero cada uno tiene su propio dormitorio, compartimos salón, cocina y baño. Esta residencia tiene varias opciones y yo tenía preferencia, mi padre es amigo del rector.
—Ah, es genial. Así tenéis privacidad.
Inconscientemente o no, he vuelto a soltarle un dardo para saber qué responde.
—Estoy encantado, ya sabes —asegura, y sube las cejas de forma jocosa—. Es una ventaja cuando quieres quedar con chicas.
No necesitaba esa información, pero supongo que me lo he buscado yo por insinuarlo, no sé qué esperaba.
—Te he preparado café, voy a servirte una taza.
—Gracias —respondo en un tono que deja en evidencia mi decepción, y esbozo un amago de sonrisa—. Me gusta sin azúcar —añado más amable, para no parecer borde.
—Perfecto, mi habitación es la de la derecha, ve a ponerte cómoda —me indica mientras va a la cocina.
No sabría decir si su dormitorio pertenece a un abogado de cincuenta años o a un medallista olímpico. Tiene un escritorio enorme con materiales muy elegantes, tengo miedo de tocarlos y romperlos.
Oh, Dios mío, ¿eso es una pluma y un tintero? Lo es.
También tiene una cama tamaño gigante y un armario enorme, creo que toda mi habitación cabe ahí dentro.
Pero lo más impactante son los trofeos. Está llena de ellos, copas, medallas, títulos.
Me acerco un poco más y compruebo que son desde la primaria, los habrá traído de casa.
No era necesario, con la Universidad de Boston habrá ganado los suficientes como para cubrir una pared entera.
El equipo de remo es famoso en todo el Estado de Massachusetts.
—Veo que has visto a mis bebés —me sobresalta entrando en la habitación con dos cafés en las manos.
—Es impresionante, eres un gran deportista —le elogio.
—Siempre se me ha dado bien. Hace dos veranos, fui a un campamento al norte de España, en el País Vasco. Allí tienen un gran programa y me hicieron sudar la gota gorda entrenando.
— ¡Yo soy mitad española! —suelto, aunque lo digo con tanta emoción que he utilizado directamente mi idioma materno.
—¿Perdón? —Frunce el ceño como si estuviera loca—. ¿Qué has dicho?
Siento cómo la sensación de ridículo va invadiendo mi sistema nervioso.
—Lo siento, he cambiado de idioma sin querer, mi madre es española. Me ha hecho ilusión que fueses allí.
—Ah, no pasa nada, pero no aprendí casi nada, estuve poco tiempo.
Su interés en el tema es inexistente, no pregunta nada al respecto.
—¿Empezamos? —le propongo, acercándome al escritorio para cambiar radicalmente de tema. Él asiente y trae otra silla para mí, el espacio es lo suficientemente grande para los dos.
Al cabo de un rato, me doy cuenta de que Eric no me había mentido, necesitaba ayuda de verdad.
Al principio, pensé que podría ser una excusa por su parte para ligar conmigo, pero no, está más perdido que yo en una clase de aviación.
Aunque sí ha aprovechado los silencios para soltarme comentarios seductores.
Unas tres horas y dos descansos después, su móvil empieza a vibrar de forma estridente encima de la mesa. Al segundo tono, no lo pude evitar y le eché un vistazo a la pantalla iluminada, viendo claramente el nombre de Amanda.
—Discúlpame un momento, tengo que contestar. Había quedado después y parece que se ha hecho tarde, no me he dado cuenta de la hora.
Acaba de sentarme como un jarro de agua fría. No puedo callarme, si cierro la boca me saldrá una úlcera.
—Pensaba que después de estudiar, íbamos a pedir comida para cenar o hacer algo.
No es difícil fijarse en mi descontento, es palpable hasta en el ambiente. Deja de teclear en la pantalla y levanta los ojos hasta encontrar los míos.
Sí, idiota, estoy aquí, y vas a dejarme tirada porque soy imbécil.
Abre la boca varias veces y la vuelve a cerrar, parece que le ha pillado desprevenido y no sabe qué decir.
—Yo… yo pensaba que no te apetecería hacer nada. La última vez no te noté muy receptiva y no quería incomodarte.
—He venido, ¿no? —espeto en tono cortante—. Hemos tenido impresiones diferentes entonces.
—Creía que solo me ayudarías con el trabajo. Quería arreglar la tensión, por el beso del otro día.
—Esta es una forma adecuada de arreglarla, sin duda —afirmo porque, desde luego, es un genio—.
No me pasa nada contigo, Eric. Me has pedido que viniera y lo he hecho.
No tenía expectativas, pero, no sé, es viernes por la noche, perdóname si había entendido que haríamos algo juntos que no fuera estudiar, claro.
—Llevas toda la razón, no he pensado con claridad. —No, más bien, ha pensado con lo que tiene entre las piernas, porque seguro que más tarde ha quedado con Amanda—. Déjame compensarte, sal conmigo otro día, de verdad que me gustaría.
Me quedo pensativa por un momento. ¿Quiero esto? No lo sé…
—¿Por favor? —Su cara de golden retriever me está convenciendo.
—Está bien.
Finalmente cedo, es posible que de verdad creyese que mi interés era nulo.
—Gracias, te prometo que no te arrepentirás —asegura, y su expresión se ha relajado—. No tienes por qué irte todavía —añade al ver que empiezo a recogerlo todo con prisa.
—No te preocupes, tú ya has quedado y yo todavía estoy a tiempo de alcanzar a mis amigas y unirme a ellas.
—Gracias de nuevo por ayudarme, eres genial —dice mientras viene hacia mí con los brazos abiertos y yo le correspondo el abrazo—. ¿Nos vemos pronto? —Asiento en respuesta.
Cuando salgo de su residencia, abro el chat grupal de mis amigas y escribo:
Yo : ¿Me pasáis la dirección?