Capítulo 16
Rebecca
U n tornado de categoría cuatro no sería rival para mí en este momento. Podría pelearme con Thanos y ni siquiera necesitaría la ayuda de los vengadores para salir victoriosa.
Después de un viaje esclarecedor en autobús, donde me he pasado casi todo el trayecto rememorando la escena de la cafetería en mi mente, he sacado agallas y le he contestado a Axel.
Yo : Hola, Axel. Mis compañeras dicen que se apuntan. Amber ha hablado con Willow para que las recoja. Yo ya había hecho planes, pero te agradezco la invitación, otro día será.
Lo he revisado quinientas cincuenta y siete veces. Llegados a este punto, podría deletrearlo. No ha contestado. Pero, claro, eso era de esperar, estará ocupado con Miss Boston aprendiendo anatomía avanzada.
Puede que me haya dejado guiar un poco por la impulsividad del momento y que haya sido algo fría escribiendo.
Bueno, vale, estoy segura.
Si no hubiera visto esa escena pseudorromántica, es muy probable que hubiera sido mucho más suelta y amable, más yo. Pero después del jarro de agua fría, lo he visto completamente innecesario.
Entro en casa dando un portazo, dejo mis cosas sin delicadeza alguna en el aparador de la entrada y accedo al salón.
Las chicas están allí, estiradas en el sofá, compartiendo un bol gigante de chucherías y dándole a muerte a la última temporada de Euphoria .
Las he pillado, Jacob Elordi las tenía babeando.
—¿Qué te ha hecho la puerta? —dice Peyton, que se gira para mirarme masticando un regaliz enorme.
—Cielo, ¿han ido mal las cosas en el centro? —Amber no espera mi respuesta.
—Nada, se me ha escapado —miento—. Ha ido todo lo bien que se podía esperar, no tengo queja.
—Uh, chica, tienes un humor de perros —recalca Peyton—. Anda, ven a sentarte aquí con nosotras, que te vamos a subir el nivel de azúcar.
—¿Pedimos pizza para cenar? Estoy cansada, no tengo ganas de cocinar.
Y desesperada por sacarme esta irritabilidad que se agarra a mi piel, seguro que la comida basura lo mejora.
—Mejor elegimos otra cosa, mañana vamos a cenar pizza también en casa de Willow —comenta Amber—. Por cierto, me ha dicho que viene a por nosotras a las siete y media.
Todavía no puedo creerme la relación que están forjando estos dos.
Después de acorralar a Amber en la puerta de su dormitorio dos veces, Peyton y yo sacamos la artillería pesada. La amenazamos con echarla de nuestra suscripción de Netflix durante dos meses si no nos contaba con pelos y señales qué pasó aquella noche.
Según su versión, Willow y ella lo estaban pasando increíble, no niega que todo empezó con un inocente tonteo.
Pero a medida que avanzaba la noche, menos atracción sentían.
Se emborracharon, bailaron sobre la barra de cocina de la fraternidad e incluso volcaron una mesa jugando a «El suelo es lava».
Conforme nos lo contaba, parece que en vez de pasar juntos unas cuantas horas de fiesta, estuvieron un fin de semana completo.
Ahora viene lo mejor, cuando les dio el bajón y por fin se sentaron, todo indicaba que debían besarse, así que lo hicieron.
Sí, se besaron.
Y en palabras de Amber, no mías, fue un absoluto desastre. Dijo que lo recuerda como si hubiera besado a su primo Riki: incómodo, fuera de lugar e innecesario. Se separaron, se quedaron mirando durante un momento y ambos se revolcaron en el sofá convulsionando de la risa.
No, no iba a surgir nada entre ellos. Les quedó claro, pero, desde entonces, son íntimos. Se mensajean mandándose vídeos absurdos que solo ellos entienden, se cuentan sus dramas, a saber cuáles son, e incluso una vez fueron al cine.
Si los ves, pensarás que son amigos de toda la vida.
Después del beso fallido, vinieron a casa. Y esa es la historia de por qué Willow durmió en nuestro salón y no en el dormitorio de mi compañera.
—Le acabo de mandar un mensaje a Axel para informarle de que mañana no iré, pero le he agradecido la invitación igualmente —les informo, y las caras de mis amigas se contorsionan de asombro máximo—. Pero, tranquilas, le he dicho que vosotras sí, aunque ya lo sabrá por Willow.
—¿Qué? —Pey agarra los brazos del sillón para darle énfasis.
—¿Por qué? —Amber está igual de confundida.
—Ya había accedido a ir a casa de Eric, me pidió ayuda con una asignatura que yo controlo —les explico bastante desganada—. De todas formas, no creo que le importe.
—De qué hablas, todos vimos cómo te miraba —replica Pey—. Puedes ayudar a Eric y después venir igualmente.
—Seguro que a Prescott no le importa recogerte también.
Amber y Willow parecen mejores amigas, no es la primera vez que se refiere a él por su apellido. Está a un paso de hacerle una rutina de skin care .
—A no ser que… no solo vayas a estudiar.
Mi compañera, la víbora, lanza el dardo esperando una respuesta con su típica sonrisa maquiavélica.
—No desmiento ni aseguro nada —y lo digo de verdad, quiero fluir—, por lo menos Eric me presta atención.
—Cuidado, amiga, si no te conociese diría que estás algo celosa.
A Peyton le encantan estas cosas, no lo insinúa, lo afirma. Y Amber no tarda en intervenir mirándome con ojos tiernos. Ambas están dando en el clavo.
—¿Ha pasado algo?
—No, bueno…, algo así.
Al final sucumbo y les cuento todo lo que he visto.
—Eso explica la actitud de mierda que has traído —alega Peyton, no era necesario el comentario, pero lleva razón, no la culpo—. Bueno, no quiere decir nada tampoco, no saques conjeturas todavía.
—Tú haz lo que te apetezca en cada momento. —Esa ha sido Amber, la pacificadora, así podrían llamarla—. Sigue con tus planes y si luego te apetece venir, nos llamas.
Doy un enorme resoplido y me dejo caer en el sofá, justo entre ellas dos.
—Pues de momento todo lo que quiero es ducharme, pedir comida y ver la televisión con vosotras.
—¡Así se habla! —exclama Pey dándome con un cojín en la cara.
—Ve a ducharte y vamos pidiendo algo, que no sea pizza , por si acaso —comenta la rubia, poniendo una sonrisita mientras mira la carta online .
Dos horas después me meto en mi cama, cansada, dispuesta a dormir ocho horas del tirón. Nos hemos atiborrado de sushi y, aunque teníamos la televisión de fondo, no hemos parado de parlotear.
Se me ocurre una idea.
Deslizo mis dedos velozmente sobre la pantalla de mi teléfono y abro la aplicación para reservas que llevo un tiempo sin utilizar. La del campo de lanzamiento.
Este hobby , poco común entre universitarias, se lo podéis atribuir a mi padre.
De mi madre me quedé con la adoración por la Navidad, para mí empieza incluso antes de Acción de Gracias, soy ese tipo de persona.
Estoy guardando las calabazas y sin que os deis cuenta, ya tengo colgadas las guirnaldas.
El caso es que a papá le divertía enseñarnos a tener puntería.
Al principio, solo eran pelotas de goma, las lanzábamos contra latas colocadas encima de un tronco.
Más adelante, las cambió por estacas de madera y, al cumplir los suficientes años, por fin me entregó cuchillos ligeros y otros objetos.
Con una diana todo era más emocionante, siempre quería superarme y ser lo más precisa posible.
Brad abandonó cuando todavía éramos niños, le aburría, pero yo tengo la sospecha de que no se le daba muy bien y eso le hacía cortocircuito en su personalidad.
Cuando me mudé a Boston, investigué si había centros o espacios para lanzar y encontré uno genial a las afueras de la ciudad.
Hago la reserva para mañana y dejo el móvil en la mesita. Cierro los párpados sabiendo que el sueño va a atraparme en cuestión de segundos.