Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Rebecca

H ace un día precioso y las calles de Boston parecen postales, cualquier rincón es fotografiable. En vez de coger un autobús, he decidido darme una caminata para llegar hasta el centro de veteranos donde hoy empiezo mis prácticas.

​ No está lejos, pero tengo que cruzar al otro lado del río Charles, lo que me asegura mover las piernas durante un buen rato.

​ Me he levantado con un nudo del tamaño de mi puño en el estómago, no distingo entre el revoltijo de nervios y emociones. No es la primera vez que visito un centro de esta categoría, he acompañado a mi padre en incontables ocasiones, pero, aun así, estoy inquieta.

Esta vez no iré de visita acompañando al paciente, voy a estar con los profesionales analizando la situación. Mi nuevo deseo es estar a la altura y poder aportar la ayuda que necesitan.

Mi padre estuvo encerrado en sí mismo mucho tiempo. Solo consiguió salir de ese pozo gracias a la ayuda que le ofrecieron en un centro como al que voy a asistir ahora.

Todavía recuerdo su mirada. Sus ojos estaban apagados, era como observar dos espacios vacíos, como si el alma los hubiera abandonado y vagaran en la nada. Un momento estaba conmigo hablando normal, y al otro, ya no había nadie.

Las pesadillas y los gritos nocturnos eran recurrentes.

Más prolongado en el tiempo, se unieron los sobresaltos, la falta de reacciones físicas y emocionales hacia nosotros y, por último, el aislamiento.

Estuvo perdido y lo echaba mucho de menos.

Con el tratamiento grupal e individual, todo comenzó a cambiar y poco a poco consiguió dejar atrás los demonios que lo perseguían. Su mirada volvió a estar viva.

Ojalá yo fuese tan valiente como él y me lanzase a solucionar todos mis asuntos. He ido a terapia, he adquirido técnicas, pero sigo sin desprenderme de todo. Sanar tu mente no es fácil, a veces, tú misma eres tu peor enemiga.

En mi caso, tiendo a pensar que ciertos pensamientos desaparecerán si los aparto de mi mente, no para siempre, pero al menos en ese momento.

El sonido de una llamada entrante me alerta por los auriculares. No llevo música puesta, pero me los pongo por costumbre. Una foto enorme en primer plano de la cara de mi hermano llena la pantalla parpadeando, se la puso él mismo en mis contactos.

—¡Feliz día de prácticas! —saluda eufórico.

—Qué bonito, olvidas hasta mi cumpleaños, pero te acuerdas de esto. Me siento halagada —le reprocho, aunque lo hago sonriendo.

Me gusta escuchar su voz de nuevo. Apenas hemos hablado desde que empezó el curso, tiene unos horarios de locos.

— ¡Oye! Hoy es un día muy importante, y lo sabes —se queja dramáticamente en nuestro idioma materno—. Y sí sé cuándo es tu cumpleaños , solo se me ha olvidado una vez . No puedes ser tan rencorosa, es malo para la piel, te lo digo yo que soy médico .

Es muy normal que entre nosotros cambiemos de inglés a español constantemente mientras hablamos. En casa lo hacemos por costumbre, y a veces también para fastidiar a papá, que no se entera de nada. Culpa suya, ha tenido mucho tiempo para aprender.

—Brad, no eres dermatólogo, trabajas en emergencias —le recuerdo—. Y no utilices el español para darle más énfasis, te tengo calado.

—Seré lo que yo quiera ser, no contradigas a tus mayores.

Es imbécil, lo sabe y lo disfruta, no hay nada que hacer contra él.

—Cuéntame, ¿estás emocionada? —añade.

—Mucho, espero no cagarla el primer día.

Esta mañana me he comido todas las uñas. Es un vicio asqueroso, lo sé, pero no puedo evitarlo.

—Probablemente lo hagas —me suelta tan tranquilo.

—¡Bradley! ¡Así no me tranquilizas en absoluto!

He alzado la voz en mitad de la calle y las personas que pasan por mi lado me miran como si fuese una loca.

—Soy sincero, puede pasar, y aprenderás de ello —añade, y esta vez su tono de voz calma mi inseguridad—. Fallar no tiene nada de malo, Bec.

—Sé que llevas razón, pero quiero hacerlo bien.

—Y lo harás, todos van a adorarte. —A veces pienso que no somos familia, es la persona más optimista del mundo, al contrario que yo—. Solo sé tú misma y déjate llevar. Todo va a salir bien.

—Es fácil para ti decirlo, señor «soy un genio en todo lo que hago».

Me encantaría ser tan brillante como mi hermano, aunque, por desgracia, me tocó menos parte en ese pastel.

—Te tengo dicho que no te infravalores, eres muy inteligente y talentosa, solo necesitas creértelo. —Siempre me lo recuerda y, a veces, consigue que lo haga.

—Está bien, está bien, voy a poner todo de mi parte y va a salir genial —le digo un poco más convencida.

— Así me gusta. Te tengo que dejar, mi guardia empieza en un minuto, pero hablamos pronto, ¿vale?

—Sí, ya te contaré qué tal me han ido los primeros días —le prometo—. Pórtate bien, y no dejes embarazada a ninguna chica, por favor.

Su risa es grave y muy sonora. Aprovecha para recordarme que el mayor de los dos es él y que lo tiene todo controlado.

Después de colgar la llamada siento un poco más liviano el pecho y sin darme cuenta ya he llegado a la puerta del centro. El camino se me ha hecho cortísimo mientras hablábamos, ha sido una distracción perfecta.

Entro un poco temblorosa, pero se me pasa al recibir una bienvenida atenta por parte de todos.

Me dan una acreditación que reza: «Miss Davis, alumna en prácticas».

Mi orgullo está rozando el cielo en este momento.

He llegado hasta aquí y voy a tomarme un momento para deleitarme por mis logros, me lo merezco.

​ Me paso las cuatro horas siguientes en bucle, escucho, asiento, apunto y vuelta a empezar de nuevo. Esta primera toma de contacto ha sido intensa, demasiada información que retener.

​ Me han asignado a un mentor, Ethan, quien será mi supervisor durante toda mi estancia aquí.

Parece muy diligente, otros compañeros vienen a él para resolver sus dudas y obtener otra opinión de su diagnóstico.

Rondará los treinta años y su aspecto es más bien informal, da la impresión de preocuparse poco por su apariencia, pero en lo que se refiere al trabajo, es muy competente.

He observado su forma de actuar con los pacientes. Se muestra empático y lo que más me ha llamado la atención es su expresión neutra, la moldea depende de con quién esté hablando y el tema que traten.

—Has estado muy callada, ¿todo bien? —me pregunta levantando la cabeza de sus notas. Ya ha terminado el tiempo de mi turno y estamos en su despacho repasando.

—Sí, sí, estaba atenta, no quería perderme detalle —le aseguro.

—Lo has hecho bien —me comunica adoptando una postura más informal en su silla, como si fuese su igual—. Puedes relajarte, estás aquí para aprender, no sientas presión. Cuanto más cómoda te sientas, mejor rendirás.

—Está bien, lo intentaré —le respondo—. Ha sido un primer día abrumador.

—Ah, se me olvidaba —dice señalándome con el dedo—. El próximo día tienes que traer el café a todos, al nuevo siempre le toca.

Estupendo, seré la pringada.

—Vale, dime cómo los queréis —cedo en tono resignado—. ¿Hay por aquí cerca alguna cafetería?

Intenta contestar a mi pregunta, pero fracasa y suelta una carcajada enorme.

—Rebecca, es una broma, no eres nuestra asistenta —afirma con expresión divertida—. Venga, sal de mi vista y vete a descansar, nos vemos el próximo día.

—Que conste que estaba dispuesta —alego sonriente.

Cojo mi bolso y la chaqueta del perchero y me marcho pensando en lo satisfactoria que ha sido mi primera experiencia. Brad tenía razón, al final, tendré que coger un poco del positivismo que él derrocha.

Me estoy planteando coger el bus de vuelta a casa, no me apetece caminar. Desvío la mirada hacia los diferentes puntos de la calle buscando una parada.

En cambio, lo que veo es otra cosa…

Delante de mí, en una cafetería que parece más aristocrática que de barrio, está sentado Axel. Y no está solo, una chica que podría ganar el premio a Miss Boston, lo acompaña.

A través de una enorme cristalera, puedo verlos sentados a la mesa, compartiendo la comida.

Y puede apreciarse perfectamente el ambiente íntimo que desprenden.

Ella tiene la melena rubia más brillante que he visto en mi vida —podría ser modelo de un anuncio de champú— y, desde luego, está encantada con que le presten atención.

No sabía que tenía novia.

No sabías nada, directamente. Además, no te quejes ahora, tú has quedado con Eric y ni siquiera le has contestado al mensaje aún.

Mierda, es verdad, todavía no le he dado una respuesta. Tenía pensado hacerlo antes de entrar al centro, pero con la llamada de mi hermano, lo olvidé.

Admitiré que lo he postergado porque no sabía cómo decirle que no podía ir. Peyton y Rebecca me habían confirmado que sí irían, pero yo le había asegurado a Eric que le ayudaría con su asignatura, y era el mismo día.

Y, aun así, quieres ir y por eso has evitado mandarle un mensaje.

Tonterías, solo estaba pensando en cómo escribirle que mis amigas se apuntaban pero yo no, sin parecer una borde.

Aunque, por lo que estoy viendo justo ahora, no creo que le importe mucho. Le he dado más vueltas a este asunto de las que merece. Como soy una peliculera, pensaba que podría tener otras intenciones conmigo…

Los observo levantarse de la mesa y salir de la cafetería. Se van andando juntos por la calle.

Me está subiendo un sabor ácido por la garganta y puede que mi piel esté adquiriendo un leve tono verde.

Se llama envidia, cariño.