Capítulo 14
Axel
E l muy hijo de puta corre como si fuera profesional y su vida dependiera de ello.
Pero yo soy más rápido.
Y cuando lo coja, se le van a quitar las ganas de volver a robarle a una mujer en su vida.
Solo un cobarde se aprovecharía de su condición.
Vamos a comprobar cómo se desenvuelve con uno de su mismo tamaño.
Estoy seguro de que va a cagarse en los pantalones, esta clase de personas solo son valientes cuando pueden.
Lo persigo calle abajo, esquivando a todas las personas que me cruzo, tropezando de manera inevitable con alguna. El mierda este gira a la derecha con la intención de meterse en la zona de los callejones, pero este es mi barrio, yo lo conozco mejor que él.
Frena casi derrapando cuando se ve sin salida frente a una valla metálica. Le falta el aliento y está jadeando. Es muy probable que le estén ardiendo los pulmones por haber gastado toda su energía de una sola sentada.
Dejo de correr y me aproximo tranquilo, casi no noto estragos por la carrera. Llevo años practicando resistencia en cardio.
Se gira bruscamente y cuando me ve acercarme a sus espaldas, en un ataque de nervios repentino, toma la decisión más inútil de todas, trepar por el alambrado.
Me pongo a su lado en tres zancadas más y lo engancho de los tobillos hasta tirarlo al suelo.
Como es lógico, no consigue pasar al otro lado.
Vaya, pensaba que sería un niñato adolescente, pero no. Tiene más o menos mí misma complexión y diría que ronda mi edad.
Intenta levantarse, pero yo ya estoy alzando la pierna y, sin despeinarme, lo devuelvo al suelo con una patada en hacha desde arriba.
Se queda un poco aturdido, levantando el puño de forma torpe con el propósito de darme un puñetazo.
De nuevo, esto no le va a servir de nada, porque ya tengo mi antebrazo bloqueando su ataque.
Me apiado de él y, en vez de devolverle el golpe con el que podría haberle arrancado varios dientes de raíz, lo inmovilizo.
Realizo una llave simple, en montada, poniéndome encima, con las piernas a cada lado de su cadera.
Agarro su brazo firme por la muñeca y el bíceps y tiro de él hacia atrás, empujando por la zona del codo, invirtiéndolo.
—O te estás quieto y te callas la puta boca, o te rompo el brazo por dos partes diferentes —le advierto.
—Va… vale, pa… para por favor, por favor —responde entre balbuceos, retorciéndose en el suelo.
El brazo que tiene libre de nada le sirve. Sí, podría intentar pegarme con él, pero el dolor del otro es tan grande que no puede moverse, y mucho menos golpearme. Lo sé bien porque hacemos este tipo de sumisiones cada día en MMA, y para aprender hay que sufrirlo.
—¡Ahí están! —grita alguien al principio del callejón.
Dos policías vienen corriendo hacia nosotros y la chica a la que este energúmeno había robado viene con ellos.
—¿Señorita quién es el agresor? —pregunta el más joven de ellos, sacando la defensa.
—¿A usted qué le parece? —contesto con otra pregunta, porque, puestos a decir tonterías, que siga el juego.
Mientras tanto sigo montado encima del ladrón, que parece más preocupado de que lo suelte, a que lo coja la policía.
—Señor, es el que está en el suelo. Debajo. —Señala ella de forma obvia.
—¿Lo has reducido tú solo? —me pregunta el otro agente—. Buen trabajo, muchacho.
Entre los dos lo levantan y lo arrastran hasta el coche patrulla.
Va en silencio y mirando al frente, parece que se le han quitado las ganas de hablar.
Después nos toman declaración a ambos. Al terminar, le indican a la chica que tiene que ir mañana mismo a comisaría para interponer la denuncia formalmente.
Revisa su bolso, el cual ha recuperado del suelo en cuanto ha llegado y se asegura de que no tenga ni un rasguño.
—Creo que no le faltará nada, no ha tenido tiempo de hurgar dentro —le digo con tono optimista.
—No sabes cuánto te lo agradezco, acaban de pagarme un plus en el trabajo e iba de camino a pagar el alquiler —afirma realmente agradecida, apretándolo entre sus manos—. Me llamo Evelyn.
—Soy Axel —me presento sonriente—, y no te preocupes, no ha sido nada.
La pobre todavía tiene expresión de disgusto.
—No te quites mérito, si no fuera por ti, habría tenido un mes horrible —afirma devolviéndome una mirada penetrante. Tiene unos ojos azules muy grandes y la larga melena rubia le cae por la espalda—. Déjame invitarte a algo para compensártelo.
—No es necesario, lo he hecho encantado.
—Insisto, me encantaría pasar un rato contigo. —Tiene rasgos muy dulces y se me está haciendo imposible decirle que no—. Además, conozco un sitio cerca, sirven los mejores sándwiches de langosta de todo Boston.
Esta chica tiene pinta de ser bostoniana de pura cepa, solo alguien que lleva toda su vida viviendo en la ciudad, sabría algo así.
Cuando me mudé a Nueva Inglaterra para estudiar, me di cuenta de la obsesión que tiene esta gente por la sopa de almejas, las judías al horno y, sobre todo, la langosta.
—Está bien, me has intrigado, ahora quiero probarlo. —Evelyn agranda su sonrisa, es como un cachorrito exaltado—. Te sigo.
Vamos charlando durante el trayecto, que son unos veinte minutos a pie. Bueno, más bien, ella parlotea sobre su trabajo y su vida en general y yo asiento. Su compañía me resulta agradable, es una chica sociable y cariñosa, antes de que me dé cuenta, me tiene enganchado por el brazo.
El sitio está bastante bien, no parece el típico lugar descuidado de barrio. Se puede respirar un ambiente formal, eso y diez perfumes diferentes, porque está repleto de flores por todas partes. Las mesas son amplias y la decoración es muy otoñal.
Creo que estoy desentonando vestido en chándal, menos mal que me he duchado en el gimnasio después del entrenamiento. No me había fijado antes, pero al contrario que yo, la ropa de ella es elegante y el bolso que le han intentado robar tiene pinta de ser muy caro.
Poco después de sentarnos, nos traen la carta y ella pide por los dos. Yo estoy de acuerdo, después de todo no había estado aquí antes y todo lo que ha elegido tiene una pinta increíble.
—¿Quieres un vino? No te cortes, yo invito.
Lo que pensaba, no anda floja de pasta. No entiendo entonces por qué me ha dicho antes que habría pasado un mes horrible.
—Por mí no es necesario, no quiero abusar. —Me siento mal por derrochar si a ella le hace falta.
—No te preocupes por el dinero, podemos pedir todo lo que te apetezca.
Ahora estoy más confundido.
—Pensaba que estabas, ya sabes, apurada económicamente. Se te veía preocupada por el robo y el pago del alquiler.
—Ah, eso… —habla gesticulando con una mano en el aire—. Estaba mal por perder el bolso, vale una fortuna.
Frunzo el ceño, divertido, eso no me lo esperaba.
—Eres una mujer de caprichos, entonces.
No lo digo por ofender, me parece bien que invierta su dinero en lo que quiera, pero me había dado otra impresión.
—Se podría decir así, me gusta cuidarme. —Deja atrás la expresión dulce y saca a relucir otra un poco más descarada.
Llega la comida y nos ponemos las botas, Evelyn tenía razón, está para repetir. No ha permitido que la conversación decaiga, es graciosa y, ahora que me fijo bien, también es atractiva. Lleva un traje de chaqueta ceñido, femenino, que se adapta a sus curvas.
Pero de vez en cuando sigo mirando de reojo la pantalla de mi móvil. Lo mantengo cerca, encima de la mesa, por si otra chica me contesta…
—Entonces, por lo que he visto, te gusta el deporte. —Es más una afirmación que una pregunta—. Me gustan los hombres deportistas —afirma con los ojos entrecerrados, sujetando su copa.
—Podríamos decir que a mí también me gusta cuidarme —le respondo de forma socarrona—. Aunque sobre todo lo hago para rebajar estrés.
—¿Qué más haces para relajarte? —Su voz se torna sensual, parece que le gusta lo que tiene delante.
La conversación está cogiendo un tono muy diferente, más acalorado. Ella me demuestra que estoy en lo cierto estirando una pierna por debajo de la mesa y acariciando mi pantorrilla con su pie.
—Poco más, estoy muy ocupado con la universidad, enfocado en cumplir mis objetivos —le cuento echándome hacia delante en la mesa, entrando en su juego—. Pero también disfruto del cine en mis ratos libres.
—Eres ambicioso, me gusta —declara—. E imagino que soltero —añade antes de darle un sorbo casto a su vino sin apartar la mirada—. Yo también soy codiciosa, espero dejar mi trabajo y abrir mi propio negocio en un corto plazo de tiempo.
—Supones bien —le confirmo—. No tengo tiempo para centrarme en relaciones en este momento. Pero eso no quiere decir que no me divierta de vez en cuando.
No me ha pasado por alto que no le ha interesado lo más mínimo qué otro tipo de intereses o aficiones tengo. Mejor, está siendo obvia en lo que busca.
Al terminar la comida, me pregunta si me importaría acompañarla a casa, todavía se siente insegura después de lo que ha pasado esta tarde. No podía negarme, aunque sospecho que después de la charla en la cafetería, busca algo más de mí que solo una función de escolta.
Llegamos a su calle y me invita a subir a su apartamento con la excusa de tomar la última. Yo accedo, no tengo nada que perder.
El espacio es pequeño, aunque igual de elegante que ella. No hay rastro de que nadie más viva aquí, lo que me hace pensar que es algo mayor que yo si ya ha conseguido independizarse y vivir sola.
Evelyn nos sirve un par de bebidas mientras me acomodo en el sofá. Cuando regresa, deja olvidados los vasos en una mesita auxiliar cercana y se sienta sin tapujos en mi regazo.
—He pensado que podríamos desestresarnos —susurra mientras arrastra sus uñas pintadas de color perla por mi clavícula.
He llegado hasta aquí por un motivo, para despejarme la cabeza de tonterías. Esta circunstancia me ha caído del cielo y se ha presentado en forma de una mujer bellísima.
A tomar por culo.
Sin previo aviso ni delicadeza, agarro su cintura, nos doy la vuelta y la pongo extendida justo debajo de mí en el sofá. Ella me rodea el cuello con sus brazos en el proceso y suelta una risita ahogada.
—Sí, será mejor que rebajemos tensiones —le murmuro al oído justo antes de besarla y dejarme llevar por completo.
Una hora más tarde, en el camino de vuelta a mi casa —porque no pensaba quedarme a dormir—, medito en lo insólito que ha sido el día de hoy. He pasado de detener un atraco a echar un polvo.
Ha servido para calmarme, eso desde luego, pero, muy a mi pesar, todavía pienso en unos ojos color arena.