Capítulo 11
Rebecca
—¡ Creo que ha quedado perfecto! —digo dirigiéndome a todos mientras termino de meter los apuntes en la mochila.
Los miércoles tengo reunión con mi grupo de clase.
Hoy hemos acabado relativamente pronto.
Doy gracias por la suerte que he tenido, me ha tocado con compañeros aplicados.
Nuestra profesora de Psicología Social siempre elige ella misma con quiénes vamos a trabajar.
Estoy encantada, nunca había hablado con ellos, pero hemos formado un gran equipo.
Ya llevamos tres semanas preparando el proyecto y está prácticamente listo para su presentación.
—Sí, estoy emocionada —afirma Lauren colgándose el bolso al hombro.
—Oye, vamos a tomar algo, que llevamos aquí demasiadas horas —propone Matt. Los demás parece que también están deseando despejarse.
Iría con ellos, pero ya quedé ayer con Cara y no quiero dejarla tirada en el último momento. Se supone que tengo que verla en menos de media hora para almorzar.
—Me gustaría, pero yo debería irme ya, le había dicho a una amiga de comer en breve —explico.
No quiero que piensen que estoy poniendo una excusa.
—Puedes traerla con nosotros si te apetece. —Lauren es genial por ofrecerlo, sin embargo, prefiero quedar a solas, no la he avisado y puede sentarle mal.
—Os lo agradezco, es que ya es tarde para avisarla y estará esperándome. La próxima vez, me apunto —contesto de forma amable, y se despiden cariñosamente diciendo que nos veremos en clase.
Cara también estudia Trabajo Social, estamos en la misma clase, pero la pusieron con otras personas y, con las optativas, llevamos días sin coincidir. Tampoco nos vimos apenas durante el fin de semana, solo en la partida de beer pong con los amigos de Eric.
Salgo del edificio de usos múltiples y atravieso el campus. La cafetería está cerca, aunque fuera del complejo. Una brisa fría me roza todo el cuerpo y sé que pronto estaré utilizando guantes y bufanda, se me empiezan a entumecer las manos.
Me suena el móvil e imagino que será ella para avisarme de que ya ha llegado. Querrá preguntarme si va pidiendo algo, sabe lo que me gusta, así que suele hacerlo.
Saco el teléfono del bolsillo de la chaqueta dispuesta a contestarle, pero para mi sorpresa es otra persona.
Eric : ¿Dónde te metes? ¿Estás escondiéndote de mí?
No lo esperaba a él. Nos dimos los números hace un par de semanas, aun así, nunca nos hemos escrito. Por lo general, acabábamos encontrándonos, no es difícil, ya que nuestras facultades comparten edificio.
Está en línea y escribiendo de nuevo.
Eric : Oye, si es por lo de la otra noche, no pretendía incomodarte.
Eric : Pensé que tú también querías.
Me acabo de quedar en blanco.
Obviamente no he olvidado que nos besamos, pero es cierto que tampoco le he prestado atención desde entonces. No lo he buscado ni le he escrito.
En vez de eso, me he dedicado a pensar en lo bien que le quedaba el chándal a Axel. Cuando abrí la puerta y lo encontré ahí mismo, vestido así y mirándome con esa sonrisa ladeada, mi cerebro simplemente se desconectó.
Precisamente, el de Harvard… tampoco me ha escrito.
Pensé que había alguna intención más cuando le apunté mi teléfono. Nos invitó a su piso para agradecer lo de Willow, pero no me ha contactado. Como insistió dirigiéndose a mí, imaginé que quizás tenía especial interés en que yo fuera.
No me molestó lo que hizo Eric, en parte es lo que yo quería esa noche, lo estaba buscando. No tiene la culpa de que no estallaran fuegos artificiales cuando ocurrió. Tampoco es que le haya dado más oportunidades de mejorarlo.
Me paro un momento para contestarle, antes de que piense que tengo algún problema inexistente con él.
Yo : ¡Hola, Eric! ¡Ay, no! Esta semana he
tenido mucho lío con un trabajo de Psicología.
Eric : Qué alivio, estaba empezando a
pensar que no querías ni verme, ja, ja.
Yo : Claro que no, tonto. He tenido pocas clases
en nuestro edificio. Si quisiera evitarte seguro
que me saldría mal, es la Ley de Murphy. Además,
no has hecho nada mal…
Eric : Ya me siento mejor. Llámame caradura,
pero… ¿puedo pedirte un favor?
Yo : ¿Qué necesitas?
Guardo el móvil y aligero hacia la cafetería. Al final, llegaré tarde para hacerle honor a mi reputación, una vez más.
Cuando por fin entro en el local, el aire calentito de la calefacción me roza la cara. Miro y hago un recorrido rápido por la sala, Cara ya está sentada al fondo, al lado de una ventana, ojeando la carta.
Me dirijo hacia la mesa y tomo asiento. Mi amiga levanta la cabeza y posa sus ojos de un color verde intenso en mí.
—Hola, bombón —me saluda con una sonrisa de oreja a oreja.
Tengo que admitir que siempre me han gustado los halagos de Cara. Son frecuentes, y hubo un momento en el que escucharlos me hizo sentir segura.
Cuando llegué a la universidad, recién salida del instituto, la percepción que tenía sobre mí misma estaba un poco distorsionada. Nunca he tenido un problema con mi cuerpo, a pesar de que varias chicas pusieron todos sus esfuerzos en que pensase lo contrario.
Pero esa parte no fue la que me generó inseguridades. Fueron los ataques directos a mi forma de ser. Acabé pensando que todo era siempre culpa mía. Por hablar demasiado o por no hacerlo. Parecía ser que mis opiniones siempre estaban fuera de lugar. Siempre quedaba relegada.
Los planes que me apetecía hacer no eran buenas opciones, y negarme a participar en otros era una «mala conducta» por mi parte. Me hacían sentir como si todo me lo tomara como un ataque personal y mis reacciones fueran desmedidas.
Pero es que era una maldita embestida.
Ahora lo veo, sin embargo, no fue siempre así.
A veces pienso que estoy más ciega que un murciélago.
Todavía tengo que lidiar con las secuelas en forma de dudas y ansiedad.
Por suerte, esto no sucedió durante todo mi paso por la secundaria, pero los dos últimos cursos no fueron especialmente divertidos.
Una vez me instalé en Boston, mi actitud empezó a relajarse, aunque tenía un poco de miedo a conocer gente nueva y que me pasase lo mismo.
Al principio, estaba tan contenta con mi nueva relación con Cara y sus atenciones, que incluso adopté parte de su personalidad de forma inconsciente.
Hasta que me di cuenta de que había cosas que no me gustaban.
Me prometí no volver a caer en los patrones tóxicos del pasado. Si alguien no me acepta tal y como soy, si intenta invalidar mi opinión o mis gustos, entonces no quiere mi amistad. Lo único que busca es escucharse a sí mismo y validarse con ello.
—Hola a ti también. —Me acerco a su silla para abrazarla—. ¿Nuevo modelito? Es precioso —digo tocando la tela tan suave de su chaleco.
—Sí, mamá sabía que estaba enfadada por dejarme tirada de nuevo la semana pasada y ha comprado mi perdón.
Sus padres suelen decirle que van a venir de visita, pero la dejan con las ganas más veces de las que le gusta reconocer.
—Bueno, al menos te queda increíble —intento animarla—. ¿Qué tal tu grupo de trabajo?
—No está mal, podrían ser mejores, aunque tampoco me interesa mucho lo que han elegido, así que…
Nunca terminé de entender por qué escogió estudiar Trabajo Social, muchas veces me da la sensación de que no le gusta.
—Ojalá me hubiera tocado contigo, por lo menos lo pasaríamos bien —añade.
—Seguramente perderíamos más el tiempo de lo que deberíamos. —Asiente riéndose en respuesta—. Oye, te fuiste de la fiesta y no volví a verte. ¿Te tenía algún chico ocupada? ¿Eh? —le pregunto en tono socarrón.
—Hombres…, me tienen muy aburrida, Bec. No hay ni uno solo en esta universidad que me entusiasme.
Es bastante inconformista y muy exigente con los chicos, pero pretendientes nunca le faltan.
—Seguro que alguien te acabará llamando la atención, ya verás.
—Tendrías que presentarme a tu hermano, el médico militar macizo. —Abro bien los ojos por su ocurrencia—. No te hagas la loca que lo he visto en fotos.
—¿Brad? —No puedo imaginarme a mi hermano de ese modo—. No tienes ni idea de lo que estás diciendo —afirmo, y mi cara de incredulidad lo dice todo.
—Cariño, siento decirte que podría protagonizar los sueños húmedos de cualquiera —asegura. Dios, no quiero esa imagen en mi cabeza, ni hablar.
Por favor, qué asco.
La pantalla de mi móvil se ilumina, lo tengo sobre la mesa entre nosotras dos. Cara echa un vistazo para nada disimulado y arruga la nariz.
—Te ha escrito el chico ese del otro día. —No sé por qué sus palabras cargan con un poco de hostilidad.
Y aquella noche también me dio esa impresión.