Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Rebecca

M iro a Amber directamente a los ojos, sin parpadear, como un cazador a su presa, así no tendrá escapatoria. Sigo plantada delante de su puerta, esperando a que me diga por qué Willow está durmiendo medio desnudo en nuestro sofá.

—¿Se puede saber qué es tanto escándalo? —vocifera Peyton, saliendo de su dormitorio con los ojos pegados todavía.

​ —Hay un tío en coma en el salón —le respondo en tono burlón—. Estoy esperando que aquí la señora sociable me lo explique.

En verdad, me está divirtiendo mucho la situación, cuando me apunté a la universidad esperaba vivir este tipo de cosas.

​ —¿Qué? Bellrose, desembucha. —Pey la señala y de un brinco se coloca a mi lado. Lleva un pijama de One Piece que representa su personalidad a la perfección. Es amante del manga y el anime.

​ —Calma, calma, no os pongáis nerviosas —nos dice, moviendo las manos en señal de stop —. Y no me miréis de esa forma, no es lo que parece, no ha pasado nada.

​ —Y una mierda que no, no mientas, compartir es de amigas, cuéntanoslo —exige Peyton, que no para de moverse en el sitio.

La implicada, por su parte, sigue mirándonos, agarrada al marco de la puerta con cara de indiferencia.

​ —¡Eso! Estoy de acuerdo, escúpelo ya —añado.

​ —Que-no-ha-pasado-nada —vocaliza marcando cada palabra—. Además, mira quién habla, ¡la que no nos ha contado qué pasó anoche!

​ Culpable.

​ Todavía no saben nada y por eso no entienden por qué me pone nerviosa que justo esa persona esté durmiendo en nuestra casa.

​ Aunque es una tontería, qué más da quién se haya quedado aquí, tampoco es que vaya a aparecer de repente en busca de su amigo y de camino me lleve a desayunar.

​ Eso no estaría nada mal…

​ De nuevo pensando en él, y esta es ya la décima vez desde aquel momento en la terraza. Esto no puede ser sano y no tiene sentido. Debería estar pensando en Eric y en que me besó anoche, pero, no, aquí mi cerebro sigue anclado en aquella conversación.

​ Estoy a punto de meter más cizaña para que nos cuente cómo Willow ha acabado aquí y por qué no está en su dormitorio con ella, porque dos más dos son cuatro, cuando llaman a la puerta.

​ —¿Esperamos a alguien hoy? —pregunta Pey girándose hacia la entrada del piso.

​ —Ya voy yo —me ofrezco—. Tú sigue haciendo presión, en algún momento se vendrá abajo.

​ —Emm, puede que… —empieza a decir Amber, pero no la dejo continuar porque lo único que quiere es escaquearse.

Voy directa a atender el timbre, que ha vuelto a sonar, qué impaciencia.

​ Sin mirar siquiera por la mirilla ni preguntar quién es, abro la puerta, y cuando alzo la mirada, me quedo completamente clavada en el sitio.

​ Atónita, contemplo a la persona que tengo enfrente.

​ Esto es imposible, lo he invocado.

​ —¿Axel? ¿Qué… qué haces aquí? —Parece más un balbuceo que una pregunta.

No me creo que esté pasando, está justo delante de mí, enderezando aún más su postura si es posible y ofreciéndome una sonrisa que podría partir cristales.

Aunque noto fugazmente que a él también le acaba de pillar por sorpresa este encuentro.

Ha abierto los ojos más de la cuenta durante un instante, pero se ha recompuesto en seguida.

—Buenos días, Becca, qué… inesperado —me saluda sin perderse detalle de mi cara. Siento cómo me está atravesando con la mirada, deslizándola hasta mis pies.

Traga con fuerza una vez y yo observo el movimiento de su nuez en la garganta.

Entonces soy plenamente consciente de mi vestimenta, la cual brilla por su ausencia. Estoy descalza, sin sujetador y llevo como única prenda una camiseta de manga corta que me llega por encima de las rodillas y, para rematar, tiene agujeros y un estampado horroroso.

Maravilloso.

Ante mi silencio, el que parece que he adoptado como si estuviéramos en un entierro, carraspea y dice:

—¿Vas a invitarme a pasar? Creo que tengo que llevarme a alguien y te aseguro que no muerdo, o por lo menos, no siempre —alega divertido, con voz socarrona.

Vale, estoy nerviosa, no tengo por qué, pero lo estoy. Me quedan exactamente dos segundos para echarme a sudar.

No puedo evitar que mis ojos vuelen y lo recorran de una sola sentada. Lo suficiente para apreciar que viene en ropa deportiva y el pelo del color del ónix revuelto. Intento disimular lo máximo posible, aunque mi cara tiene que reflejarlo todo.

Madre mía.

Mente fría, mente fría.

¡Reacciona de una vez y di algo!

—Sí, perdona, entra. —Abro la puerta al completo y me estiro la camiseta todo lo que puedo—. Has venido por Willow, ¿no? Acabo de encontrármelo roncando en el sofá, no sabía que estaba aquí hasta hace un momento.

Atraviesa la entrada y avanza hasta el salón, donde se para y echa una ojeada examinando la sala. Menos mal que no lo tenemos todo revuelto, no somos muy organizadas, pero justo ayer hicimos limpieza general a media tarde.

—Bonito piso. ¿Vives aquí o estás de visita? —dice girándose de nuevo para poder mirarme.

—Vivo aquí con mis dos compañeras desde que empecé la universidad, no es gran cosa, pero nos apañamos bien.

Menos mal, parece que he recuperado la capacidad de hablar y de hacerlo de manera coherente.

—Yo también comparto piso, con el energúmeno que tienes en el sofá y nuestro colega Dax. Pero en la otra parte del río, cerca de Harvard —me informa, y yo asiento.

—Al principio pensaba vivir en residencia, aunque no había plazas. Si lo pienso, ahora me alegro de que no me admitieran, así tenemos más intimidad. —Me pongo un poco colorada al decir esa última palabra.

Parece que se da cuenta, porque alza un poco las cejas y me muestra una sonrisa ladeada que lleva toda la intención reflejada en sus ojos aguamarina.

—Sí, es una ventaja, el tener más intimidad me refiero.

Mi piel ha tenido que subir de tonalidad porque me arden las mejillas.

La cosa no mejora cuando oigo pasos y susurros.

Me fijo disimuladamente y efectivamente ahí están mis compañeras, jugando a ser sigilosas, sin éxito alguno, mientras asoman la cabeza desde la cocina.

Seguramente estén extrañadas si han oído algo de la conversación —que lo han hecho— con el supuesto desconocido.

—Han venido a recoger al invitado nocturno —digo en voz alta para que puedan salir de su escondite.

Lo más sorprendente es que esta escena se está desarrollando en el salón, donde duerme Willow a pata suelta. Está como un tronco, respirando con toda la tranquilidad del mundo.

Se acercan despacio, con cara de no entender una mierda de lo que está pasando. Las comprendo, yo tampoco me explico cómo hemos acabado aquí todos.

—Soy Amber Bellrose, la chica del audio —se presenta saludando con la mano.

—Axel Ward, encantado. Espero que no haya dado mucha guerra —responde, y señala a su amigo.

—¿Por qué estamos utilizando los apellidos? Parece que estamos en una entrevista de trabajo. Peyton Morris —lo saluda riéndose de su propio comentario—. Parece que a Rebecca ya la conoces —añade de forma pícara y nada sutil, como ella misma.

—Sí, nos conocimos anoche por casualidad —le contesta Axel, aunque mantiene la mirada puesta en mí.

—Interesante…

Voy a darle un codazo antes de que suelte una burrada.

—¿Por qué habláis tan alto? A algunos nos duele la cabeza —dice Willow como si nada, incorporándose muy despacio en el sofá.

—Vístete para que nos vayamos y no molestemos más aquí —le regaña Axel con rostro severo.

—Estoy vestido, capullo. —Acto seguido se da cuenta de que en absoluto lleva nada encima, bueno algo, sí, los calzoncillos—. Ah, pues no lo estoy, ¿dónde está mi ropa?

—Anoche decidiste que tenías calor, te la quitaste de un tirón y justo después te quedaste inconsciente en el sofá —le explica Amber con cara divertida—. En esas condiciones y con el tobillo hinchado, consideré que lo mejor sería que durmieras aquí.

—Ay, joder. Gracias, eres increíble, pero… ¿qué hace Ward aquí? —Mira a su amigo, realmente desconcertado—. Yo no lo he llamado.

—Le mandé un mensaje desde tu móvil con mi nombre y dirección para que viniera a buscarte por la mañana —le cuenta gesticulando muy rápido—. Tranquilo, no he cotilleado nada de tu móvil, cogí la última conversación abierta.

—Ah, genial —responde con expresión agradecido—. De verdad, muchas gracias.

—No hay de qué. Tienes tu ropa en esa silla —indica Amber mientras señala al lado del televisor.

—Misterio resuelto —añade Peyton—. Aunque seguimos sin saber por qué habéis dormido separados y cómo conoció Rebecca a Axel, que vaya casualidad todo, tengo que decirlo.

—¡PEYTON! —gritamos Amber y yo a la vez, pero a ella no le avergüenza lo más mínimo.