Capítulo 7
Axel
Dejo ca er la cabeza hacia atrás mientras las gotas de agua fría me empapan la cara. Todavía sigo entumecido de la paliza que me dieron ayer por la tarde en el gimnasio.
El entrenador se vino arriba con este último seminario, trajo como invitados a compañeros de profesión para impartir conjuntamente los ejercicios.
Y, joder, fue impresionante, una experiencia única.
No todos los días se tiene el privilegio de asistir en primera fila a clases de los mismísimos mentores de Ilia Topuria.
Cualquier fan de las MMA [2] estaría llorando de envidia. Cuando me enteré, me emocioné igual que un adolescente a punto de dar su primer beso.
Thiago Medina, mi entrenador y al que puedo llamar amigo después de cinco años, mantiene una relación estrecha con dichos maestros.
Se conocieron en Argentina hace muchísimos años, compartieron jaulas de combate y cuando los llamó, estuvieron encantados de hacer un seminario y así volver a reencontrarse.
Sí, la experiencia ha sido única, pero mi cuerpo no opina lo mismo, tengo los músculos cargados hasta decir basta.
Empecé en este deporte cuando me uní a Harvard, necesitaba desfogar, estaba tan estresado que mi humor era insoportable. La carga de trabajo me mantenía aislado en casa y me estaba volviendo un desastre, más huraño de lo normal.
Caminando por el barrio, encontré el gimnasio de Thiago.
Siempre me había llamado la atención, decidí entrar, me ofreció una clase de prueba y desde entonces forma parte de mi rutina semanal.
Resultó que se complementaba a la perfección con mi ardua tarea de estudio, me aporta más disciplina, seguridad en mí mismo y, para qué negarlo, la forma en la que se han cincelado mis músculos no está nada mal.
Pienso que la gente tiene una idea equivocada cuando escuchan «artes marciales», lo primero que se les viene a la cabeza son personas dándose de hostias.
Nada que ver.
El combate es técnica, respeto y superación, tanto personal como emocional. Por supuesto, también conlleva sus riesgos, al fin y al cabo, está basado en el contacto físico.
Salgo de la ducha y me envuelvo una toalla en la cadera para entrar en mi habitación, la cual es la más grande de este piso. Cuento con cama doble, un buen armario y un escritorio amplio, en general es bastante espaciosa.
Reviso el móvil y veo que tengo varios mensajes de Willow, seguro que son tonterías estando borracho, anoche decidió quedarse más rato en la fiesta.
Estamos a mediados de septiembre y el frío está empezando a hacerse notar, por suerte contamos con calefacción. Cojo un pantalón de chándal gris y una camiseta blanca, quiero comodidad, hoy no pienso salir de casa.
Me dirijo a la cocina con intención de tomarme un café bien cargado y aprovechar el día al máximo, estoy inmerso en un proyecto de investigación periodística fascinante.
Pero de repente la recuerdo a ella.
¿Qué estará haciendo?
Seguro que pasó la noche con el mamarracho que apareció para joderme el momento. Recuerdo que tenía nombre de príncipe de Disney, puede que Derek.
Por favor, nadie es de fiar con un nombre así.
Da igual, seguro que no aprovecha la oportunidad y es tan desechable para él como los calcetines que se puso por la mañana. Una pena, yo hubiera alargado la situación, estuve a punto de desgastarla de tanto mirarla, todo en ella me decía sí.
—Oye, tío, ¿sabes algo de Willow? —me llama la atención Dax, sentado en la barra de la cocina mientras engulle un desayuno propio de un titán.
No entiendo cómo puede ver algo, el pelo le ha invadido toda la frente y parte de los ojos. Por lo general, lo lleva recogido en un moño por comodidad, pero ahora los mechones color chocolate le caen salvajes por toda la cara.
—Creo que anoche no volvió a casa, la puerta de su habitación está abierta y la cama sin tocar —continuó.
—Qué raro, suele avisar cuando pasa la noche fuera —le respondo pensativo—. Espera un momento, tengo mensajes suyos sin leer.
Saco el móvil del bolsillo y abro el chat de mi compañero.
—Mierda. —Levanto los ojos de la pantalla.
—¿Qué ha hecho ahora? —pregunta con el tenedor en la mano.
—Dice que se va a casa de su nueva amiga, y esto es mucho deducir porque no se entiende nada de lo que ha escrito —le comunico al jugador de hockey—. También hay un audio.
—Sorpréndeme, o mejor, no me digas nada y déjame tener el sábado tranquilo.
Me acerco el móvil a la oreja para escucharlo.
—Es una chica hablando desde su teléfono.
Lo termino y gruño porque este tío es imbécil.
—Eso es nuevo. —Ahora sí que me presta toda su atención. Tiene los ojos de un marrón tan oscuro que cuesta distinguirlo con el negro—. ¿Qué dice?
—Que Willow se ha doblado el tobillo y, como estaba demasiado borracho, va a dormir en su sofá —resoplo—. Me ha dejado su dirección para que vayamos a recogerlo, dice que se llama Amber Bellrose.
—Ni de broma, tío, tengo que estar en el hielo en menos de media hora, debería estar yéndome ya, no puedo ir.
Imposible convencerlo, Dax es muy estricto con su preparación deportiva.
—¿También entrenas en sábado? —No sé ni por qué lo dudo—. Joder, pensaba seguir con mi proyecto.
—Hoy tenemos una sesión de refuerzo en saque directo a portería, no puedo perdérmelo.
—Vale, está bien, iré yo —respondo resignado—. Por cierto, ¿te suena de algo el nombre de la chica?
—Para nada, la conocería anoche —expresa, se levanta de la silla y coge el macuto del equipo—. Luego me cuentas, nos vemos —se despide atravesando la puerta, y yo se lo devuelvo con un gesto de cabeza.
Voy a ir solo para poder matarlo con mis propias manos.
No pienso esperarme para que duerma tranquilo la mona, me da igual que todavía sea temprano o que haya ligado con la tal Amber y quiera pasar más rato con ella. Cuanto antes llegue, antes regresaré y podré seguir con mi trabajo. Ni siquiera voy a cambiarme de ropa.
Me bebo el café que me queda de un trago y cojo las llaves del coche.
Al meter la dirección que me ha dado la chica en el GPS, me doy cuenta de que está por la zona de anoche, así que será una estudiante de la Universidad de Boston.
En el camino me voy serenando. Si lo pienso en frío, le podría haber pasado a cualquiera. Bueno, a cualquiera no, pero a Willow Prescott sí. No tiene la culpa de lesionarse, aunque estoy seguro de que unas cuantas copas de más han tenido la culpa.
Demasiado pronto he cantado victoria porque, justo cuando estaba menos irritado, me desvían del camino por obras. Estaba a solo quince minutos en coche, y la nueva ruta me marca treinta y cinco minutos hasta llegar al destino.
Lo que me faltaba, voy a perder media mañana.
En serio, voy a cargármelo.
Mientras recito todo lo que se me ocurre por la boca, me entra una llamada de Lia. Menos mal, no estoy ahora mismo para aguantar las tonterías de nadie, pero a ella le concedo mi mejor parte, como siempre.
—Ey, Axel, te llamaba para ver si has hecho cambios en la investigación, yo ando un poco atascada con la mía.
—No, no he hecho cambios, porque no lo he tocado todavía.
—No te creo, te hacía terminándola, con lo obsesivo que te pones —suelta con una carcajada bien sonora.
—Pues no, estoy de camino a recoger al cretino de tu amigo. Resulta que se ha jodido el tobillo y anoche se quedó en casa de una tía —le explico—. Y lo mejor es que han cortado el acceso del río Charles más cercano a nuestro piso, desviándome a otro por el que tardo más en llegar.
La zona de la Universidad de Boston está relativamente cerca de la mía, solo que al otro lado del río.
Así que, para llegar hasta allí, hay que cruzarlo de forma obligatoria.
Esto no suele ser un problema porque tiene muchos accesos, pero, claro, justo hoy tenían que interrumpir el más cercano a mi casa.
—¿Qué amigo? ¿Qué tía? —pregunta Lia como buena cotilla que es.
—¿Quién va a ser? Pues el puñetero Willow, quién si no. Te juro que va a estar haciéndome la cena durante un mes entero por esto. —Y lo digo en serio, aunque Lia no haga nada más que reírse—. La chica no sé quién es, solo que se llama Amber.
—Bueno, calma, más tarde te reirás de esto. Todavía tienes muchísimo tiempo para acabar la tarea, siempre vas por delante —afirma, ella siempre sabe qué decir para relajarme.
—Si quieres te informo cuando lo retome y le echamos un vistazo al tuyo, por si sigues necesitando ayuda.
—Me parece perfecto, y dale recuerdos a Willie de mi parte —dice cachondeándose.
—Por lo menos alguien se lo está pasando bien con esto. —Saco una sonrisa pese a mi enfado—. Hablamos pronto, Lili —me despido así, con el mote cariñoso que le puse hace años.
Tengo suerte y encuentro aparcamiento relativamente rápido. Miro la dirección de nuevo para comprobar el número de la calle y el piso, lo tengo solo a dos pasos.
Entro en el bloque y presiono el botón del ascensor, pero, para sorpresa de nadie, no funciona, está claro que hoy no es mi día.
Un cardio improvisado por las escaleras después, estoy frente a la puerta.
Toco al timbre dos veces, por si no me han oído la primera.
Podría decirse que soy una persona impaciente, que lo soy, y más hoy.
Creo que no doy muy buena imagen con el chándal y el pelo desaliñado, pero me da igual, tampoco tengo que impresionar a nadie.
Por fin me abren la puerta y… se me desencaja la mandíbula.
No me lo puedo creer.