Capítulo 6
Rebecca
H oy no es el día de dejar dormir a Rebecca.
Me encantaría que mis compañeras de piso recordaran que les he dicho quinientas veces que no enciendan la dichosa cafetera automática a horas imposibles de la mañana. Porque, sí, soy de esas personas a las que les molesta un susurro a primera hora del día.
Tengo el sonido metido en las sienes, se repite una y otra vez.
Por el amor de Dios, es sábado y pretendía dormir hasta tarde.
Empiezo a despegar los párpados muy lentamente con cara de martirio, me pongo de lado y alargo el brazo para coger el móvil de la mesita. A estas alturas lo hago por acto reflejo más que por voluntad. Me quedo mirando a la pantalla y mierda…
El origen del ruido no es la cafetera ni tampoco mis amigas, sino una maravillosa llamada entrante a nombre de mamá. Olvidé que no hemos hablado en unos días, cosa imperdonable para ella. No me da tiempo a darle al botón de aceptar, lo que me deja un total de tres llamadas perdidas.
Me incorporo en la cama dejándome caer en el cabecero, al que por cierto tengo que echarle un ojo y apretar los tornillos, últimamente se mueve mucho y hace más ruido que una sinfonía.
Sin pensármelo dos veces le devuelvo la llamada a mi madre, que estará a punto de entrar en modo ebullición. Nadie quiere que a Sandra Davis se le active el modo peligro, vuelva loco a mi padre y le obligue a comprar dos billetes de avión instantáneos para presentarse en la puerta de mi piso.
—¿Rebecca? —contesta al primer tono.
—Claro que sí, mamá, quién iba a ser si no, te estoy llamando desde mi móvil —suelto. Encima tengo agallas de vacilarle—. No lo he escuchado, estaba durmiendo.
— Vergüenza es lo que no tienes, ¡llevas días sin llamarme! —me dice de tal forma que parece que la tengo justo delante en este momento. Además, me está hablando en español, la cosa se pone seria.
— Lo siento, mami , no me he dado cuenta.
He sacado mi arsenal lastimero, sé que hablarle en mi idioma materno le toca el corazón.
—Anda y a otra con el cuento, que nos conocemos —me ha cazado—. Cuéntame cómo te ha ido la semana y a lo mejor se me pasa.
No pienso rechistar, la echo de menos.
—Estupendo, las clases nuevas me gustan mucho, aunque alguna asignatura me va a dar dolor de cabeza, lo presiento —confieso.
—Eso no es nada, hija, ya tienes casi todo el camino recorrido, un poco más y cuando pestañees lo habrás conseguido. Pienso ser la madre más orgullosa en tu graduación.
Esta mujer siempre ve lo mejor de mí y me lo hace saber cada vez que puede.
—¡Así una empieza el día con las pilas cargadas! —Sonrío tanto que incluso ella tiene que notarlo desde el Estado de Michigan.
Mis padres viven en Detroit, allí está nuestra última casa familiar y digo «última» porque hemos viajado mucho a lo largo de los años, con innumerables mudanzas, ya que el trabajo de mi padre lo requería.
Tras el accidente de papá, decidieron asentarse definitivamente allí, en un barrio tranquilo a las afueras de la ciudad.
Me gustaría que estuvieran más cerca y poder visitarlos más a menudo.
Cuando vine a Boston por primera vez, me acompañaron haciendo un largo viaje por carretera, once horas en coche para poder ayudarme con el traslado.
Aprovecharon y pasaron unos días haciendo turismo y conociendo la ciudad, cuando se fueron y tuve que despedirme, lloré a moco tendido.
Lo sé, soy sensible y puede que un poco dramática.
—Para eso estamos, tesoro, te echamos de menos, ¿quieres hablar con tu padre? —Hace una pausa para llamarlo—. Owen, la niña está al teléfono.
—Eh, mi chica, ¿cómo va todo? —La voz cálida de mi padre invade mis oídos—. Espera, lo pongo en manos libres y así escucha también tu madre.
—¡Hola, papá! No me quejo, todo marcha bien, ayer salí un rato con las chicas y pronto empezaré las prácticas con los veteranos en el centro del que hablamos.
—Si quieres puedo hablar con un viejo amigo, seguro que pueden echarte una mano.
Sé que lo dice con buena intención, solo quiere ayudarme, pero necesito hacer esto por mí misma.
—De eso nada, no quiero favoritismos, suficiente has hecho ya, sé que los llamaste para que me admitiesen —le reprocho.
—No me lo eches en cara, quería sentirme útil y poder ayudarte.
Tiene un don para encogerme el corazón.
—Y te lo agradezco mucho, ya sabes que tenía ganas de aprender en ese centro.
—Para eso estamos, pajarito.
Lleva llamándome así desde que tengo uso de razón y, aunque a veces me avergüenza delante de quien pille, no quiero que deje de hacerlo.
— ¿Cuándo tienes pensado venir de visita? —dice mi madre, volviendo a cambiar al español.
— Mamá, ¿ya quieres que vuelva?
Estuve en casa hace nada por las vacaciones de verano, el nuevo curso solo acaba de empezar.
— Imagino que miraré vuelos para Acción de Gracias o Navidad, depende del precio que tengan —añado.
—¿De qué demonios estáis hablando?
Y este es mi padre, el señor que no se ha dignado a aprender español en todo su matrimonio. Con suerte sabe un total de diez palabras. Mi madre lo dio por perdido hace mucho tiempo, ya ni lo intenta.
—Tu hija dice que los vuelos son caros y que no va a venir en Acción de Gracias ni en Navidad —interviene mi madre de nuevo en inglés.
Esta mujer siempre hace lo mismo, se inventa lo que le da la gana, total, papá no se entera.
—¿Cómo has dicho? —No esperaba menos que mi padre entrara en cólera—. De eso nada, nos dices cuánto cuesta y te compramos un billete nosotros, o voy a por ti en coche —afirma.
—Papá, ya deberías saber que mamá cuenta lo que se le antoja, no he dicho eso. —Me río porque no me queda más remedio, aunque si soy sincera mi madre no iba tan desencaminada—. Miraré los vuelos cuando se acerque más la fecha, eso es todo.
—Sam, no seas tan tremendista, mujer, que todavía quedan meses. Tu hija solo está siendo prudente —le suelta a mi madre en tono guasón.
—Owen, no quiero quejas, cuando aprendas español, que será nunca, me recriminas lo que quieras —le responde ella en tono severo.
—Bueno, ya que me habéis levantado, voy a desayunar si no os importa —les digo a ambos muy alegremente—. Os dejo a vosotros con lo vuestro.
—Está bien, cariño, hablamos pronto —me contesta mi madre.
—No te olvides de llamar —añade mi padre.
—Sí, sí, os iré informando. Os quiero.
Mi padre era comandante en el ejército, pero en su último despliegue en Afganistán, durante una misión de reconocimiento, sufrió una lesión en la pierna debido a un atentado con coche bomba. Esto conllevó una baja inmediata y permanente del batallón y, por consiguiente, del propio ejército.
Tardó mucho tiempo en acostumbrarse a la vida de civil y le quedaron secuelas casi irreparables de sus años en activo.
Cuando yo tenía dieciséis años, mis padres nos llevaron a mi hermano Brad y a mí a un centro para veteranos de guerra que trataba el estrés postraumático.
Mi padre solía asistir regularmente, y en esa ocasión se celebraba un evento orientado a la familia.
Los profesionales nos explicaron qué le estaba ocurriendo y cómo podíamos hacerle sentir mejor.
Ese día algo cambió en mí, estaba muy agradecida por la labor que llevaban a cabo en aquella clínica. Me pareció increíble cómo hacían sentir mejor a los pacientes, mostrando plena dedicación hacia ellos.
Pude hablar de primera mano con distintos expertos y al finalizar la jornada quedé muy impactada con las tareas de los trabajadores sociales. Desde entonces supe lo que quería estudiar en la universidad.
Imagino que aquel día no fui la única que se planteó su futuro, porque mi hermano está actualmente realizando su residencia médica en un hospital militar, con especialidad en emergencias.
Brad es todo un cerebro. Accedió a la escuela de Medicina batiendo récord en la preparatoria, y la terminó de igual manera, siendo el primero de su facultad. Tuvo el privilegio de escoger especialidad y dónde hacer la residencia.
También os diré que es imbécil y no pierde la oportunidad de irritarme en cuanto tiene ocasión, pero en el fondo soy su debilidad y le encanta ser mi hermano mayor.
El caso es que menos mal que nuestros padres nunca nos comparan porque, académicamente hablando, estoy muy por debajo de sus logros. Mis notas son aceptables, pero bastante mediocres, nada destacables.
En fin, no es momento de compadecerme de mí misma.
Mis tripas están rugiendo y eso quiere decir que estoy totalmente despierta, lo que me recuerda que mis compañeras no saben nada aún de lo que me pasó anoche.
Cuando llegué, Pey ya estaba metida en su cuarto, seguramente roncando, y Amber nos dijo que volvería más tarde.
Todavía le doy vueltas al beso de Eric, no fue para nada desagradable, pero supongo que tenía unas expectativas diferentes. Pensaba que me sentiría distinta, más viva.
Me levanto recolocándome la camiseta, es con la única prenda que puedo dormir, odio ponerme pantalones dentro de la cama, así haga cero grados.
Salgo de mi habitación, descalza y con la mirada fija en el móvil, viendo mis notificaciones mientras me dirijo a la cocina. Llego hasta el salón y paso de largo, pero… un momento.
¿Eso era…?
Vuelvo a retroceder un par de pasos y me asomo a la chaise longue grande que tenemos delante de la tele. Seguro que he visto mal. Me acerco y… no puede ser.
Bueno, sí que puede ser, porque delante de mí hay un tío en calzoncillos tirado en nuestro sofá.
Y además lo conozco.
Me voy de puntillas para no hacer ruido, y cuando salgo del salón voy corriendo hasta la habitación de mi compañera.
Le toco a la puerta suavemente dos veces y cuando no responde opto por un golpe seco mucho más ruidoso. Parece que hace efecto porque la oigo quejarse dentro y venir.
—¿Se puede saber qué te pasa? —me pregunta Amber abriendo la puerta, tiene el pelo hecho una maraña y aun así está adorable—. Es sábado, pedazo de loca.
—Pues quisiera saber… —empiezo, y me hago la interesante—. ¿por qué está Willow durmiendo en nuestro salón?