Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 5
7%

Capítulo 5

Rebecca

Mi mir ada sigue clavada en la puerta.

Todavía estoy perpleja con lo que acaba de pasar. No quería irme, no quería que se fuera. Me hubiera pasado horas hablando con él, todo era tan fluido y natural, que me he sentido en una burbuja, muy viva.

​ Tampoco está de más admitir que sus ojos me tenían presa.

Tienen un color extraño que no había visto antes, su base es verde, pero la inundan destellos azulados.

Me encantaría apreciarlos con más nitidez.

Desde luego, el chaval no está nada mal.

Su aspecto calentaría a la más rígida del lugar.

Todo, incluido su firme tono de voz, te invitaba a quedarte.

​ Ya no es solo su apariencia física, la conversación me tenía enfrascada, me interesaba. Me hubiera gustado tener más tiempo.

​ —¿Quieres que nos quedemos aquí un rato más?

​ De repente la voz de Eric me devuelve a tierra, recordándome que no estoy sola.

​ Me siento un poco mal por estar pensando en otro tío que acabo de conocer, cuando Eric me ha invitado a unirme a sus amigos. Incluso se ofreció a recogerme en mi casa para venir aquí.

—Debería volver ya, las chicas me están esperando —le respondo, intentando no sonar esquiva.

​ No he perdido de golpe las ganas de hablar con él, simplemente no me apetece hacerlo aquí y ahora. Este lugar ya guarda un recuerdo, no quiero solaparlo.

​ Qué tontería, quizás no lo vuelva a ver.

​ —Está bien, te escolto de vuelta —cede, ofreciéndome su mano.

​ Lo acepto, pero me cojo de su brazo, esta opción se siente más correcta, me encuentro más cómoda así.

​ —Eh, eres todo un caballero, las chicas no tendrán queja contigo —lo suelto con aire despreocupado, pero, en realidad, lo hago con intención.

Siento curiosidad por saber qué tipo de respuesta va a darme, tengo una corazonada.

Eric me gusta, se porta realmente bien conmigo, es amable, considerado y juguetón.

Sin embargo, su forma de relacionarse con los demás, sobre todo con la población femenina, despierta en mí una advertencia.

Dicha señal me dice que abra bien los ojos y sea prudente.

No quiero sentenciarlo sin conocerlo, simplemente ser cuidadosa.

​ —No, no suelen tenerla —asegura con una carcajada.

​ Esa era la respuesta que esperaba, aunque no la que quería.

Por lo menos es sincero. Tampoco puedo ponerme con cara de agria, no ha dicho nada malo. He aprendido que los demás no tienen que ser adivinos o actuar conforme a lo que nos gustaría.

Aunque un poco de humildad no hubiera estado mal.

Los demás siguen justo donde los había dejado antes de ir al baño, en el jardín, pero charlando unos con otros. Parece que ya han terminado de jugar.

Al verme, mis amigas se giran y tres pares de ojos se desvían de forma sincronizada de mi cara a mi mano, sí, esa mano que llevo enganchada al brazo de Eric. Ahora mismo son tan transparentes como el cristal, y sé perfectamente lo que se les está pasando por la cabeza.

La cara de Amber es divertida, la de Peyton, malévola, pero Cara no tarda ni medio segundo en cambiar el semblante, no le termina de gustar lo que ve.

—Vaya, ya entiendo por qué tardabas tanto —se mofa Pey, que me mira de forma pícara—. Estabas entretenida.

No sabe lo equivocada que está.

—¡Aaah! Me encanta esta canción —interrumpe Amber, rescatándome sin ella saberlo—. ¡Vamos a bailar un rato!

Prefiero no contarles delante de todos que no estaba con Eric, sino con otro. Seguramente, les acabe detallando mi momento en la terraza, el chisme es el chisme, pero en la intimidad de nuestro piso y con chocolates.

—Voy a ver a unos amigos, nos vemos otro día —informa Cara—. Ciao, amore .

Se despide lanzando un beso al aire y yo asiento mostrándole una sonrisa. Ha sido amable, pero yo juraría que algo le ha molestado.

No empieces otra vez.

Mi cerebro me está dando el aviso que necesito. Tengo que parar o acabaré de nuevo en un bucle de pensamientos sin sentido. No puedo darle importancia a algo que no la tiene. No puedo permitir que cualquier gesto o comentario me afecte.

—Vamos a bailar —me animo.

—¡Y a por unos chupitos! —propone Peyton.

—Pero solo uno, que nos conocemos —le rebato—. No quiero acordarme mañana de todos nuestros ancestros.

Los chicos nos acompañan a la pista y pasamos la siguiente hora bailando. Al final, no fue un chupito, pero eso lo sabíamos todos.

Los amigos de Eric no me disgustan tanto como pensé en la primera impresión que tuve de ellos.

Aunque tampoco me sentaría con ninguno de los susodichos a tomar café y contarle mi vida.

No me parecen esa clase de personas, aun así, como compañeros de fiesta están bien, nos incluyen en todo y se prestan a cualquier cosa.

La noche transcurre entre bailes, viajes al baño, piques entre nosotros y conversaciones banales pero entretenidas.

Mis amigas intentan sacarme información, tienen más ganas de beber del cotilleo que de los chupitos de vodka caramelo. Ya les he dicho que no es lo que parece y que les contaré todo en casa, a lo que ellas han puesto cara de morcilla apretada. En serio, me encanta lo expresivas que son.

Tampoco hay tanto que contar. No ha pasado nada, me he encontrado con un chico nuevo, hemos hablado un poco y fin, nada del otro mundo.

Solo que… me he sentido diferente. No sabría explicarlo.

No he vuelto a encontrarme con Axel. He bajado al baño varias veces con mis amigas y ya no estaba por allí. Tampoco lo he visto el resto de la noche por ninguna parte, se ha esfumado.

Tal vez esté en alguna habitación de arriba, acompañado.

Todos sabemos lo que pasa en los dormitorios de las fraternidades durante una fiesta y si no lo sabes, lo aprendes.

En mi primer año de universidad, cometí la imprudencia de entrar en uno sin avisar. Inocente de mí, buscaba un sitio donde hablar por teléfono tranquilamente, pero muy tranquila no fue la experiencia. Me encontré de frente con una pareja que tenía como misión vital hacer astillas la cama.

La idea de que esté en las habitaciones de arriba me hace torcer el gesto.

No me extrañaría en absoluto que recibiera tanta atención femenina como Eric, el chico tiene unos rasgos muy atractivos y su mera presencia llama la atención. Mientras estaba con él, me encontraba en trance.

Pey viene hacia a mí, toda erguida caminando en línea recta. Siempre consigue dejarme perpleja con la tolerancia que tiene con el alcohol. En cambio, yo lo huelo y ya camino en zigzag. Es vergonzoso.

—Estoy lista para irme a casa —declara con el bolso bajo el brazo.

—Me sumo a tu iniciativa —le confirmo—. Vamos a buscar a Amber por si quiere venirse con nosotras.

—Antes la he visto hablando con un chico al lado de la cocina —relata señalando el lugar—. Se estaba riendo con él y es guapísimo. Un amigo de Eric me ha dicho que es de los de Harvard.

En cuanto pronuncia esa última palabra abro los ojos bien grandes. Ella no nota nada porque no sabe que he conocido a alguien de esa universidad esta noche.

—Vamos a preguntarle si quiere irse, aunque… es probable que quiera quedarse bien acompañada un rato más. —Me río de mi propio comentario mientras le cojo la mano encaminándonos a la cocina, la cual está casi despejada a estas horas.

La encontramos echada en la pared, sujetando su vaso y mostrando una actitud seductora.

El chico, de cabello rubio despeinado, tiene la mano apoyada en la pared, justo al lado de la cabeza de Amber.

Nos acercamos y empezamos a toser. Estoy segura de que no se ve tan disimulado como nosotras creemos.

Se sobresaltan girándose para mirarnos. Sí, efectivamente les hemos cortado el rollo, pero ha sido con buena intención, nos perdonará.

—¿Chicas, sucede algo? —nos pregunta ella con los ojos entornados, creo que quiere que nos larguemos de aquí cuanto antes—. Willow, estas son mis amigas, Peyton y Rebecca —nos presenta.

Un momento…

Si no me equivoco es uno de los amigos de Axel, de los que estaba jugando en el sótano. Me estoy poniendo roja, aunque no sé por qué, lo más probable es que ni siquiera me viese.

—Encantado, es un placer —nos dice con voz socarrona y unos penetrantes ojos azulados.

Yo diría que está un poco borracho, pero, sí, es él. Estoy segura.

—Te buscábamos para decirte que nos vamos ya, por si querías venirte con nosotras. —Muevo la cabeza secundando las palabras de Peyton—. Aunque me parece que no tienes ganas de irte.

No puedo evitar soltar una risita más propia de una adolescente que de una universitaria.

—Si te apetece quedarte un rato más, luego puedo acompañarte en taxi a casa —le propone Willow.

—Sería genial. Muchas gracias por ofrecerte —le responde ella de forma coqueta.

—Más te vale que mi amiga llegue a casa de una pieza.

Mi amenaza, vista desde fuera, con mi metro sesenta, tiene que parecer un chiste.

—Eso —añade Pey con mirada acusatoria.

—Soy todo un galán, prometido —expresa poniendo cara de no haber roto un plato en su vida.

Ambas le damos un beso en cada mejilla a Amber para despedirnos.

—Si necesitas algo, tendremos el móvil disponible —informa Peyton.

Nos vamos hacia la puerta de salida y justo cuando estamos mirando la aplicación de taxis para volver a casa, me cogen del codo y me giran suavemente.

—Rebecca, ¿ya os marcháis? —Eric me mira desde arriba y suelta mi brazo—. Puedo acercaros a casa, tengo el coche en la puerta. Hoy no he bebido, me toca ser el chófer.

—Es un detalle por tu parte, ¿verdad, Bec? —Peyton me mira buscando aprobación.

—Verdad —le confirmo.

Vamos a por su coche y hacemos el trayecto hablando sobre cosas de la fiesta hasta que paramos frente a nuestro bloque de pisos.

Peyton salta del asiento de atrás como si quemara.

Eric solo ha podido responder con una sonrisa y un gesto con la mano. Tenía toda la intención de dejarme sola con él.

Dejo de mirar como mi amiga entra en nuestro bloque y me giro hacia él, desde el asiento del copiloto. Carraspeo poniéndome la mano en la boca, decidida a romper esta tensión que se ha formado en cuestión de segundos. Él parece darse cuenta y rompe el silencio.

—Llevo toda la noche queriendo pedirte salir algún día —dice sin vacilar, casi sin pestañear—. Los dos solos, fuera del campus.

Desde luego, me ha dejado sin palabras. ¡Vaya manera de romper el hielo! Por lo menos, ya puedo cerciorarme de que no eran imaginaciones mías y realmente sí está interesado.

Pensé que, si sucedía algo así, me pondría más nerviosa, pero estoy bien.

—Sí, podríamos quedar algún día —le sonrío—. Me gustaría.

—Menos mal que me has dado esa respuesta, porque no estaba seguro de si hacer esto…

No me da tiempo a reaccionar porque en lo que dura un parpadeo, se inclina hacia delante con la velocidad de un felino y posa sus labios sobre los míos.

Es… agradable y suave. Se nota que ha querido ser prudente y delicado. Yo le he respondido de la misma forma, acariciando su mandíbula mientras lo hacía.

El momento ha sido breve, ninguno de los dos ha añadido más palabras aparte de darnos las buenas noches. Me bajo del coche y le echo un vistazo rápido por encima de mi hombro antes de entrar en casa, pero ya ha arrancado el motor y está empezando a desaparecer por la esquina de la calle.

Ha sido una buena sensación, aunque no sé por qué pensaba que sentiría más vértigo.

Me ha resultado como una balsa de agua. Plana.