Capítulo 4
Axel
¿Quién es?
—Tío, ¿me oyes? Nada, que no se entera. ¡AXEL!
Me sobresalto al oír la estruendosa voz de mi colega Daxton. Me está mirando algo pasmado.
—¿Por qué me gritas? —Parpadeo varias veces—. Estoy aquí al lado, joder.
Gira la cabeza mostrándoles a los demás su expresión incrédula.
—¿Me está vacilando?
—No estoy seguro, tío —aporta Willow riéndose.
—Estabas explicándonos de qué iba la cosa, y de repente te has hecho un lío —explica Daxton molesto—, callándote con cara de gilipollas.
No hacía falta ser tan descriptivo. Ni tan idiota.
—Eso, tío, ¿cómo quieres que lo averigüemos? —dice Willow—. Si ni tú mismo te aclaras.
Estamos jugando a adivinar películas. Uno de nosotros tiene que explicar escenas, diálogos o lo que quiera, ofreciendo pistas para que el resto intente acertarla.
—Me he distraído —confieso.
Y tanto que lo he hecho.
Estaba intentando describir escenas clave de una película —sin desvelar nada importante—, cuando he notado que me miraban.
He desviado la atención un momento, conectando directamente con unos ojos perlados, del mismo color que la arena.
Al verla, me he quedado en blanco. La chica está sentada muy cerca de nosotros, pero se mantiene algo escondida detrás de una columna.
Diría que no la he visto antes, si fuera así la recordaría. Soy alumno de Harvad, no de la Universidad de Boston, y aunque ambas estén en la misma ciudad, puedes no coincidir con alguien jamás.
—Ya nos hemos dado cuenta —suelta Lia de forma sarcástica, sentada al lado de Willow—. Venga, céntrate y sigue, que voy ganando.
Lia Gartner es mi compañera de clase. Estudiamos un pregrado de Arte, Cine y Estudios Visuales. Como somos muy frikis, siempre arrastramos a los demás a este tipo de juegos.
Ella es mi amiga y consejera más fiable. Me apoya y escucha siempre que lo necesito y, sobre todo, no tiene ningún reparo a la hora de echarme una bronca monumental si es necesario.
Retomo mi explicación por donde lo había dejado y, en cuestión de minutos, Lia se levanta dando una palmada, ha sido tan brusca que su trenza rubia se mueve de un lado a otro, tan frenética como ella.
— ¡Pulp Fiction! —exclama lanzándome una mirada del mismo color que la miel.
—Correcto —respondo mientras me inclino, imitando una reverencia.
—¡Lo sabía! El momento de John Travolta y Uma Thurman bailando es inconfundible. Además, a Axel le encanta Tarantino —se recochinea—. Siento deciros que he ganado esta ronda y todos me debéis una buena ración de patatas con beicon.
Mientras mis amigos se pican unos a otros, yo busco a la chica de los ojos brillantes. Pero ya no está ahí, se ha marchado.
Necesito tomar el aire un rato, en este sótano hace calor.
—Salgo a fumarme un cigarro —comento mientras me pongo en pie.
—Tú y tu asquerosa costumbre. —Daxton odia que fume. Como buen deportista, se toma muy en serio su salud y rutina de entrenamiento.
No le quito razón, tengo veintitrés años y este vicio está empezando a asquearme.
—Vamos, Dax, no te pongas en plan padre, que todavía es muy temprano para escuchar tus lamentos. —Willow lo único que quiere es irritarlo y echarse unas risas a su costa. Es un payaso de manual.
Subo las escaleras saliendo del sótano.
Algunos fuman ahí abajo y el ambiente se vuelve insoportable, prefiero buscar un lugar al aire libre.
Ya que me robo oxígeno por voluntad propia con el cigarro, por lo menos que respire decentemente.
Lo sé, es una contradicción en toda regla, pero algo es algo.
Atravieso un salón en el que varios ya han comenzado a bailar y visualizo el jardín, aunque quiero un sitio más privado. Sigo explorando la casa y cerca de la cocina veo una puerta pequeña.
A los estudiantes de esta fraternidad les gusta montar buenas fiestas, está todo abarrotado.
Acabamos aquí porque unos chicos del equipo de hockey sobre hielo de la Universidad de Boston, los Terriers, invitaron a Daxton.
Él juega para Harvard, en los Crimson. Aunque ambos equipos compitan, mantienen una rivalidad sana.
Cruzo la pequeña puerta y me encuentro con un porche de madera, al estar en el lateral de la casa debe de pasar más desapercibido porque aquí no hay nadie.
Me acerco al borde y justo cuando me estoy encendiendo el cigarro con ambas manos para que el aire no lo apague, escucho movimiento detrás de mí.
Le doy una calada profunda y apoyo las manos en la baranda. Giro la cabeza levemente hacia atrás y miro por encima de mi hombro.
—Vaya, resulta que tengo compañía, ¿quién se esconde en la oscuridad? —afirmo intentando enfocar la vista, la luz es escasa.
Reconozco la figura de una chica, está sentada en un pequeño sofá doble pegado a la pared, donde también hay una mesita baja delante.
—No pretendía espiarte ni nada parecido —se apresura a contestar.
Me fijo mejor y…
Es ella, la que estaba observándonos en el sótano.
Me intriga. Estaba sola, sentada con una expresión que no era muy alegre que digamos. Y ahora me la vuelvo a encontrar aquí, apartada y sin nadie a su alrededor. Su estado de ánimo no parece mejor.
—Estabas allí abajo, viendo como mis amigos y yo jugábamos, ¿verdad?
Es más una afirmación que una pregunta, pero tengo ganas de sacarle conversación.
—¡Madre mía! Parezco una acosadora —dice cómicamente—. No soy una loca, lo prometo, déjame explicarme.
Su cara está cambiando de color rápidamente, cogiendo un tono cereza adorable.
—Soy todo oídos —aseguro, y me giro completamente para que quedemos de frente, ella sentada y yo apoyado de espaldas en la columna de madera.
—Necesitaba despejarme, así que he ido al baño de abajo porque me han dicho que habría menos cola. —Hace una pequeña pausa y yo la miro expectante, pero con expresión guasona.
—Ajá.
—Tenía ganas de quedarme un ratito más, tranquila, me he sentado y me habéis llamado la atención con vuestro juego. Pensaba que nadie me estaba viendo. Después he salido aquí a tomar el aire, antes de volver con mis amigos.
—Vale, parece que no eres una pervertida. —Abre mucho los ojos y me mira horrorizada. Esto está siendo divertido—. Y, por cierto, por mí, puedes mirar todo lo que quieras.
Sonrío de medio lado y ella resopla, dejándome satisfecho con ese resultado, es el que buscaba. Está más guapa indignada que triste.
—Soy Axel Ward. Es la primera vez que vengo por aquí. Han invitado a un amigo y los demás nos hemos acoplado —saludo, y le extiendo mi mano para estrechársela—. La próxima vez estás invitada a participar en el juego.
—Gracias —dice, pero se ruboriza un poco—. Rebecca Davis, estudio en la BU [1] , supongo que eres de los de Harvard. —Me devuelve el gesto y su roce me resulta reconfortante.
—Encantado de conocerte, Becca —afirmo soltando su mano suevamente.
Tal vez, me he tomado demasiada confianza al llamarla por un diminutivo, pero me ha salido sin pensarlo.
—¿Qué tal va tu noche? —le pregunto para suavizar el hecho de que tengo la lengua más rápida que la razón.
—Bien… —afirma, aunque parece dudar—. Estaba jugando a beer pong y me he agobiado un poco, me habrá sentado mal la bebida. Ya me encuentro mejor.
No la noto muy convencida. Yo diría que le ocurre algo más, pero tampoco quiero presionarla y que salga huyendo, no me conoce.
Pero eso vamos a solucionarlo ahora mismo.
—¿Cuál es tu película favorita?
Quiero distraerla de lo que sea que le preocupa. Levanta la cabeza y me mira extrañada por el cambio radical de tema. Es justo lo que pretendo, bueno, eso y retenerla más tiempo aquí conmigo.
—¡Ay, no puedo elegir! Me gustan muchas. Hoy puedo ver Guardianes de la Galaxia y mañana Pocahontas . Pero los musicales son especiales, siempre me despiertan emociones.
Joder, tú sí que me despiertas cosas.
Se revuelve en el asiento, como si se sorprendiera a sí misma por mostrarse así de espontánea y natural. Yo no tengo queja, me encanta que lo haga. Carraspea y continúa:
—¿Y la tuya cuál es?
—No tengo una favorita, es imposible. Pero los documentales me atrapan, puedo pasarme horas y horas pegado a la pantalla.
El último que he visto ha sido Crónicas de una vida en el frente .
Mi padre es historiador y me introdujo en esta afición —le cuento acercándome cada vez más a ella, de tal manera que acabo sentado a su lado en el sofá.
—¿En el frente? ¿Es un reportaje de guerra o algo así? —lo pregunta con interés real, lo noto en su expresión atenta, y eso hace que me derrita—. Mi padre era comandante en el ejército, tuvo que retirarse por una lesión estando de servicio.
—Sí, es un reportaje de guerra. Lo considero una profunda inmersión en el escenario en sí, contiene testimonios reales de las víctimas —explico sin poder parar de mirarla a los ojos. No sé qué me tiene más cautivado, si mi debilidad por esta conversación o ella en sí.
—Se nota que te gusta mucho el tema, ¿estudias algo…?
No ha terminado de realizar la pregunta cuando alguien atraviesa la puerta, captando su atención e interrumpiendo nuestra charla. Cosa que me produce irritación al instante.
Aparece un chico alto con un físico cuidado, se nota que es deportista, y viene decidido hacia nosotros.
—Rebecca, te estaba buscando. Tardabas mucho en venir y empezaba a preocuparme —le dice sin reparar en mi presencia.
Me está viendo perfectamente, estoy justo al lado.
Gilipollas.
Sí, ya, seguro que estaba muy preocupado.
Puedo notar desde lejos que pretende marcar territorio. Ella se levanta bruscamente, algo nerviosa, lo que me indica que puede que sea su novio.
Mierda.
—Ah, no me he dado cuenta —reconoce ella—. He conocido a Axel cuando he salido a tomar el aire y se me ha pasado el tiempo volando hablando.
—Sabiendo que estás bien, me quedo tranquilo —le comenta el susodicho con cara de cachorro abandonado.
Este tío sabe lo que hace.
—Perdona, tío. Soy Eric —me dice con un brazo extendido para saludarme.
Me pongo en pie, ya que aún seguía sentado en el sofá observando la interacción entre ellos dos.
—Axel —le respondo con actitud tosca, devolviéndole el apretón de manos.
Seguramente no he quedado tan caballeroso como él, pero no me sale.
—Creo que las chicas te han mandado algún mensaje.
Se nota a leguas que quiere sacarla de aquí, y cuanto antes mejor. Ella mira rápidamente en su bolso, saca el móvil y empieza a teclear.
—¡Ay, sí! Llevan un rato preguntando dónde estoy. No he mirado mi teléfono desde que me fui —le cuenta Rebecca al caballero andante.
Tengo un regusto amargo en la boca del estómago, no quiero que se vaya, y menos con él. Estaba totalmente absorto en la conversación y en ella.
—Axel, me ha encantado conocerte. Gracias por hacerme compañía —juraría que la noto apenada por tener que despedirse, o eso es lo que mi mente quiere.
El otro idiota tiene cara de suficiencia en este momento, ya ha conseguido lo que quiere.
—Igualmente, Becca, ha sido un placer. Espero verte por la zona de Harvard —digo dirigiéndome a la puerta para salir de la terraza.
—Nadie me llama Becca.
—Ahora sí —le contesto fugazmente, de espaldas, mirándola por encima de mi hombro y aprovechando para mostrarle la mejor sonrisa de mi arsenal.