Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Rebecca

Ca ra se me echa encima, apretándome las costillas en un abrazo descomunal. Ella es así, exaltada a más no poder.

Por suerte es intensa pero rápida.

Se separa de mí, manteniéndome cogida por ambos brazos mientras me hace un escrutinio profesional.

​ — Amore , deja que te vea bien —dice observándome—. Sí, estás monísima. Un auténtico bombón —comenta a viva voz, dejando entrever su acento italiano.

Sus padres son comerciantes del sur de Italia y poseen una marca de joyería artesanal muy conocida en Estados Unidos. Establecieron su sede más importante en Nueva York y se mudaron cuando ella todavía era una niña. Están relativamente cerca de Boston, pero no vienen a menudo de visita.

Me aparta un poco y repara en el chico que tengo al lado. Se queda mirándolo de manera furtiva. Él no parece intimidarse ante alguien tan descarado.

—¿Y tú eres…? —le pregunta arrastrando las palabras—. Soy Cara Bianchi, la mejor amiga de Bec.

Sabe perfectamente quién es Eric.

Le he contado nuestras interacciones y lo ha visto de sobra en las redes sociales. Pero le encanta el juego y hacer como que no sabe nada.

​ —Eric Clark, encantado de conocerte. Soy el nuevo amigo de Rebecca, o eso espero —le explica, lanzándome una mirada cautivadora que rivalizaría con el mismísimo Ian Somerhalder—. Estamos jugando a beer pong . En nuestro equipo solo somos dos, ¿quieres unirte?

​ Vaya.

​ Ahora que por fin me había lanzado.

​ —¡Claro! Me uno al equipo —confirma entusiasmada.

No es que no quiera que este aquí, es mi amiga, no me molesta, pero me apetecía seguir soltándome con Eric. Estar los dos solos en el equipo nos estaba dando algo de intimidad. No soy tímida, aunque tiendo a empequeñecerme delante de ella, su energía suele ocupar todo el espacio.

—Ah, hola —añade secamente cuando se da cuenta de que Peyton y Amber también están participando.

​ —Hola, Cara, ¿quieres algo? Puedo buscarte algo de beber, aquí tienen surtido privado —le indica Amber amablemente señalando la minimesa con bebidas de los amigos de Eric.

​ Peyton hace un amago de saludo con la mano y se pone a colocar los vasos para la siguiente ronda del juego.

​ La tensión en el cuerpo de Cara es palpable desde la terraza de la última planta de esta casa.

Nunca he comprendido por qué no se agradan mutuamente entre ellas, más por parte de Cara que por mis compañeras de piso.

Es cierto que, al vivir con ellas dos, pasamos más tiempo juntas, pero eso no quiere decir nada; siempre hago planes con la italiana, tanto en grupo, como a solas.

​ —Gracias, estoy servida —espeta Cara un poco cortante, levantando su botellín de cerveza. Suele darle asco beber en vasos de plástico—. Por cierto, me gusta lo que has hecho con tu pelo, qué mechas lilas más bonitas.

​ —Quise ser espontánea y no me lo pensé mucho. Podría haber sido un desastre, pero me encanta el resultado —le explica Amber con una pelota en la mano, lista para reanudar le juego.

​ —Totalmente, te favorecen —asegura Cara con una sonrisa forzada.

​ Mientras seguimos con la partida de beer pong , Cara se acerca a Eric y a sus amigos. Parece que están cómodos, incluso Pey y Amber se echan algunas risas con sus comentarios.

Se le da bien ser el centro de atención, sobre todo si es por parte del género masculino.

No les culpo, es una muñeca con aire sofisticado, como si perteneciese a la aristocracia.

Lleva su larga melena pelirroja en un recogido lateral y unos pendientes de cristal con forma de lágrima que gritan elegancia.

Ha elegido un vestido vaquero color crema que se ajusta perfectamente a sus curvas.

Es más alta que Peyton y yo, aunque no tanto como Amber.

Si no fuera por su marcado acento, nunca dirías que Cara es italiana, ya que no comparte los típicos rasgos. Su piel pálida y el tono anaranjado de su pelo se deben a los genes irlandeses de su madre.

​ No he vuelto a acercarme a Eric a solas. Tampoco es necesario, lo estamos pasando bien en grupo y ya hablaremos más tarde.

​ En cambio, me he estado fijando en la cantidad de atención femenina que recibe. No hace falta ser un lince, solo es necesario prestar un poco de atención a nuestro alrededor y observar que las chicas que pasan por nuestro lado lo miran como si fuera su próximo postre.

No soy una chica celosa, mejor dicho, no soy excesivamente celosa.

Pero admito que me crea un poco de desconfianza su actitud frente a estas situaciones, no se corta al coquetear.

Apenas hemos hablado unas cuantas veces y no tenemos nada, así que prefiero no juzgarlo.

Diría que le gusto o, por lo menos, que le gusta lo que ve.

O puede ser que esté divagando y solo le haya caído en gracia.

Me gusta tener la sensación de que le intereso solo yo, y esto no quiere decir que me pida matrimonio.

A veces, lo único que quiero es un revolcón sin compromiso y volver a casa caminando como si acabara de salir de una sesión triple de spinning .

Pero qué mínimo que no que esté babeando por cualquiera.

¿Soy demasiado rígida? Puede ser, pero son mis preferencias.

Me doy cuenta de que estaba ensimismada en mis pensamientos cuando Cara me reprocha que es la segunda vez que me habla.

—Perdona, ¿qué decías?

—Que vaya destrozo se ha hecho tu amiga en el pelo —repite de forma disimulada, en un tono lo suficientemente bajo como para que solo yo la escuche.

Todavía no le toca a mi equipo, el de Peyton y el de Rob están enzarzados en una ronda.

—¿No te gusta? —le pregunto confundida—. Le acabas de decir que le favorece.

Estas son las cosas que no me gustan de ella, no es transparente cuando se trata de los demás. Tiene la fea costumbre de mentir a la gente a la cara. Quiero creer que conmigo es diferente, sin embargo, a veces me lo pone muy difícil.

—Es horroroso, estaba siendo amable con ella. Lo he hecho por ti, para que no te quejes —me reprocha.

—Por mí no tienes que mentir —le replico—. Además, creo que le sienta bien, le resalta el verde intenso de sus ojos.

Tiene un color realmente precioso, similar a las hojas de los árboles.

—Bueno…, no los tiene tan verdes —rechista—. Déjalo, solo era un comentario, no pretendía ofenderte. La próxima vez cerraré el pico.

—No hace falta que lo cierres, con que no digas cosas contrarias a lo que piensas es suficiente.

No quiero discutir, y menos por una tontería, he venido a pasarlo bien.

—Lo que tú digas, siempre que estamos con ellas te enfadas conmigo. —Tiene por costumbre darle la vuelta al asunto, y aunque el comentario fuera de lugar lo haya hecho ella, la mala soy yo—. Da igual, olvídalo. Nos toca jugar —dice señalando la mesa de beer pong .

De un momento a otro la situación me resulta incómoda, haciendo que me tense.

No me gusta la sensación que está empezando a aflorar en mi estómago.

La conozco demasiado bien. Se expande, subiendo y apretando hasta llegar al pecho.

Empiezo a pensar que no debería haberle contestado así a Cara, pero también le doy vueltas a su comportamiento, al mío, a las cosas que paso por alto.

Avanzo hasta el tablero, cojo la pelota para intentar encestarla en alguno de los vasos del otro extremo de la mesa y no lo hago.

Me estoy agobiando, siento que me llega menos aire.

Es una ridiculez ponerse así por un comentario. Tiendo a darle demasiadas vueltas a todo. A lo que digo, a lo que no y a lo que me dicen los demás.

​ Mi boca suele actuar rápido en lo que a contestar se trata, pero el residuo que se queda en mi cuerpo ya no sale tan fácilmente. Yo necesito hablar, que no me carcoman por dentro los pensamientos o se me forma un nudo que acaba ahogándome.

Cuando llegué a Boston, entré en la universidad temblando como un flan. No había tenido buena experiencia en el instituto, mi confianza fue bastante minada en aquella época. Ansiaba la oportunidad de empezar de cero.

Cara me arropó desde el primer día, me piropeaba y siempre contaba conmigo, me hizo recuperar la seguridad en mí misma. Sentaba realmente bien, puede que tanto que quizás haya estado ignorando ciertas conductas a lo largo de estos años.

—Bec, ¿estás bien?

Peyton me toca el hombro, sacándome de mis pensamientos. Asiento con una seguridad que no tengo en este momento.

—Llevas un rato callada con la pelota en la mano —insiste—. ¿Seguro que te encuentras bien?

—La bebida le habrá mareado, es una floja —comunica Cara en tono guasón—. Siempre cae más rápido que un ratón.

Parece que los amigos de Eric la encuentran superdivertida porque no paran de reírle las gracias. Incluso él aprieta los labios aguantando la sonrisa.

—Sí, será eso. Voy al baño, así me despejo —respondo, y esbozo una sonrisa bien falsa—. No me esperéis, seguid jugando vosotros.

—¿Necesitas que te acompañe? —Amber me acaricia suavemente el pelo.

—Gracias, puedo ir sola —le garantizo con una sonrisa cálida, verdadera.

—Deberías probar en la planta de abajo, suele haber menos gente. Las escaleras están al lado del salón —interviene Eric en tono empático.

Asiento, dándome la vuelta para salir del jardín.

No me fijo en la gente ni escucho la música. Esta maldita sensación persiste como si estuviera pegada a mi piel.

Ubico las escaleras con facilidad, descendiendo al que imagino es el sótano.

Aquí el ambiente es muy distinto al de la planta de arriba.

A la izquierda de la sala, varias personas se reúnen en torno a una mesa de billar.

Al otro lado, algunos charlan sentados con bebidas en las manos.

Y al fondo, otros están viendo un partido de hockey sobre hielo en la televisión que hay colgada en la pared, encima de la chimenea.

Localizo el baño a la derecha. Cuando entro, agradezco que esté vacío y vaya a tener intimidad.

Me refresco la nuca y las muñecas. Calmo mi respiración poco a poco e intento recordarme que no tengo un león detrás a punto de atacarme.

Estoy bien.

No me ocurre nada.

Me miro al espejo e intento recomponerme. Sé lo que pasa, quizás hace un par de años todavía no conseguía identificarlo, pero ahora los síntomas están claros. Es ansiedad.

Prefiero esperar un poco antes de volver con los demás.

Así que tomo asiento en uno de los sillones más apartados, al lado de una columna.

Quiero relajarme para que se apaguen los pensamientos intrusivos.

No son reales, no ha sucedido nada, es mi dichosa mente anticipándose a escenarios que no han ocurrido y no tienen por qué hacerlo.

Desde aquí, puedo oír como un pequeño grupo de personas cerca de mí, juega de forma competitiva, pero no sé a qué. Me giro disimuladamente para verlos mejor, porque mi naturaleza cotilla desea saber qué hacen.

Medio sentado sobre el brazo de un sofá, un chico con una sonrisa enorme dibujada en la cara comenta algo haciendo gestos sin parar con las manos.

Tiene el pelo de color carbón despeinado y luce informal con vaqueros y camiseta blanca.

El resto, sentados a su alrededor, están disfrutando de lo que oyen, eso desde luego.

Sin darme cuenta, me quedo hipnotizada mientras lo observo.

¿Quién es?