CAPÍTULO DIECIOCHO
Las calles estaban vacías a aquella hora de la noche, lo que le facilitaría el trabajo. Apenas un par de días antes, su rey le había hecho llegar una nota con un encargo especial. Al conocer la naturaleza del mismo, la rabia había invadido su cuerpo y le había costado un tiempo tranquilizarse.
Conocía a su objetivo. Los rumores sobre su carácter y sus gustos depravados corrían de boca en boca, aunque nadie se atrevía a criticarlo en voz alta. Era uno de los favoritos del rey Eduardo. No le costó mucho averiguar sus costumbres y elegir un lugar discreto donde cumplir con la tarea.
Escuchó pasos a lo lejos y se dirigió hacia ellos.
La capucha ocultaba su rostro y la capa, el puñal en su mano derecha.
Poco después, una figura imponente se materializó entre la niebla que empezaba a formarse en la ciudad.
Nunca le había gustado Londres, pero la promesa hecha a su madre le impedía marcharse.
Al menos, mientras le fuese útil a su rey.
―Disculpadme ―dijo, después de forzar el choque entre ellos. Necesitaba comprobar que no se había equivocado de hombre―. Lo lamento. Qué torpe soy.
―Deberíais mirar por dónde… ―Su voz se fue apagando, cuando la capucha se deslizó hacia atrás―. ¿Quién sois? ¿Os conozco? Vuestra cara me suena. ¿Nos hemos visto en algún lugar antes?
―Yo no soy relevante aquí, lord Ackerman ―No respondió a ninguna de sus preguntas.
―¿Quién sois? Dadme un nombre ―exigió.
―Mi nombre no importa, sino el mensaje que tengo para vos.
―¿Un mensaje? ¿De quién?
―De Virginia Campbell. ―Mientras pronunciaba aquel nombre, le clavó el puñal en el pecho―. Quiere que sepáis que es feliz ahora. ―Retorció el arma―. Que os ha olvidado. ―Otra vuelta―. Y que os desea que ardáis en el infierno.
Cuando retiró la daga, la sangre salió a borbotones. Corvin se llevó la mano al lugar para intentar detener el flujo, pero no había nada que hacer. Se moriría en cuestión de segundos.
―¿Quién diablos eres? ―gritó en agonía.
―Mi nombre es Greer ―se presentó, al fin―. Y tú eres un maldito cerdo que no hará daño a ninguna otra mujer.
―No salió tan mal, después de todo ―admitió Neil, cuando se le pasó el enfado por no haber podido apresar a John MacDougall―.
Hemos recuperado Innis Chonnel, y Dunstaffnage caerá pronto, ahora que podemos concentrar las tropas en un único conflicto.
Bruce estará contento cuando lo informe de nuestro éxito aquí.
Neil había decidido prescindir de algunos hombres para que asegurasen el castillo cuando lo abandonasen al amanecer. Él debía volver a su posición, donde esperaría al rey, y Kenneth tenía obligaciones en Tarbert antes de que la guerra comenzase.
―¿No creéis que John intentará recuperarlo? Tal vez ha ido a Dunstaffnage para reagruparse y pedir refuerzos. ―Kenneth no compartía su confianza ni su alegría―. Después de todo, aquí solo tenía un par de guarniciones. El grueso de su ejército está en Argyll.
El personal del castillo había huido también, pero la cena ya estaba servida cuando se inició la pelea, así que se habían sentado a la mesa para aprovecharla.
―Y precisamente por eso, se quedará allí.
No movilizará a su gente por un castillo que no le proporcionará ninguna ventaja en la guerra que se avecina ―lo desestimó con un gesto de la mano―.
Para lo único que le servía era para dividir nuestras fuerzas, pero intentar recuperarlo ahora podría costarle más de lo que ganaría.
Se quedará en Dunstaffnage, confiando en que, desde allí, se defenderá de cualquier ejército que enviemos.
Pero se llevará una sorpresa cuando descubra que Bruce también formará parte del sitio.
En poco más de un mes, John no podrá detenernos.
―Él ya sabe que el rey viene hacia aquí ―intervino Virginia, al comprender que lo que había escuchado era importante para su tío y para Kenneth.
―¿Qué? ―Ambos hombres la miraron al mismo tiempo.
―La noche en que Ewen y yo llegamos al castillo, John estaba reunido en este mismo salón con varios hombres ―les explicó― y hablaban de emboscar al rey en… el paso de Brander ―recordó―. Decían que lo cercarían allí porque es muy estrecho o algo así.
―¿Estás segura de eso, mo bhean? ―pregunto Kenneth, que estiró la mano para tomar la suya.
―Sí. Ese es el lugar del que hablaban.
―¿Qué más dijeron? ―indagó su tío. No se le había pasado por algo la forma en que la había llamado Kenneth, ni las manos que permanecían unidas. Le gustó aquello. Quería la felicidad para su sobrina. Y si era con un escocés, mucho mejor.
―Ewen los interrumpió ―negó―. Es lo único que pude escuchar.
―Y ya es bastante, querida. ―Asintió Neil―. Ahora que sabemos sus planes, podemos frustrarlos. Debo hablar de inmediato con Bruce para buscar una ruta alternativa.
―O podemos emboscarlos nosotros a ellos ―sugirió Kenneth―. Enviamos a un grupo de arqueros a Ben Cruachan y, cuando los MacDougall ataquen, los atraparemos nosotros a ellos. Por el frente con el ejército de Bruce y con vuestros hombres, y por la retaguardia, con los arqueros.
―James Douglas tiene los mejores arqueros entre sus filas. ―A Neil le gustó la idea―. Podemos enviarlo a él.
―Con suerte, si vencemos a John en el paso, sus hijos cederán Dunstaffnage sin pelear ―añadió Kenneth.
―Eso sería lo ideal. Pero debemos prepararnos para lo peor.
―Si me disculpáis, me iré a dormir. ―Virginia se puso en pie―. Yo no puedo aportar nada más a la conversación y estoy cansada.
―Todos deberíamos dormir. ―Neil la imitó―. Al amanecer me espera un largo viaje y muchas dispensas que enviar. ―Se acercó a Virginia y la abrazó para susurrarle al oído―. Me alegra ver que eres feliz, pequeña. ―Luego se separó y habló en voz alta―. Tu madre estaría muy orgullosa de ti.
―Gracias, tío. ―Se le llenaron los ojos de lágrimas y Kenneth le rodeó los hombros para consolarla.
―¡Ah! Otra cosa. ―Se detuvo cuando ya se disponía a salir―. Con todo esto, se me olvidó que tengo algo para ti, sobrina.
―¿Para mí?
―Sí. ―La tomó de las manos―. Solo quería decirte que ya no debes tener miedo de ese malnacido de lord Ackerman. ―Virginia abrió mucho los ojos al escuchar el nombre, pues nunca se lo había dicho a nadie, por más que hubiesen insistido en saberlo―. Bruce se ha encargado de él, a petición mía.
―Pero… pero…
―¿Que cómo lo supe? ―La miró con cariño―. Fue fácil atar cabos después de que le dijeras a Kenna que Jocelyn te había llevado con los MacDougall. Bueno, está casada con el hombre de peor fama de todo Londres. Estaba casada ―se corrigió―. Ahora es viuda.
―No… no sé qué decir.
―Tu seguridad y tu felicidad son la única recompensa que quiero, nighinn. No tienes que decir nada, solo olvidarte de ese terrible pasado. ―La abrazó.
―Gracias, tío.
―Ven conmigo ―le pidió Kenneth en cuanto se quedaron solos.
Virginia se dejó llevar por él, después de limpiarse las lágrimas, y acabaron en una alcoba más grande que en la que había permanecido ella aquellos días.
―Este era el cuarto de tu madre ―le indicó Kenneth―. Está muy cambiado, pero…
Virginia lo recorrió, en silencio, tratando de imaginarse a su madre en aquel lugar, tal vez, con su misma edad, suspirando ya por su padre. Planeando fugarse con él y renunciar a su familia por amor.
―Mi tío y tú estáis empeñados en hacerme llorar hoy.
―Ojalá haber sido yo el que te entregase el corazón de ese desalmado. ―La abrazó con fuerza―. Pero me alegro de que Neil le haya dado su merecido.
―Debería sentirme mal porque hayan arrebatado una vida por mí ―susurró contra su pecho―, pero me alegro de que haya pasado, porque ya no podrá hacer daño a más mujeres.
―Nunca te sientas mal porque alguien haya hecho justicia. ―Le sujetó el rostro con ambas manos y la besó―. Las personas malas deben pagar por sus crímenes. De una forma o de otra.
―No hablemos más de eso, por favor ―le pidió.
―Entonces, no hablemos de nada. ―Kenneth le sonrió antes de besarla de nuevo. Y aquel beso dio lugar a otro, y después a otro más.
Kenneth se dirigió hacia la cama sin liberarla de su abrazo y la recostó en el colchón. No necesitaron más palabras, solo sentirse.
Aquella noche, después de tantas otras en las que había creído que podía perderla para siempre, Kenneth le hizo el amor con calma, como si el mundo se detuviese para ellos y nada más importase que el momento que estaban viviendo.
Y, al derramarse en su interior, las palabras brotaron de sus labios sin que pudiese detenerlas:
―Te amo, mo bhean, mo ghràidh, mo bheatha[14]. Si para poder tenerte a mi lado, debía pasar por todo lo que he vivido, lo aceptaría mil veces más, siempre que tú fueras mi recompensa.
―¡Oh, Kenna! ―Las lágrimas regresaron a sus ojos―. Yo también te amo. Gracias por recomponerme el corazón. Contigo, mis cicatrices se convierten en nada. Tú eres la cura de mi alma.
―Te amo, Ginnie Campbell.