CAPÍTULO DIECISIETE
Kenneth se movió entre los árboles, sin perder de vista a sus compañeros. Desde que espiaban a los MacDougall, nunca se habían aventurado en una incursión al castillo, pero, ahora que habían constatado que Virginia estaba allí encerrada, no podían quedarse de brazos cruzados.
No es que no hubiesen planeado recuperar Innis Chonnel antes, pues ese era su objetivo mientras los espiaban en la distancia.
Habían reunido información suficiente sobre sus rutinas diarias como para poder introducir a algunos de los suyos en la isla sin que sus enemigos los descubriesen.
La idea era infiltrarse por el día y abrir las puertas cuando anocheciera. Era la única forma de acceder.
Pero el rey había pretendido atacar Innis Chonnel y Dunstaffnage al mismo tiempo, por eso, no habían hecho ningún movimiento, más allá de vigilar.
Sin embargo, ahora que los MacDougall se habían llevado a Virginia, Kenneth no estaba dispuesto a esperar casi dos meses para rescatarla.
Para ese entonces, bien podrían haberle hecho algo.
Por el momento, parecía que se las había ingeniado para que la dejasen moverse con libertad por el recinto.
Se lo había mostrado ella misma dos días antes, al asomarse a las almenas y mirar al horizonte un buen rato, como si pretendiese que la viesen ellos.
Pero eso podía cambiar muy rápido si descubrían que estaba casada con él.
John y él habían tenido sus encontronazos en el pasado y la relación era de odio mutuo.
Temía que la usase para vengarse de él, así que debían actuar con rapidez.
Neil tampoco quería arriesgar a su sobrina.
En cuanto supo, por el mensajero que le envió Kenneth, que la habían secuestrado, movilizó a sus hombres para ayudarlo en el rescate, incluso sin el permiso del rey, que le había dicho que eso pondría en peligro la campaña militar que tenían entre manos.
Neil lo ignoró y partió de inmediato para salvar a Virginia.
Kenneth, por su parte, en cuanto supo que contaba con él, empezó a preparar el terreno para que su llegada, que no pasaría desapercibida, coincidiese con la apertura de las puertas del castillo. Sería imposible esconder en el bosque a tantos hombres.
Escuchó el canto de un pájaro y se detuvo. Era la señal. Ya estaban todos en posición. Aquel era el día. Por fin. Después de una espera que se le antojó eterna, aunque solo hubiesen pasado cinco días desde el secuestro de su esposa.
No tardó ni dos minutos en aparecer el carro que llegaba con las provisiones, cada día a la misma hora.
En aquella ocasión, el comerciante no era el mismo, pues algunos hombres de Kenneth lo habían interceptado varias millas atrás y, ahora, lo guiaban hacia el castillo.
Dos de ellos se habían escondido en los bajos del carro, tal como habían dispuesto.
Ellos serían los que abriesen las puertas por la noche, después de deshacerse de los guardias.
A Kenneth le hubiese gustado entrar el primero, pero su rostro era conocido por los MacDougall y bajo el carro no cabía: era demasiado alto. Así que no tuvo más opción que quedarse fuera y rezar para que todo saliese bien. Si descubrían el engaño, todo habría terminado antes de empezar siquiera.
Desde su posición, podía ver las puertas, que se abrieron con la llegada del mercader.
Dos soldados salieron a inspeccionar la mercancía.
Kenneth no podía oír lo que decían, pero podía imaginar que lo interrogarían respecto al hombre que siempre les llevaba los víveres.
Y, mientras uno permanecía con el Campbell, el otro se dirigió al carro para introducir la espada entre los sacos.
Por ese motivo, sus hombres se ocultaban debajo.
Cuando los dejaron pasar, Kenneth soltó el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta.
Por el momento, todo marchaba según el plan.
―Mi cuñado estaba enfermo y me pidió que me ocupase yo ―le dijo Ian con seguridad, mientras el otro soldado pinchaba la mercancía con la espada―. No estará muy feliz cuando sepa que le habéis estropeado los sacos. Ahora ya no le servirán para el grano porque se escapará por los agujeros.
Escupió en el suelo, frente a él, y el soldado retrocedió un paso, con asco. Era lo que pretendía, por supuesto; mientras se fijase en él, no lo haría en el carro.
―Cuando se recupere, pedirá una compensación ―continuó hablando―. Podéis decírselo ya a vuestro señor, porque mi cuñado no lo dejará pasar.
―Tenemos sacos de sobra en el castillo ―respondió el guardia, hastiado―. Llévate los que quieras.
―Todo en orden ―anunció el otro.
―De acuerdo, adentro.
Ian subió al carro y arreó a los caballos para entrar en el castillo. Todavía les quedaba la parte más difícil: que sus hombres pudiesen escabullirse sin ser vistos. Y, para eso, situó el carro frente al almacén, con la parte trasera casi dentro del mismo.
―Ten cuidado ―le gritó uno de los guerreros―. La entrada no es tan ancha.
―Te recuerdo que tu compañero ha agujereado los sacos. Si los cargo desde más lejos, la mitad del grano se perderá por el camino. ¿Se lo explicarás tú a tu laird?
―Date prisa, no tengo todo el día.
―Yo sí que no lo tengo. Deja de decirme lo que tengo que hacer.
Con aquella réplica, Ian consiguió lo que buscaba, que el soldado le diese la espalda.
Le dio una patada a la rueda, antes de coger un saco, y sus compañeros entraron en el almacén sin hacer ruido.
Ian se aseguró de que la puerta quedase destrabada, antes de marcharse, para que pudiesen salir por la noche.
Antes, se había asegurado de que nadie tuviese que entrar allí en todo el día, preguntando en la cocina si necesitaban algo para ese día.
―Tu cuñado debería aprender de ti. ―Le sonrió la cocinera, agradecida―. Ese hombre es un ogro. No se puede razonar con él.
La mujer tenía razón. El plan original había sido sobornar al mercader para que les dejase acompañarlo, pero el hombre se había negado a hacerlo y habían tenido que amordazarlo e ir sin él.
―Lo sé, pero ya está viejo para aprender modales ―bromeó con ella.
―Dile que te deje venir más veces. ―Se inclinó hacia él―. Y puede que yo te recompense la próxima vez.
―¿Por qué no hoy? ―Le guiñó un ojo.
―Pícaro ―rio―. Sal de mi cocina, antes de que me lleves a la ruina moral.
Ian regresó al carro y, antes de marcharse, comprobó que la puerta seguía entornada. Ahora solo tendrían que esperar a la noche para entrar y recuperar el castillo de sus antepasados.
Ewen se paseaba por la muralla, con la mandíbula apretada y rumiando por lo bajo.
Su padre no se había conformado con reprenderlo delante de sus mejores guerreros, sino que, además, lo había asignado a las guardias nocturnas hasta que partieran rumbo al paso de Brander en un mes, lo que había provocado las burlas de sus compañeros y sus hermanos.
Y, para colmo, la inglesa que los había humillado al huir con los Campbell se movía ahora con libertad por el castillo.
Unas cuantas lágrimas y se había ganado el favor del laird.
Su padre ni siquiera se había molestado en comprobar si lo que le había contado la mujer era cierto o no.
En cuanto ella le dijo que la habían obligado a casarse y que la habían maltratado desde entonces, la creyó sin más.
―Tú no viste el pánico en su mirada, hijo ―le había dicho su padre cuando protestó por la decisión―. Eso no se puede fingir. Cuando tengas mis años y mi experiencia, sabrás de lo que hablo.
Siempre alegaba que era demasiado joven para entender y eso lo frustraba y enfadaba a partes iguales.
Ya no era un crío, pero su padre todavía lo trataba como tal.
Y cuanto más se empeñaba él en demostrarle lo contrario, tomando la iniciativa cuando lo consideraba necesario, más lo coartaba su progenitor.
Y, a pesar de todo, Ewen se había empeñado en demostrarle que la inglesa mentía, así que la acorraló ese mismo día en el salón para interrogarla por su cuenta.
Quizá debió haber elegido un lugar más privado porque, antes de que le pudiese hacer la primera pregunta, su padre ya estaba allí para reprenderlo. Otra ofensa que no pensaba perdonarle.
―La muchacha ya ha sufrido demasiado, Ewen ―le había dicho―. Déjala en paz o te daré esos azotes de los que te libraste por marcharte sin permiso.
La había odiado por ello. Incluso si ella no había exigido aquellos latigazos. Le bastaba con que su padre los hubiese propuesto por ella.
―¿Quién va? ―Se giró, espada en ristre, al escuchar un golpe seco tras él.
―No te alteres, amigo ―rio uno de sus compañeros―. Vengo a relevarte.
―¿Qué? ¿Por qué?
―Tu padre quiere hablar contigo. ―Se encogió de hombros.
La esperanza de que se le hubiese pasado el enfado y le perdonase el castigo lo hizo correr hacia el castillo.
También le hizo obviar la sombra que se movió hacia su amigo en cuanto intercambiaron lugares.
Para cuando alcanzó el salón, los guardias de la puerta estaban muertos.
La oportuna petición de su padre le había salvado la vida y solo lo comprendería más tarde, cuando la lucha hubiera empezado ya en el patio.
Y no tardó en hacerlo, pues los hombres de Kenneth levantaron la barrera tras deshacerse del último guardia de la muralla.
El ruido alertó a los soldados que vigilaban el perímetro, pero, cuando alcanzaron las puertas, los Campbell ya entraban a tropel por ellas y no pudieron repelerlos.
Eran demasiados, pues los guerreros de Neil se habían unido a los de Kenneth escasos minutos antes de que la entrada quedase despejada.
Juntos, eran una fuerza imparable con el factor sorpresa de su lado.
En cuanto Kenneth divisó las puertas del castillo, reunió a un reducido grupo de soltados y los guio al interior a puño y espada. Aquel era un edificio que todos conocían a la perfección, pues habían vivido allí hasta que los MacDougall se lo habían robado.
―Subamos ―ordenó Kenneth―. Hay que encontrar a Virginia y sacarla de aquí de inmediato. Es lo más importante ahora.
Una vez en el piso superior y se dividieron para revisar cada puerta con más eficacia y rapidez.
―Virginia. ―Ignorando el peligro que suponía gritar en un lugar donde te podías topar con cualquiera, Kenneth la llamó―. Ginnie. Virginia.
Virginia, que se había escondido en un armario después de asomarse por la ventana al escuchar el alboroto, creyó escuchar su nombre. Aun así, no se atrevió a salir. Al menos, hasta que no oyó más voces coreándolo.
Para cuando se atrevió a salir a la alcoba, la puerta de esta se abrió con tal fuerza que golpeó la pared. Virginia gritó por instinto, hasta que descubrió quién había entrado.
―Kenna ―sollozó al verlo.
―Ginnie. ―Se movió con una rapidez pasmosa y, antes de que ella pudiese registrar sus movimientos, ya la estaba abrazando y besando―. Ginnie, estaba tan preocupado por ti.
―Kenna. ―Temblaba, pero no sabía si de alivio o de emoción. Quizá eran las dos juntas―. No me puedo creer que hayas venido. Este lugar es…
―Siempre iré a por ti, Ginnie, vayas a donde vayas ―sentenció él, antes de besarla de nuevo―. Juré protegerte, ¿recuerdas? No permitiré que nadie te haga daño nunca más.
―Kenna ―lo llamó uno de sus compañeros desde la puerta―. Tenemos que salir de aquí.
―Sí, vamos.
La tomó de la mano y abandonaron la alcoba, franqueados por los hombres que lo habían acompañado en aquella incursión. Y, aunque esperaban encontrar resistencia, se toparon con un castillo desierto y un patio lleno de Campbell.
―¿Qué ha pasado? ―Kenneth se acercó a Neil para indagar.
―Han huido. El muy cobarde de John se ha escapado y sus hombres lo han seguido ―bramó Neil, enfadado―. Esperaba poder capturarlo aquí y evitarnos la lucha en Dunstaffnage, pero no ha habido suerte. ―Entonces, vio a su sobrina detrás de Kenneth―. Ginnie, ¿estáis bien? ¿Os han hecho daño?
―Estoy bien. Por suerte, creyeron que los Campbell se habían portado mal conmigo y… bueno, los enemigos de tus enemigos son tus amigos. ―Se encogió de hombros.
―Sois una mujer muy afortunada.
Neil la abrazó con fuerza y, por primera vez, ella devolvió el gesto sin miedo al contacto físico. Su mente empezaba a distinguir entre peligro y cariño. Tal vez, a pesar de todo, sí que era afortunada.