Ginnie Campbell CAPÍTULO DIECISÉIS #2
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CAPÍTULO DIECISÉIS #2

Se acercó a la ventana, a sabiendas de que no vería más que sombras, pero le maravilló el reflejo de la luna en la superficie del lago.

Era un lugar precioso. Y que se encontrase rodeado de agua lo convertía en un bastión protegido al que no se accedía con facilidad.

No era un mal sitio para vivir; si no estuviese retenida allí en contra de su voluntad, claro.

Pensar en que su madre había crecido allí la hizo añorarla más que nunca.

Tantas cosas habían cambiado para ella desde que la había perdido.

En menos de dos años, se había quedado sin familia y había encontrado una nueva.

O quizá una más vieja, porque era la gente de su madre, que ahora se había convertido en la suya.

Lo había perdido todo, pero ahora había ganado incluso más.

Cierto que había tenido que sufrir mucho por el camino, sin embargo, había merecido la pena.

Al menos, hasta que Ewen la secuestró. Ahora, no estaba segura de cómo acabaría todo.

Temía no poder regresar con los suyos. Se abrazó con fuerza para calmar la preocupación y el miedo que se habían apoderado de ella.

Sabía que necesitaba escapar, pero no sería fácil esa vez.

Y menos, si estaban organizándose para ir a la guerra.

Estarían nerviosos y más vigilantes que nunca.

Lo de escabullirse no era una opción. Aun así, se acercó a la puerta e intentó abrir, solo para comprobar que la habían encerrado.

Su sorpresa fue grande cuando la madera cedió.

―¿Pensabais ir a alguna parte?

La casualidad había hecho que John hubiese ido a verla, justo cuando ella había intentado salir de allí. Vanas esperanzas las de Virginia de que Ewen se hubiese olvidado de girar la llave por el enfado.

―No podéis culparme por intentarlo. ―Se retiró al interior de la alcoba.

El hombre la siguió y la vela que llevaba en la mano iluminó parte del recinto.

―Tendré que enseñarle modales a mi hijo ―suspiró, mientras cerraba tras él y, luego, prendía las lámparas del cuarto, una a una―. Primero os secuestra y después os encierra a oscuras.

―Estaba convencido de que aplaudiríais su iniciativa ―repuso ella―. Le ha decepcionado comprobar que no ha sido así.

―Más me ha decepcionado él a mí. Llevo varios días enviando hombres a buscarlo. Creía que esos malditos Campbell lo habían atrapado.

―¿Por qué habrían de hacer algo así?

―Para presionarme, desde luego. ―La miró―. No sé si os habéis percatado, pero estamos a las puertas de una guerra en la que cualquier ventaja, por pequeña que sea, podría inclinar la balanza hacia un bando u otro.

―¿Creéis que los Campbell usarían a vuestro hijo para haceros claudicar?

―No les funcionaría ―sentenció―. Es mi primogénito, pero tengo más hijos que ocuparían su lugar sin problema. Y con mayor eficacia.

―¿Seríais capaz de sacrificar a vuestro hijo?

―¿Antes que perder contra los Campbell? Desde luego.

―Eso es cruel ―se escandalizó.

―La guerra es cruel, muchacha. ―Permaneció en silencio un momento con la mirada fija en ella hasta que la incomodó―. Lo que debo decidir es qué haré con vos ahora.

Después de que admitiese que dejaría morir a su hijo, temía lo que pudiera hacerle a ella si se enteraba de que estaba casada con un Campbell.

Se quitó, con disimulo, el anillo que Kenneth le había puesto en el dedo el día de la boda y lo escondió en el puño cerrado.

Luego, caminó hacia la ventana, pasando junto a la cama, donde lo lanzó en medio de los almohadones.

Rezó para que el hombre no lo hubiese visto.

―Este lugar es impresionante ―dijo, una vez en la ventana.

―¿Estáis insinuando que queréis quedaros aquí?

―¿Habría algo de malo en eso?

―No creo que los Campbell os tratasen mal. Os veo limpia y alimentada. Y, si mi hijo pudo secuestraros, sería porque os movíais con libertad por Tarbert.

―No sé si os lo ha contado vuestro hijo, pero tuvo que recurrir a una de ellos para llegar a mí. ―Intuía que John quería sacarle información―. Alguien a quien después cortó el cuello.

―Al menos, no lo hace todo mal. ―Sonaba orgulloso―. Nunca hay que dejar testigos.

―Y yo nunca entenderé la crueldad de los escoceses ―repuso, solo para que pensase que tampoco los Campbell eran de su agrado.

―Tendréis que acostumbraros. Si es que vivís lo suficiente como para ver un nuevo día.

―¿Es una amenaza? ―La voz le tembló y se odió por ello.

―Eso depende de lo que me digáis sobre los Campbell.

―Supongo que podéis matarme ya, porque no sé nada ―sentenció.

John se acercó a ella y no pudo evitar retroceder hasta que su espalda golpeó la pared. El corazón le latía en la garganta y le costaba respirar. Los recuerdos del conde, que había logrado encerrar en lo más hondo del subconsciente, regresaron con fuerza a ella, y comenzó a temblar de miedo.

―No sé nada ―susurró―. Os lo juro.

―Eso ya lo veremos. No creáis que no vi el anillo en vuestro dedo cuando mi hijo os llevó al salón. Ese mismo anillo del que ahora os habéis desecho. ―Se situó frente a ella―. ¿Con quién os han casado?

―Con nadie. Yo no… no estoy… ―tartamudeó.

―No me hagáis perder el tiempo. ―La sujetó por ambos brazos―. Decidme con quién os han casado.

―Basta. ―El pánico se apoderó de ella―. Por favor. Dejadme.

―Decídmelo ―insistió mientras la zarandeaba.

―Basta ―gritó más alto, luchando ahora por liberarse―. No. No me toquéis. Soltadme. ―Manoteó el aire, desesperada, sin notar que John la había liberado―. Dejadme. Basta. Por favor. No me toquéis.

Virginia se deslizó hasta el suelo, donde se abrazó las piernas y lloró, con el rostro oculto, hecha un ovillo. No podía parar de temblar.

―Pero, ¿qué te han hecho, muchacha?