Ginnie Campbell CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

Virginia se ponía más nerviosa cuanto más se alejaban de Tarbert. Ewen, que así se llamaba el hijo de John, no le había dicho qué pretendía hacer con ella, y la imagen de Flora con el cuello abierto la torturaba a cada milla que avanzaban. Si iba a matarla, ¿por qué no lo hacía de una vez?

―¿A dónde me lleváis? ―insistió por enésima vez. Hasta el momento, solo le había respondido cuando le preguntó su nombre.

―No por repetirlo más veces, os lo voy a decir.

―Tengo derecho a saber dónde pensáis arrebatarme la vida. ―Cambió de estrategia, por si funcionaba mejor.

―No os voy a matar. ―Rio―. Eso sería demasiado indulgente.

―¿Qué pensáis hacer conmigo, entonces? No creo que vuestro padre esté de acuerdo con esto, o no habríais venido solo. Así que no podréis llevarme a Innis Chonnel.

―Cuando vea que os he robado ante las narices de los Campbell, aplaudirá mi audacia.

Virginia había conseguido averiguar a dónde la llevaba y el joven ni lo había notado.

Guardó silencio para que pensase que la había acobardado, algo que no estaba tan lejos de la verdad, pues vivía en constante tensión desde que la había secuestrado.

Sobre todo, porque Kenneth no tendría forma de averiguar dónde estaba ni con quién.

―Nos detendremos aquí ―anunció Ewen, de repente, sobresaltándola.

Hacía rato que había anochecido, pero el hombre había insistido en seguir adelante aunque apenas veían el camino.

Virginia supuso que prefería salir de las tierras de los Campbell antes de pararse a pasar la noche.

Aun así, no habían avanzado tanto, lo que le dio esperanzas.

Vanas y estúpidas esperanzas, porque, aunque Kenneth hubiese descubierto que no estaba en el castillo, no sabría dónde buscarla.

Pero necesitaba aferrarse a la idea de que tenía una oportunidad, o se derrumbaría.

―Te aconsejaría que durmieses ―le dijo el hombre mientras la ataba a un árbol― porque partiremos al amanecer y llevaremos un ritmo rápido. Pretendo alcanzar nuestro destino en una sola jornada.

Virginia no sabía si aquello era posible o no, porque apenas recordaba cómo habían llegado a Tarbert. Había estado tan cansada que había dormido gran parte del camino. Aunque algo le decía que se necesitaban, al menos, dos días.

Intentó dormir, como le había sugerido, pero la corteza del tronco le raspaba la espalda a través de la ropa y no lograba encontrar una postura cómoda en un suelo lleno de ramas y guijarros que se le clavaban en la piel.

Se removió varias veces, sin éxito, mientras el hombre ya roncaba, tumbado muy cerca de ella.

Aquella iba a ser una noche muy larga.

Encontrar el cuerpo sin vida de Flora no ayudó a los nervios de Kenneth, sino que los intensificó. Uno de los guardias les había dado la pista al decir que había visto a Flora y a Virginia dirigirse al bosque, antes de perderlas de vista.

―Mi niña ―gritó Edna cuando le llevaron el cadáver―. Está muerta.

―Lo lamento ―anunció Kenneth―. Esto…

―Vuestra esposa lo hizo ―lo acusó ella, fuera de sí―. Ella mató a mi niña. Es una asesina y merece pagar por ello.

―No sabemos lo que pasó, Edna. Virginia no ha aparecido todavía y…

―¡Yo lo sé! ―lo interrumpió, histérica―. Ella la mató y después huyó. Sabía que no era de fiar. Los ingleses nunca lo son. Pero nadie me hizo caso.

―Edna, no podéis acusar a nadie sin pruebas.

―Kenneth trató de razonar con ella, incluso a sabiendas de que, en el estado que se encontraba, no sería fácil.

Necesitaba averiguar por qué Flora había querido verse a solas con Virginia.

Que hubiese acabado muerta no era una buena señal.

Sobre todo, porque su esposa no lo había hecho.

Quizá dudase de muchas cosas, pero no de eso.

―¿Qué más pruebas queréis? ―Señaló el bulto bajo la sábana―. Mi niña está muerta.

―¿Seguro que no os dijo por qué quería hablar con Virginia?

―Le dije que no lo hiciera. No merecía la pena porque la inglesa os tenía a todos comiendo de su mano.

―Virginia no es inglesa ―le recordó―. Es la sobrina de Neil Campbell. Y no querréis que él se entere de que ha desaparecido y que es probable que vuestra nieta muerta haya tenido algo que ver.

El miedo asomó a los ojos de la anciana. Todos conocían la reputación de la mano derecha de Robert Bruce, la mano ejecutora del rey.

―¿Qué me importa de quién sea familia? Mi nieta está muerta. ―Pero su voz ya no sonaba tan firme.

―Por favor, haced memoria, Edna. ¿Os dio Flora una razón para la reunión con Virginia? ¿Os dijo qué quería de ella?

―A mí no me dijo nada.

Kenneth vio la mentira en sus ojos.

―Edna. ―Se acercó a ella para intimidarla con su tamaño―. Si no me decís la verdad, Flora no será la única víctima aquí.

―¿Me estáis amenazando?

―Os estoy advirtiendo de que la guerra llegará pronto a nuestras puertas y no me queda tiempo para lidiar con ancianas embusteras. Os meteré en una celda y me olvidaré de vos hasta que confeséis la verdad o se acabe la lucha. Eso puede suponer meses, Edna. ¿Soportaríais el frío y el hambre?

―¡Me estáis amenazando! ―Alzó la voz―. Esa inglesa os tiene embrujado. Nunca antes habíais ido en contra de los vuestros. Ella…

―Nunca antes, uno de los míos había merecido un castigo ―la interrumpió.

Edna permaneció en silencio por tanto tiempo que Kenneth pensó que no le diría lo que sabía. Y él se desesperaba con cada minuto que perdía sin buscar a Virginia.

―De acuerdo. ―Decidió presionar un poco más―. Habéis tomado vuestra decisión. Espero que no os arrepintáis de…

―No podéis llevarme a una celda ―lo detuvo la anciana―. Moriré.

―Así podréis reuniros con vuestra amada nieta. ―Odiaba ser cruel, pero la vida de Virginia estaba en juego y aquella mujer sabía más de lo que decía. Debía sacárselo, aunque fuese bajo amenaza―. Lleváosla.

―La tienen los MacDougall ―confesó con miedo cuando alguien la sostuvo por un brazo para sacarla de la casa―. Ellos se la han llevado.

―¿Qué? ―Kenneth apartó al hombre para sujetarla él mismo―. ¿Qué habéis dicho?

―Los MacDougall vinieron a por la inglesa y Flora se la entregó ―sollozó―. Le dije que no se metiera en eso, que era peligroso. Pero no me hizo caso y ahora está muerta. Mi niña está muerta y yo ya no tengo a nadie.

―Tampoco tenéis nada aquí para vos ―sentenció Kenneth con frialdad―. Enterrad a vuestra nieta, recoged vuestras cosas y marchaos. No quiero volver a veros.

―Pero yo no hice nada ―rogó.

―Estabais dispuesta a guardarle el secreto a Flora, poniendo la vida de mi esposa en riesgo. Es suficiente para mí.

Dicho aquello, abandonó la casa y regresó al castillo para iniciar la búsqueda. No había tiempo que perder si quería recuperarla antes de que le hicieran daño. Y se lo harían en cuanto descubriesen que se había casado con un Campbell.

Aunque Virginia lo había creído imposible, alcanzaron el puente de acceso al anochecer. Y sus nervios crecieron hasta el punto de que el corazón le palpitaba en el pecho con una fuerza que dolía.

Ewen se anunció en voz alta y las puertas se abrieron para ellos.

Recorrieron al trote el camino que los llevaba a las puertas del castillo y, luego, Ewen la ayudó a bajar del caballo.

Nadie los esperaba allí, así que el hombre la arrastró al interior para buscar a su padre y darle la noticia. Se veía orgulloso de su hazaña.

Al alcanzar el salón, John MacDougall hablaba con varios de sus hombres:

―Los rumores sitúan al ejército de Bruce en el Paso de Brander dentro de un mes y medio. Los emboscaremos allí. El lugar es estrecho y podremos cercarlos sin problema. Para cuando…

―Padre, mirad a quién os traigo ―lo interrumpió Ewen, que no debió de comprender la importancia de aquella reunión. Virginia, en cambio, sí lo hizo y memorizó la información.

―¿Se puede saber qué diablos has hecho? ―preguntó el hombre en cuanto la reconoció―. Ewen, te dije que lo olvidaras. Te has puesto en peligro por una mujer que ya no era problema nuestro.

―Padre, nos humilló a todos. Merecía un escarmiento ―se defendió―. No podía dejarlo pasar.

―Un buen líder sabe qué batallas enfrentar y cuáles abandonar, hijo ―lo reprendió con dureza frente a todos, lo que avergonzó a Ewen.

Virginia sintió la mano del joven, mucho más apretada, sobre su brazo. Le hacía daño, pero prefirió callar para no llamar la atención sobre sí misma. Tal y como estaban los ánimos, no saldría nada bueno de allí. Como había dicho John, era importante saber qué batallas elegir.

―Enciérrala en una de las alcobas del piso superior y vuelve de inmediato ―continuó el laird, sin mirarla a ella―.

Mientras tú perdías el tiempo en rencillas inútiles, los adultos planeábamos una guerra.

Tienes mucho que aprender. Y da gracias que eres mi primogénito o ahora mismo estarías recibiendo latigazos por haber abandonado tu puesto sin permiso.

Ewen la arrastró escaleras arriba, hasta una de las puertas del fondo, que abrió de una patada.

Virginia tampoco protestó cuando la lanzó al interior de forma tan brusca que trastabilló.

El joven estaba tan furioso que podría querer descargar su ira contra ella.

Se alejó lo más que pudo en cuanto se vio libre.

―Mi padre cambiará de opinión ―la amenazó― y tú lamentarás haberme hecho quedar en ridículo.

Quiso decirle que no había sido culpa suya, pero la puerta se cerró antes de que pudiese siquiera abrir la boca. Quizá había sido mejor así.

La poca luz que entraba en la estancia le permitió distinguir una cama en el centro y un gran arcón en el extremo opuesto a la salida. No había más muebles. Parecía un cuarto desocupado, que ahora era una cárcel para ella.