CAPÍTULO QUINCE
―¿Estáis segura de que lo lograréis?
El hombre miraba al horizonte de vez en cuanto, nervioso. Estar allí solo no le gustaba, pero no le había quedado otra opción. Nadie lo apoyaría en lo que estaba a punto de hacer. Al menos, hasta que regresase victorioso.
―Me humilló ―dijo la mujer con rabia―. Os la entregaré esta misma noche sin falta. No os preocupéis.
―Nadie puede saberlo. Si los Campbell me descubren aquí…
―Esperadme a las afueras del pueblo y os la llevaré.
―¿Cómo la convenceréis? Dudo que confíe en vos.
La había conocido por casualidad, cuando buscaba una fisura en la guardia de los Campbell para colarse en el castillo.
Había creído que lo delataría y que tendría que regresar a casa con las manos vacías, en cambio, le ofreció su ayuda, al descubrir qué se proponía.
Resultó que odiaba tanto a Virginia que haría lo que fuese para deshacerse de ella. Una ventaja que no quiso desaprovechar.
―No os preocupéis por eso, acudirá por voluntad propia.
Flora sabía exactamente cómo hacer que Virginia fuese directa a la trampa. Había estado esperando una oportunidad para vengarse y se le había presentado aquella. Poco le importaba a ella lo que el hombre pretendiese hacerle mientras la alejase de Kenneth.
Virginia y él se habían casado cuatro días antes y Kenneth se había asegurado de que ni ella ni su abuela pudiesen acudir a la ceremonia.
Tampoco les habían dejado asistir al banquete posterior, y el odio que había sentido hacia Virginia se había extendido hacia él también.
Ya no le interesaba estar con él, solo quería que sufriese por haber elegido a la inglesa.
―Bien, entonces. Esperaré por vos.
No quiso indagar más. Estaba deseando alejarse de aquel lugar porque temía que lo descubriesen, así que se cubrió bien el rostro con la capucha y se marchó rumbo al lugar donde había improvisado un pequeño campamento.
Al mismo donde aquella joven enviaría a Virginia.
No le importaba cómo lo haría, mientras lo consiguiese.
Su tío se había marchado el día después de la boda, tras prometerle que se verían de nuevo cuando las cosas se tranquilizasen un poco.
Quería presentarle al resto de la familia.
Al menos, a aquellos con los que todavía se hablaba, pues algunos de sus tíos habían decidido apoyar al rey inglés y ahora eran enemigos.
A Kenneth le habían concedido unos días más, pero tendría que regresar a su puesto al amanecer del quinto día. El rey se preparaba para dar un paso más en la lucha por Escocia y necesitaría a todos sus hombres.
Habían recibido una nota suya para felicitarlos por el matrimonio, prueba de lo importante que era su familia para el monarca, y para darle la bienvenida a Escocia a ella. Su tío había hablado de presentárselo también en algún momento.
―Echaré de menos la tranquilidad de estos días ―dijo Kenneth mientras la rodeaba con ambos brazos por la espalda sin previo aviso.
Aunque Virginia había perdido el miedo a la intimidad, todavía se tensaba ante un contacto inesperado y, por ese motivo, él no dejaba de tocarla y abrazarla en cada ocasión que tenía. Aunque, en el fondo, también lo hacía por el placer de sentirla junto a él.
―Se vienen tiempos difíciles ―concordó con él. La tristeza en su voz lo hizo apretarla más.
―Todo saldrá bien ―susurró antes de besarla en el cuello―. Te lo prometo.
―No puedes prometer eso, Kenna. ―Se giró hacia él para encararlo―. No sabes lo que va a pasar en el futuro.
―Pero sé lo que puedo hacer yo para que pase.
―No todo está en tus manos.
―Bajemos. Nos esperan para comer. ―Cambió de tema porque no quería discutir con ella el último día.
Puede que Virginia tuviese razón, pero eso no le impediría luchar por volver a casa.
Lo había estado haciendo cada día por sus hijos y ahora tenía una razón más para esforzarse.
Eso no quería decir que no fuese realista, pero había elegido creer que podría, porque la otra opción sería darse por vencido antes siquiera de intentarlo.
Como siempre, Virginia acudió primero a la cocina para comprobar que todo iba según lo pautado, aunque cada vez podía delegar más porque la gente ya se había acostumbrado a hacer las cosas bien. Era increíble lo mucho que podía cambiar un lugar en poco tiempo con alguien competente al mando.
Kenneth no le había dicho nada a Virginia sobre el intento de Flora y de Edna de interrumpir la celebración de sus esponsales, pero se había planteado contarlo antes de marcharse.
Necesitaba advertirla de los problemas que podía causarle la joven.
Si hubiese tenido un lugar al que enviarlas a ambas, ya lo habría hecho, pero solo se tenían la una a la otra.
Por eso, había dado instrucciones a los que se quedaban atrás de que las vigilasen.
No permitiría que se acercasen a su familia.
Pasaron el resto del día ocupados cada uno en sus propias tareas y apenas se vieron después de la comida, así que Virginia estaba deseando regresar al castillo, después de haber pasado varias horas en el pueblo, visitando a las familias más desfavorecidas para entregarles víveres.
La consideraba una labor importante y, hasta el momento, nadie se había ocupado de ella.
A pesar de los malos tiempos, en el castillo siempre sobraba comida y donarla era mejor que tirarla.
Al menos, la que todavía se encontrase en buen estado.
Sin embargo, no llegó a traspasar las murallas porque Flora la interceptó por el camino.
―¿Podemos hablar, Virginia? ―preguntó la muchacha, con ojos cautos y manos nerviosas.
―¿Qué queréis? ―Aunque no le había gustado la forma en que había tratado a Abi, no estaba tan cerrada como Kenneth a una reconciliación, si era lo que buscaba.
―Sé que lo que hice estuvo mal ―empezó―, pero Ken… vuestro esposo no está siendo mucho mejor que yo.
―¿A qué os referís?
―¿No lo sabéis? Nos expulsó a mi abuela y a mí de la aldea ―lo acusó―. Ahora vivimos en el límite del bosque porque no tenemos casa. Ni un techo sobre nuestras cabezas.
―Flora… dudo que Kenneth haya hecho eso. Es un buen hombre.
―Pero golpeé a su hija.
―Por muy molesto que estuviera por eso, el castigo que dices que os impuso es desproporcionado. Además, él me dijo que no haría nada. Que manteneros lejos del castillo era suficiente.
―Pues os mintió. Se ve que nos quería algo más lejos del castillo de lo que os dijo.
―Imposible, Flora. ―Se mantuvo firme―. Él no haría algo así.
―Venid conmigo, si no me creéis. Os mostraré dónde vivimos ahora.
No la había visto en la boda, tampoco a Edna, lo que le había hecho pensar que Kenneth les había vetado la entrada sin consultárselo a ella.
¿Sería capaz de expulsarlas también? No lo creía, pero…
la confianza con que Flora le había dicho aquello le causaba suficiente curiosidad como para comprobarlo por sí misma.
Miró hacia el castillo una última vez y se decidió.
―De acuerdo, vamos ―asintió. Ya le explicaría más tarde a Kenneth por qué se había retrasado.
Ni siquiera sospechó que pudiese ser un ardid de la joven para vengarse de ella hasta que dejaron la aldea atrás y se acercaron al bosque. Para cuando la duda hizo mella en ella, habían alcanzado un lugar tan aislado que nadie la escucharía si gritaba.
―Aquí no hay nada, Flora ―la acusó.
―En eso os equivocáis ―rio esta―. Solo que no veréis lo que esperabais.
―¿Qué?
―Que ha llegado el momento de que paguéis por haberme robado a Kenna.
―Yo no os lo robé, Flora. No fui yo la que lo alejó tratando mal a sus hijos.
―Pero vos os casasteis con él.
―Por orden de mi tío.
―Y ahora diréis que no lo esperabais ―espetó con rabia.
―Lo cierto es que no, pero tampoco me disgusta. Kenneth es un buen padre y un mejor hombre. Mi tío supo elegir bien.
―Lástima que no os vaya a durar mucho la felicidad ―dijo, con prepotencia, en el mismo instante en el que apareció un soldado de entre los árboles.
―¿Qué es esto? ―Retrocedió preocupada―. ¿Qué pretendéis?
―-Solo nos ayudamos mutuamente. ―La joven encogió los hombros―. Él os quiere a vos y yo quiero que desaparezcáis. Todos salimos ganando.
―Todos no ―dijo, entonces, el hombre, antes de sujetar a Flora por la cabeza y pasarle un cuchillo a lo largo del cuello.
La mirada de pánico de la joven rivalizó con el grito de Virginia al ver cómo la degollaba sin vacilar―.
Entendedlo, Flora, no puedo dejar testigos ―continuó mientras la dejaba caer al suelo―.
Si alguien averiguase a dónde me la llevo…
Virginia huyó hacia el castillo, segura de que no llegaría muy lejos, a pesar de todo.
El hombre era alto y su zancada más grande que la suya, no obstante, debía intentarlo.
No conocía sus intenciones, pero no podían ser buenas si había matado a Flora.
Por desgracia, en menos de tres pasos ya la había atrapado y le había cubierto la boca con un trapo para que no alertase a nadie.
―No, querida, tú no irás a ninguna parte. Puede que mi padre lo dejase pasar porque tampoco le interesaba mucho casar a uno de sus hombres contigo, pero yo no olvidaré jamás la humillación de que te escapases con los Campbell.
Virginia comprendió de golpe quién era. No lo había reconocido porque los días previos a su llegada a Tarbert eran un borrón en su mente, pero sus palabras la llevaron al momento en que había huido, antes de entrar en Innis Chonnel. Ni siquiera sabía que el hijo de John MacDougall iba con ellos.
A Kenneth le extrañó no encontrar a Virginia supervisando la cena, cuando regresó del establo. Habían estado organizándolo todo para partir al amanecer y habían acabado justo en ese momento.
―¡Papá! ¡Papá! ―lo llamaron sus hijos―. ¿Sabes dónde está Ginnie? Tenía que bañarnos.
―Bueno ―añadió David―, a mí no me importa que no me bañe.
―Hay que hacerlo ―lo reprendió su melliza―. Para estar sanos.
―Pero yo lo odio.
―Pues no…
―Niños ―los interrumpió su padre―. ¿Cuánto hace que esperáis a Ginnie?
David se encogió de hombros y miró a su hermana, por si ella le podía dar una respuesta.
―El agua ya está fría. ―Fue lo único que pudo decir la niña.
Eso era bastante tiempo, en un día caluroso como el que habían tenido, y se preocupó. No era propio de Virginia eludir responsabilidades.
―De acuerdo. Yo la buscaré. Pedidle a Trina que mande calentar el agua de nuevo y que os ayude ella mientras no encuentro a Ginnie.
―Vale ―respondió con entusiasmo Abi.
―Jo ―se quejó David, pero siguió a su hermana cuando esta abandonó el salón.
Kenneth subió a su alcoba y no encontró nada fuera de lugar, ni ninguna pista de dónde podría haber ido Virginia. Luego se dirigió a la cocina y Lorna le recordó que quería bajar al pueblo a entregar comida en persona.
―¿Se fue sola?
―No ―contestó la cocinera―, pero el resto hace rato que regresó. Al parecer, ella se quedó en casa de Bonnie para ayudarla con los niños.
―Gracias.
Quizá se le había hecho tarde, nada más.
Eso pensó mientras bajaba al pueblo a buscarla.
Bonnie tenía seis hijos y no era fácil mantenerlos a todos a raya.
Era posible que a Virginia se le pasase el baño de sus hijos por ayudarla.
Sin embargo, al llegar a la casa de la mujer, descubrió que su esposa se había ido una hora antes. Y era ahí donde se le perdía la pista.
Edna lo interceptó cuando regresaba al castillo para organizar una búsqueda más exhaustiva. La notó nerviosa y eso hizo sonar las alarmas.
―Mi Flora no aparece.
―¿Qué?
―Salió de casa hace más de una hora y todavía no ha vuelto ―se quejó.
―No tengo tiempo para esto ahora, Edna. Tengo algo que…
―Seguro que esa esposa vuestra le hizo algo.
Aquella acusación detuvo las protestas de Kenneth de golpe.
―¿De qué estáis hablando, Edna?
―Mi Flora dijo que se iba a reunir con ella. No quiso explicarme para qué, pero está claro que esa inglesa le ha hecho algo. No me importa que os hayáis casado con ella, tenéis que detenerla y…
―Virginia jamás le haría daño a nadie.
―Entonces, ¿dónde está mi nieta?
Kenneth prometió llegar al fondo de aquel misterio y regresó al castillo para buscar, ahora, no solo a una, sino a dos mujeres desaparecidas. Solo esperaba que Flora no le hubiese hecho nada a Virginia o sería expulsada para siempre del clan. Tuviese o no familia a la que acudir.