Ginnie Campbell CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

Para cuando Virginia terminó de relatarle lo que aquel desalmado le había hecho, lo único que deseaba era saber su nombre para acabar con su miserable vida, pero sabía que ella no lo delataría. Si fuese a hacerlo, su tío ya habría tomado cartas en el asunto y le constaba que no era así.

―Ayudadme con el vestido ―pidió ella con voz temblorosa. Él no entendía qué se proponía hacer, pero obedeció―. Ni siquiera Trina lo ha visto mientras me arreglaba el vestido. No… no se lo contéis a mi tío, por favor.

Kenneth estaba a punto de preguntar a qué se refería, cuando Virginia apartó la camisa interior y las cicatrices aparecieron frente a él. Por un momento, no se movió, no dijo nada; solo podía observar las marcas que cruzaban su espalda.

―¿Quién te hizo eso, Virginia? ―dijo con voz ronca―. Quiero su nombre.

―Os las he enseñado porque decís que no debe haber secretos entre nosotros ―susurró ella, todavía sin moverse―. No quiero venganza, solo dejarlo atrás y avanzar.

Kenneth pretendía insistir, en cambio, estiró la mano y rozó con suavidad una de las huellas más pronunciadas.

Notó los músculos tensos de Virginia y, aun así, no se detuvo.

Paseó el dedo por ella como si pudiese borrarla y, luego, se inclinó y la besó.

No buscaba nada con aquel gesto, salvo hacerle ver que lo lamentaba, pero, una vez empezó, ya no pudo parar.

Posó los labios en cada una de ellas con delicadeza.

―Ojalá habernos conocido antes, Ginnie ―susurró entre beso y beso―. Para poder evitarte todo este sufrimiento.

Puso las manos en los hombros de la joven y la giró para tenerla de frente. Virginia mantenía los ojos cerrados y un rastro de lágrimas se deslizaba por sus mejillas. Lo borró con más besos y, cuando ella suspiró, él buscó sus labios.

No había pretendido avanzar tanto aquella noche, pero había surgido y no lo desaprovecharía. Salvo que ella lo detuviese. Después de lo que le acababa de contar, jamás obtendría de ella nada que no estuviese dispuesta a darle de forma voluntaria.

Se besaron largo tiempo, hasta que Kenneth notó cómo Virginia se relajaba en sus brazos. Entonces, deslizó la mano que había permanecido inmóvil sobre su espalda en una caricia perezosa hasta las caderas.

―No quiero que aceptes esto si no lo deseas, mo ghràidh[13] ―le dijo cuando los músculos de Virginia se contrajeron―. Podemos detenernos ahora mismo y no pasará nada. Podemos esperar a que estés preparada.

―¿Y si no lo estoy nunca? ―admitió su mayor miedo en voz alta.

―Las heridas, por muy profundas que sean, no permanecen abiertas para siempre, mo ghràidh. ―Le acarició la mejilla―. No me importa esperar. Merecerá la pena.

―¿Por qué eres tan bueno conmigo? ―Había dejado atrás la formalidad y Kenneth no pudo sentirse más feliz. Era un paso importante que se había atrevido a dar ella sola.

―No sé hacerlo de otra forma. Después del daño que le causé a Kirsty…

No terminó la frase, pero Virginia lo entendió. La joven extendió una mano y la posó en su mejilla con timidez. Kenneth cerró los ojos ante el contacto y por el consuelo que le proporcionó. Era la primera muestra de cariño que Virginia le daba.

―Sé que no me harás daño ―susurró esta―. Solo ten paciencia conmigo.

Kenneth iba a responder, pero ella lo besó. No fue nada atrevido, ni había un deseo explícito en el gesto. Solo una tentativa, una prueba. Y él aceptó lo que le pudiese dar. Permaneció con los ojos cerrados y las manos quietas para cederle el control a Virginia, para que ella marcase el ritmo.

Solo cuando ella se alejó durante demasiado tiempo, él abrió los ojos.

Se la encontró de pie, con el vestido ya a medio quitar, y, aunque deseaba unirse a ella, no lo hizo.

Apretó los puños a sus costados para mantener la compostura y solo cuando su esposa extendió las manos en una clara invitación, se acercó.

―Vayamos despacio ―insistió Virginia con voz trémula.

―Detenme cuando quieras ―le aseguró él―. Sin explicaciones, sin rencor.

También Kenneth se quitó la ropa, antes de meterse en la cama juntos. No hubo vergüenza en la desnudez, aunque sí miedo. Ella temía no poder hacerlo y a él le preocupaba que se forzase a seguir para no decepcionarlo, por eso, una vez bajo las sábanas, repitió:

―Detenme cuando quieras.

Después la besó. De forma pausada pero persuasiva.

Quería mostrarle que hacer el amor no lastimaba, que no era algo de lo que huir.

Quería que disfrutase y aquella noche borrase los malos recuerdos que ahora plagaban su mente.

Por eso, se tomó su tiempo para relajarla.

No había prisa. Tenían todo el tiempo del mundo.

Fue delicado cuando paseó las manos por su cuerpo; intentó que cada caricia fuese como un bálsamo para la piel lastimada de Virginia, para su alma rota. Y cada suspiro que le arrancaba eran un aliciente para la suya.

―¿Quieres que pare? ―le preguntó al colar su mano entre las piernas de la joven y notar cómo las cerraba para contenerlo.

―No ―susurró ella―. Solo dame un momento.

―No te fuerces, mo ghràidh.

―Quiero olvidar el dolor, Kenna. ―Lo miró con ojos suplicantes―. Necesito hacerlo. Por favor, ayúdame.

―Lo haremos juntos ―le prometió.

Virginia aflojó el agarre de las piernas y Kenneth la besó antes de tantear su entrada con los dedos. Estimuló la zona, sin penetrarla, hasta que los gemidos de su esposa amenazaron con acabar con su cordura.

―No tengas miedo, mo bhean ―susurró al introducir un dedo―. No te haré daño. Nadie, nunca más, lo hará. Te lo juro.

Virginia se aferró a los hombros de Kenneth.

Lo que le hacía era tan intenso que no sabía cómo gestionarlo.

Nunca había sentido algo así, tanto placer, tanta necesidad de una unión más profunda entre ellos.

Sin embargo, el rechazo continuaba pujando por tomar el control y lo mantenía a raya a duras penas.

El recuerdo de los abusos de Corvin no quería abandonarla y, cuando Kenneth se posicionó sobre ella, un miedo irracional y primitivo la invadió.

―No ―gritó con pánico absoluto―. Déjame. No.

―Shhh. No pasa nada, Ginnie, mo ghràidh. ―Kenneth se sentó en la cama y la atrajo hacia él en un abrazo reconfortante que pretendía tranquilizarla―. No pasa nada.

―Lo siento ―sollozó―. Lo siento, Kenna. No sé qué…

―Shhh ―la calló de nuevo―. Sin explicaciones, ¿recuerdas? No pasa nada.

Permanecieron abrazados, en silencio, cada uno concentrado en su propio latido, hasta que estos se acompasaron. Entonces, a Kenneth se le ocurrió algo.

―¿Te sentirías más cómoda si tuvieses tú el control? ―sugirió.

―¿Cómo?

―Mira. ―La soltó para poder apoyarse contra la cabecera de la cama―. Ven. Siéntate sobre mí. ―Ella obedeció con cierta reticencia―. De esta forma, serás tú la que marque el ritmo, la que decida cada movimiento; cuando empezar, cuándo terminar… Yo no haré nada si no me lo pides tú antes.

Virginia lo observó durante un instante tan largo que el corazón de Kenneth se saltó un par de latidos mientras contenía la respiración. Supo el momento en que ella decidió intentarlo, incluso antes de que se lo dijese.

―De acuerdo. ―Asintió.

Fiel a lo que le había propuesto, no se movió, aunque desease más que nunca besarla. Dejaría que ella tomase la iniciativa. Y, para su alivio, no tardó en hacerlo.

Se inclinó hacia él para besarlo, esta vez con algo más de convicción. Virginia llevó las manos de Kenneth hacia sus caderas para que las mantuviese ahí y este sonrió contra sus labios, pero no hizo nada más. Eso la ayudó a relajarse.

Profundizó el beso, le acarició el pecho y admiró sus músculos definidos y los abdominales marcados, que se contrajeron cuando pasó las manos por ellos. La piel se le había erizado al contacto e, inexplicablemente, se sintió poderosa. Subió de nuevo hasta el cuello y lo besó una vez más.

Kenneth, mientras tanto, mantenía las manos en las caderas de Virginia con un férreo dominio sobre su deseo.

Aunque le matase permanecer quieto, lo haría por ella, para que se sintiese segura a su lado.

Sin embargo, cuando la joven se removió en su regazo hasta situarse sobre su erección y comenzó a descender sobre ella, sus manos le apretaron tanto las caderas, para no empujar y meterse hasta el fondo, que temió haberle hecho daño.

Virginia notó la presión del miembro en su entrada y se detuvo, con el pulso y la respiración acelerados. Empezó a sudar mientras se debatía entre seguir o huir de aquello.

―¿Puedo tocarte, mo bhean? ―tanteó él al ver que no avanzaba―. Si no te relajas, te dolerá.

Que hubiese permanecido inmóvil hasta ese momento le dio a Virginia la confianza suficiente como para aceptar. Y, cuando sintió las caricias en la espalda y los costados, trató de tranquilizar a su tembloroso cuerpo. «Kenneth es gentil», se repetía una y otra vez.

―¿Puedo? ―pidió permiso de nuevo, con la mano entre ambos―. Esto te ayudará. Lo prometo.

No se atrevió a hablar, pero le permitió continuar con las caricias.

Solo que nada la habría preparado para la explosión de sensaciones que se apoderó de ella cuando Kenneth la tocó entre las piernas con mano experta.

Sin poder evitarlo, le clavó las uñas en los hombros.

Se le escapó un gemido que hinchió el orgullo del hombre.

―Eso es ―la alentó―. Déjate llevar, mo bhean.

Kenneth la tomó de las caderas una vez más, pero en esta ocasión no se limitó a esperar, sino que la empujó hacia él hasta que se enterró profundo en ella. No encontró resistencia, pues todavía permanecía embotada por el clímax al que la había hecho llegar segundos antes.

Virginia no tardó en marcar el ritmo, cuando el placer que la había invadido antes renacía.

Kenneth la ayudó a no decaer, con las manos en su cintura, hasta que ambos alcanzaron la cumbre del deseo al mismo tiempo.

Cuando Virginia se derrumbó sobre él, agotada, se estiró sobre la cama y la rodeó con un brazo para atraerla a su pecho.

Los cubrió a ambos con la sábana y la besó en la frente.

―Gracias ―le dijo ella después de unos minutos en silencio.

―Yo debería darte las gracias a ti, mo bhean, por confiar en mí. ―Apretó el abrazo.

―Gracias por demostrarme que, cuando se hace con cariño y cuidado, no duele. ―Alzó la mirada en busca de sus ojos.

―Nunca deberías haber conocido el lado oscuro del sexo ―negó―. Tu padre debería haberte protegido, no lanzarte a los brazos del enemigo.

Virginia dejó escapar unas lágrimas. No porque le doliese recordar aquello, sino porque, por primera vez en muchos meses, comprendió que nunca más se sentiría tan vulnerable. Le rodeó la cintura a Kenneth y le besó el pecho.

―Gracias ―repitió antes de dormirse, cómoda y segura, en los brazos de su esposo.