CAPÍTULO TRECE #2
Si su único miedo fuese su inocencia, la habría acallado con pasión. Pero lo que sentía era más profundo y peligroso que cualquier otra emoción. La habían lastimado, más de lo que podía imaginar, y sentía la necesidad de reparar el daño. Le llevase el tiempo que le llevase.
―Habladme de vuestra esposa, Kenna.
La formalidad de sus palabras lo hirieron más de lo que le gustaría reconocer. Se prometió que rompería aquella barrera aunque le supusiese desnudar su alma. Era su esposa ahora, no tendría secretos con ella. Tal vez, conocer su historia la animase a contarle la suya.
―Nos conocíamos desde pequeños. No recuerdo un solo día en mi vida que ella no estuviese presente ―comenzó―. Era una mocosa que me seguía a todos lados, tan insufrible. Teníamos la misma edad, pero yo siempre me creía mayor, más maduro.
―Mi madre también era mayor que vos ―le recordó.
―Seguramente tu madre pensase de mí lo mismo que yo de Kirsty. ―Sonrió.
―Nunca habíais dicho su nombre hasta ahora.
―No suelo hablar mucho de ella.
―Lo siento. No quería despertar recuerdos que tal vez deseáis olvidar.
―No importa, breagha. Si queremos que funcione, no debe haber secretos entre nosotros. Te diré todo lo que desees saber y espero que, tal vez, me puedas corresponder algún día. ―La miró a los ojos un instante―. Cuando te veas capaz de hacerlo.
―Imagino que la amabais mucho, si os cuesta tanto hablar de ella.
―Cuando nos casamos, creía que la amaba.
Pero, con el paso de los años, al mirar atrás, siento que, tal vez, acabé con ella para compensarla por todo el daño que le causé cuando no era más que un niño atolondrado que se creía demasiado mayor para hacerle caso.
Kirsty suspiraba por mí desde siempre y yo lo empecé a hacer por tu madre a los nueve.
―La sorpresa en el rostro de Virginia lo hizo sonreír―.
Como te dije, siempre fue muy atenta conmigo.
Lo era con todos, pero por aquel entonces, yo no lo veía así.
Creía que le gustaba, pero que se mantenía a distancia por Kirsty.
Bueno, todos decían que acabaríamos casados porque nos habían visto juntos siempre, así que me parecía factible que tu madre no quisiera estar en medio.
Pero a mí me gustaba ella, y empecé a tratar muy mal a Kirsty para que se alejase.
Fui muy cruel, demasiado. Aun así, permaneció a mi lado.
Y cuanto más insistía ella, peor lo hacía yo.
Cuando tu madre se fugó con tu padre un año más tarde, me destrozó el corazón.
―¿Y Kirsty?
―Ella estuvo ahí para mí. Puede que solo tuviese diez años, pero fue muy tierna conmigo y me consoló como nadie más lo hizo nunca.
Ella me amaba y yo me convencí de que la correspondía.
Con veinte años, nos casamos. Y unos meses después, los MacDougall nos arrebataron Innis Chonnel.
―Arrugó la frente―. Descubrimos que estaba embarazada cuando todavía no teníamos ni un lugar en el que vivir.
Fueron tiempos difíciles para todos. Yo hice lo imposible para cuidar de ella y del bebé.
Que luego resultaron ser dos. ―Sonrió al pensar en sus hijos―.
Volviendo la vista atrás, sé que aquello no era amor, sino devoción mezclada con gratitud por haber permanecido a mi lado sin rendirse, a pesar del daño que yo le causé.
―¿Cómo murió? ―susurró la pregunta, pues dudaba de si debía hacerla.
―El parto fue largo y difícil. Nunca se recuperó del todo. Quedó tan débil que se cansaba con facilidad y apenas tenía fuerzas para salir de la cama. Aguantó un año, antes de… ―suspiró, incapaz de terminar la frase.
―Todavía os duele. Yo creo que sí que la amabais.
―Es fácil idolatrar un recuerdo ―respondió―. Nuestro matrimonio duró apenas dos años y uno de ellos lo pasó enferma. La cuidé lo mejor que supe, pero no sirvió de nada. Ni siquiera pude velarla como debería porque el rey inició la campaña de guerrillas contra los ingleses y tuve que luchar por él.
De repente, el silencio se volvió pesado, como una barrera más entre ellos. Algo que Kenneth no quería, así que se aventuró a preguntar lo que quería saber, incluso si sabía que Virginia se negaría a responder.
―¿Me contarías tu historia ahora?
―Yo…
―Sé que es difícil para ti…
―Esa no es la palabra que yo usaría ―gimió.
―Explícamelo. Quiero entenderlo. Por favor ―añadió esto último al ver el rechazo en sus ojos.
―No quiero hablar de eso. Si lo hago, lo recordaré. Y no puedo.
―Si no lo haces, no podrás superarlo.
―¿Quién podría olvidar algo así?
El terror inundó sus ojos y Kenneth se sintió abrumado por ese sentimiento.
La tomó de las manos con suavidad pero con firmeza.
No quería que rompiese el contacto. Estaban sentados sobre un arcón, uno junto al otro.
Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, pero evitó acercarse más. Ya habría tiempo para eso más adelante.
―No digo que lo vayas a olvidar, Ginnie. Pero necesitas curar las heridas y hablar de ello te ayudará.
Se hizo un silencio denso, expectante. Kenneth podía ver la lucha interna de Virginia y aguardó, sin presionarla más, a que tomase una decisión.
Si no se lo contaba esa noche, entonces, seguiría insistiendo cada día hasta romper aquella barrera que los separaba.
Era la única forma de que el matrimonio funcionase.
―Mi padre me evitaba después de la muerte de mi madre ―comenzó ella―, como si mirarme a la cara le resultase difícil.
Si tenía que decirme algo, lo hacía con la vista en otra parte.
Aunque, la verdad es que fueron escasas las veces que se dirigió a mí.
Una tarde, me dijo que tenía que ir con él a un sitio.
Me emocioné porque fue la primera vez que buscó mis ojos y que me sonrió en un año.
Creía que estaba superando el luto y que todo mejoraría a partir de entonces.
―Detuvo la narración para inspirar profundo y Kenneth supo que venía la parte difícil―.
Cuando llegamos a aquella casa, pensé que me había conseguido un trabajo como doncella, pero me dijo que sería la dueña y di por hecho que había hecho un trato para casarme con alguien importante.
Me pareció raro porque no tenía dote, pero no dije nada.
―Cerró los ojos por un instante―. Me advirtió que, pasase lo que pasase, no podría volver nunca más a casa y después se fue, dejándome allí sola.
Mientras esperaba al… hombre que me había comprado, me convencí de que, tal vez, mi padre tuviese razón.
De que no sería tan malo ser la amante de alguien rico y poderoso.
La casita era tan acogedora y nosotros habíamos tenido tantas carencias aquel año.
»Me convencí de que mi sacrificio haría la vida más fácil a mi familia.
Incluso fantaseé con la posibilidad de que el hombre me quisiese y me protegiese como no lo había hecho mi padre.
―Kenneth le apretó las manos al oír su lamento.
Se las había tomado la primera vez que la vio vacilar y ya no se las soltaría hasta que ella se lo pidiese―.
¡Qué tonta fui, Kenna! Aquel hombre era un monstruo.