Ginnie Campbell CAPÍTULO TRECE
72%

CAPÍTULO TRECE

―Estás hermosa, Ginnie.

Trina le sonreía, emocionada. La aprobación brillaba en sus ojos. Tras los últimos retoques, el vestido le sentaba como un guante. No había sido así cuando se lo probó la primera vez, pues su amiga tenía curvas más pronunciadas que ella y le sobraba tela por todas partes.

―He de admitir que estoy un poco celosa ―dijo sin abandonar la sonrisa―. Te sienta mejor que a mí, ahora que lo hemos arreglado.

―Podías haberlo dejado más holgado ―protestó, al sentir cómo se ajustaba a sus caderas y cómo le realzaba el pecho. No entendía cómo lo había logrado, pues parecía más pleno de lo que era en realidad.

―Está perfecto. Un vestido de novia debe despertar lujuria en el esposo. Ya sabes que el matrimonio no será válido hasta después de la noche de bodas.

―No es necesario que me lo recuerdes. ―El rostro de Virginia se tiñó de rojo, lo que provocó la risa de su amiga.

―No temas, estoy segura de que Kenna será un amante complaciente.

No era eso lo que le preocupaba, pero no quería que Trina supiese la verdad, de modo que le permitió creer que todavía era doncella. Confiaba en ella y se lo habría contado si no se avergonzase de la humillación que había sufrido. Prefería que nadie más lo supiese.

―Eso si logra sacarme el vestido ―dijo mientras tiraba de él―. Casi no puedo respirar.

―No exageres. ―Rio de nuevo su amiga―. Estás preciosa.

―Preciosa pero asfixiada. ―Se permitió bromear con ella. Por un momento, había logrado contagiarle la emoción.

Bueno, era el día de su boda. No sería cómo ella había imaginado tantas veces de pequeña, pero sí mejor de lo que cabría esperar, dadas las circunstancias. Al menos, el hombre que habían elegido para ella la entendía y la respetaría. Se lo había prometido y confiaba en él.

―¿Vamos? ―la animó Trina.

―Vamos.

Cuando entró en la pequeña iglesia, Kenneth ya la estaba esperando en el altar.

Su tío la acompañaba, pero, en cuanto se encontró con los ojos de su futuro esposo, ya no fue consciente de nada más.

Siempre había creído que se casaría por amor, era la ventaja de ser pobre.

Pero debía admitir que Kenneth no era tan mala opción.

Incluso se aventuró a pensar que, en otras circunstancias, lo habría elegido ella misma.

«En otras circunstancias, ni siquiera lo habrías conocido», se dijo.

―Estáis preciosa, nighinn[11] ―había dicho su tío cuando se reunió con él frente al edificio―. Kenna es un hombre afortunado.

«En otras circunstancias», pensó de nuevo.

La mirada del novio sobre ella le impidió vacilar. Colocó la mano sobre la de su tío y caminó con decisión hasta el altar. Solo cuando Kenneth ocupó el lugar de Neil, se permitió un momento de temor.

―Estaré contigo todo el tiempo, breagha ―le susurró él.

La intimidad del gesto le devolvió el suficiente valor para no claudicar.

Él le sujetó la mano durante toda la ceremonia como si quisiera transmitirle su fuerza y su presencia.

Y lo logró, desde luego. Contra todo pronóstico, la ceremonia se le antojó corta.

De hecho, le parecía que todo iba demasiado deprisa.

A medida que avanzaba el tiempo, se le nubló la vista y empezó a temblar de forma sutil.

Se habría desmayado si no sintiese la mano de Kenneth sobre la suya.

Apenas recordaba haber pronunciado los votos, pero le constaba que había sucedido porque, poco después, Kenneth le levantó el velo y la besó con dulzura. Ya estaban casados.

El banquete y la celebración posteriores permanecieron en su memoria como una bruma que lo emborronaba todo.

Recordaba haber hablado con mucha gente, incluso algunos a los que todavía no conocía.

La vergüenza sería grande cuando no pudiese reconocerlos al día siguiente.

Sin embargo, había participado en las bromas propias de las bodas.

El alcohol había ayudado a relajarla. Debía de haber comido algo porque su estómago no protestó en ningún momento.

No era así como esperaba que fuese su boda.

Se había imaginado a sí misma pletórica de felicidad, rodeada de su familia y amigos, disfrutando del amor que su esposo le inspiraba.

En cambio, estaba rodeada de familiares a los que había visto ese día por primera vez y se había casado con un hombre del que apenas sabía nada.

Todo le parecía un sueño. Un sueño vago y difuso.

―No tenemos por qué quedarnos más tiempo si no quieres, mo bhean[12]. ―Kenneth se había inclinado para susurrarle aquellas palabras y la expresión de cariño con que las acompañó le provocó un escalofrío. Por primera vez en toda la noche logró enfocar su atención en algo: en él.

―Yo creía… ―dejó la frase sin terminar porque no sabía qué decir. No sabía qué esperar de aquel día.

―Has estado magnífica, Ginnie. ―Le apretó la mano con firmeza―. Más de lo que cabría esperar. No tienes que demostrar nada más.

―¿Lo he estado? ―Se sonrojó―. Si soy sincera, apenas recuerdo nada.

―Pues entonces has sido todavía más increíble. ―Le guiñó un ojo antes de deleitarla con una enorme sonrisa.

«Podría acostumbrarme a esto», pensó. Porque Kenneth era, sin duda, uno de los hombres más amables y pacientes que había conocido.

Sabía que con él estaría a salvo y eso le daba una confianza que no había sentido con ningún otro hombre después de pasar cinco meses en manos de lord Ackerman.

Sin embargo, no estaba preparada para lo que vendría a continuación, por más tentadora que le resultase la oferta de huir de aquel lugar atestado de gente.

―O podemos quedarnos otro poco si lo prefieres ―sugirió Kenneth después de ver el miedo en sus ojos.

No podía culparla. Descubrir que había sufrido a manos de algún desalmado durante tanto tiempo lo había desarmado por completo.

Ahora comprendía por qué rechazaba cualquier tipo de contacto y por qué había evitado hablar de su pasado.

Ni siquiera era capaz de imaginarse todo lo que había sufrido.

Pero una cosa le había quedado clara cuando Virginia huyó del lago: deseaba vengarla, ofrecerle la cabeza de aquel hombre como compensación por el dolor que le había causado.

―Si estáis seguro de que nadie se molestará. ―Se encogió de hombros.

De nuevo le dejaba a él la elección. Y la habría tomado en brazos para alejarla de todos, no por solo esa noche, si pudiese obviar sus responsabilidades.

Deseaba consolarla por encima de todo, desde el primer momento en que había visto la mirada triste en sus ojos.

Le inspiraba una ternura inusual en él. Un instinto de protección más allá de todo raciocinio.

Cuando Neil le había propuesto desposarla, tuvo que admitir que la idea le resultó interesante.

Siempre había dicho que no se casaría de nuevo, pero hacerlo con Virginia no le disgustaba tanto como cabría esperar de alguien que renegaba del matrimonio.

Quizá fuese porque, si aceptaba, podría cuidar de ella como creía que necesitaba hacer.

Pero su instinto lo impelió a hablarle en primer lugar.

Sabía que ocultaba algo de su pasado que la hacía desconfiar de los hombres, aunque nunca imaginó que sería tan oscuro.

Y ahora estaban casados, podía cumplir la promesa que le había hecho de protegerla, pero aquella barrera continuaba ahí, separándolos.

Quería romperla. Quería formar una familia con Virginia y sus hijos. Una de verdad, en todos los sentidos. Quería hacer feliz a la joven de la mirada triste que había rescatado de las garras de los MacDougall. Sabía que lo lograría si ella le daba una oportunidad.

―Esperaremos un poco ―contestó él. Pretendía ahorrarle el bochorno de la tradición escocesa de los recién casados.

Esa en la que los invitados esperaban en la puerta de la alcoba, como testigos silenciosos, hasta que los novios consumasen el matrimonio.

Sabía que esa noche no pasaría nada entre ellos. Puede que, quizá, en mucho más tiempo.

El corazón de Virginia se aceleró al mirar la cama. Había agradecido salir del salón, pero no había pensado en las consecuencias. Solo había pretendido alejarse de todos, pero ahora se arrepentía.

La ceremonia había salido bastante bien; el banquete había sido un poco más abrumador, pero creía que lo había superado con bastante entereza; incluso había participado en el baile; pero el problema que se le presentaba en ese momento superaba con creces a cualquier otro.

No era el miedo innato de las doncellas en su noche de bodas.

Ella sabía lo que pasaría. Lo recordaba demasiado bien.

Lo que le había hecho Corvin no tenía nada de romántico ni de conmovedor.

Había abusado de ella de todas las formas posibles.

La había obligado a acatar cosas que aborrecía, que le habían provocado pesadillas cuando se quedaba sola.

Había sufrido tanto con aquel contacto íntimo que no estaba segura de que pudiese acostarse con Kenneth sin sentir repulsión.

Incluso si era gentil con ella, como cuando la había besado, el instinto le gritaría que lo alejase.

―No estoy segura de que…

―Tomemos una copa ―la interrumpió. Había visto la lucha interna a través de sus ojos y quería que se relajase―. No tenemos que hacer nada esta noche si no quieres, mo bhean. Podemos simplemente hablar.

Se había incluido en la afirmación para que comprendiese que no estaba sola. Puede que los invitados esperasen que consumaran el matrimonio esa noche, pero no tenían por qué hacerlo. Nadie les pediría una prueba. Él no lo permitiría.

La vio beber con avidez y decidió no servirle más vino. Intuía que pretendía embriagarse para que le resultase más fácil. No era eso lo que buscaba aquella noche. No la obligaría a hacer nada que no quisiera.