CAPÍTULO DOCE #2
―Lo hace. ―Apoyó una mano sobre la de ella, pero la retiró rápido al notar la rigidez de la joven―. Y respondiendo a la vuestra, aunque no tenía intención de casarme, tampoco me desagrada la idea de que sea con vos.
―Teniendo en cuenta las circunstancias, creo que será suficiente.
―Ginnie. ―Tomó su pequeña mano entre las suyas ignorando la resistencia que apareció en ella―. Imagino por lo que habéis pasado y quiero que sepáis que no os obligaré a hacer nada que no queráis.
―No creo que nadie pueda entender nunca por lo que he pasado ―suspiró con pesadez―. Tampoco importa, es una carga que debo llevar sola. En cuanto a mis deberes como esposa, intentaré satisfacerlos todos. Aunque eso me cueste la vida. No temáis por…
―Jamás ―la interrumpió―. Lo decía en serio, Ginnie. No os haré daño ni permitiré que nadie os lastime de nuevo. Os protegeré con mi vida.
Mientras hablaba, le había rodeado los hombros con un brazo para hacerle ver que estaba a salvo con él. En ese instante, lo único que le importaba era que ella comprendiese que no debía temerlo.
Después de un momento de tensión, Virginia cedió y se dejó abrazar. Luego, lo rodeó con sus pequeños brazos y lo sintió como un triunfo. Podrían con todo si se apoyaban el uno al otro.
―Confiad en mí ―le susurró antes de dejar un beso en su pelo. Olía a rosas.
―Lo intentaré. ―Tenía la cara oculta en su pecho―. Pero tenedme paciencia.
―Lo intentaré ―la imitó. No porque le resultase difícil hacer lo que le pedía, sino porque quería romper la barrera que había entre ellos. Su risa le indicó que lo había logrado.
Se separaron, después de un rato, pero sus brazos todavía se rozaban. Un paso más en su inevitable relación.
―Deberíamos regresar ―propuso Virginia―. Todavía no he hablado con Lorna esta mañana. Tengo que…
―Lorna nos ha visto salir ―la interrumpió―. Estoy seguro de que se podrá arreglar sin vos por unas horas.
―Mi tío… ―insistió una vez más.
―Vuestro tío sabrá disculparnos. Se está tan bien aquí. Preferiría no regresar todavía. ¿Me acompañaréis, Ginnie?
Virginia comprendió por qué lo decía. Se iban a casar y apenas sabían nada el uno del otro. Aquel era el primer momento a solas que tenían y, en vista de que pronto atacarían a los MacDougall, quizá sería uno de los últimos, así que cedió a su súplica encubierta.
―¿Siempre habéis vivido aquí? Perdón, pregunta estúpida ―se corrigió al momento―. Acabo de recordar que, hasta hace poco, Tarbert estaba en manos inglesas.
―Sí. Lo recuperamos hace apenas dos años.
Me asignaron su cuidado y la vigilancia de los MacDougall.
―Guardó silencio unos segundos antes de hablar de nuevo―.
Antes de que los MacDougall se apropiasen de Innis Chonnel, vivía allí.
Mi padre formaba parte de la guardia de vuestro abuelo, así como yo lo hago ahora de la de vuestro tío. Conocía a vuestra madre.
―¿En serio? Bueno, no debería extrañarme, pero me resulta increíble pensar que una vez habló con las mismas personas con las que hablo yo ahora. ―Dejó ir un suspiro soñador―. ¿Cómo era?
―Era una joven muy hermosa. Os parecéis a ella.
―Aquel comentario le arrancó un sonrojo―.
Era varios años mayor que yo. A esas edades, la diferencia parecía incluso más grande, pero vuestra madre siempre era amable conmigo y me hablaba como si fuese alguien importante para ella.
En realidad, lo hacía con todo el mundo.
Vuestro abuelo la adoraba. Muchos lo hacían.
―Cuando me miraba, era como si fuese la única persona en este mundo para ella ―admitió―. Y su sonrisa era maravillosa. Lo mejor del día. No creo haberla visto nunca enfadada.
―Yo tampoco. Pero claro, para mí era distinto. Yo la idolatraba.
―¿Os gustaba mi madre?
―Como le puede gustar a un niño una joven mayor que siempre tiene una palabra agradable para él.
―No cambió mucho, entonces. ―La sombra de su pérdida empañó sus ojos.
―Si queréis os cuento cosas sobre ella. ―Necesitaba alejar esa pena de ella―. Estoy seguro de que muchas no os las habrá contado.
Así pasaron la mañana, entre historias compartidas de su madre y otras más personales de ambos.
Comieron los panecillos que había comprado Kenneth en el pueblo antes de encontrarse con ella junto al castillo y continuaron hablando.
Se sentían cómodos y relajados. Y se olvidaron de sus responsabilidades, por un momento, para poder conocerse mejor.
Kenneth la observaba mientras ella le contaba más aventuras de su travieso hermano.
Se le había soltado un mechón de pelo y le rozaba la mejilla al mecerse con el viento.
Extendió la mano para colocárselo detrás de la oreja, sin percatarse de lo que estaba haciendo.
Hasta que le rozó la mejilla con los nudillos y sintió cómo Virginia se tensaba.
―Lo siento. ―Retiró la mano con rapidez.
―No pasa nada.
Pero la magia del momento ya se había roto.
Una nueva barrera se levantaba sobre ellos.
Una que se había forjado hacía meses atrás.
No podía ni imaginar lo que había supuesto para ella perder la inocencia con un bruto que seguramente ni habría intentado prepararla para ello. La rabia y la impotencia lo invadieron.
―Será mejor que regresemos. ―La ayudó a levantarse―. Me temo que ya hemos desatendido demasiado a nuestros invitados.
―Yo…
―No es culpa vuestra, Ginnie. Yo insistí, ¿recordáis?
Le rozó de nuevo la mejilla, sin poder evitarlo, en un gesto de cariño.
Esta vez, no hubo rechazo. Forzando la situación, le rodeó la nuca con los dedos y la atrajo hacia sí.
Sus labios apenas se tocaban y esperó. Virginia no se movió, pero su rostro se tiñó de un vivo escarlata. Y la besó por segunda vez.
Había deseado hacerlo desde que la encontró esa mañana en el patio. Había pasado dos días sin verla y tenerla delante le hizo recordar lo que sintió con aquel primer beso.
Ahora que sabía por lo que había pasado, empleó toda la dulzura que pudo reunir y mantuvo un férreo control sobre él. Presionó sus labios con calma, casi apenas un roce para no abrumarla. Quería demostrarle que el contacto físico no tenía por qué doler.
Ahora que se iban a casar, quería que el matrimonio funcionase en todos los sentidos, pero sabría esperar lo que hiciese falta hasta que se sintiese cómoda a su lado.
Le daría pequeñas muestras como aquella de lo que podía conseguir si se lo permitía y dejaría que ella decidiese cuándo estaba lista.
Virginia permanecía inmóvil entre sus brazos, pero respondía de una forma tímida y, a la vez tan experta, que lo volvía loco. Quería profundizar en el beso, poseerla a través de los labios, pero se contuvo.
―Kenna ―rogó, sin saber bien qué.
Él la apretó más y esperó. Por un momento creyó sentir cómo se rendía, pero fue solo una ilusión. En realidad, intentaba detenerlo. Se separó de ella y pudo ver el miedo en sus dulces ojos verdes.
―No debéis temerme, breagha.
―Soy yo la que no funciona, Kenna. ―Parecía perdida―. Cinco meses son demasiado tiempo para que no me afecte de algún modo.
―¿Qué? ―Le llevó un momento procesar lo que acababa de decir―. ¿Cinco meses? ¿Estáis diciendo que ese hombre se aprovechó de vos durante cinco meses sin que vuestro padre lo impidiese?
―Creía que mi tío os lo había contado.
―Lo único que me dijo es que habíais aceptado ser mi esposa.
La comprensión tiñó de vergüenza el rostro de Virginia y huyó de Kenneth lo más rápido que pudo.