Ginnie Campbell CAPÍTULO DOCE
66%

CAPÍTULO DOCE

―Su nombre, Virginia.

Cinco minutos después de haber abandonado el despacho, se encontraba de nuevo allí. Esta vez, frente a su tío.

Kenneth no había tardado nada en contárselo. Aunque tampoco se lo podía reprochar. Ella misma se había condenado al usar aquella información para que la rechazase. No tenía derecho a sentirse desilusionada.

―¿Acaso importa ya? Lo hecho, hecho está.

―¡Por supuesto que importa, damnadh[9]! Por Dios, Virginia, un desalmado os ha arrebatado la inocencia y, por lo que he entendido, vuestro maldito padre no ha hecho nada para impedírselo.

―Estaba demasiado ocupado contando el dinero ―murmuró con desprecio. No pretendía que la oyese, pero lo hizo. Debería haberse mordido la lengua, pero eso lo pensó más tarde.

―¡Os vendió!

La acusación no iba dirigida a ella, pero la hirió en lo más profundo. La rabia y la impotencia tanto tiempo retenidas explotaron en su interior.

―Mi padre amaba a mi madre más que a su propia vida ―lo defendió, aún sin merecerlo―.

Su muerte lo trastornó tanto que no pensaba con coherencia.

No justifico lo que hizo, pues no tiene perdón, pero estoy segura de que no conocía las verdaderas intenciones del co…

del hombre al que me vendió. Creía que me cuidaría y que me daría una vida que él jamás podría ofrecerme.

Comprendo sus motivos, pero lo odio por haberme entregado a ese hombre.

Si hubiese contado conmigo, si se hubiese apoyado en mí, habríamos salido adelante.

Pero no lo hizo. Prefirió venderme pensando que estaría bien.

El día que aquel hombre me mostró lo que haría conmigo a partir de entonces, mi padre dejó de existir para mí.

Jamás lo perdonaré. Pero eso es algo entre él y yo.

―Quiero el nombre, Virginia.

―No, tío. Llevo intentando olvidar aquellos horribles cinco meses desde que llegué a Escocia. ―La liberación de la rabia dio paso a las lágrimas―. Hablar de eso no me ayudará.

―Virginia.

―No. ―Su mirada parecía perdida en algún lugar en donde su tío no podía alcanzarla―.

Conozco a mi padre. Cuando comprenda lo que ha hecho, la culpa lo corroerá por dentro hasta el día de su muerte.

Se merece ese sufrimiento. Y en cuanto al otro, estoy segura de que recibirá también su castigo algún día.

Quien las hace, las paga. Así es la vida.

―El castigo llegará de mi mano ―rugió―. Dadme el nombre.

―Dejadlo estar, tío. Si todavía queréis casarme, deberíais advertirles primero de mi… condición. Tendrán que aceptarme tal y como estoy. Rota. De otra forma, no me casaré.

―Kenna ya ha dicho que os acepta, pero insistió en que hablase antes con vos. Sospechaba algo, pero esto es más de lo que podría digerirse. Virginia…

―Sea así, pues ―lo interrumpió―. Me casaré con Kenna.

A pesar de que su secreto había salido a la luz, sintió alivio al saber que no la había rechazado.

No se había equivocado con él, tenía un gran corazón.

Solo esperaba poder hacerle la vida más fácil, aunque no sabía cómo lograrlo, después de todo lo que le había pasado.

Le resultaría imposible mirarlo a la cara.

―No creáis que esto ha terminado, caileag[10]. Cuando se calmen las cosas un poco, hablaremos de nuevo. No permitiré que vuestro agravio quede impune.

―Poco podréis hacer, me temo.

―Eso ya lo veremos.

Los siguientes dos días se guardaron en la mente de Virginia como una mancha borrosa.

Había sido consciente de haber ayudado a organizar su propia boda, pero, más allá de eso, no estaba segura de nada.

Ni siquiera recordaba haber elegido el vestido.

Aunque era probable que no hubiese otras opciones.

―No creo que sea adecuado usar el vestido de la esposa de Kenna ―le dijo a Trina mientras esta se lo ajustaba, como había hecho con todos los demás―. Es una idea desagradable. Sobre todo para él.

―Por eso te he prestado el mío, Ginnie. ―Trina le sonrió―. ¿No te acuerdas?

―¿Qué? ―Se sonrojó―. Debo admitir que no recuerdo gran cosa de lo que ha sucedido en estos últimos días.

―Es comprensible. Tienes que estar muy emocionada. Nadie ha conseguido llevar de nuevo al altar a Kenna hasta que llegaste tú. Y muchas lo han intentado, créeme.

―No es por eso.

―¡Oh! ―Malinterpretó sus palabras―. Bueno, la primera vez duele un poco, pero después es bastante placentero.

―Tampoco es por eso.

Lo era, en realidad, pero no de la manera en que sospechaba Trina.

Para bien o para mal, sabía perfectamente lo que pasaría después de la boda.

El problema era que eso la asustaba muchísimo.

No quería odiar a Kenneth cuando la tocase, pero tampoco podía desatender sus obligaciones como esposa.

Y eso le creaba un conflicto interno que no sabía cómo resolver.

Le hubiera gustado tener alguien a quien contárselo, pero no quería su compasión.

Y eso era lo que encontraría si contaba la verdad.

O furia, como había sucedido con su tío.

Todavía no sabía lo que pensaba Kenneth de lo que le había dicho a su tío porque no lo había vuelto a ver desde que supo que se casarían. Que la estuviese evitando era algo en lo que no quería pensar. Aunque tampoco ella se sentía con fuerzas para enfrentarlo.

―¿Entonces?

―Es complicado, Trina. ―Lo desechó con un gesto de la cabeza.

―Esto ya está ―cambió de tema para respetar su silencio―. Mañana volveré a probártelo para asegurarme de que está todo bien.

―Puedo arreglarlo yo, si quieres.

―Nada de eso. Ya te estás encargando de demasiadas cosas. Además, es tu día, deberías disfrutarlo. ―La abrazó con fuerza, para hacerle saber que podía contar con ella, y después la dejó sola.

Se habían hecho grandes amigas en muy poco tiempo.

No solo por el hecho de que Virginia le hubiese salvado la vida, sino porque tenían muchas cosas en común.

Virginia encontró en Trina un gran apoyo y una compañera con la que compartir sus inquietudes e ilusiones.

Al menos, las que podía contarle sin que la vergüenza la abrumase.

En Inglaterra, había tenido alguna amiga íntima cuando era pequeña, pero su situación familiar, tras la herida de su padre, no le dejó mucho tiempo para conservarlas.

Estaba demasiado ocupada cuidando niños.

Nunca había sentido aquella falta hasta conocer a Trina.

¡Qué distintas habrían sido las cosas si hubiese podido contar con amigas como ella!

A pesar del miedo a encontrarse con Kenneth, no soportaba permanecer más tiempo encerrada en la alcoba, así que bajó las escaleras de piedra con rapidez y salió al patio. Cerró los ojos cuando el sol la cegó, pero agradeció el calor en los huesos.

―Buenos días, Virginia.

La voz de Kenneth la sobresaltó. Tardó un instante en abrir los ojos; antes de enfrentarlo, necesitaba reunir valor. Su tío le habría contado la verdad y, quizá por eso, la había estado evitando tanto como ella lo había hecho con él.

―Buenos días, Kenna. ―Trató de ocultar la vergüenza tras una sonrisa.

Se miraron en silencio hasta el punto de volverlo incómodo, pero ninguno sabía qué decir.

―Empezaba a creer que no os vería hasta la boda. ―No era la mejor manera de empezar, pero, al menos, Kenneth lo había intentado.

―Supongo que ambos estábamos demasiado ocupados con los preparativos.

El hombre se maldijo por haber sacado el tema.

Lo que menos necesitaba ella era recordar un matrimonio que no deseaba.

Y, ahora que sabía lo que le había sucedido, podía entender mejor por qué rechazaba cualquier contacto y cualquier unión con un hombre.

Cada vez que pensaba en ello se enfurecía.

En una ocasión, ella había dicho que un padre debería proteger a sus hijos, pero él no le había dado la importancia que merecía hasta descubrir esa parte de su pasado.

―¿Damos un paseo?

No esperaba que ella aceptase, pues lo había evitado desde que mantuvieron aquella conversación.

Le resultaría difícil estar con él, ahora que conocía su más oscuro secreto.

Él, en cambio, lo único que quería era encontrarse cara a cara con el padre de Virginia para hacerle pagar por lo que le había hecho a su hija.

―Pensaba ir hasta el lago. ―Asintió.

Caminaron uno al lado del otro, sin llegar a tocarse. Saludaban a aquellos que se cruzaban en su camino y agradecían las felicitaciones como si fuesen una pareja enamorada. Nadie conocía la verdadera historia de Virginia y ninguno de ellos se la revelaría.

Cuando decidieron detenerse, estaban solos. Kenneth extendió la capa en el suelo para que Virginia pudiese sentarse en ella. Él permaneció de pie, temeroso de que cualquier aproximación la asustase. Podía notar cuán tensa estaba.

―¿No estáis cansado? ―sugirió ella―. El paseo ha sido largo.

Habían bordeado gran parte del lago, incapaces de detenerse. Puede que buscasen, de forma inconsciente, un lugar más íntimo para hablar. Porque, con cada paso, eran más conscientes de que debían mantener esa conversación antes de la boda.

―Gracias ―le dijo él, sentándose a su lado.

―¿Por qué?

―Supongo que por todo. ―No lo había pensado al pronunciar la palabra―. Desde vuestra llegada, habéis hecho mucho por mi gente sin que os lo pidiera y ni siquiera os lo he agradecido como corresponde.

―Me sentía útil ―le restó importancia―. Además, ahora también será mi gente… supongo.

―Por supuesto que sí, Ginnie.

Era la primera vez que usaba el diminutivo que todos habían adoptado hacía tiempo. Siempre le había parecido demasiado íntimo. Pero ahora sería su esposa.

―¿Deseáis esta boda? ―Kenneth no pudo evitar la pregunta, aunque no estaba seguro de querer conocer la respuesta.

―¿La deseáis vos?

―Yo he preguntado primero. ―Le sonrió para animarla a responder.

―Cierto. ―Que le devolviese el gesto lo alivió. Tal vez no desease casarse, pero no parecía molesta por tener que serlo. Era un comienzo.

―Supongo que os prefiero a vos antes que a cualquier otro. ―Se sonrojó―. No sé si eso responde a vuestra pregunta.