CAPÍTULO ONCE
Tras la inicial conmoción por la llegada de Neil Campbell, Virginia se hizo cargo de todo para darles la bienvenida.
Antes de que pudiesen llegar al salón y se acomodasen en la gran mesa que lo presidía, esta ya estaba llena de rica comida recién preparada.
No hizo falta que esperasen para poder saciar su apetito.
Pareciera que los sirvientes se adelantaban a sus deseos.
Como si los cumpliesen incluso antes de saber ellos mismos lo que querían.
Neil sentó a su sobrina junto a él, pero no pudieron hablar mucho porque los interrumpían constantemente al pedirle instrucciones para todo, algo que Neil no obvió. Estaba claro que la habían aceptado como una más en la familia en el poco tiempo que llevaba allí.
A Neil le gustaba que fuese así porque deseaba que la muchacha se quedase en Escocia.
Y, tal vez, eso convencería a su madre de que regresase.
La habían perdido cuando tenía la misma edad que su sobrina y lo lamentaba cada día.
Se culpaba por no haber sabido evitarlo.
Si hubiese descubierto las intenciones de aquel inglés antes, habría podido impedir que se llevase a su hermana.
Ahora, con la hija en tierras del clan, tal vez podría hacerla volver.
―¿Cómo está vuestra madre? ―le preguntó en uno de esos intervalos en que nadie se acercaba a ellos―. Es una lástima que no haya venido con vos.
―Está muerta. ¿No os lo han dicho?
―No. Solo me avisaron de que estabais aquí.
―La decepción y el dolor por la pérdida asomaron a sus ojos―.
Lamento oírlo. Creía que tal vez… Bueno, al menos, ahora os tengo a vos aquí.
Un pedazo de ella para recordarla. Es más de lo que hubiera esperado hace una semana.
Y vuestro parecido es tan asombroso que casi puedo verla a ella en vos.
¿Por qué habéis venido? ¿Os lo pidió ella antes de… antes de morir?
―Es una historia larga y complicada, tío. No sé ni por dónde empezar.
―Por donde se empiezan todas las historias, nighean. Por el principio.
―Mi padre era soldado, imagino que ya lo sabréis, y conoció a mi madre en una misión de exploración.
Mi madre siempre me decía que había sido amor a primera vista.
Ni siquiera se lo pensó cuando supo que mi padre debía regresar a Inglaterra, se fue con él.
No creo que se arrepintiese, pero sí que se lamentaba haber tenido que renunciar a su familia.
Hubiera preferido conservaros a todos, aunque sabía que no era posible.
Siempre me decía que elegir algo bueno, a veces, implicaba dejar atrás algo mejor.
―Una dulce sonrisa le iluminó la cara. Pensar en su madre tenía ese efecto en ella―.
Mi padre perdió una pierna en una batalla y tuvo que abandonar el ejército.
Fueron tiempo difíciles. Estuvo a punto de morir, pero el amor de mi madre lo curó.
Tuvo que ser eso, porque nadie creía que se recuperaría. Pero lo hizo.
»Entonces, mi madre comenzó a trabajar para una marquesa y mi padre montó una pequeña zapatería.
Yo colaboraba como podía. A los ocho años me hice cargo de los hijos de las vecinas que trabajaban.
Mi madre siempre decía que tenía un don con los niños.
―Se encogió de hombros―. Logramos adaptarnos y sobrevivir.
A pesar de todo, éramos felices. Por las noches, mi madre siempre nos contaba historias sobre su infancia en Escocia.
Nunca os nombró, a ninguno. Creo que le partiría el corazón pronunciar vuestros nombres.
Pero ella quería que amásemos nuestra herencia escocesa.
Incluso nos enseñó gaélico, aunque nunca creyó que pudiese sernos útil.
Nosotros nos lo tomamos como un juego y fue fácil aprenderlo.
―¿Vuestro padre también?
―¡Oh, no! Él desaparecía discretamente durante nuestras lecciones. Nunca obligó a mi madre a renunciar a esa parte de su vida, pero tampoco participaba en ella. Me refería a mi hermano y a mí.
―¿Tenéis un hermano? ―Kenneth no pretendía mostrar su interés en la conversación, pero no pudo evitar preguntar.
―Sí. Se quedó con mi padre.
La entendió, aunque fue el único.
―Tal vez, algún día pueda venir él también ―aventuró Neil, esperanzado.
―Lo dudo, tío. ―Se le ensombreció la mirada―. No volveré a verlo. Él no vendrá y yo no puedo regresar a Inglaterra. En caso de que quisiera hacerlo.
Respetaron el silencio que siguió a aquellas palabras, pues sabían que estaba luchando contra el dolor que le causaban.
―Cuando murió mi madre, fue un duro golpe para todos ―continuó con la historia en cuanto se sintió preparada para hablar sin llorar―.
Sobre todo, porque tras ella se fue también el bebé.
Si nos hubiese quedado aquella pequeña parte de ella…
―Las lágrimas asomaban a sus ojos, rebeldes―.
Claro que, tal vez, fue lo mejor. Mi padre no pudo soportar la pérdida y encontró en la bebida a su mejor aliada para intentar olvidar.
Desatendía el negocio y las ventas bajaron tanto que el dinero no llegaba para nada.
Yo, después de lo que había pasado con mi madre, le pedí a la partera que me enseñase el oficio.
No ganaba mucho, pero, al menos, podía poner un plato de comida en la mesa.
Cerró los ojos un momento, sopesando sus próximas palabras. Ellos veían su lucha interna y esperaron en silencio a que continuara.
―Al final entré a trabajar en la casa de…
en una casa. ―No daría nombres―. Después de cinco meses, la dueña decidió traerme con ella a Escocia.
Acabé en Dustaffnage, con los MacDougall.
Conocía, a través de mi madre, su enemistad con los Campbell, así que cuando me informaron de que mi señora pretendía casarme con uno de ellos, me escapé. Dos veces. ―Sonrió al fin.
―¿Dos veces?
―En la primera, no llegué muy lejos. Aunque parece que al jefe del clan le resultó bastante entretenido. En la segunda, vuestros hombres me rescataron. Y ahora estoy aquí.
―Ahora estáis aquí ―repitió Neil―. Y yo estoy encantado de que así sea.
Sabían que les había ocultado parte de la historia, pero no trataron de sonsacarle nada más.
Comprendían que la confianza no se ganaba con unos lazos familiares que hasta el momento no habían significado nada para ella.
Salvo, quizá, una efímera unión con su madre.
Ya habría tiempo para conocerse mejor. Y, cuando confiase en ellos, hablaría.
Los habían dejado tranquilos durante el relato porque comprendían que era importante, pero, en cuanto descubrieron que la conversación había concluido, las interrupciones comenzaron de nuevo.
Virginia se encargó de todo como si llevase haciéndolo toda la vida.
La mirada de Neil, mientras veía cómo su sobrina impartía órdenes, que eran inmediatamente obedecidas, fue muy reveladora.
―He de admitir que vuestra sobrina es muy eficiente ―le dijo Kenneth como respuesta.
―Me alegra oír eso, Kenna, porque tengo una propuesta que haceros.
―Vuestro tío no puede llevaros con él. Es muy peligroso. Su propia familia ha sido trasladada por seguridad.
La había llamado cuando terminó de arropar a los niños. No solían acostarse después de comer, pero se habían alterado tanto por tener invitados que estaban agotados y se durmieron en cuanto los metió en la cama.
Ahora se encontraba frente a Kenneth, que había empezado a hablar en cuanto ella tomó asiento. Estaban en un pequeño cuarto donde trataba asuntos importantes con sus hombres. Y aquel lo era, aunque no entendía por qué se hacía cargo él, si concernía a su tío Neil.
―Entiendo. ¿Me llevarán con ellos, entonces?
―No es conveniente viajar ahora mismo. La guerra estallará pronto y no podemos prescindir de nadie.
―Entonces, ¿me quedo aquí? ―Le disgustó sonar tan esperanzada, pero no pudo controlar el tono.
Le había preocupado abandonar a los niños, ahora que se habían encariñado tanto con ella.
Además, le gustaba la gente de aquel lugar.
Al menos, la mayoría. Allí se había sentido segura y arropada.
Si le hubiesen dado elección, habría pedido permanecer en Tarbert.
―Sí. Pero necesita saber que estaréis protegida.
―Comprendo. ―Su tío pretendía casarla. Ni siquiera necesitó que Kenneth se lo dijera.
Era obvio. Intentó aparentar calma, pero por dentro estaba aterrada.
Una vez más, un hombre disponía de su vida sin contar con ella.
Una vez más, el destino insistía en unirla a un hombre, aunque ella rechazase cualquier contacto con ellos―. ¿Ya ha elegido candidato?
Kenneth la observaba con atención. Cada reacción a sus palabras, cada gesto, por pequeño que fuera.
Virginia intentaba mostrar indiferencia, pero notaba la tensión que se había apoderado de su cuerpo.
Estaba asustada. Si la voz no la hubiese delatado, los puños apretados contra la falda del vestido y los hombros rígidos habrían sido señales más que suficientes para saberlo.
Esa mañana se había trenzado el pelo, pero algunos mechones rebeldes se le escapaban, enmarcando su bello rostro.
Cada día tenía más reflejos rojos, hasta el punto de que el castaño apenas se veía ya.
Era como si haber viajado a la tierra de sus antepasados maternos la estuviese volviendo más escocesa.
Ridículo, pero no podía evitar pensarlo.
Era pequeña, apenas le llegaba al pecho, y parecía frágil. Sabía que no lo era, que bajo aquella débil apariencia se escondía una joven valiente. Pero en ese momento le parecía más vulnerable que nunca.
―Quiere que os desposéis conmigo ―le contestó con voz firme.
―Y vos habéis aceptado ―afirmó. Su tono le decía que estaba intentando asimilarlo, que no era lo que ella había esperado, aunque lo hubiese deducido en ese instante.
Tampoco él había pensado en casarse de nuevo. Mucho menos, si era un matrimonio obligado. Pero entendía por qué Neil lo había elegido a él. Sus hijos habían tenido un peso importante en la propuesta. Y la forma en que Virginia los trataba.
Pero, por lo poco que les había contado de su pasado, Virginia había huido de un matrimonio forzoso y ahora caería en otro.
Y, aunque quería creer que esta vez sería diferente, no dejaba de ser lo mismo para ella.
No tendría ni voz ni voto. Por eso, antes de aceptar, había pedido que le permitiesen hablar con ella a solas.
Quería ver su reacción ante la noticia. Lo necesitaba.
Aunque lo único que logró vislumbrar fue cómo apretaba más los puños y no supo cómo interpretarlo.
―Mi deber es hacer lo que mi laird me pida ―eligió tan bien como pudo sus palabras para que la joven supiese que él tendría en cuenta su opinión―. Pero si vos no queréis hacerlo, intentaré convencerlo para que cambie de idea.
―Si no es con vos, será con cualquier otro. ―Encogió los hombros―. Mi tío no va a dejarme aquí sin la protección de un esposo. Y tampoco me puede llevar con él. Vos mismo acabáis de decirlo.
―No os obligaré a hacer nada que no queráis, Virginia. Vuestro tío me eligió por los niños. Por la relación tan buena que tenéis con ellos. Pero no os condenaré a ser una madre para ellos si no es lo que queréis. Tampoco aceptaré casarme con vos si os disgusta la idea.
Al ver que callaba, se arrodilló frente a ella. Alargó las manos para sujetar las suyas, pero se detuvo antes de tocarla. Estaba tan tensa que creyó que se rompería con su contacto.
―Puedo ofreceros un lugar al que, con el tiempo, podáis llamar hogar y mi palabra de que os honraré el resto de mis días. Si me aceptáis como esposo, os protegeré con mi propia vida. Jamás os haré daño.
La leve inclinación de cabeza le indicó que lo creía. Aun así se sentía como si la estuviese conduciendo al patíbulo. Quiso tocarla, pero Virginia se levantó para poner cierta distancia entre ellos.
Su cuerpo se relajó minutos después de un tenso silencio: había tomado una decisión.
―Habéis sido sincero conmigo, os debo eso, al menos ―le dijo sin mirarlo―.
Sé que no me haréis daño, pues sois un buen hombre.
Pero tampoco podríais lastimarme, aunque lo intentaseis.
Estoy rota por dentro, Kenna. En todos los sentidos en que una mujer puede estarlo.
No soy tan inocente como suponéis mi tío y vos.
No por decisión propia, por supuesto. ―Se abrazó, buscando consuelo en aquel gesto―.
He sido deshonrada y ultrajada más allá de lo que cualquiera podría soportar.
Me casaré con vos, si es lo que queréis mi tío y vos, pero haríais bien en rechazarme. No merezco ese honor.
Se acercó a la puerta con premura y salió antes de que Kenneth pudiese detenerla, arrepentida de haber hablado.
Debería haberlo rechazado, a él y a los que su tío le propusiese después.
Debería haberles pedido que la llevasen a un convento.
Habría sido lo mejor. Ningún hombre merecía una esposa incompleta e insensible como ella.
Pero Kenneth había sido tan bueno con ella desde aquella primera noche en que la rescataron que creyó necesaria una explicación. Se merecía saber la verdad, aunque ya no pudiese volver a mirarle a los ojos por la vergüenza.
Su tío estaba en el salón, pero no intentó detenerla. Había visto sus lágrimas. En cambio, entró en el cuarto como una exhalación.
―¿Qué ha sucedido? ―No quería acusar a Kenneth, pero no pudo evitarlo.
Lo encontró sentado tras la mesa, con la mirada perdida. Parecía exhausto y, algo más que no lograba descifrar. Furioso, sí. Pero furioso ¿por qué?
―Supongo que ambos nos hemos sincerado.
Neil comprendió entonces que para Kenneth aquello tampoco resultaba fácil. Se sintió mal por habérselo pedido, pero tampoco tenía muchas más opciones.
―Sé que os pido demasiado, Kenna. Pero me habéis demostrado una lealtad extraordinaria. Sé que haréis lo imposible por mantenerla a salvo.
―Deberíais hablar con ella. No soy yo quien se ha negado.
―¿Acaso os ha rechazado? ―Por el tono de voz diría que aquello le resultaba imposible de creer.
Era un hombre apuesto y fuerte. Muchas mujeres habían mostrado interés en él tras la muerte de su esposa. También la habían envidiado en vida. Neil había creído que Virginia aceptaría con gusto el matrimonio.
―Lo ha dejado en mis manos. Pero creo que deberíais hablar primero con ella, Neil.
―¿Por qué?
―Porque creo que algún maldito inglés se ha aprovechado de su inocencia. ―No pudo reprimir la ira un segundo más―. Más todavía, estoy seguro de que su padre ni siquiera lo ha impedido.