Ginnie Campbell CAPÍTULO DIEZ #2
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CAPÍTULO DIEZ #2

Se encaminó hacia el pasillo y cerró con cuidado la puerta tras él.

La inocente insinuación de Virginia, que no había sido tal, lo había alterado y optó por una rápida retirada para no cometer ninguna insensatez.

Sin embargo, la joven no parecía consciente de su lucha interna porque lo siguió de inmediato.

Se había cubierto el cuerpo con una capa, pero él sabía que, bajo ella, solo vestía un fino camisón.

―No creo que pueda volver a dormir ―le dijo ella―. Si esperáis a que me vista, os ayudaré. Los niños dormirán hasta tarde así que no molestarán…

Mientras hablaba, Kenneth se había ido acercando a ella.

A cada paso que daba él, la voz de Virginia se volvía más débil, hasta que solo fue un susurro.

Su cerebro le instaba a continuar, pero la cercanía de Kenneth le hizo olvidar lo que estaba diciendo.

Aunque repudiaba el contacto físico con hombres después de lo que le había hecho Corvin, junto a Kenneth siempre se había sentido segura.

Sin embargo, en ese momento, había algo en el ambiente que le instaba a mantener la distancia.

Retrocedió, al tiempo que alzaba la vista para mirarlo a los ojos en busca de alguna señal que le dijese si corría peligro. Lo que encontró en ellos fue deseo.

―Debisteis quedaros en la cama, Virginia. ―Y la besó.

Virginia se tensó al momento. Los recuerdos la asaltaron y, aunque el tacto de Kenneth se sentía diferente, su cuerpo reaccionó como si fuera una amenaza.

No quería el beso, incluso si no le resultaba tan repulsivo como los de Corvin; no quería lo que venía después.

Empezó a temblar y lo empujó con ambos brazos para alejarlo de ella.

―Lo lamento, Virginia ―se disculpó, arrepentido―. No debí hacerlo. Yo…

Desapareció por el pasillo, maldiciéndose por haber sido tan impulsivo.

Virginia se quedó sola y se abrazó para tratar de controlar la tiritera.

No era frío lo que sentía, sino pánico. Y, aunque su mente le repetía que Kenneth no era como Corvin, su cuerpo no parecía dispuesto a hacer diferencias entre ellos.

Le fallaron las piernas y se agachó, con la espalda apoyada en la pared.

Cerró los ojos y se concentró en la respiración hasta que consiguió relajarla.

Luego, se puso en pie y regresó a la alcoba.

Pasó una hora antes de reunir el valor suficiente para bajar a la cocina. Los niños dormían todavía y no despertarían hasta bien entrada la mañana. Cubrir las ventanas con las telas oscuras había sido una gran idea. Sin luz, dormían más tiempo.

Kenneth hablaba con Lorna en la cocina y ella vaciló un momento antes de entrar. Inspiró profundo y se reunió con ellos. No permitiría que el recuerdo del beso le impidiese cumplir con sus obligaciones. Incluso aunque la presencia de Kenneth la intimidase un poco ahora.

―Buenos días, Lorna.

―Buenos días, Ginnie. ¿Qué tal habéis dormido?

―Muy bien, como siempre. ―Le sonrió intentando no mirarlo a él―. ¿Qué tal vuestra espalda?

―Mejor. Teníais razón, el calor le ha hecho muy bien. Apenas me duele ya.

―Me alegro.

―Kenna y yo comentábamos el menú para hoy. ―Si Lorna notaba la tensión entre ellos, no lo hizo saber―. Tiene buenas ideas… para ser hombre.

Rieron la broma juntos, aunque había algo de cierto en aquella declaración, pues las labores del hogar siempre habían sido cosa de mujeres, mientras que los hombres se ocupaban de las tareas más pesadas en el exterior.

―Entonces, seguiré con el resto.

Se disponía a marcharse, cuando Kenneth se ofreció a acompañarla.

―Os ayudaré. Aquí hemos terminado.

―De acuerdo. ―Continuó su camino sin mirar atrás, pero consciente de que él la seguía. Si se hubiese girado, habría visto la sonrisa de Lorna y habría tenido que inventarse cualquier excusa para que el hombre se quedase allí.

Durante el resto de la mañana permanecieron ocupados con los preparativos. Casi lograron olvidarse de lo sucedido horas antes. Solo cuando se rozaban sin querer o sus miradas se cruzaban, eran conscientes de que el recuerdo estaba allí, levantando una barrera silenciosa entre ellos.

Virginia agradeció que los pequeños se despertaran para poder alejarse del padre y dedicarse a ellos.

Sabía que Kenneth merecía una explicación por cómo había reaccionado, pero le avergonzaba tanto su pasado que todavía no se atrevía a hablar de ello.

Puede que nunca estuviera preparada para enfrentarlo en voz alta.

Por el momento, se centró en los niños. Los colmó de atenciones y les brindó su cariño sin esfuerzo. Adoraba a todos los niños, pero aquellos le inspiraban más ternura porque habían perdido a su madre, igual que ella, aunque ellos no habían podido disfrutarla como lo había hecho ella.

―Davie, termínate el desayuno. Tengo que llevarle estas prendas a Trina y no puedo hacerlo hasta que hayáis acabado los dos.

Virginia se había negado a que Trina regresase a su puesto hasta que el bebé fuese mayor, así que le había asignado la tarea de remendar la ropa que estuviese en mal estado, que, al parecer, era bastante.

―Yo las llevaré ―se ofreció Kenneth.

Los había observado desde la puerta, en silencio, sin atreverse a entrar para no romper aquel momento de complicidad entre sus hijos y a Virginia. Hubiese deseado quedarse anclado en el tiempo para poder ver a Virginia abrazar y besar a sus hijos por siempre.

―No es necesario, yo puedo…

―Insisto ―la interrumpió―. No tenéis que ocuparos de todo cuando estoy en casa. Por desgracia, nunca es por mucho tiempo.

―Gracias. ―Intentó ignorar la tristeza en las últimas palabras de Kenneth, aunque podía entenderla. El hombre se estaba perdiendo la infancia de sus hijos por culpa de la guerra.

Kenneth recogió la cesta con la ropa y se la llevó a Trina. La joven ya había alimentado a su hijo, así que aceptó con gusto la labor.

―Agradezco poder pasar tiempo con mi pequeño, pero soy muy inquieta y necesito hacer cosas ―protestó, incluso con una sonrisa en los labios.

―No tengas prisa por perder de vista a tu hijo. Los niños crecen demasiado rápido ―repuso él.

―Tienes razón. ―Entendió por qué lo decía Kenneth y acarició la carita de su hijo dormido. Entonces, sin previo aviso, hizo una pregunta que el hombre no se esperaba―. ¿Crees que se la llevará con él?

―No lo sé. ―No fingió no comprender a qué se refería―. Pronto terminará la tregua con los MacDougall y será peligroso para ella que descubran que es la sobrina de Neil. Llevársela a su hogar la pondría en una situación delicada.

―Podría dejarla aquí. Con nosotros.

―Le has cogido cariño.

―Le salvó la vida a mi Colin. Y a mí. ―Sonrió―. Pero, aunque no lo hubiera hecho, la querría igual. Ginnie es maravillosa.

Estaba de acuerdo con ella, pero no lo admitiría delante de la que sentía que se había convertido en la mejor amiga de Virginia. Mejor guardarse su opinión para sí mismo.

―¿Sabías que Abi la llamó mamaidh[8] hace dos días?

―Ante la sorpresa en el rostro de Kenneth, continuó―.

Hacía mucho calor aquella tarde y David y ella jugaban en el lago.

Ginnie los vigilaba mientras charlábamos.

No hacía ni dos minutos que les había dicho que tuviesen cuidado sin mirarlos siquiera.

No sé cómo lo hace. Yo apenas puedo prestar atención a otra cosa si estoy atendiendo a Colin.

El caso es que David resbaló y se hundió en el agua.

Estaban en una parte del lago donde no cubría, pero Abi se asustó mucho y llamó a Ginnie llorando.

Pero le dijo mamaidh. Ginnie ni siquiera se dio cuenta.

Corrió hacia el agua y los sacó a los dos.

Si hubieseis visto cómo los abrazaba. Ni su verdadera madre se hubiese preocupado menos por ellos.

―Lo miró a los ojos―. Aunque los conoce de hace poco, los quiere mucho.

―Hasta donde yo sé, es algo mutuo. Aunque habría hecho lo mismo por cualquier otro niño. ―No quería admitir que la historia lo había conmovido―. Una vez me dijo que tenía un don con ellos.

―Una cosa no quita a la otra ―respondió―. Llorarán su ausencia.

Kenneth arrugó la frente tras esas palabras.

¿Trina sería consciente de lo que oírlas le provocaba a su conciencia?

Sabía que los niños se habían encariñado con Virginia.

Si hubiese tenido dudas, verlos dormir con ella habría sido suficiente para probarlo.

Sus hijos confiaban en ella como no lo habían hecho nunca en los cinco años que los había cuidado Flora.

Habían bastado solo cinco días para que sucediese.

―No está en mi mano decidir eso ―le dijo antes de marcharse. No quería seguir hablando de aquello.

Salió del castillo, dispuesto a cabalgar un rato para despejar la mente, pero la llegada de Neil y sus hombres se lo impidió. Estaban desmontando cuando llegó al patio. ¿Los habría visto ya Virginia?

―Kenna.

Neil lo saludó eufórico. Nadie diría que acababa de recorrer cientos de millas sin apenas descansar. Se veía ansioso, eso sí. Pero también él lo estaría si hubiese descubierto que tenía una sobrina de la hermana que se había fugado años atrás con un inglés por amor.

―Neil. Me alegro de veros.

―¿Dónde está?

―La última vez que la vi, estaba en el salón con mis hijos.

―Bien.

Se giró hacia el castillo, pero no necesitó entrar para verla.

En ese momento, salía con los niños agarrados a sus manos.

Les sonreía con cariño, gesto que no pasó desapercibido a nadie.

Cuando levantó la mirada y se encontró con ellos, se detuvo, incapaz de decidir si se acercaba o si huía al interior del edificio.

―¡Cielo santo! ―exclamó Neil―. Sois igualita que vuestra madre.

En dos zancadas la alcanzó y la elevó en el aire en un fuerte abrazo.