Ginnie Campbell CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

Cuando Kenneth regresó al castillo, Virginia supervisaba el desayuno de sus hijos.

Los niños charlaban con ella y reían. Parecían felices.

Sin embargo, a él lo invadió la pena al pensar en su esposa.

Ella no podría disfrutar de los mellizos, ni ellos de ella.

Ni siquiera la recordaban ya, pues había muerto cuando apenas tenían un año de vida.

Sabía que así no sufrirían por su ausencia, pero le parecía igual de triste.

―Papá. ―Los gritos de sus hijos lo obligaron a rechazar el dolor. Los abrazó con fuerza y dio gracias por tenerlos en su vida. Eran lo único que le quedaba de su difunta esposa.

Aunque Virginia sonreía, no se le daba bien esconder sus sentimientos, así que Kenneth sabía que estaba incómoda.

Tal vez por lo que había pasado antes con Flora.

O puede que pensase en el castigo que le habría impuesto él por pegar a Abi.

Debería decirle que había cedido ante su súplica, pero no quería reconocer la debilidad que le provocaba su presencia.

Desde el día en que la rescataron de los MacDougall, había arraigado en él un instinto de protección hacia ella que no podía explicar.

La vulnerabilidad en su postura, el miedo y el dolor en su mirada lo habían activado y ya no era capaz de controlarlo.

Necesitaba verla feliz. Necesitaba que supiese que la vida no era solo sufrimiento, incluso si él había recibido su propia dosis del mismo.

Tampoco había querido profundizar más en lo que sentía cuando estaba cerca y, mucho menos, admitir en voz alta que no le resultaba indiferente.

Después de la muerte de su esposa, no había vuelto a interesarse por ninguna mujer. Se había centrado en criar a sus hijos lo mejor que sabía y a combatir para su rey cuando este así lo requería. Eran tiempos difíciles y mantener a su gente a salvo era más importante.

Pero ahora, desde la aparición de Virginia, se descubría pensando en ella más de lo que debería, o buscándola con la mirada en demasiadas ocasiones.

Se decía que lo hacía por Neil, porque debía cuidar bien de su sobrina, pero sabía que solo se engañaba a sí mismo.

Y, aun así, no haría nada al respecto. No debía.

―¿Desayunando tan tarde? ―les preguntó a sus hijos―. ¿Acaso jugar es más importante ahora que alimentarse?

―Nos acabamos de despertar, papá ―rieron ellos.

Él los imitó, pero buscó una confirmación en Virginia. Si era cierto, sería la primera vez en muchos años que dormían tanto. Cuando la joven asintió, los miró de nuevo a ellos.

―¿Cómo es eso posible? ―bromeó, aunque la curiosidad era genuina.

―Ayer fue un día intenso ―respondió Virginia por ellos―. Ya que habéis terminado, podéis salir a jugar. Pero no os acerquéis a la fuente u os castigaré a los dos.

―Sí, Ginnie ―dijeron al unísono antes de correr hacia la salida.

―¿Pasó algo más ayer? ―quiso saber ahora Kenneth.

―Abi tuvo una pesadilla, pero se tranquilizó rápido. ―Le restó importancia con un gesto de la cabeza.

Recogía los platos de la mesa para no tener que mirarlo a los ojos y Kenneth supo que lo evitaba. Intuía que era por Flora, así que decidió tranquilizarla.

―Hablé con Flora y me contó su versión de los hechos. ―Ella seguía sin mirarlo, pero lo escuchaba con atención―. El castigo que le habéis impuesto es suficiente. Le duele más no poder venir al castillo que cualquier correctivo físico que yo le pudiera infligir.

―Gracias.

Aquella palabra, cargada de alivio, le aceleró el corazón.

―Vuestro tío viene hacia aquí. ―Cambió de tema para apartar cualquier pensamiento que lo llevase por un camino que solo le traería problemas―. Me he adelantado para decíroslo.

―¿Mi tío viene a verme?

De repente, se había puesto nerviosa. Incluso parecía asustada.

No era lo que Kenneth esperaba ver al darle la noticia.

Virginia había expresado sus dudas, al saber que lo habían avisado, sobre si él querría o no verla, pero nunca había dicho que ella no quisiera.

Era el hermano de su madre, su familia más directa.

¿Acaso no era suficiente como para desear conocerlo?

―Se alegró mucho al saber que tenía una sobrina ―pretendía tranquilizarla con aquellas palabras.

―Mi madre… ―vaciló―. Ella decía que nunca le habían perdonado que se casase con mi padre.

―Neil no os culpará de algo que no tiene que ver con vos, Virginia. Cuando supo de vuestra existencia, lo dejó todo para conoceros. Eso no lo hace un hombre que esté molesto con vos.

El silencio que siguió a sus palabras se volvió espeso hasta que Virginia lo rompió.

―Ordenaré que le preparen una estancia. ¿Viene solo? ¿Se quedará mucho? ―La pregunta encerraba algo más que el simple hecho de saber el tiempo que su tío estaría allí. Indagaba cuánto le quedaba a ella para marcharse.

Apenas llevaba allí una semana, pero se había sentido a salvo por primera vez en meses y había encontrado a gente que la había hecho sentir en casa. No le resultaría fácil alejarse. Mucho menos, abandonar a Abi y a David. Su corazón ya sufría solo de pensarlo.

―No lo sé. ―Pareciera que también él quería decir mucho más con aquellas dos palabras―. Sus hombres se quedarán en los barracones.

―De acuerdo.

Virginia abandonó el salón sin decir nada más, aunque deseaba preguntar mil cosas sobre su tío. Que quisiera verla tenía que ser una buena noticia. ¿O no? Kenneth no le mentiría sobre algo así. «Céntrate», se reprendió.

Si iba a conocer a uno de los hermanos de su madre, quería causarle buena impresión, así que tenía mucho trabajo por delante.

No podía dormir. Había pasado el día ayudando a sus hombres a prepararlo todo para la llegada de Neil, mientras intentaba no pensar Virginia. Y lo habría logrado si su gente no la alabase tanto delante de él. En tan solo cinco días, había hecho algunos cambios que ya se estaban empezando a notar.

El castillo olía a fresco. La ropa que había desechado por estar rota apareció en el armario remendada.

Se habían colocado grandes cortinones en las ventanas para tapar la luz del sol, pero lo suficientemente finos como para permitir la entrada de la brisa mañanera.

Los establos ya no despedían aquel apestoso olor que tanto le disgustaba y los caballos salían a ejercitarse todos los días.

La armería estaba limpia y ordenada; las armas afiladas y bruñidas.

Donald, el herrero, había empezado a fabricar la reja para la fuente y evitar que los niños se acercasen a ella.

Sus hijos adoraban a Virginia y la obedecían sin protestar.

Incluso jugaban juntos sin pelearse continuamente.

Decidió comprobar que los niños estuviesen arropados. Quizá el paseo hasta sus cuartos le ayudase a conciliar el sueño después. Desde luego, recordar todo lo que había hecho Virginia no lo haría.

Cuando llegó a la alcoba de Abigail, no le extrañó encontrarla vacía.

No era la primera vez que la pequeña se escabullía hasta la cama de su hermano.

Pero al ver que la cama de David hecha también, frunció el ceño.

Por un momento, se le ocurrió la posibilidad de que estuviesen con Virginia.

Después de ver cómo los trataba, era factible que buscasen seguridad junto a ella.

No diría que no le había dolido que no lo eligiesen a él, pero también comprendía que había sido un padre ausente durante demasiado tiempo por culpa de la guerra.

Dudó un momento antes de golpear la puerta con los nudillos.

Fue apenas un roce que no produjo un gran ruido y que no recibió respuesta.

Lo repitió, con algo más de fuerza, y la puerta se movió sola.

No lo había notado antes, pero solo estaba entornada.

La empujó con cuidado y descubrió a sus hijos en la cama con Virginia.

La imagen lo detuvo bajo el marco por un momento.

La joven dormía boca arriba, con un niño recostado en cada brazo.

Su abundante cabello reposaba sobre su pecho, ocultándolo a medias.

Su rostro era la viva imagen de la tranquilidad.

Grandes pestañas que resaltaban los párpados cerrados, nariz pequeña y recta, pómulos sonrosados y labios carnosos y sensuales.

En cuanto posó los ojos sobre ellos ya no pudo apartarlos de ahí.

Se acercó ignorando su sentido común y estiró una mano para apartar un mechón que le cubría la cara.

¿Era imaginación suya o desde la primera vez que la había visto su pelo se había vuelto más rojo?

―Kenna.

El susurro de Virginia lo obligó a apartar la mano con rapidez para esconder lo que había estado a punto de hacer.

Por un momento, se quedaron en silencio y se miraron a los ojos sin que ninguno hiciese nada.

El ligero sonrojo de Virginia se intensificó a medida que su todavía dormida mente se despejaba y asimilaba lo que sucedía.

―No quería asustaros ―se disculpó de inmediato―. Fui a ver a mis hijos y no los encontré.

La joven supuso el resto sin ningún esfuerzo. Sus palabras se lo demostraron.

―Permití que durmiesen conmigo la noche pasada y me temo que ahora no puedo obligarles a regresar a sus camas. Se les partiría el corazón.

Le sonrió con ternura para que supiera que no estaba molesto. ¿Quién podría estarlo con la extrema dulzura de aquella muchacha hacia sus hijos? Reprimió el deseo de acariciarle la mejilla. En cambio, le tocó el pelo a Abi. Era lo más cerca que podía estar de ella sin asustarla.

―Si lo preferís, puedo llevarlos de vuelta yo mismo.

―No me importa que se queden ―se apresuró a decir―. La cama es tan grande que incluso cabría otra persona más.

Al comprender que aquello se podía interpretar como una invitación, un intenso rubor le cubrió el rostro. Kenneth se apiadó de ella.

―Os dejaré dormir. Todavía faltan un par de horas para que amanezca ―se despidió―. Descansad. Ya me ocuparé yo de lo que falta antes de la llegada de vuestro tío.