CAPÍTULO NUEVE #2
―No sé si os habíais dado cuenta, pero en cuanto os marcháis, las tareas en el castillo se desatienden.
―Intentaba encontrar las palabras adecuadas―.
Puedo imaginar que solo las hacen cuando estáis aquí, porque no vi nada raro antes de vuestra ausencia.
Pero no quise intervenir, puesto que solo soy una invitada.
―Comprensible.
―Pero, después de tres días, ya no pude dejarlo pasar. Mi madre me enseñó unos ideales de conducta que no puedo obviar sin más. La irresponsabilidad es algo que me irrita sobremanera.
Kenneth sonrió al ver cómo Virginia intentaba controlar la ira a medida que le explicaba lo que había pasado.
Parecía una mujer muy apasionada y, por un momento, se imaginó cómo sería tenerla en su cama.
Con la abundante melena cayendo sobre sus hombros y enmarcándole el dulce rostro.
Y sus… Desechó la idea antes de que su cuerpo lo delatase.
Se concentró de nuevo en sus palabras porque aquellos pensamientos no eran correctos ni adecuados.
―Así que discutimos. Bastante. ―Se retorcía las manos, nerviosa―. Estaba tan enfadada cuando me encaró que no lo pensé. Simplemente comencé a dar órdenes y me obedecieron.
Lo dijo con tal tono de incredulidad que Kenneth apenas logró mantenerse serio.
La risa pugnaba por salir porque a él no le parecía tan inverosímil.
Conocía a su gente y sabía que obedecerían a cualquiera que les inspirase respeto.
Virginia se lo había ganado el día en que salvó la vida de Trina y de su bebé, así que nadie iría en su contra, salvo que sus órdenes fueran abusivas.
Y algo le decía que aquel no era el caso.
―Unos días después, decidimos que yo me ocuparía también de los niños.
La confesión terminó demasiado pronto, lo que le hizo sospechar de que había algo más que no quería contarle.
―¿Por qué?
―Los pequeños se han encariñado conmigo. Me siguen a todas partes, así que me pareció lo más lógico. ―Se encogió de hombros.
―Ni se te ocurra ocultar lo que hizo Flora, Ginnie. ―Trina apareció en ese momento, cargando a su bebé, y parecía furiosa―. No se merece tu compasión.
―¿Qué hizo? ―le preguntó Kenneth a la joven madre. Estaba claro que no lo averiguaría por Virginia. Incluso había estado a punto de creerla.
―Nada por lo que no haya pagado ya, Kenna.
―Virginia fulminó a su amiga con la mirada.
La había ido a visitar cada día y el lazo que había nacido entre ellas durante el parto de Trina se había fortalecido hasta convertirse en una amistad bonita y sincera.
Por más que ahora pareciese que la quería traicionar.
―Mandarla a casa de su abuela no es un gran escarmiento, Ginnie ―insistió Trina, que había tenido aquella discusión con ella en más de una ocasión.
―No empieces otra vez.
―Alguien tiene que decirlo ―refutó.
―Ya lo has dicho varias veces, pero eso no cambia…
―¿Alguna piensa contarme lo que ha sucedido? ―las interrumpió él―. ¿O tengo que averiguarlo por mi cuenta?
―No debéis preocuparos por nada, Kenna.
―Claro que debe. No seas tan buena, Ginnie, Flora no lo merece. ―Trina lo miró a él, antes de continuar―. Le pegó a Abi, Kenna. Le dejó una marca en la cara que le duró un tiempo. Y Virginia solo la mandó de vuelta con Edna.
Cuando Virginia descubrió que Edna era la abuela de Flora, comprendió por qué la muchacha la odiaba tanto.
Ambas mujeres creían que había humillado a la anciana al salvar a Trina, en contra de lo que había dicho la comadrona.
Algo que no podía entender, porque lo importante era que una madre y su hijo habían sobrevivido.
Lo demás carecía de importancia en comparación.
Flora le había contado a su abuela lo que había pasado y Edna había ido al castillo para pedirle explicaciones.
La discusión había subido tanto de tono que algunos se vieron obligados a intervenir.
Conocían a Edna y, aunque Virginia no respondiese a la violencia de la anciana, aquello no acabaría bien para ninguna de las dos.
Al final, la obligaron a regresar con la nieta y le prohibieron la entrada al castillo hasta que Kenneth regresase.
Pero Trina ya no pudo contarle nada de eso porque, en cuanto Kenneth oyó que Flora había golpeado a su pequeña, se giró sobre sí mismo hecho una furia y enfiló hacia la casa de Edna.
Virginia, suponiendo lo que iba a hacer, intentó detenerlo.
Tardó unos segundos en reaccionar, así que el hombre ya estaba cerca de la casa cuando logró sujetarlo por un brazo.
Su mano se deslizó por él hasta aferrarse con fuerza a la de Kenneth. Tiró de ella y lo detuvo.
―Por favor, Kenna. No hagáis algo de lo que os podáis arrepentir después.
―Esa muchacha maltrató a mi hija.
A pesar del enfado, era muy consciente de lo que aquella pequeña mano le estaba haciendo a su cuerpo.
Quiso soltarse para recuperar el control de sí mismo, pero, en su lugar, la apretó un poco más.
Aquel era el primer contacto físico que la joven iniciaba y, aunque sabía la razón para ello, quiso disfrutarlo el tiempo que durase.
―Y estoy segura de que lamenta de haberlo hecho.
―No todos tienen vuestro gran corazón, breagha[7].
Nada lo preparó para el sonrojo que tiznó el rostro de Virginia al llamarla de aquella forma. Lo había dicho sin pensar, pues el calor que su mano le provocaba le embotaba la mente.
―Por favor.
Lo atrajo un poco hacia ella, no porque quisiese sentirlo más cerca como le hubiese gustado a él, sino para evitar que fuese a por Flora.
―Pegarle a un niño indefenso es un acto imperdonable, Virginia. No puedo ignorarlo sin más.
―Fue culpa mía.
Aquella confesión lo golpeó con fuerza, no porque la creyese cierta, sino por la compasión extrema que estaba mostrando Virginia. ¿Era capaz de culparse por las faltas de los demás? Aunque tuviese razón en parte, no podía fingir que no había pasado. Flora debía pagar por lo que había hecho.
―Estaba furiosa conmigo por hacerme cargo de sus labores ―continuó― y lo pagó con Abi. Debería haberla separado de los niños antes de que ocurriese aquello. Pero no creí que…
―No la disculpéis ni asumáis su responsabilidad, Virginia. ―Se acercó más a ella―. No importa el motivo, sino el acto en sí. Nadie debería golpear a un niño.
―Kenna. ―La sorprendida voz de Flora resonó tras él.
Virginia rompió el contacto de inmediato, pero Kenneth pudo ver una última súplica en sus ojos. Y cuando se giró, lo que encontró en los de Flora fue miedo. No a él, sino a Virginia. Sin embargo, en un instante, la ira ocupó su lugar.
―No habéis tardado nada en irle con el cuento a Kenna ―dirigió aquella acusación hacia Virginia―. ¿Acaso no me habéis humillado suficiente ya?
―Ella no ha dicho nada, Flora ―la defendió―. De hecho, intentaba impedir que te castigara.
El miedo volvió a asomar y se convirtió con rapidez en súplica, cuando pasó la mirada de él a Virginia. ¿Pretendía apelar a su compasión después de haberla acusado abiertamente?
―Será mejor que os marchéis, Virginia ―dijo Kenneth. No estaba dispuesto a ceder. Flora sería castigada.
Virginia lo comprendió porque se fue sin decir una sola palabra. Ni siquiera volvió la vista atrás, convencida de que intentaría defender a Flora si lo hacía.