Ginnie Campbell CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

Un par de días más tarde, mientras salía de los establos, contenta por el cambio que habían sufrido, descubrió a los hijos de Kenneth jugando de nuevo en la fuente. Buscó a Flora, preparada para intervenir si no lo hacía ella, y la vio acercarse a ellos.

Dispuesta a continuar con la ronda de inspección, no les prestó más atención hasta que oyó gritar a Abi. Cuando se giró hacia ellos, la niña estaba en el suelo, con la mano en la cara, y su hermano intentaba golpear a Flora, que lo tenía bien sujeto por un brazo.

―¿Qué pasa aquí?

―Flora le pegó a Abi. ―David comenzó a llorar en cuanto la vio.

No era la única que se había acercado al oír el alboroto y Virginia pudo notar el descontento de la gente tras la acusación del niño.

―Mentiroso. ―Flora lo zarandeó con violencia.

―Ya basta. ―Virginia los separó por miedo a que le descolocase el brazo al niño por la fuerza que había empleado en el movimiento. Temía que estuviese pagando con ellos la rabia que sentía hacia ella.

―Les dije que no se acercasen a la fuente ―los acusó, fuera de sí―. Y nunca escuchan. Abi casi se cae dentro. Debía escarmentarla.

―Vuestro deber es cuidarlos ―le recordó Virginia―. Ellos son pequeños y no entienden de peligros. Si hicierais bien vuestro trabajo, no habría…

―Pero no hacen caso ―la interrumpió.

―Pues tendréis que hablarlo con su padre cuando regrese. Él se encargará de amonestarlos si lo cree necesario.

―Su padre nunca está en casa. Me dejó a mí al cargo y haré lo que me plazca ―escupió las palabras―. Ninguna sassenach[5] me dará órdenes.

―Flora, ya basta. ―Una de las mujeres presentes decidió intervenir.

―Sé lo que pretendéis ―continuó la joven sin escucharla.

―No pretendo nada, pero esta vez os habéis extralimitado.

―Abi y David se había sujetado a su falda y miraban con recelo a Flora―.

Son niños. No puedo permitir que los golpeéis cuando su único pecado ha sido no saber dónde está el peligro porque vos no se lo habéis enseñado.

Si tanto os agobia cuidarlos, yo me haré cargo hasta que regrese Kenna.

No os quiero cerca de ellos. ¿Tenéis un lugar a dónde ir?

―No.

―Sí. ―La misma mujer de antes se adelantó para desafiar a Flora a mentir de nuevo―. Su abuela tiene una casa en el pueblo.

―No voy a irme. Kenna se enfadará si no estoy aquí cuando regrese. Él…

―Él lo entenderá cuando le contemos lo que ha pasado ―la interrumpió la mujer―. Y reza para que no decida pagarte con la misma moneda.

―Se lo merecía. ―Las lágrimas empañaban sus ojos, aunque nada tenía que ver con la impotencia, sino más bien con el odio que le despertaba Virginia.

―Ningún niño merece que le peguen ―intervino de nuevo esta―. Marchaos ya, Flora. Si Kenna decide que habéis actuado bien y os quiere de vuelta, os pediré disculpas y no volveré a intervenir. Pero, hasta entonces, yo me encargaré de los niños.

La rabia la invadió, pero se dirigió al castillo para recoger sus pertenencias. Aunque le hubiese gustado golpear a Virginia también, sabía que solo se pondría más en evidencia delante de todos. Aquella mujer había puesto en su contra a su propia gente y juró vengarse de ella.

Aquella noche Abi se despertó llorando. Virginia se levantó sin vacilación y corrió a su alcoba. La cogió en brazos mientras la tranquilizaba.

―Ya pasó, bella banfhlath[6]. Estoy aquí. ―Le acarició el pelo mientras hablaba.

Permanecieron abrazadas varios minutos. Todavía estaba oscuro fuera, así que la tumbó en la cama y la tapó con dulzura.

―No te vayas, caraid ―le pidió la niña cuando ya salía del cuarto.

―Duérmete, pequeña. No te pasará nada.

―Por favor, caraid. No me dejes.

La urgencia en su voz le partió el corazón. Abi había sufrido mucho ya en su corta vida. Primero la pérdida de su madre, a la que ni siquiera recordaría. Luego tenía un padre ausente; no por gusto, sino por obligación. Y, ahora, la mujer que se suponía que debía cuidarla y amarla, le había pegado.

―¿Quieres dormir conmigo esta noche?

La tomó en brazos cuando la niña asintió.

La cubrió con la capa que se había puesto a toda prisa al salir de la alcoba y se la llevó con ella de vuelta.

Para cuando la depositó en la cama, la niña ya dormía profundamente.

No habían pasado ni diez minutos, cuando la desveló un ruido en la puerta.

Vio cómo asomaba tras ella una pequeña cabeza de pelo oscuro.

―¿Tú también quieres dormir aquí, David? ―Ya sabía la respuesta.

El niño corrió hacia la cama y le sonrió con sus pequeños y blancos dientes. Estaba congelado por haber ido descalzo hasta allí. Lo abrazó con fuerza hasta que entró en calor.

Virginia permaneció despierta varias horas, y apenas amaneció ya estaba en pie.

Dormir con ellos le había recordado a su hermano pequeño, que ahora estaría en manos de su padre.

Sabía que lo utilizaría en su beneficio, como había hecho con ella, pero no podía impedirlo desde Escocia.

Y regresar no era una opción. Se le ocurrió que, tal vez, comentárselo a su tío, en caso de que apareciese para verla, podría cambiar las cosas.

«Siempre que sea un buen hombre», pensó.

Hasta ese momento, había imaginado que o bien no aparecería o bien sería como su madre: encantador. Pero ¿y si era una mala persona? La idea la perturbó durante gran parte de la mañana.

Cuando Kenneth traspasó las murallas, lo primero que percibió fue el cambio en el olor del recinto.

La última vez había hablado con el encargado del establo para que hiciese algo al respecto y, al parecer, le había hecho caso.

Entendía que había poco personal y mucho trabajo, pero esa no era excusa para la dejadez de los últimos meses.

―Qué limpio está esto. ―Le sorprendió que los cubículos tuviesen hierba seca recién esparcida y que el pasillo permaneciese impecable. Las sillas extra se encontraban en los portasillas, lustradas, y las riendas sobrantes colgaban de los guardaneses en orden.

―Ginnie nos ha exigido limpiar a diario ―respondió el mozo que se hizo cargo de su caballo―. El primer día fue mucho trabajo, pero ahora es muy fácil mantenerlo así. Un poco cada día, como dice ella siempre.

«Debe de referirse a Virginia», pensó. Aunque no entendía por qué se había encargado ella de recordarles esa labor, cuando era el trabajo de Flora.

La madre de la muchacha se había ocupado de todo tras la muerte de su esposa y, cuando la mujer murió, un año atrás, la joven se ofreció para sustituirla.

Kenneth había aceptado, al imaginar que sería tan eficiente como ella, pero no lo había sido.

Sin embargo, tenía tantas responsabilidades que apenas había tenido tiempo de buscar a nadie más.

Si Virginia había decidido ayudarla, no protestaría.

Mucho menos, después de ver el buen trabajo que habían hecho en el establo.

Entró en el castillo, convencido de que sus hijos aparecerían en cualquier momento con sus interminables preguntas.

No entendía cómo podían tener esa energía inagotable si madrugaban tanto.

El silencio en el interior no lo alarmó; bien podían estar fuera, jugando; aunque le extrañaba que no lo hubiesen visto llegar.

Aquello le facilitaba las cosas, puesto que a quien buscaba era a Virginia.

Su tío estaba en camino y él se había adelantado para darle la noticia.

No solo para que tuviese tiempo para prepararse, sino porque todavía recordaba las dudas de la joven respecto a su familia materna.

Quería demostrarle que el miedo a que la rechazasen era infundado.

Neil había partido hacia Tarbert de inmediato al saber que su sobrina estaba allí.

No encontró a nadie en el salón, así que se dirigió a la cocina. Lorna revisaba las provisiones antes de bajar al pueblo a aprovisionarse. Era día de mercado.

―Buenos días, Lorna. ¿Habéis visto a Virginia?

―Buenos días, Kenna. ¡Qué sorpresa! No os esperábamos tan pronto. ―Le sonrió―. Ginnie debe de estar fuera, revisando los establos.

―Vengo de allí ―negó.

―¡Oh! Entonces habrá ido a hablar con Donald. Quería pedirle que fabricase algo para impedir que los niños se acerquen demasiado a la fuente. Ayer Abi casi se cae dentro.

―¿Por qué no se encarga Flora?

―Flora ya no…

―Kenna. ―Virginia entró en la cocina justo a tiempo de interrumpirla―. ¡Qué agradable sorpresa! Ya habéis vuelto.

A Kenneth no le pasó inadvertido el intercambio de miradas.

La cocinera se encogió de hombros y regresó a sus labores, pero Virginia parecía alterada.

Tal vez se mostrase tranquila por fuera, pero su respiración acelerada le decía había corrido hacia la cocina.

¿Para impedir que Lorna le dijese algo? Bueno, ahora la curiosidad era mayor.

―Buenos días, Virginia.

―No he escuchado alboroto en el patio. ¿Habéis vuelto solo?

―El resto viene en camino. ¿Dónde está Flora?

―Creía que estaríais más tiempo fuera. ―Virginia ignoró deliberadamente la pregunta de Kenneth.

―Ha surgido algo ―repuso con rapidez―. Pero no me cambiéis de tema, Virginia. ¿Dónde…?

―¿Cuánto tiempo os quedaréis? ―lo interrumpió, mientras salía de la cocina para alejarse de Lorna, a la que había visto con ganas de intervenir.

―Virginia. ―Kenneth la siguió―. ¿Por qué no respondéis a mis preguntas?

¿Qué ha pasado? ―Al ver que no tenía intención de detenerse, la sujetó del brazo.

La joven se tensó y la liberó al momento.

No era la primera vez que notaba que le angustiaba el contacto físico, por mínimo que fuera―. ¿Y bien? ―insistió.

―Flora y yo tuvimos un pequeño altercado ―respondió, después de soltar un suspiro―. Más de uno, en realidad.

―Os escucho ―la animó a seguir.