CAPÍTULO OCHO
No tuvo ocasión de comprobar si Kenneth la asaltaría con nuevas preguntas o no porque, al levantarse por la mañana, le informaron de que había partido con sus hombres a las tierras de los MacDougall. Debería haber supuesto que regresarían a sus obligaciones en cuanto la pusiesen a salvo.
Habían marchado al amanecer, por lo que le sorprendió encontrar todavía restos del desayuno en las mesas del gran salón.
¿Nadie se había preocupado de recogerlo?
La mañana estaba muy avanzada y deberían haberlo hecho ya.
Le restó importancia mientras se dirigía a la cocina para buscar algo con lo que llenar el estómago.
Quizá la partida de su señor los había mantenido ocupados.
Nada sabía ella de la rutina que tenían allí.
Como no sabía en qué ocupar el tiempo, ahora que no tenía que preocuparse de la llegada del conde, decidió salir a pasear.
El olor de las caballerizas la golpeó de pleno y se cubrió la nariz con una mano.
¿Sería normal que apestase de esa forma?
En algunas calles de Londres, el hedor era tan fuerte que apenas se podía caminar por ellas sin llevar un paño perfumado al rostro para mitigarlo un poco.
Quizá el campo no fuera tan diferente a la ciudad.
Después de todo, había más animales allí.
Decidió caminar en la dirección contraria para evitar el mal olor, pero pasado un tiempo regresó al castillo.
Se había cruzado con varias personas y nadie había hablado con ella más allá de un saludo educado.
Tampoco es que esperase una cálida acogida, por muy sobrina de su laird que fuera, pero se sintió incómoda y prefirió volver a la seguridad de su alcoba.
Le llevaron la comida a la recámara, algo que la sorprendió, pues no lo había solicitado. Y, aunque había pretendido salir a media tarde, el aburrimiento o, tal vez el cansancio, se apoderó de ella y se durmió. Para cuando despertó, ya había amanecido de nuevo.
Después de un segundo día con el salón revuelto, empezó a preguntarse si alguna vez limpiaban.
Le constaba haber visto la casa en buen estado cuando Kenneth la había llevado el primer día, así que aquello parecía algo puntual.
No le dio mayor importancia hasta que llegó la hora de la comida y vio cómo apenas recogían lo suficiente para poner las bandejas y los platos en la mesa.
Aquello resultó demasiado para su sentido de la responsabilidad.
Su madre siempre decía que una casa limpia honraba a los que vivían en ella y agradaba a las visitas.
―¿Es que nadie recoge en esta casa? ―protestó en voz alta. Nadie dijo nada, pero se llevaron los platos sucios a la cocina y, al terminar de comer, despejaron y limpiaron las mesas.
Cuando salió fuera, Flora, así se llamaba la joven que cuidaba de los mellizos, estaba sentaba a la sombra de un árbol mientras los hermanos jugaban cerca del borde de la fuente. No era grande, pero sí suficientemente profunda para que los niños se llevasen un buen susto si caían dentro.
―Apartaos de la fuente. ―No pudo evitar reñirles. Le hicieron caso. Luego, miró hacia la mujer―. ¿Quién se ocupa del gobierno de la casa?
―Cuidar de los críos me ocupa todo el día. ―Su actitud defensiva le dio a entender que era tarea suya―. No paran quietos. Siempre de un lado para otro, dando más trabajo del que quitan.
Flora era joven, quizá demasiado para encargarse de todo. Le constaba que habría gente más preparada, por eso, no entendía que lo hubiesen dejado todo en sus manos. Y, sin embargo, cuando Kenneth había estado allí, todo se veía más limpio y ordenado.
―¿Sabe Kenna que se descuidan las tareas en su ausencia?
―A vos qué os importa. ―La amenaza implícita en sus palabras confirmaron sus sospechas―. Según tengo entendido, no os quedaréis mucho por aquí.
―Puede que yo me vaya en breve, pero la gente que vive aquí merece tener un hogar decente ―protestó.
―No es asunto vuestro ―remarcó―. No os metáis…
No necesitó que terminase la frase, sabía lo que le estaba advirtiendo.
Giró sobre sus talones, enfurecida, y regresó al interior del castillo.
Sabía que no tenía derecho a inmiscuirse en los asuntos de Kenneth porque solo era una invitada en su casa, y sabía que se metería en problemas con Flora, pero por más que se lo repitiese, no pudo evitar entrometerse.
Su madre le había inculcado unos fuertes ideales que no podía obviar.
En cuanto entró en la cocina, que fue el único lugar en el que encontró a alguien, comenzó a preguntar por el funcionamiento de la casa.
Nadie se opuso a su curiosidad, ni tampoco se negó a cumplir las órdenes cuando empezó a impartirlas.
Si Flora no cumplía con sus obligaciones, lo haría por ella.
Al menos, mientras Kenneth no regresase.
―Disculpad. ―La cocinera la detuvo cuando ya se marchaba para ver qué más cosas había descuidado Flora―. Quería… ―dudó―. Me preguntaba…
―Adelante.
―Solo quería agradeceros lo que habéis hecho por Trina. Si mi pequeña se hubiese…
―¿Sois la madre?
―Su tía, pero como si lo fuese. La crie desde que nació. La madre de Trina murió en el parto.
Aquella revelación supuso una gran conmoción para ella, pero, sobre todo, una comprensión más profunda de lo que habían temido todos al ver que Trina no conseguía dar a luz. Les había preocupado que muriese igual que su madre.
Por desgracia, morir durante el parto sucedía con demasiada frecuencia.
No había medio para impedirlo, en muchos de los casos.
Era algo que todos tenían presente, pero pensar en lo insensible que había sido Edna con la muchacha al decirle sin tapujos que se morirían tanto ella como su bebé…
Seguramente ya se había preocupado durante todo el embarazo por si surgía alguna complicación y la comadrona solo lo había empeorado.
―No lo sabía. ―Trató de no delatar con la voz lo que sentía: rabia hacia la anciana y pena por la nueva mamá.
―Cómo podríais.
―¿Cómo se encuentra?
―Mejor. Es una muchacha fuerte. ―El orgullo teñía su voz―. Se recuperará pronto.
―Me alegro.
―No tengáis en cuenta las palabras de Edna ―continuó―. Ha visto morir a demasiadas mujeres durante el parto.
Al parecer, allí no había lugar para los secretos. Tendría que recordarlo antes de hablar de nuevo de su vida en Londres. No soportaría la vergüenza si alguien descubriese su terrible pasado.
―No fueron sus palabras lo que me disgustó. ―Le dio la espalda para salir de la cocina. No quería seguir hablando.
―Kenna os agradecerá lo que estáis haciendo ―le gritó―. Flora no es más que una niña con deseos de mujer.
Comprendió a lo que se refería, pero prefirió ignorarlo. No estaba haciendo aquello por interés hacia Kenneth. Había ido a la cocina a reclamar que limpiasen porque le enfurecía la falta de disciplina de Flora.
Además, deseaba sentirse útil mientras esperaba a su tío. Todo era nuevo para ella allí: el lugar, la gente, las costumbres… Necesitaba aferrarse a algo conocido y cuidar de la casa lo era. Después de comprobar que la gente haría lo que les pedía, ya no dudaría más. Incluso si Flora se oponía.
Después de organizar las tareas dentro del castillo, salió fuera para ver si se podía hacer algo con el olor que despedían las caballerizas. Sabía que no podría eliminarlo del todo, pero si se volvía más soportable quedaría satisfecha.
―Buenas tardes. ¿Cuándo fue la última vez que se limpió a conciencia este sitio? ―Ni siquiera hizo el amago de iniciar una conversación antes de ir directa al asunto.
―Se hace cada seis meses, mi señora.
―Virginia ―lo corrigió sin darse cuenta. Lo había estado haciendo toda la tarde. No era una dama que mereciese esa dispensa―. ¿Aparte de mantener a los caballos en perfectas condiciones, una tarea más que loable teniendo en cuenta el estado de este lugar, a qué dedicáis el tiempo?
El hombre se encogió de hombros avergonzado.
―Entiendo. Pues tendréis que añadir unas cuantas labores más al día porque quiero este olor desaparezca. En la medida de lo posible, por supuesto ―añadió.
Y comenzó a repartir las tareas entre los mozos de cuadra sin darse cuenta de que los muchachos la miraban embelesados.
Para cuando salió de allí, Flora la esperaba fuera.
Se veía muy alterada. Ella la miró con indolencia, como hacía con su hermano cuando este se portaba mal.
Aquella muchacha no le inspiraba otra actitud.
―No permitiré que me arrebatéis el lugar junto a Kenna. ―Sus palabras la sorprendieron―. No he soportado a esos dos mocosos desde hace un año para que una inglesa se interponga entre nosotros ahora.
―No creo que a Kenna le gustase saber lo que opináis de sus hijos ―repuso con calma―. No es que lo conozca mucho, pero he podido comprobar que son lo más importante para él…
―Kenna es mío ―la interrumpió.
―No tengo ningún interés en él ―añadió―. Pero si vos no cumplís con las tareas que se os han encomendado, yo…
―No es asunto vuestro ―gritó.
―Deberíais bajar la voz. Hablemos como gente civilizada.
―No os acerquéis a Kenna ―la amenazó.
―Como ya os he dicho, no tengo…
―No me toméis por estúpida ―la cortó―. Os vi anoche junto a la fuente… Con él.
¿Sería esa la razón por la que todos la obedecían?
Había pensado que tenía que ver con Trina y su bebé, pero si creían que había algo entre Kenneth y ella, tal vez debiera mantenerse al margen.
En vista de que allí los secretos no existían, el hombre se enteraría de todo en cuanto llegase y no quería que se enfadase con ella por haberse ocupado de un trabajo que no le correspondía y por razones que no era ciertas.
―¡Qué truco más rastrero! ―continuó la joven―. Pero no os servirá de nada.
―No tengo por qué daros explicaciones, Flora ―repuso, seria.
No permitiría que nadie descubriese la verdad de lo que había hablado con Kenna en la fuente.
Tampoco les daría más motivos para malinterpretar sus intenciones.
Podía notar cómo las observaban y decidió que lo mejor era alejarse para no complicar más las cosas.
―Yo estaba aquí antes que vos ―la acusó de nuevo, siguiéndola.
―Por favor, Flora. ―Se detuvo―. No pretendo enemistarme con vos. Solo intento ayudaros.
―No necesito vuestra ayuda. Kenna me dejó a mí al cargo.
―Pues haced bien vuestro trabajo ―se exasperó―. ¿O solo os encargáis de las cosas cuando él puede verlo? ¿Qué pasaría si un día llegase de improviso y se encontrase con este desastre? ¿A quién culparíais? Porque, por vuestra actitud, estoy convencida de que no la asumiríais vos.
―No soy una niña a la que debáis reprender. Dejad de tratarme así.
―Dejad de comportaros como tal ―la desafió.
Su intención había sido dejar que Kenna creyese que había sido Flora la que se había encargado de todo, pero después de aquella riña pública, temía que le fuesen con el cuento en cuanto entrase por la puerta.
―Caraid.
Abi las había visto y corrió hacia ellas. Virginia lo aprovechó para alejarse de la muchacha y evitar más discusiones. Había pretendido ayudar, pero, quizá, no debería haberlo hecho.
―Hola, mo nighean. ―Abrió los brazos para acogerla en ellos y no pudo evitar besarla en la frente.
―¿Juegas con nosotros? ―preguntó, después de mirar hacia su hermano.
―Claro.
Pasar la tarde con los pequeños le ayudó a olvidar el malestar que le había causado discutir con Flora.
Pero, cuando entró al castillo, empezaron a informarle y a consultarle, como si hubiesen aceptado de buen grado su papel como señora de la casa.
Ni siquiera tuvo ocasión a rechazar el puesto, aunque lo habría hecho de buen grado cuando se encontró a la joven de frente, en una ocasión, y recibió de su parte una mirada tan cargada de odio que le provocó un escalofrío.
Debía hablar con ella en privado para aclarar la situación, incluso si ya sospechaba que no serviría de nada.
«Valor», se dijo. Después de todo, no estaría allí demasiado tiempo. Si es que su tío se dignaba a ir por ella, que todavía tenía dudas al respecto, por más que Kenna le hubiese asegurado que lo haría.
Por el momento, se ocuparía de las tareas de Flora, en vista de que a ella no le interesaba demasiado si su señor no estaba en la casa. Si, al menos, la muchacha quisiese colaborar con ella en lugar de odiarla…