Ginnie Campbell CAPÍTULO SIETE #2
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CAPÍTULO SIETE #2

El padre, en cambio, no parecía haber prestado atención, ciego de dolor como estaba. Fue el apretón de Kenneth en su hombro lo que lo obligó a levantar la vista. Virginia se encontraba frente a él, totalmente cubierta de sangre y sudor.

―Vuestro hijo está vivo ―le dijo, mientras limpiaba la frente con el dorso de la mano, lo que dejó un rastro de sangre en su blanca piel. Su mirada estaba fija en la anciana, que se había acercado al escuchar el llanto del recién nacido.

―Mi esposa… ―La súplica en su voz la obligó a mirarlo.

Tenía los ojos fijos en la sangre de su camisón. Debería haberse cubierto con la capa antes de salir, pero ya no podía enmendar la situación, así que se centró en aliviar su dolor. Lo tomó de las manos para que la mirase a ella.

―Vuestra esposa…

―No lo digáis. Tal vez así pueda fingir por un momento que no ha muerto.

―Pero es que no ha muerto. ―Sonrió―. Está débil, pero se recuperará. Os espera dentro, con vuestro hijo.

―¿Está viva?

―Está viva.

Jamás se había sentido tan exultante al decir aquellas palabras, sobre todo, porque mantenía los ojos en la anciana con la victoria reflejada en ellos.

―¡Oh, Dios! ―La abrazó sin importar que la sangre lo manchase―. Gracias. Gracias.

―Id a conocer a vuestro hijo, ya habéis esperado suficiente.

―Tengo una deuda con vos, muchacha. Prometo pagárosla con mi vida si es necesario.

―Será suficiente con que cuidéis y protejáis a vuestra familia.

―¡Eres una bruja! ―la acusó la anciana, cuando el emocionado padre se fue.

―No, señora. Solo soy muy obstinada.

―Esa muchacha debería haber muerto, al igual que su hijo.

―Y así habría sido si de vos dependiese ―la culpó.

―Nadie podía salvarlos a no ser que usara malas artes para hacerlo.

―Edna. ―Kenneth salió en defensa de Virginia.

―¡Por el amor de Dios! El bebé solo estaba mal colocado ―le reclamó ella con rabia―.

Por eso no podía salir. Bastaba con ayudarle a situarse en la posición correcta.

Fue una de las primeras cosas que me enseñó la comadrona con la que aprendí el oficio.

¿Cuántas madres con sus hijos habréis dejado morir vos por no saber eso?

Apenas terminó de hablar, corrió hacia el exterior del castillo.

Cegada por las lágrimas, no se detuvo hasta golpearse las piernas con el muro de piedra de la fuente.

Respiró en profundidad antes de caer de rodillas ante un nuevo acceso de llanto.

La maldad de aquella mujer la habían horrorizado.

Era la primera vez que alguien la acusaba de brujería solo por hacer lo que le habían enseñado.

Si en verdad fuese bruja, tal vez, su madre…

«No te hagas eso», se reprendió sin poder dejar de llorar.

No se había permitido hacerlo desde su llegada a Escocia pero, una vez rota la barrera, no sabía cómo detenerse. Se sujetó el pecho con los brazos para calmar los nervios. No podía permitir que las palabras de una necia le afectasen tanto.

―Edna es una vieja supersticiosa.

No sabía cuánto tiempo llevaba Kenna allí, pero, aun así, trató de sofocar el llanto y se limpió las lágrimas antes de enfrentarlo. Por alguna extraña razón, no quería que la creyese débil.

―No me preocupa lo que piense esa mujer. Aprendí de la mejor y sé que lo que hago es bueno.

―Trina es testigo de ello.

―Salvar a una madre y a su hijo siempre es… liberador ―murmuró.

―¿Por qué creo que las lágrimas no eran por lo que os dijo Edna?

Kenneth se había agachado junto a ella para poder mirarla a los ojos. Estaba atento al más mínimo gesto en su cara que la delatase.

―A mi madre y a mi hermano no pude salvarlos. Hubiese hecho cualquier cosa por lograrlo. Cualquier cosa. ―Suspiró―. Pero, por aquel entonces, no tenía ni idea de cómo ayudarla.

Kenneth sabía que la acusación de Edna era la causante de aquella situación.

Tal vez no cómo él había imaginado, pero lo era.

Tendría que hablar con la vieja más tarde.

En realidad, hacía mucho tiempo que retrasaba aquella conversación.

La anciana estaba demasiado mayor y sus facultades disminuían en la misma medida en que aumentaba su crueldad.

Había recibido demasiadas quejas sobre ella, pero sus prioridades habían estado en otro lugar en ese momento.

―Esta noche habéis salvado la vida a tres personas.

Pudo ver la comprensión en sus ojos, tras unos instantes de duda. Si hubiesen muerto, el joven viudo no tardaría en unirse a ellos, aunque tuviese que recurrir a sus propias manos para hacerlo.

―¿Es posible que exista un amor así? ―No esperaba respuesta, aun así, la obtuvo.

―Desde luego. Aunque algunas personas, inexplicablemente, lo sobreviven.

Supuso que hablaba de sí mismo, lo que le hizo sentir una pequeña punzada de celos, pues también ella deseaba un amor así. Sus padres lo habían tenido.

―Y otros se dan a la bebida ―añadió ella, mientras las lágrimas volvían a rodar por sus mejillas.

Había jurado no volver a hablar de su padre, pero no pudo evitarlo. A pesar del odio que sentía por él ahora, debía admitir que el dolor por la muerte de su madre le había nublado el juicio. Aunque eso no lo redimía del daño que le había causado a ella. Se limpió con furia.

El impulso de rodearla con los brazos era casi insoportable.

La había seguido en su precipitada huida para asegurarse de que estaba bien y para agradecerle lo que había hecho, pero verla llorar junto a la fuente, derrotada, había cambiado sus planes.

Ahora solo quería consolarla, incluso antes de saber qué más había causado su desdicha.

Solo su férreo autocontrol lo mantenía a distancia, pues algo le decía que ella no aceptaría aquel contacto.

―La pérdida de un ser querido siempre es dura ―le dijo―, pero se hace más llevadera si se puede compartir.

―Yo he perdido mucho más que un ser querido.

La firme idea de que no querría el abrazo se doblegó ante el desconsuelo de la joven y la rodeó con sus brazos para mecerla con suavidad.

Pudo notar cómo se tensaba, aunque no lo rechazó.

No comprendía qué la obligaba a levantar la guardia cada vez que la tocaban, pero estaba decidido a averiguarlo.

Necesitaba a alguien en quien confiar y esperaba ser él en algún momento.

―Fueron mi madre y mi hermano los que murieron aquella noche ―repuso ella cuando el llanto cesó un poco―, pero perdí a mi padre también. Solo que no lo supe hasta más tarde.

―No debéis creer que vuestro padre os abandonó por la bebida. Si le dais tiempo para recapacitar…

―Demasiado tarde. Podría haberle perdonado lo de la bebida.

De hecho, lo hice durante un año. Me hice cargo de todo: la casa, mi hermano…

incluso trabajé con la comadrona para conseguir dinero.

No me importaba no tener tiempo para mí misma.

Pero hace seis meses… ―Guardó silencio un momento―.

Eso no tiene perdón posible. Antes prefiero morir que volver a ver a mi padre.

―Son palabras muy duras, Virginia.

Se arrepintió de decirlo en el mismo instante en que la muchacha se separó de él. La frialdad en sus ojos lo sorprendió, no solo porque no creyese que aquella dulce muchacha pudiese odiar tanto, sino por ser su padre el objetivo del rencor. ¿Qué habría hecho para merecer semejante reacción?

―Más duro fue lo que él me hizo, Kenna. Da igual lo afligido que estuviese por la muerte de mi madre, yo también la quería, también la perdí.

Pero traté de ser fuerte porque era lo que ella esperaría de mí.

Y lo habría esperado también de mi padre.

Por amor de Dios, un padre debería proteger a sus hijos. No ven…

Se detuvo antes de delatarlo. No por evitarle a su padre un juicio por lo bajo que había caído, sino porque le daba vergüenza lo que se había visto obligada a hacer para sobrevivir. Incluso si se había resistido al conde, sentía que no había hecho lo suficiente para conservar un mínimo de honor.

―Virginia.

Sabía que tras su nombre había una pregunta no formulada, pero no quería contestarla.

―Estoy cansada ―se excusó―. Será mejor que intente dormir un poco más. decidle al esposo de Trina que le consiga algo dulce para comer ―añadió cuando ya se alejaba de él―. Necesita recuperar la sangre que ha perdido.

Cuando vio que Kenneth tenía la intención de seguirla, no pudo evitar correr hasta llegar a su alcoba.

No quería continuar con aquella conversación.

Se sentía tan estúpida por haber permitido que Kenneth ahondase tanto en su interior.

Le resultaba demasiado fácil hablar con él.

Apenas había logrado contenerse. Pero no debía contárselo o no podría volver a mirarlo a los ojos sin sentirse totalmente mortificada.

Nadie debía saber lo que había hecho su padre. Nadie.

―Maldita sea.

Esperó en silencio a que Kenneth llamase a la puerta, dispuesta a echarlo a toda costa, pero al cabo de un rato se hizo evidente que no lo haría. Tal vez lo dejase estar. Suspiró mientras se sentaba en la cama. Ni siquiera se recostó. De todas formas, ya no podría volver a dormirse.