Ginnie Campbell CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

Se había retirado poco después de la cena porque todavía no estaba preparada para enfrentarse a aquella multitud tan ruidosa y afectuosa.

Cuando Kenneth la presentó nombrando su parentesco con Neil Campbell, los apretones de manos y los abrazos no dejaron de llegar y, con cada roce, ella se tensaba más, aunque su mente le decía que no tenía por qué preocuparse, estaba a salvo.

Su cuerpo, en cambio, se negaba a aceptarlo sin más.

Tal vez, por eso, se sintió confusa al oír aquellos desgarradores gritos. Creía estar soñando la primera vez que los oyó. Sin embargo, la segunda, supo que no se los había imaginado. Incluso si se escuchaban ahogados a través de las gruesas paredes. Alguien estaba sufriendo. Y mucho.

Se sentó en la cama, inquieta. Su instinto de supervivencia clamaba para que no abandonase la alcoba, pero lo acalló. Si alguien estaba lastimando a una mujer, no podía quedarse de brazos cruzados. Sabía lo que era sentirse impotente ante una situación como aquella.

Se colocó la capa sobre el camisón y salió al pasillo a investigar.

Estaba oscuro y se pegó a la pared para evitar una caída.

No tardó en distinguir la luz que salía del gran salón.

A medida que se acercaba, los gritos sonaban más nítidos.

¿Acaso era la única a la que le importaba aquello? Comenzó a temblar.

Cuando reunió el valor suficiente para mirar dentro, descubrió, atónita, que había al menos ocho hombres allí, todos inmóviles como estatuas.

Otro grito, más angustioso salió de un pasillo al fondo del lugar.

No sabía qué habría allí, pero que nadie se moviese para detener la agonía de la mujer le envenenó la sangre.

Cuando su mirada se topó con la rígida espalda de Kenneth, supo que debía pedirle explicaciones a pesar del miedo que sentía a enfrentar a tantos hombres juntos. Sin embargo, no tuvo ocasión porque una anciana arrugada y encorvada surgió del pasillo para hablar.

―Lo lamento. No se puede hacer nada más. Tanto el bebé como la madre morirán.

Se le detuvo el corazón al escuchar aquello.

Su mente viajó a la noche en la que su madre perdió la vida.

La impotencia que había sentido la había impulsado a dejar de ayudar a los vecinos para tomar lecciones con la comadrona a la que había llamado.

Era la mejor y había aprendido mucho de ella en cada parto en el que la había asistido.

No habían sido tantos como le habría gustado, pues cuidar de su familia le había quitado mucho tiempo, pero había asistido a tantos como le fue posible.

En cuanto se recuperó de la impresión, la escena que tenía ante sí cobró más sentido: el asustado padre esperaba a que su esposa diese a luz, apoyado por sus amigos y familiares. Lo había visto tantas veces que se sintió ridícula.

La anciana continuaba concienciando al joven de que perdería a su familia, pero Virginia sabía que mientras hubiese vida, había esperanza. Aquello era lo que le repetía la comadrona en cada parto complicado.

―No podéis abandonarla de ese modo ―dijo antes de pensar siquiera en lo que hacía.

―No se puede hacer nada ―repitió.

―¿Lo habéis decidido vos sola? ―la desafió mientras se acercaba a la puerta.

―No entréis ahí, muchacha. ―La detuvo con mano firme, a pesar de lo frágil que parecía por la edad―. No es algo que vuestra juventud pueda soportar.

La angustia que percibió en los murmullos de los hombres, que intentaban en vano consolar al desolado padre, la hizo hervir de ira. Aquella anciana era una insensible al hablar de esa forma frente a todos.

―Soltadme. He asistido a suficientes partos como para que me perturbe lo que pueda encontrarme. Si vos no queréis intentar salvarlos, no os entrometáis en mi camino.

Ya se estaba remangando cuando entró en uno de los muchos cuartos que había en aquella zona del castillo. La puerta se cerró tras ella, sumiendo el salón en el más absoluto de los silencios.

―Si amáis a vuestra esposa ―la vieja se dirigió al afligido esposo―, haríais bien en aliviar su sufrimiento. Al amanecer estará muerta, junto a vuestro hijo. Esa joven inglesa no hará más que mal.

Escupió la palabra como si fuese veneno y surtió el efecto deseado en aquel hombre. Se irguió de la silla dispuesto a salvar a su esposa de Virginia, pero Kenneth lo detuvo al posar una mano sobre su hombro.

―Démosle una oportunidad.

―Lo lamentaréis. ―La vieja se sentó en una oscura esquina del salón con la intención de mortificar a la muchacha en cuanto saliese. Sabía que fracasaría. Había visto demasiados partos como para saber que nada bueno saldría de aquel.

Virginia se paralizó por un momento al ver la sangre.

Había demasiada. Tal vez la anciana tenía razón, después de todo.

Si no la detenía, se desangraría antes del amanecer.

Su mente regresó de nuevo a la noche en que su madre murió y el corazón le latió con fuerza en el pecho. Comenzó a hiperventilar.

Un nuevo grito la obligó a mirar a la muchacha y, descubrir que era Trina la sacó del trance. Horas antes había sido una joven sonriente y feliz, ahora casi no la reconocía, con el cabello empapado y pegado a la piel, con el rostro pálido y la sangre bañando su cuerpo. No merecía morir así.

―Hola. ―Se arrodilló a su lado para palparle la barriga y tocarle la frente―. Teníais razón cuando me dijisteis que sería de un momento a otro.

―¿Virginia? ―Sus febriles ojos la reconocieron―. ¿Qué hacéis aquí?

―He venido a ayudaros.

―Edna me ha dicho que moriré porque mi hijo no quiere salir.

Pudo sentir su miedo en cada palabra y la rabia la invadió.

Aquella estúpida anciana la había aterrorizado.

En cuanto la madre y el hijo estuviesen a salvo, tendría unas cuantas palabras con ella.

Era inhumano decirle a una muchacha tan joven que moriría junto con su hijo. Aunque hubiese sido cierto.

―No moriréis, si yo puedo evitarlo. ¿Os sentís con fuerzas para luchar por vuestro bebé?

―Haré lo que sea. ―Asintió.

―Bien. Destapad las ventanas. ―Se dirigió a las dos mujeres que se habían quedado a velar a Trina―.

Dejad que el aire entre en la habitación.

Tiene fiebre y hay que bajársela. Traedme agua fría.

Lo más fría que podáis. Y paños limpios.

Estos están empapados en… ―Se detuvo antes de terminar.

No quería asustar más a Trina porque la necesitaba lúcida y con esperanzas de poder sobrevivir―. Están sucios ―concluyó.

Las mujeres corrieron a cumplir sus órdenes sin ninguna resistencia. Su tono autoritario no dejaba margen para las indecisiones. Aquella había sido la parte que más le había costado aprender.

―Cuando salgáis, no habléis con nadie. ―Detuvo a la mujer cuando ya abría la puerta―. No digáis lo que habéis visto. Cuanto menos sepa el padre, mejor.

Descubrir la cantidad de sangre que había perdido su esposa no le ayudaría en nada. Y no quería que le impidiese intentar salvar a la madre y al hijo. Mientras Trina estuviese dispuesta a colaborar con ella, no se rendiría.

―Voy a palparos ―la avisó al colocarse frente a sus piernas―. Procurad no empujar ahora, aunque el cuerpo os lo pida.

―Lo intentaré.

―Bien. Os dolerá un poco, pero es necesario que averigüe qué le impide la salida al bebé.

―No creo que sea peor que hasta ahora.

Pero se equivocaba. Virginia intentó ser lo más delicada posible al introducir los dedos en su interior, pero sabía que era imposible no lastimarla porque su intromisión dilataría más una zona que ya estaba tensa de por sí.

El grito de Trina lo corroboró. Sin ceder a su impulso de aliviar aquel sufrimiento, palpó dentro con la mano hasta donde fue capaz.

Con la otra, intentaba mover al crío a través del abultado vientre.

Aquellos movimientos eran una tortura para la joven, pero eran necesarios, así que ignoró sus quejas.

―Relajaos. Sé que es difícil, pero tenéis que dejarme hacer. Y, por Dios, no empujéis hasta que yo os lo diga.

No tardó en descubrir que el bebé estaba mal colocado y, por eso, Trina no lograba expulsarlo.

Le sorprendió que la comadrona no hubiese hecho nada para cambiar la posición y, en cambio, hubiese dejado que la joven se desangrase sin más.

Cerró los ojos e inspiró profundo para no salir a enfrentarla en ese mismo instante. Trina la necesitaba.

―Voy a intentar colocarlo bien ―le informó mientras movía las manos sobre su vientre―. Preparaos para empujar en cuanto os lo diga, ¿de acuerdo?

―Cualquier cosa ―repitió con determinación.

Una de las mujeres la estaba refrescando con el agua fría, de modo que ya no se sentía tan febril. La otra, probablemente su hermana por el parecido que tenía con ella, le sostenía una mano en muestra de apoyo.

Virginia continuó los movimientos, ignorando los gritos de Trina. Necesitaba darle la vuelta al bebé cuanto antes. Se detuvo cuando la joven no pudo reprimir el impulso de empujar con una de las contracciones más fuertes.

―Bien ―la animó―. Lo hacéis muy bien. Terminará pronto, os lo prometo.

Volvió al ataque en cuanto pudo y, esa vez, tuvo éxito. Su sonrisa alentó a las dos mujeres, que también sonrieron. El alivio que veían en los ojos de Virginia les decía que lo peor había pasado.

―Ayudadla a incorporarse. Rápido. Antes de la próxima contracción. ―La obedecieron. En cuanto notó que llegaba una, gritó―: Ahora, Trina. Empujad con fuerza.

La tensa espera en el salón se vio interrumpida por un grito tan desgarrador que hasta al hombre más valiente se le encogió el corazón.

El silencio que lo siguió les pareció demasiado revelador.

El desesperado padre rompió a llorar, incapaz de ocultar el dolor un instante más.

Su hermosa mujer había muerto, no podía ser de otro modo.

―Os lo dije ―murmuró la anciana con prepotencia.

Sin embargo, después de un instante que pareció eterno, se oyó un enérgico llanto infantil a través del pasillo. Los presentes se miraron con sorpresa. ¿Había salvado al bebé?