CAPÍTULO SEIS #2
Al menos, había logrado que dejase de llorar. Cuando le preguntó a la joven, que se había acercado horrorizada, donde encontrar agua, la niña ya solo sorbía por la nariz.
―Lo siento, Abi ―repetía su hermano una y otra vez, mientras las seguía―. No quería que te cayeses.
―Os avisé de que terminaríais… ―La muchacha calló al ver la furiosa mirada de Virginia sobre ella.
―Son niños ―aclaró―. No pasa nada. Haríais bien en ir a buscar a su padre en lugar de regañarle. Bastante mal se siente ya el pobre.
Pero no hizo falta, Kenneth lo había visto todo, pues había acudido en cuanto oyó los gritos de su hija.
Vio cómo Virginia se hacía cargo de la situación de una forma tan natural que los niños ni se asustaron ante su presencia aunque no la conocían.
Y eso era extraño porque solían ser muy desconfiados.
Desde su posición, no podía escuchar lo que hablaban, pero la niña le sonreía mientras Virginia le lavaba la herida, que no parecía gran cosa.
Oyó las carcajadas de sus hijos ante un nuevo comentario suyo.
Se veían relajados a su lado. Decidió acercarse para comprobar que lo que había provocado los gritos de su hija había sido más el susto que el daño.
―No os riais ―decía Virginia, tratando de mantenerse seria―. Es cierto.
―Es mentira. ―A pesar del desafío en su voz, David todavía reía.
―¿Qué es mentira? ―preguntó Kenneth, intrigado.
―Ella dice que mañana habrá una flor creciendo donde se cayó Abi, padre. Dile que no es cierto.
―Mis lágrimas son mágicas. ―Abi parecía encantada con la idea.
―No es cierto ― repitió David, mientras su hermana no dejaba de asentir con vehemencia. Al parecer, ella sí lo creía.
―Mañana comprobaréis si miento. ―Virginia les sonrió.
Un segundo después los niños reanudaron el juego, en esa ocasión, con más tranquilidad. David no quería que su hermana se volviese a lastimar.
―Gracias, Virginia.
―No tenéis por qué dármelas, no ha sido nada. ―Los miró a ellos para evitar el contacto con el padre―. Son encantadores.
―Hacía meses que no los veía reír así. ―Suspiró―. Son tiempos difíciles y no tener a su madre…
―No tenéis que explicarme nada, Kenna ―lo interrumpió―. Sé lo que es perder a una madre. No importa la edad que tengas, es igual de duro.
Le sonrió, a pesar del dolor que reflejaban sus ojos y Kenna pensó que era muy valiente. Por lo que le había dicho, la muchacha había sufrido demasiadas pérdidas y, aun así, no abandonaba la sonrisa.
―Si habéis terminado con vuestras obligaciones, me gustaría retirarme a mi recámara ahora. Si es posible.
―Por supuesto.
La acompañó en silencio. Estaba tan cerca de ella que podría tocarla con solo alargar la mano.
Podía sentir la tristeza que la acompañaba desde el día en que la conoció y, después de la ayuda que le había prestado a su hija, deseó poder consolarla, en compensación.
Pero no lo hizo. No se atrevió, pues algo le decía que ella no se lo agradecería.
La notaba siempre tensa alrededor de los hombres y, aunque podía figurarse que desconfiaba de ellos, parecía haber algo más ahí escondido.
Habría indagado, pero no creía tener derecho a hacerlo.
Además, no podía arriesgarse a interactuar tanto con ella.
Taparla con la capa aquella primera noche, cuando descubrió que tenía frío, había sido un impulso altruista.
Recostarla en su regazo al ver que estaba tan exhausta que se caería dormida del caballo, había sido inevitable.
Pero consolarla después ver lo bien que cuidaba a su hija, habría sido demasiado personal. Y no necesitaba más complicaciones.
―En un par de horas, cenaremos.
―Estaré lista mucho antes ―susurró―. No es que tenga mucha ropa donde elegir.
No pretendía que él la oyese, pero lo hizo. Y, aunque sabía que era cierto, no fue hasta ese momento que comprendió que la muchacha había llegado a ellos con lo puesto. Y su vestido había visto tiempos mejores.
Se alejó de allí sin decir nada, pero media hora después, una joven llamaba a la puerta con un par de vestidos en los brazos.
―Eran de la señora ―le dijo mientras los estiraba sobre la cama―. Es posible que haya que ajustarlos, pero creo que servirán. Ella era más alta que vos.
―No puedo aceptarlos.
Eran hermosos. Sencillos pero hermosos. Sin embargo, no podría ponérselos sin pensar en lo que significaría aquello para Kenna. Comprendía por qué se los había enviado, pero no estaba dispuesta a incomodar al hombre por tener algo decente que ponerse para la cena.
―No os preocupéis. Ha sido idea de Kenna. ―La joven sonrió al notar cómo vacilaba―. Los escoceses somos fuertes, resistirá veros con ellos. Además, somos prácticos también. La ropa se reutiliza, como muchas otras cosas.
O su rostro era demasiado expresivo o aquella muchacha era muy intuitiva. Fuese cual fuese la razón, se ruborizó al instante porque lo hubiese averiguado.
―Me llamo Catrina, por cierto ―se presentó―. Aunque puedes llamarme Trina. Todo el mundo lo hace.
La muchacha estaba embarazada. Virginia no se había fijado al principio. Los vestidos habían reclamado toda su atención y, ahora que la tenía de frente, pudo ver su abultado vientre.
―¿Para cuándo? ―No pudo evitar preguntarlo.
―De un momento a otro, supongo. ―Se encogió de hombros mientras elegía uno de los vestidos―. Probaos este. Como tiene las cintas detrás será más sencillo ajustarlo.
Tenía razón. Después de apretar las cintas, se amoldó a su cuerpo, aunque le seguía quedando demasiado largo. La falda del vestido caía a su alrededor con bastante tela sobrante. No podría caminar sin tropezarse a cada paso.
―Habrá que cortarlo. ―La muchacha chasqueó la lengua―. Quedaos quieta mientras lo hago.
―¡Oh, no! ―Se apartó, intentando no tropezar con la tela―. No estropeéis el vestido.
―No es que la señora lo vaya a necesitar de nuevo. ―Rio.
―¡Por Dios! ―Se quedó pálida ante aquel comentario.
―Os acostumbraréis. ―Le restó importancia, mientras intentaba recoger la tela de nuevo―. Los ingleses sois demasiado pusilánimes.
―¡Eso no es cierto!
―Es vuestra parte escocesa la que habla ahora. ―Rio de nuevo―. Cualquier otra mujer no habría llegado tan lejos. Sois muy valiente para ser medio inglesa.
―¿De qué estáis hablando?
―Corren rumores por el castillo de que habéis escapado de los MacDougall. ―Por la amplia sonrisa que tenía, supo que aquello le agradaba bastante. Sus siguientes palabras lo confirmaron―. Ojalá hubiese podido verlo. Los habréis humillado a base de bien.
―No era mi intención. ―Se ruborizó.
―Deberíais dejar de usar vuestra parte inglesa. No os sienta bien. ―Sonrió al ver que se ponía todavía más roja―. Fuese o no vuestra intención, me alegro de ello. Los MacDougall se merecen eso y mucho más.
Con aquel parloteo incesante, había conseguido arreglar el vestido sin que Virginia protestase de nuevo. Se alejó unos pasos para mirarla con aprobación.
―Os sienta muy bien, milady.
―Virginia ―la corrigió. Ella no era una dama―. Y gracias por esto.
Se quedó sola de nuevo y se observó con calma.
Después de que Trina le hubiese acortado la falda y las mangas, cualquiera habría pensado que el vestido había sido confeccionado para ella.
Le gustaba que ocultase cada porción de su piel, no como la ropa que le había obligado a usar el conde. Se estremeció.
A pesar de que no hacía frío, antes de salir, se pasó por los hombros la capa corta que le había traído Trina. Sentía que, de esa forma, se protegería de miradas indiscretas durante un tiempo. Hasta que se la tuviese que quitar para comer.
Cuando entró en el gran salón, parte de los comensales ya se encontraban allí.
Charlaban entre ellos, animados y ajenos a su llegada.
Algo que la alivió un poco. No sabía lo nerviosa que estaba hasta que se encontró en medio de aquella gente a la que no conocía.
De hecho, solo Kenneth se había molestado en entablar conversación con ella desde su rescate, si no contaba el interrogatorio al que la habían sometido más tarde.
Todavía se encontraba en la entrada, sin decidirse a mezclarse con la gente o a salir huyendo, cuando dos alborotados niños corrieron hacia ella.
―Caraid[4], caraid ―le gritaron.
Se agachó para recibirlos en sus brazos.
Tenía un don especial para los niños, puede que por todas las veces que había cuidado a los de sus vecinos a cambio de unas monedas.
Con apenas ocho años, se había hecho cargo de niños de hasta un par de años mayores que ella.
Ni siquiera aquellos que la superaban en edad le habían causado problemas nunca.
Había algo en ella que les incitaba a confiar y a obedecer a ciegas.
Les sonrió a los pequeños que, tan excitados como estaban, le hablaban en gaélico.
―Más despacio ―les pidió―. No os entiendo si me habláis tan deprisa.
Su madre les había enseñado su idioma natal, pero no lo practicaban con la frecuencia necesaria como para dominarlo. Podía entenderlo si no se apresuraban e incluso hablarlo si era necesario, pero no se desenvolvía tan bien como quisiera. Jamás había imaginado que algún día pudiera necesitarlo.
―Te sentarás con nosotros ―le informó David, ya en inglés―. Te hemos guardado un sitio.
Abigail tiraba de ella, sujetándole la falda, y ella se dejó arrastrar, mientras escuchaba el incesante parloteo de ambos. No se dio cuenta de adónde la llevaban hasta que se encontró de frente con Kenneth.
―Habéis causado muy buena impresión a mis hijos. ―Este le sonrió.
―No habría podido evitarlo aunque quisiera. ―Se ruborizó―. Siempre me ha resultado más fácil tratar con niños que con adultos.
―Estoy seguro de que no es así. ―Kenna sonrió, pero no supo cómo seguir aquella conversación. Virginia parecía tan perdida como él.
Si todavía estuviesen en el camino, él se habría disculpado con alguna escusa y habría vuelto con sus hombres, pero ahora estaban en el castillo y no podía desairar de esa forma a su invitada. Algo que sería hasta que su tío decidiese su suerte.
―Se sentará con nosotros, ¿verdad, padre? ―Su hijo lo salvó de aquella situación incómoda, solo para meterlo en otra peor. Por más que hubiese deseado alejarse de ella en cuanto la vio con el vestido de su esposa, ya no podría hacerlo sin decepcionar a sus hijos.
Virginia y su esposa no se parecían en nada y, aun así, al ver a la primera con aquella ropa, su corazón lo había traicionado latiendo en un descontrol que no se había esperado.
Los remordimientos por reaccionar así por alguien que no era la madre de sus hijos le oprimían el pecho ahora.
En los seis años que había vivido sin ella, nunca se había interesado por nadie más.
Muchos le habían insistido en que buscase una nueva pareja para cuidar de los mellizos, pero no había querido mancillar el recuerdo del amor que habían compartido.
Ahora, desde que había visto por primera vez a Virginia, cabalgando en una frenética huida, no había podido dejar de observarla.
Primero, para comprobar que estaba bien y, luego, porque era la sobrina del laird.
O eso era lo que se había dicho a sí mismo.
Que le pareciese tan vulnerable también era algo que favorecía que su instinto de protección despertase en torno a ella.
Pero con aquel vestido, uno que había pertenecido a su esposa, la atención había escalado a imposibles que le desconcertaban. Por su bien, debía mantener las distancias.
―Claro ―accedió porque no era capaz de decepcionar a sus hijos―. Si os parece bien a vos, Virginia.
―Teniendo en cuenta que sois el único al que conozco, será agradable poder conversar con alguien durante la cena.
Seguramente le habría costado horrores acudir sola al salón. Sabía lo intimidantes que podían resultar los escoceses; y más a una joven tan menuda como ella.
―Disculpadme ―se mortificó. Se había concentrado tanto en lo que le había pasado al verla que no había pensado en que ella se sentiría fuera de lugar allí.
Era probable que le hubiese costado mucho acudir sola al salón.
Debería haberla acompañado―. Soy un pésimo anfitrión. Tal vez debiera presentaros…
―No.
Aquella brusca interrupción bastó para mostrarle lo alterada que estaba. Se reprendió por su falta de tacto. Se había comportado como un estúpido.
―Por favor. Tal vez después. ―Intentó suavizar la negativa―. En cuanto haya tomado un par de copas que templen mis nervios.
No pudo evitar reírse, por insensible que pareciese. Aunque, cuando ella le correspondió con la misma hilaridad, supo que la tensión estaba disminuyendo.
―De acuerdo entonces ―le concedió―. Después de la cena.