Ginnie Campbell CAPÍTULO SEIS
31%

CAPÍTULO SEIS

―Maldita inglesa escurridiza.

John MacDougall se sentía frustrado. La pequeña muchacha había huido de él y que hubiese tenido ayuda no lo consolaba.

Sus hombres habían encontrado los cuerpos inertes de sus compañeros, pero, por más que intentaron dar con el rastro de los Campbell, pues estaba seguro de que habían sido ellos, no hallaron ni una sola huella, aparte de las evidentes por la escaramuza.

Lo más probable era que hubiesen visto la persecución y que decidiesen intervenir para ponerla a salvo, sin importar la razón.

«Siempre tan considerados», pensó con rabia.

―Seguiremos buscando en cuanto amanezca, milord.

―No hace falta ―rugió―. La muchacha no es estúpida y no regresará a Londres aunque se le presente la ocasión de hacerlo. Dejad que los Campbell se diviertan con ella si gustan. Ya no es mi problema.

Si su hermana preguntaba por ella, no le mentiría, pero tampoco soportaría sus reproches en silencio.

Bastante hacía aguantando su prepotencia.

La mujer se creía que le debía mucho porque le hablaba al rey en su favor, pero no la hubiera necesitado para ganarse su confianza.

Las victorias que le había proporcionado eran prueba suficiente de su lealtad.

Una que mantendría mientras sus intereses fuesen a la par que los del monarca.

Después, que Dios se apiadase de su alma porque él no tendría misericordia.

―Padre ―protestó su primogénito―, los Campbell han matado a varios de los nuestros. No podemos permitir que…

―Es la guerra, hijo. Muchos más morirán, tanto de los nuestros como de los suyos. ―Le posó una mano en el hombro―. Tendrás tu momento de gloria, pero no es este. No por una muchacha inglesa que ni siquiera quería desposar con uno de mis hombres.

―Pero…

―Has de aprender a elegir tus batallas, Ewen. Aunque quisieras buscarlos, no darías con ellos. Tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos ―lo cortó―. Y tú todavía tienes mucho que aprender.

El joven apretó los puños, molesto por la reprimenda de su padre delante de los demás.

Odiaba cuando hacía eso porque lo ridiculizaba.

¿Cómo pretendía que los guerreros del clan lo respetasen si ni su propio padre lo hacía?

Pero guardó silencio y lo siguió. Ya encontraría el momento de ser un héroe para su gente.

No estaría bajo la sombra de su padre toda la vida.

Tardaron un par de días en llegar a su destino, en Kintyre. El castillo de Tarbert se elevaba sobre un pequeño promontorio, junto a las aguas del fiordo de Clyde. Hasta hacía apenas un año, había estado bajo dominio inglés.

La desastrosa derrota de Robert Bruce en su intento de conquistar el trono había dejado a Escocia bajo el yugo inglés una vez más.

Nadie había esperado que se recuperase después de aquello, pues lo habían obligado a huir junto con su reducido ejército.

Con lo que no contaban los ingleses era con el patriotismo escocés y su fuerza de voluntad.

Bruce regresó con fuerza desde el norte y los pocos hombres que habían podido refugiarse en Escocia atacaban desde el centro para allanar el retorno.

Tarbert había supuesto un gran triunfo para la causa.

Controlar aquel paso suponía una ayuda inestimable para vencer a sus enemigos más importantes: los MacDougall.

Si los planes de Bruce continuaban según lo previsto, estos serían derrotados en cuanto la tregua terminase.

La batalla estaba tan cercana, que casi podían saborear la victoria.

De las escasas conversaciones que había mantenido con Kenneth en los dos últimos días, Virginia había averiguado que su tío Neil lo había dejado al cargo de la vigilancia de los MacDougall, tras haber demostrado su lealtad y su valía durante la conquista de Tarbert.

Y eso era lo que habían estado haciendo cuando la rescataron a ella.

Uno de ellos se había separado a medio camino para avisar a su tío, según le habían dicho, de su presencia en Escocia.

También le habían advertido de que tardaría un tiempo en llegar hasta él y, tal vez, algo más en recibir una respuesta.

Ella ni siquiera estaba segura de que su tío se molestase en conocerla.

Su madre había traicionado a la familia de la peor manera posible al huir con un inglés, lo que había impedido la reconciliación entre ellos.

Incluso si no hubiesen estado en plena guerra, sus hermanos no le habrían vuelto a hablar por elegirlo a él en lugar de a un escocés.

No habían hecho más que entrar en el patio de la pequeña fortaleza cuando los abordó una joven con una niña agarrada a sus faldas. A su lado iba un niño, idéntico a la pequeña, que se burlaba por sus sonoros sollozos. No tendrían más de seis o siete años.

―¡Gracias a Dios que habéis vuelto! ―suspiró la muchacha que los cuidaba, con evidente alivio.

En cuanto los niños los vieron, se abalanzaron sobre Kenneth gritando de alegría.

―Papá. Papá.

Virginia sabía que Kenneth era viudo, pues él mismo se lo había dicho, pero no se le había pasado por la cabeza que pudiese tener hijos.

No parecía tan mayor. Abrumada por el descubrimiento, decidió mantenerse al margen.

Mientras ellos hablaban, ella recorrió con curiosidad el recinto exterior del pequeño castillo.

El lugar estaba bien fortificado, con una ancha y bien construida muralla, aunque tenía su encanto.

La torre cuadrada debía de ser la morada familiar.

A un lado del edificio se encontraba el patio de armas, junto con la caballeriza y la herrería. Al otro lado, había lo que suponía, un almacén y un granero de considerables proporciones. De camino al castillo había visto una bonita iglesia, no muy lejos. Junto a varias casas de piedra y paja.

―No es grande pero es robusto. ―La voz de Kenneth tras ella la sobresaltó.

No podía evitar tensarse ante la cercanía de cualquier hombre. La terrible experiencia que había vivido todavía era demasiado reciente como para ignorar sus instintos. Y aunque su mente le decía que estaba a salvo con aquel hombre, su cuerpo dudaba.

―Os quedaréis aquí hasta que vuestro tío nos diga que hacer.

―Si es que le importa algo. Mi madre me dijo que al huir a Inglaterra había roto el lazo familiar con los Campbell, que ninguno de nosotros sería bienvenido en el clan.

―Neil no es un hombre rencoroso. Sois su sobrina, la hija de la hermana que perdió hace años y a la que echa de menos desde entonces ―le aseguró―. Dadle un voto de confianza.

―Tenéis unos hijos muy mayores. ―Quería cambiar de tema, aunque temió que aquel no le gustase al hombre.

―Me casé joven. ―Se encogió de hombros.

―Lo siento. ―Lo miró―. Lo de vuestra esposa.

―Al menos, me dejó una parte de sí misma antes de irse. Mis hijos se parecen mucho a ella y solo tengo que mirarlos para recordarla.

La pérdida había sido dolorosa, pues apenas habían podido disfrutar de su matrimonio un par de años.

Después de dar a luz a los mellizos, su esposa se había vuelto débil y enfermiza.

Había visto, con impotencia, cómo su cuerpo se consumía con cada día que pasaba.

Cuanto más fuertes crecían sus niños, más frágil se veía ella, hasta que, un día, había amanecido muerta.

Saber que sus hijos lo necesitaban había logrado mantenerlo a flote después de eso, pero se había jurado no volver a amar a otra mujer.

―Tengo ciertos asuntos que atender antes de la cena. Tal vez preferiríais que os mostrase ahora vuestros aposentos ―le sugirió a la muchacha.

Resguardarse en la intimidad de una alcoba era tentador, pero sabía que se sentiría como un animal enjaulado. Necesitaba pensar en los últimos días sin ver cómo la oprimían cuatro paredes.

―Si no os importa, os esperaré fuera. Necesito algo de tiempo para mí.

―Desde luego. Si cambiáis de opinión, preguntad a cualquiera por mí y os acompañaré a vuestra alcoba.

Kenna la sentía tan vulnerable que podía entender que buscase la soledad. Había una fragilidad en ella que lo instaba a querer protegerla. Por eso, no había dudado en abandonar el puesto de vigilancia para salvarla de los MacDougall.

―Gracias.

Y, pese a todo, bajo aquella debilidad visible, había una mujer con una gran fortaleza. Cualquier otra se habría venido abajo ya, después de lo que le había pasado.

―Vendré a por vos en cuanto termine.

―Aquí estaré.

«Como si pudiese ir a otro sitio», pensó. Aunque no era el peor en el que podría haber acabado. Al menos, allí nadie la miraba como si se tratase de una posesión más.

En cuanto se quedó sola, continuó con la inspección del castillo.

Necesitaba moverse para pensar; y, de paso, estirar las piernas y dar descanso a su dolorido trasero.

No era la primera vez que montaba, si es que se le podía llamar así a que su padre la llevase de las riendas en su caballo.

Uno que se había podido permitir gracias al sueldo de soldado. Habían sido tiempos felices.

Escuchó los gritos de los niños mucho antes de verlos.

Jugaban a perseguirse. O al menos, eso creyó en un primer momento.

El niño blandía contra su hermana, de forma amenazante, una pequeña espada de madera.

La joven escocesa que se había acercado al grupo con ambos niños cuando llegaron, les gritaba desde la distancia:

―David, deja tranquila a tu hermana. Le harás daño.

No había terminado de hablar, cuando la niña tropezó y cayó de bruces al suelo. No tuvo tiempo de poner las manos para evitar el golpe en la cabeza y su llanto se escuchó en todo el castillo.

Antes de pensar siquiera en lo que hacía, Virginia ya tenía a la niña en brazos y trataba de consolarla, mientras averiguaba cuán fuerte había sido la caída.

―Ya pasó, bòidheach[3]. No ha sido nada.

―Sangro mucho. ―Estaba pálida y comenzó a hipar por el llanto.

―Solo son unos pequeños rasguños, ¿ves? ―La limpió con cuidado con el forro del vestido―. Ahora iremos a lavarlo con agua y verás que dejas de sangrar, nighean.