CAPÍTULO CINCO
―¿Por qué habrían de perseguirla los MacDougall?
Recostada en el suelo sobre una capa y con otra sobre ella para que no pasase frío, escuchó la pregunta susurrada.
Todavía era de noche, pero una luz tenue le decía que pronto amanecería.
Decidió fingir que dormía para intentar averiguar qué tramaban.
La habían salvado, pero no sabía qué pretendían hacer con ella.
―No parece gran cosa. ―La afirmación la hizo hervir de rabia. Estaba harta de que la considerasen tan insignificante. Aunque, al lado de aquellos escoceses, incluso ella se sentía así.
―No dirías lo mismo si la vieses cabalgar, Ally. Creo que los habría dejado atrás en poco tiempo si no hubiésemos intervenido.
―Se habría caído antes. ―Rio otro por lo bajo para no despertarla. «Tarde para eso», pensó.
―Lo dudo.
Tendría que averiguar quién la defendía tanto para agradecérselo más tarde.
―De todas formas, que sea buena o no a caballo no nos aclara por qué la perseguían. No parece una ladrona.
―No lleva nada de valor encima ―corroboró el que la había defendido. ¿Era el que le había dejado la capa y que le había permitido dormir en su regazo? La voz le resultaba familiar, aunque en susurros cambiaba un poco.
―De eso estarás bien seguro, ¿no, Kenna? ―Aquella burla se lo confirmó―. No parecía disgustarte tenerla en brazos. ¿Aprovechaste para registrarla?
―Ya basta. La vais a despertar. Y no, no la registré en ese momento. A las mujeres se las respeta, Ally.
―Quizá por eso Ally sigue soltero ―bromeó otro―. ¡Qué poco sabe de ellas!
―Tal vez deberíamos despertarla. Nos podría aclarar qué hay entre ella y los MacDougall ―sugirió un cuarto.
Sabía que la estaban observando, podía notar sus miradas sobre ella, pero no estaba segura de querer darse la vuelta todavía. Le asustaba enfrentarse a varios hombres a los que no conocía, por mucho que la hubiesen rescatado de los otros.
―¿Cuánto puede dormir una mujer? ―Le pareció que lo decía al que habían llamado Ally.
―Por lo agotada que parecía, tal vez días.
―¡Días! Pero no podemos esperar tanto.
Las risas sofocadas de sus compañeros le dieron a entender que se estaban burlando de él.
Por el tono de voz parecía muy joven. Más que ella, incluso.
Debía ser tan solo un niño. ¿Qué hacía un niño enfrascado en una guerra?
Decidió que era hora de enfrentarse a sus libertadores.
Se giró con lentitud hasta sentarse en la manta y vio como algunos apartaban la mirada, avergonzados.
Se habían dado cuenta de que los había escuchado.
―Pretendían casarme con uno de ellos ―les dijo sin más preámbulos―. Yo no quería.
Encogió los hombros de una manera tan inocente que provocó la risa de algunos.
Incluso ella se permitió sonreír con timidez.
No era toda la verdad, pero tendrían que conformarse porque no estaba dispuesta a aclararles cómo había acabado en aquella situación.
La habían salvado, cierto, pero no confiaba en ellos todavía.
―Sois inglesa. ―Sonó a acusación, aunque emitida de un modo tan sutil que no le molestó.
―Medio inglesa ―lo corrigió―. Mi madre era escocesa.
―Eso lo explica todo. ―Rio.
El hombre que la había arropado en sus brazos horas antes era quien parecía tener el liderazgo del grupo. Mientras él la interrogaba, el resto permanecía a su lado, silenciosos pero alerta.
―¿Qué explica? ―Quizá no le gustase la respuesta, pero ya había formulado la pregunta, así que ocultó su incomodidad cubriendo los hombros con la capa. Además, hacía frío. O puede que los temblores se debiesen a que demasiados hombres la estaban observando al mismo tiempo.
―Que hayáis intentado huir aunque todo estuviese en vuestra contra. Ha sido vuestra parte escocesa, sin duda.
―Fue mi instinto de supervivencia ―susurró contra la capa para que no la escuchasen.
―¿Por qué querían casaros con uno de ellos?
―Virginia encogió los hombros para no decirlo, y el hombre continuó―.
Bueno, conozco a John y sé que siempre busca un beneficio.
Ahora apoya al rey inglés porque eso le ha conseguido poder y tierras, pero no dudará en traicionarlo si deja de servirle a sus propósitos.
Me extraña que acepte casar a sus hombres con mujeres inglesas.
―Medio inglesa ―le recordó.
―Aun así. No aceptaría un trato así si no ganase algo a cambio. ―La acusaba de ocultarles la verdad.
―De acuerdo ―suspiró―. Se lo pidió la condesa de Warwick.
―¿Jocelyn? ¿Qué motivo tendría esa mujer para querer hacer tal cosa?
―Pretendía evitar que yo regresase a Inglaterra ―confesó.
―¿Por qué?
―Eso, señor, queda entre la condesa y yo. ―Ya había dicho demasiado y no estaba dispuesta a exponer su terrible situación ante hombres a los que acababa de conocer. Si descubrían en qué la había convertido el conde, ¿no querrían ellos aprovecharse? Solo de pensarlo se estremeció.
El grupo se alejó un poco de ella y hablaron entre susurros.
Aunque no podía oírlos, imaginaba que discutían sobre creerla o no.
Su cerebro trabajó a marchas forzadas para encontrar una razón convincente que los decantase en su favor sin tener que confesar lo que había pasado.
Sabía que no confiaban en ella y podía entenderlo porque no les había dicho toda la verdad.
Sin embargo, no les hablaría de su pasado aunque fuese la única forma de no regresar con los MacDougall.
De todas formas, se veía que ellos no apreciaban a aquel clan.
Lo había notado en la forma de pronunciar el nombre y en los gestos que hacían.
Si encontrase la forma de ponerlos de su lado…
Suspiró, antes de jugar la única carta que poseía.
Si los MacDougall eran sus enemigos como creía, tal vez los Campbell fuesen amigos. Tenía que intentarlo.
―Si me indicáis cómo encontrar a los Campbell, yo misma iré hasta allí.
Se giraron todos con tanta rapidez que su corazón se detuvo por un instante. ¿Es que también odiaban a los Campbell? Se maldijo por su insensatez. Debería haberlo pensado mejor antes de hablar.
―¿Por qué queréis reuniros con ellos? ―El interrogatorio comenzó de nuevo y Virginia se preparó para responder.
―Mi madre era una Campbell. ―Se irguió y alisó la falda de su maltrecho vestido para que no notasen su nerviosismo. Si mantenía las manos ocupadas, no le temblarían tanto―. Me habló de su clan muchas veces.
―¿Cuál es su nombre?
―Era ―lo corrigió sin saber por qué―. Se llamaba Anna.
―Anna es un nombre bastante común.
―Sé que era un diminutivo cariñoso, pero no recuerdo el nombre. ―Frunció el ceño―. Todo el mundo la llamaba así. Creo que le resultaba muy duro oír el otro. A mí solo me lo dijo una vez, de niña, y porque le insistí toda la tarde.
Sonrió, a pesar de que se le llenaron los ojos de lágrimas. Pensar en su madre todavía dolía demasiado. Tal vez, algún día, cuando el recuerdo la llenase de alegría y no de pena, podría hablar de ella más a menudo.
―¿No hay ningún otro dato que nos podáis dar para identificarla? ―insistió el hombre―. Hay muchos Campbell asentados en diferentes partes de Escocia.
―Lo siento. ―Negó.
―En ese caso…
―Lo recuerdo ―exclamó de repente―. Era Nandag. Nandag Campbell.
―¡Nandag!
Ese simple nombre provocó un revuelo entre los escoceses y ella los miró con desconcierto. ¿Conocían a su madre? La esperanza brilló en sus ojos, aunque eso no la hizo bajar la guardia.
―¿Sois la hija de Nandag? ¿Estáis segura de que se llamaba así?
―Ese es el nombre que me dio. ―Asintió―. Ahora lo recuerdo bien.
Tras un breve intercambio de miradas, la obligaron a levantarse con la excusa de que debían partir de inmediato. Al parecer, el nombre les había ayudado a tomar la decisión. Pero, ¿cuál?
―¿A dónde vamos?
Nadie le respondió. Estaban ocupados en preparar los caballos con destreza y eficacia.
Antes de que pudiese volver a preguntar, ya estaban listos para partir.
Uno de ellos se acercó para ayudarla a montar sin mirarla siquiera y empezó a preocuparse de nuevo.
Sentía como si la estuviesen ignorando a propósito.
¿Y si no eran aliados de los Campbell, después de todo?
Que la mantuviesen en medio del grupo resultaba llamativo, cuando menos.
¿Sería por su seguridad o para que no pudiese escapar?
Al reemprender la marcha, un par de hombres se adelantó para comprobar que el camino estuviese despejado, o eso supuso Virginia.
El resto permaneció en silencio hasta que regresaron los exploradores.
En cuanto hubieron asegurado que no había peligro delante, el hombre que la había estado interrogando se apiadó de ella y se acercó para hablarle. Lo habían llamado Kenna.
―¿Alguna vez habéis visitado a la familia de vuestra madre?
―No. Nunca abandonamos Londres. ―La pena empañó sus palabras. No por no haber viajado a Escocia, sino porque sabía que su madre lo habría deseado y no había podido hacerlo. Su padre nunca se lo había permitido. «Estamos en guerra, amor. No es seguro».
―Entonces, no sabéis distinguir a un clan de otro.
―¿Es que hay una forma de hacerlo? ―le extrañó aquel comentario.
―Desde luego. ―Asintió―. Por sus colores.
―¡Oh, claro! Tiene sentido. Los MacDougall llevaban el mismo patrón en la ropa ―recordó.
―Así es. Cada clan lleva unos colores que los identifica. ¿Vuestra madre no os habló de ello?
―Mi madre solo me contó algunas cosas de su infancia en Innis Chonnel.
Ni siquiera nombraba a la gente con la que se crio.
Sé que tiene varios hermanos, pero no conozco sus nombres.
―Sonrió con amargura―. Creo que los echaba de menos, pero nunca lo admitió.
Siempre decía que los escoceses no muestran sus debilidades.
Si ella lo hubiese hecho, tal vez, aquella noche yo podría…
No continuó. Los recuerdos eran demasiado intensos todavía.
A pesar de que su madre le había asegurado en su lecho de muerte que no habría podido hacer nada por ella, todavía se culpaba por no ver las señales.
Cuando comprendió que su madre se desangraría tras alumbrar a su hermano, se odió por no poder evitar la desgracia.
Incluso había llamado a la matrona, pero fue demasiado tarde.
Su madre la había sujetado por las manos y la había obligado a arrodillarse junto a ella antes de acariciarle el rostro con una febril pero firme mano. Estaba débil, pero su sonrisa permanecía imperturbable. Eterna.
―No te tortures, mo ghràidh[1]. No habría podido hacer nada. Sabía que pasaría esto mucho antes de ponerme de parto.
―Deberías habérmelo dicho, mamá.
―No, mo nighean[2]. ¿Para qué perturbarte si era inevitable?
Hay cosas que han de suceder al margen de nuestros deseos.
Solo podemos ser fuertes y mirar al futuro con decisión.
Ahora necesito que seas así por mí. Tu padre no lo aceptará y sufrirá demasiado.
Vas a tener que sostener a la familia hasta que se recupere.
Sé que te dejo una tarea casi imposible, pero ¿lo harás por mí?
Lo había intentado, al menos. Su padre no se había repuesto ni con el pasar de los meses y, luego, la había vendido a aquel horrible hombre. Aquellos últimos cinco meses habían supuesto una dura prueba para ella. Necesitaba que aquello terminase por fin. No podía aguantar mucho más.
Se limpió las lágrimas con furia, odiando su debilidad.
―Son seis.
―¿Qué? ―Lo miró sin comprender, todavía con los ojos aguados.
―Vuestra madre tiene seis hermanos. Neil, Dugald, Arthur, Donald, Duncan y Gillespic. Ella era la única mujer.
―¿Los conocéis?
―Neil es el jefe del clan Campbell. Nuestro laird. ―Los abarcó a todos con un gesto del brazo.
―¿Sois… Campbell?
―Todos nosotros. ―Asintió―. Os llevaremos con vuestros tíos, si es posible. Al menos con los que están con Bruce.
Recordó que unos años antes de morir, su madre había acudido a palacio con la marquesa para la que trabajaba y había oído rumores sobre que sus hermanos se habían separado al estallar la guerra.
Aquello le había encogido el corazón. Y, aunque Virginia se moría de curiosidad, no preguntó al respecto.
No esperaba que confiasen en ella solo por ser quien era.
Sobre todo, porque su madre había perdido el contacto con su familia al decidir huir con el inglés que le había robado el corazón.
Nunca se había arrepentido, pero eso no la ayudaba a ella ahora.
―Gracias, Kenna. ―Lo interrogó con la mirada, por si se había equivocado de nombre.
―Kenneth Campbell, para serviros. ―Fue su repuesta.
―Virginia ―se presentó también―. Solo Virginia.
Se negaba a usar el apellido de su padre después de lo que había hecho. Lo odiaba, esa era la cruda verdad. Su gesto se endureció al recordarlo.
―¿Acaso vuestro padre os repudió?
―Yo ya no tengo padre. ―La rotundidad de la afirmación no dio pie a más preguntas. Aquella parte de su vida había terminado y permanecería encerrada en lo más profundo de su mente. Jamás volvería a hablar de él.