CAPÍTULO CUATRO #3
Cuando regresaron al castillo, creyó que John MacDougall la mataría nada más verla. Después de todo, había burlado sus defensas con facilidad y lo había dejado en evidencia. Una simple muchacha medio inglesa. Pero la bienvenida que le dio no fue para nada la que esperaba.
―Si no estuviese ya casado ―rio―, os desposaría ahora mismo, muchacha. ―La mirada desconcertada de Virginia le provocó nuevas carcajadas―. Sois la primera persona que logra burlar a mis hombres sin causar ni una sola baja ―le explicó―. Seríais un gran guerrero, de ser hombre. ¿Cómo lo habéis hecho?
―Tuve suerte. ―No quería mentir.
―Más que eso, muchacha. Habéis sido muy valiente. Pero me temo que no os ha servido de mucho.
―Siempre puedo volver a intentarlo. ―Se llevó ambas manos a la boca en cuanto aquellas palabras salieron de ella. Se puso tan roja como las ascuas de la gran chimenea, que se negaban a extinguirse.
Las carcajadas de John la relajaron un poco. Tal vez no tenía intención de matarla, después de todo. Sabía que los escoceses valoraban el coraje y la astucia. Su madre se lo había dicho en más de una ocasión. Por eso odiaban a los ingleses, los consideraban débiles y cobardes.
―Me temo que no puedo permitíroslo. ―Seguía sin parecer molesto―. Una pena, pero tendré que tomar ciertas medidas hasta llegar a Innis Chonnell. Creo que habríais disfrutado más del viaje sin… restricciones. Vamos.
La sujetó por un brazo y la llevó fuera del castillo. Su instinto la obligó a forcejear para liberarse. Una acción inútil, en todo caso. Nunca podría competir con la corpulencia de aquel hombre. Ni con la de ningún otro.
Una docena de guerreros, vestidos con los colores del clan, los esperaban en el patio, preparados para cualquier eventualidad.
Algunos llevaban una pechera de cuero sobre la camisa blanca para mayor protección.
Imponían respeto, sobre sus monturas y con las espadas sujetas a las sillas.
¿Cómo había pensado siquiera que podría haber huido de ellos?
Suspiró, resignada, mientras John la subía al caballo y le ataba las manos con una cuerda para asegurarse de que no intentaba nada más.
Le consoló pensar que podría ver el lugar que tanto adoraba su madre, después de todo.
―No tenía intención de regresar a Inglaterra ―le dijo cuando este se colocó a su altura. Necesitaba confesárselo.
―Me alegra oírlo. Pero, ¿qué pensabais hacer? Estas tierras son peligrosas ahora mismo. Mucho más para alguien que no las conoce y a la que no conocen ―añadió las últimas palabras a modo de advertencia. Pretendía recordarle que nadie acudiría en su ayuda si intentaba escapar de nuevo.
―No lo pensé. Solo quería huir de un matrimonio que no deseo. ―Bajó la vista, derrotada. Estaba cansada y hambrienta, pero no protestaría. Su lastimado orgullo se resistía a abandonarla del todo.
Permanecieron en silencio durante un tiempo. Cabalgaban despacio pero sin pausa. «La marcha de la derrota», pensó Virginia con ironía. Dio un respingo cuando John volvió a hablar.
―Mi hermana no quiso explicarme por qué le interesaba tanto deshacerse de vos, pero, conociéndola, su esposo estará de por medio. ¿Acaso lo amas?
―¡No, por Dios! ―Su reacción lo hizo sonreír.
―Entonces, sería al revés.
―Espero que no ―susurró inquieta. No podría dormir por las noches si creía que aquel desalmando inglés se había enamorado de ella. «Menuda forma más ruin de demostrarlo», pensó con un estremecimiento.
Empezaba a oscurecer cuando pudo vislumbrar a lo lejos el castillo.
Apenas habían parado para comer algo y descansar cerca del lago Awe.
Nada que fuese suficiente para el agotado espíritu de Virginia, pero entendía que deseaban llegar cuando antes.
Por su comportamiento, supuso que temían una emboscada por el camino.
¿Acaso los Campbell intentaban recuperar sus tierras?
Sabía que Escocia estaba en guerra con Inglaterra, pero, tal vez, dentro de la misma se libraban otras batallas, ajenas a los ingleses.
Se sorprendió al acercarse más al castillo y descubrir que era una isla.
¿Una isla? Su madre nunca había mencionado aquel detalle.
Los enormes muros coronaban el extremo suroeste de la pequeña masa de tierra.
Por el norte había una gran pantalla de árboles que tapaban la vista del impresionante castillo.
Se trataba de una estructura cuadrada, construida sobre la roca.
Pudo ver un par de torres en ambos extremos y la pared de piedra infranqueable que cerraba el patio de armas.
La zona noroeste del castillo, probablemente la más vulnerable ante un ataque, se había reforzado con enormes contrafuertes.
Parecía imposible entrar en él. «También salir», pensó con preocupación.
A cada paso que daba, su respiración se aceleraba más.
Aunque había sido el hogar de su madre, le aterraba la idea de quedarse encerrada allí.
Si la casita de Londres le parecía una cárcel, aquel castillo, sin duda, lo sería.
Su orgullo de Campbell, recientemente despertado, le gritaba que huyera antes de que fuese demasiado tarde.
Casarse con un MacDougall no era una opción. No podía hacerlo. No debía.
«Por ti, madre».
Espoleó a su montura con toda la fuerza que pudo reunir mientras la hacía girar sobre sí misma. Al menos, podría decir que lo había intentado todo.
―¡Qué diablos!
La exclamación de John le indicó que lo había cogido desprevenido. Bien, aquello podría darle cierta ventaja. No mucha, pues no era una gran amazona y ellos eran demasiados. La carcajada que la siguió le crispó los nervios. Al escocés le divertían sus intentos de huida.
―Traedla de vuelta antes de que se haga daño.
―Percibió la risa contenida tras las palabras y la rabia se apoderó de ella, lo que le hizo cabalgar más deprisa.
Lo que más le importaba en ese momento era quitarle la razón a aquel hombre.
Quizá no fuese gran cosa, se lo habían demostrado durante cinco largos meses, pero pensaba presentar batalla.
No consentiría que se riesen de ella nunca más.
Escuchó pisadas tras ella. No parecían muchos, pero no miró por miedo a perder la valentía.
Se sujetó con fuerza al cuello del caballo y avanzó tan rápido como pudo.
Agradeció que le hubiesen desatado las manos unas horas antes, al ver que no tenía intención de escapar.
Caerse no era una opción, aunque morir con el cuello roto sería mejor que acabar casada en contra de su voluntad.
Entonces, para su asombro, vio volar varias flechas sobre su cabeza.
Una de ellas dio en el blanco. Al menos, el grito que escuchó parecía corroborarlo.
Una sombra pasó a su lado en dirección a sus perseguidores y, aunque no sabía si era bueno o malo, tampoco quiso detenerse a comprobarlo.
Azuzó a la montura mientras el ruido de metal contra metal se volvía cada vez más tenue.
Estaban luchando y ella lo aprovecharía para alejarse de todos.
Sin embargo, no tardó en ser interceptada por un hombre igual de corpulento que todos los que había visto desde su llegada a Escocia.
¿Es que los escoceses eran todos así de grandes?
Se sentía insignificante a su lado. Y eso la asustaba porque sabía que no podría defenderse de ellos, en caso de necesitarlo.
―Por aquí ―le dijo―. Ya estáis a salvo, muchacha. Vamos.
Sin darle opción, tomó las riendas y la llevó con él. Al poco rato, la sombra que había visto antes se materializó en otro gigante escocés. «Tiene que ser cosa de la alimentación», pensó.
―Debemos darnos prisa ―los instó, sin mirarla más que un segundo―. No tardarán en sospechar que pasa algo. Mandarán refuerzos.
Después de reunirse con otros cuatro compañeros, cabalgaron en silencio y con seguridad. Sabían cómo moverse por aquel terreno.
Virginia no protestó mientras la arrastraban tierra adentro, a pesar de que le dolían partes de su anatomía que no conocía hasta que hubo pasado tantas horas a lomos de un caballo, incluso si el conde se había esforzado en hacerla consciente de su cuerpo a base de torturas y maltratos.
Se revolvió, incómoda, por enésima vez, mientras se mordía el labio inferior para tragarse una protesta.
Entre el dolor y el cansancio, apenas veía por donde iban.
La oscuridad que los rodeaba como un negro manto, frío y aterrador, ayudaba a ello.
Se estremeció de nuevo, instantes antes de que uno de aquellos hombres se le acercase y la cubriese con una capa.
Era el mismo que había luchado con los MacDougall que la perseguían.
―Gracias ―susurró para que su voz no delatase su posición. No sabía si ya estaban fuera de peligro y no quería arriesgarse a averiguarlo por su torpeza.
Pero se había sentido en la obligación de decirlo, no solo por la capa. Que la hubiesen rescatado también era importante para ella, incluso si no sabía si estaría a salvo con ellos. Una inclinación de cabeza fue lo que recibió como respuesta. No parecía haber tiempo para nada más.
Avanzaron unas cuantas horas más. El agotamiento la había hecho dormitar sobre el caballo y a punto había estado de caer de él en más de una ocasión. Se frotó los ojos con una mano para intentar despejarse un poco. No funcionó.
Despertó sobresaltada tras lo que a ella le pareció tan solo un instante, para descubrir que estaba acurrucada en el pecho del mismo hombre que le había prestado la capa.
Ahora ambos permanecían cubiertos con ella.
Se tensó al notar la intimidad de aquella postura, incapaz de controlar la reacción después de su devastadora experiencia.
Alzó la vista y él la miró con calma, como si no hubiese notado su rigidez.
―Temíamos que os cayeseis del caballo ―le explicó.
―Ya estoy mejor. ―Intentó enderezarse―. Puedo montar sola de nuevo.
―Habéis dormido muy poco. ―La recostó sobre él con suavidad―. Todavía cabalgaremos unas cuantas horas. Descansad.
Luchó contra el impulso de golpearlo y gritar para que la dejase ir, pero en su fuero interno sabía que el hombre no le haría daño.
¡La había salvado, por el amor de Dios! Debería sentir agradecimiento, no temor.
Suspiró antes de relajar el cuerpo, aunque no se apoyó en él.
Pretendía demostrarle que podía cabalgar sola, pero estaba más cansada de lo que quería admitir y se sumió en un profundo sueño poco tiempo después.
Incompresiblemente, se sintió a salvo en aquellos brazos.