Ginnie Campbell CAPÍTULO CUATRO #2
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CAPÍTULO CUATRO #2

―Ya sé que no. Es que no quiero seguir hablando de esto. Hazte cargo de ella como mejor te convenga y evita que regrese a Inglaterra. Solo te pido eso.

―Lo que me pides conlleva que uno de mis hombres la despose. Y ninguno querrá hacerlo de buena gana. Es inglesa.

―Medio inglesa ―se atrevió a decir Virginia. Era la primera vez que hablaba desde que había llegado.

―¿Qué habéis dicho, muchacha?

―Soy medio inglesa ―susurró algo avergonzada―. Mi madre era escocesa.

―Eso no me lo habías dicho ―la acusó Jocelyn.

―No me lo habéis preguntado, milady.

―¿Recuerdas el apellido de soltera de tu madre?

―No ―mintió―. Nunca me lo dijo.

Sabía cuál era, por supuesto, pero también recordaba, de las historias que le contaba su madre, que los MacDougall y los Campbell siempre habían estado enfrentados.

Más ahora, que los primeros se habían posicionado del lado del rey de Inglaterra.

Si les confesaba la verdad, tal vez decidiesen que era mejor matarla y zanjar así el asunto.

John la escrutaba sin ningún pudor y sentía como si estuviese invadiendo su intimidad. La incomodaba, pero no cedería a la presión. La experiencia de los últimos meses la había hecho inmune a aquel tipo de mirada. Aunque todavía se estremeciese al recordarlo.

Ella lo estudió también. Era alto, mucho más que su hermana, y corpulento.

Tenía el cabello recogido con una cinta, pero se veía abundante y de un color muy similar al de la condesa.

Sus rasgos faciales le recordaban también a ella, aunque eran más pronunciados.

Mantenía la mandíbula apretada, en tensión; lo notaba por cómo sobresalía a ambos lados de su cara.

Labios finos en una boca grande. Nariz algo torcida, pero no le disgustaba del todo.

Encajaba en él. Los ojos eran más oscuros que los de su hermana, si bien poseían el mismo azul intenso.

No era feo, pero ella solo veía peligro en él.

―Una lástima ―dijo, al fin, con evidente disgusto.

―No importa. Podemos decir que es medio MacDougall. Para el caso, es lo mismo. El acento inglés está ahí, pero si creen eso, alguno de tus hombres podría estar dispuesto a aceptarla. Es hermosa, una baza a nuestro favor.

―No mentiré por vos, señora. ―Virginia no quería empezar una relación, o lo que aquello fuera, con engaños.

―Harás lo que te diga ―la amenazó―. Te conviene. Podría cambiar de idea y decidir que es mejor deshacerme de ti de una manera más… definitiva.

―Matadme si queréis, no me importa. No puede ser peor que el infierno por el que he pasado.

Mi padre me vendió por un puñado de monedas ―bajó el tono para que solo ella la escuchase, pues le avergonzaba aquella parte de su vida― y vuestro esposo me despojó de mi dignidad y aplastó mi orgullo.

Ni lo deseaba ni lo busqué. Después de cinco meses de torturas, solo me queda mi honradez y no pienso renunciar a ella.

Si alguien me pregunta, no mentiré. ―La última frase la pronunció en voz alta ya, para que también el laird lo escuchase.

―Calma. ―John se vio forzado a mediar entre ellas―. Todavía hay tiempo antes de llegar a eso. Está bien, Jossie, me la quedaré y la casaré con alguien para que no regrese a Inglaterra. Puedes marcharte tranquila.

―Me alegra oír eso, John. ―Lo abrazó y lo besó en la mejilla―. Entonces, lo dejo todo en tus manos.

Volvió su mirada hacia Virginia y la observó con atención antes de dirigirse a la salida. Por un instante, esta creyó ver lástima en aquellos fríos ojos. Apretó la mandíbula para evitar que las lágrimas delatasen su frustración. No necesitaba la pena de aquella mujer. Ni la de nadie.

―Bueno, muchacha, será mejor que descanséis. Mañana tenemos un largo día de viaje por delante.

―¿Viaje?

―Sí. He decidido que os llevaré a Innis Chonnell. Hay allí varios hombres solteros que tal vez quieran tomar por esposa a una medio escocesa. ―Sonrió con malicia.

Innis Chonnell. Aquel era el castillo del que su madre le había hablado tantas veces.

El mismo donde había nacido y que los MacDougall les habían robado tras vencerlos en una cruenta batalla.

Conocería el lugar donde su madre se había criado.

Incluso puede que le permitiesen vivir en él después de la boda.

¡Oh, Dios! La boda. No podía soportar la idea de estar con otro hombre, pero era todavía peor que fuese un MacDougall.

Aunque no había participado en las rencillas familiares de su mitad escocesa, por honor al recuerdo de su madre, no podía convertirse en una enemiga de su clan.

A pesar del deseo incontrolable de visitar aquel lugar, supo que tenía que huir.

Por eso, cuando una de las sirvientas le había traído la comida, se la guardó para más adelante.

La necesitaría. Luego, trató de dormir para tener fuerzas para escapar por la noche.

Sabía que era arriesgado, pues no conocía la zona y no sabía a lo que se enfrentaría una vez sola, pero su determinación no flaqueó.

Lo que le aguardaba en Innis Chonnell era suficientemente aterrador para ella como para dejarse llevar por el miedo.

Y, aunque pensaba que los nervios no le permitirían descansar, en cuanto cerró los ojos, se sumió en un sueño profundo del que solo despertó horas más tarde, cuando ya anochecía.

―Ha llegado la hora ―se dijo en voz alta para darse valor.

Abrió con cuidado la puerta, aliviada al comprobar que el hombre no le había puesto vigilancia, y escuchó atentamente por si detectaba algún ruido.

El pasillo estaba muy silencioso. Y oscuro.

Lo recorrió apoyada en la pared para no chocar con nada ni tropezar.

A medida que bajaba las escaleras de piedra, el alboroto en el salón principal aumentaba de volumen.

John y sus hombres debían de estar cenando, una ventaja inesperada para ella, pues necesitaría todo el tiempo que pudiese ganar para alejarse de allí antes de que descubriesen que se había ido.

Al cruzar frente al salón contuvo la respiración, temiendo que el menor ruido los pusiese en guardia. Para cuando salió del castillo, su respiración estaba tan acelerada que necesitó varias inhalaciones para tranquilizarla. Lo había logrado, había superado el primer obstáculo.

Buscó con la mirada a los guerreros de guardia.

Serían más difíciles de eludir, pero su pequeña estatura supondría una ventaja.

O, al menos, eso esperaba. Localizó a dos de ellos, que se habían reunido para hablar, dejando un hueco sin vigilancia a sus espaldas, perfecto para ella.

Se acercó con rapidez, pero con cuidado de no delatarse.

El corazón le latía tan fuerte que temió que lo escuchasen.

Apoyó una mano sobre el pecho como si aquello pudiese apaciguarlo, y luego continuó.

Cuando los hombres regresaron a sus puestos, Virginia ya se encontraba lejos de ellos.

Siguió la línea de la muralla hasta encontrar la puerta de salida, mientras pensaba en qué haría, una vez allí, para escapar sin ser vista. Dudaba de que los guardias en aquella zona le dejasen vía libre como había sucedido instantes antes.

En el camino hacia su libertad se encontraban dos fornidos MacDougall a los que, por más que quisiese, no podría derribar.

Era demasiado pequeña y no tenía nada con lo que defenderse.

La frustración le hacía abrir y cerrar las manos en un intento de serenarse.

Tenía que pensar en algo. Cuanto más tiempo permaneciese allí, menos le quedaría para alejarse.

Su pie dio con una piedra que casi la hace gritar. Entonces, como si una luz le hubiese iluminado el sendero, la cogió con cuidado y la lanzó tan lejos como pudo. Para su sorpresa, la distancia fue bastante grande.

―¿Qué ha sido eso? ―Uno de los guardias lo había oído.

―No lo sé. Ve a ver.

―Seguramente no haya sido nada. Un animal.

―¿Quieres que John nos despelleje si al final te equivocas?

―Está bien, iré a comprobarlo, pero mantén los ojos bien abiertos.

Maldijo por lo bajo al descubrir que solo se había librado de uno. Quiso repetir la acción, pero no encontró nada lo suficientemente grande. En cuanto el otro guardia volviese, su oportunidad desaparecería. El truco no funcionaría dos veces.

―Maldición. ―El guerrero de la puerta se movía de un modo extraño, como si se balancease―. ¿Has visto algo? Vamos, date prisa, Angus. Maldita sea.

Al ver cómo aquel hombre le daba la espalda para aliviar sus necesidades, no pudo evitar pensar en su buena suerte.

El peculiar vaivén no era más que la urgencia que sentía de vaciar la vejiga.

Ni siquiera vaciló, se escurrió detrás de él en silencio y, después de comprobar que nadie miraba en su dirección, corrió tanto como sus piernas se lo permitieron.

Tenía que encontrar un escondite antes de que diesen la voz de alarma.

Alcanzó un pequeño bosque sin que nada sucediese, así que se permitió un momento para recuperar el aliento.

Su corazón bombeaba sangre de tal manera que creía que se le saldría del pecho.

Una especie de creciente corriente le subía por los pies, dejando un rastro de alivio por todo su cuerpo.

La sonrisa que la había abandonado cinco meses atrás había vuelto a su cara. Lo había logrado. Era libre.

Entonces, ¿por qué estaba tan aterrada?

No habían tardado mucho en dar con ella.

Vana esperanza la suya de huir lejos. Apenas había amanecido cuando debieron percatarse de su ausencia y no necesitaron más de un par de horas para descubrir su paradero, por más que pensase que su escondite era infalible.

Cuando encontró aquella pequeña cueva excavada en la roca, pensó que podría esperar allí a la noche y continuar entonces su viaje.

Con lo que no contaba era la extraordinaria habilidad que tenían para rastrearla.

Además, en su ignorancia, había cometido el grave error de no ocultar su rastro.

Lo cierto era que nunca había tenido demasiadas opciones de triunfar, solo la esperanza de lograrlo.