Ginnie Campbell CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

Después de otros dos meses más soportando las vejaciones de Corvin, ya nada podía afectar a la joven Virginia. Su destino se había reído de ella, destrozándole el orgullo y despojándola de su tan apreciada dignidad. Había dejado de sentir.

Se pasaba las horas muertas acurrucada en un pequeño sillón frente a la ventana, aunque no veía a la gente pasar.

Su mirada estaba perdida en algún lugar donde el dolor y la vergüenza no pudiesen alcanzarla.

Apenas se levantaba para comer. A esas alturas, hubiera preferido morir de inanición, pero su instinto de supervivencia siempre vencía.

Cuando llegaba la noche, ya no había angustia.

Soportaba con estoicidad los maltratos del perverso conde, que se habían vuelto más crueles al notar que ella no reaccionaba.

Su obsesión por hacerla sufrir había ido escalando con el paso de las semanas.

―Estás hecha un asco.

La voz de la mujer la sobresaltó. Ni siquiera la había oído entrar.

Pero no podía ser la señora regordeta que le traía la comida; aquella mujer jamás le había dirigido una sola mirada.

Menos todavía una palabra, salvo el día en que le había curado las heridas de la espalda.

Después de aquello, parecía haberse vuelto otra vez invisible para ella.

Miró hacia la puerta de la sala y se encontró con una mujer hermosa, con un cuerpo maravilloso a pesar de sus años.

Llevaba un vestido bastante ceñido a su exuberante pecho con la intención de remarcar el escote de forma provocativa sin sobrepasar el decoro al que se debían las damas.

Las suaves ondas de seda que se deslizaban a lo largo de sus caderas y piernas reposaban en el suelo con gracia.

Ninguna mujer de buena cuna que se preciase dejaría ver sus pies en público.

Y estaba claro que ella lo era. Llevaba el pelo recogido con una redecilla dorada, pero parecía abundante y rizado.

Sus ojos azules la miraban con desaprobación.

Se miró por instinto y supo el porqué de aquel gesto.

Estaba peor que mal. Al momento, volvió sus ojos hacia ella desconcertada.

¿Qué hacía una dama en su prisión personal?

―Entiendo que mi esposo te encuentre atractiva. ―Le sujetó la barbilla con la mano para verle mejor la cara―. Eres preciosa. O lo serías si te arreglases un poco más.

Una punzada de celos recorrió el cuerpo de Jocelyn al observarla de cerca.

De haber sabido que la muchacha era tan hermosa, se habría desecho de ella mucho antes.

Pero no había descubierto el efecto que causaba en su esposo hasta la noche pasada, cuando había susurrado su nombre en sueños.

Aquel incidente la convenció de que aquellos jueguecitos debían llegar a su fin.

No se molestaría ni en decírselo. Ya lo descubriría cuando se encontrase la casa vacía por la noche.

―Levántate y ve a lavarte un poco. Arréglate el pelo también. No puedo sacarte a la calle con este aspecto ―le ordenó―. Te elegiré un vestido. Esperemos encontrar algo decente porque, conociendo a mi esposo, será difícil.

―¿A dónde me lleváis?

La dulce voz de la muchacha provocó una nueva oleada de celos. Hermosa y dulce. Su esposo se las pagaría bien caras por haberle ocultado aquello.

―Lejos de mi Corvin, por supuesto. ―Rebuscaba en el armario, mientras aparentaba una normalidad que no sentía―. Tan lejos que no pueda encontrarte aunque te busque en el mismísimo infierno.

Ante la mirada incrédula de Virginia, la instó con la cabeza a que le hiciese caso. No tenía paciencia para indecisiones.

―Vamos, no hay tiempo que perder ―añadió―. Quiero estar de vuelta lo antes posible. ¡Oh, sí! Corvin va a lamentar todo esto.

Jocelyn la estudió cuando dejó el vestido sobre la cama.

Virginia era pequeña, pero estaba muy bien proporcionada.

Pechos jóvenes y turgentes con rosadas areolas, vientre plano y trasero pequeño y torneado.

Incluso sus piernas estaban perfectamente cinceladas.

El cabello castaño, salpicado de reflejos rojizos, la haría parecer incluso más encantadora si se ruborizaba.

Cosa que haría a menudo dada su juventud.

No había nada reprochable en ella y la odió por eso.

También odió a su esposo por haberla tenido tan engañada eses cinco meses. ¡Maldito fuera!

Por un momento sintió lástima por ella, al ver las cicatrices de su espalda.

Sabía la clase de cosas que su esposo les hacía a las mujeres que traía a la casa.

Aquellas que ella no le permitiría jamás.

Y por eso no le molestaba que tuviese una amante de vez en cuando.

Pero aquella muchachita parecía tan frágil y tan inocente que estaba segura de que el tiempo que había permanecido cautiva no había sido fácil para ella.

Su esposo podía ser muy vehemente en sus deseos.

―Bien, vámonos. El carruaje nos espera ―anunció la mujer―. Te compraré algo de ropa nueva, más adecuada para una muchachita de tu edad. Estoy segura de que no querrás conservar esta.

Después de lavarse y vestirse, Virginia se sentía un poco mejor, sobre todo, al saber que se iría de aquella casa para no volver nunca más. Aunque su futuro era incierto en aquel instante, al menos, huiría de su verdugo. Y si podía dejar de usar la ropa que le recordaba a él, mejor todavía.

―Gracias.

―No me las des. No hago esto por ti, sino por mí. Y por mi matrimonio. Hubiera preferido darte dinero y que te fueras por tu cuenta, como hago siempre, pero mi esposo está demasiado encaprichado contigo y te buscaría. Tendré que encargarme personalmente de que no te encuentre.

―¿A dónde me lleváis? ―repitió por segunda vez, esperando una respuesta más concreta.

―Como ya te he dicho, tan lejos que mi esposo no pueda encontrarte. ―La miró un instante antes de dar su visto bueno―. ¿Hay algo en la casa que desees llevarte?

La sujetó con firmeza por el brazo y la sacó de la casa después de su negativa. No quería nada que le recordase los cinco meses que había permanecido allí. Iría a donde fuese que la condesa la llevase y jamás miraría atrás. No podía ser peor que aquello, se dijo.

No tardaron mucho en comprar un par de vestido modestos y castos. Eso le gustó. No quería volver a despertar lujuria en ningún hombre. Si pudiese elegir, querría acabar en un lugar donde los hombres estuviesen vetados.

―Podríais dejarme en un convento ―le sugirió con timidez horas después, tras darle muchas vueltas al asunto―. No creo que vuestro esposo me buscase en uno.

―No estoy enfadada contigo, muchacha ―respondió ella―.

Tú no tienes la culpa del depravado deseo que siente mi esposo por ti.

Y estoy segura de que no querías que tu padre te vendiese de un modo tan rastrero.

Pero cuando te miro, veo lo que mi esposo veía en ti y no quiero que tu vida sea tranquila después de lo que ha pasado entre vosotros.

Sé que no es justo, pero la vida no lo es.

―Entonces… ―Por primera vez desde que la había sacado de la casa, temió que la condesa la estuviese llevando a un lugar peor del que había escapado.

―Entonces, te llevaré a Escocia con mi hermano.

¿Te había dicho ya que soy escocesa? Pues lo soy.

Y mi hermano es el jefe de uno de los clanes más poderosos de Escocia.

Tiene el favor del rey gracias, en parte, a mí.

Me debe mucho y se lo voy a cobrar contigo.

Le exigiré que te retenga allí para que no puedas regresar a Inglaterra.

―¿Cómo haría eso? ―El pánico le oprimió el corazón.

―No lo sé, ni me importa, la verdad. Por mí, puede usarte como hacía mi esposo o regalarte a uno de sus hombres. Me da igual, mientras te mantenga allí.

―Por favor, no me obliguéis a pasar por esto otra vez. Haré lo que queráis menos eso. Dejadme en Escocia, pero no en manos de un hombre. Os prometo que no regresaré.

―Muchacha, Escocia no es como Inglaterra. No sobrevivirías ni un día. ¡Qué digo! Ni una hora sola. Además, te recuerdo que está en guerra. Te conviene tener cerca a un hombre que te proteja. Compensarle con tu cuerpo no te costará tanto. Ya estás acostumbrada.

Virginia permaneció en silencio, pálida. Había escapado de una prisión para ir a otra. Estaba claro que su destino era cruel con ella.

―No temas. Mi hermano no tiene las inclinaciones perversas de mi esposo.

Aquello no la consoló. Cerró los ojos intentando no pensar. Tal vez, si lograse evadirse, descubriría que solo estaba viviendo una pesadilla.

―¿Qué pretendes que haga con ella?

La furia del hombre asustó a Virginia más que cualquier cosa que hubiese sufrido en su corta vida.

Si aquel era el hermano de la condesa, no estaba del todo segura de que fuese cordial con ella si decidía quedársela.

Se pegó a la pared por instinto, tratando de hacerse invisible. Aunque sabía que no funcionaría.

―No me importa, John. Solo quiero que permanezca en Escocia mientras viva.

Me lo debes, después de todo lo que he hecho y todavía hago por ti.

―La condesa no se quedaba atrás en su enfado.

Se miraban a los ojos, desafiantes. La lucha no solo era verbal.

Estaba claro que allí se jugaban algo más que su destino.

―Es inglesa ―dijo con desprecio―. Ninguno de mis hombres la querrá por esposa, si es lo que pretendes, hermana.

―Yo no pretendo nada. ―Hizo aspavientos con las manos―. Por mí, se la puedes regalar a los hombres que patrullan las fronteras para que se diviertan un rato con ella.

Jocelyn se movía impaciente por el salón. Deseaba zanjar el asunto cuanto antes para regresar a su hogar. Virginia permanecía en silencio, intentando reunir el valor suficiente para huir de allí. Aunque no sabía muy bien a dónde.

―Admito que no me gustan los ingleses, aunque estar de su parte en la guerra me beneficie, pero no por eso voy a permitir que esta muchacha sufra tales tratos, Jossie. ¿Acaso crees que soy un vulgar violador?