Ginnie Campbell CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

―Estos dos últimos meses has estado demasiado tiempo ausente, esposo mío.

Jocelyn Ackerman era una mujer exuberante. De pechos grandes y caderas anchas. Con unos ojos azules de largas pestañas y un cabello espeso que le llegaba a la cintura y enmarcaba su bello rostro cuando lo soltaba. «Lujuriosa», pensó su esposo al observarla.

Debía admitir que, tras años de matrimonio y un par de hijos, todavía sabía cómo complacerlo en la cama.

Compartían el mismo apetito, pero incluso su lasciva esposa tenía ciertos límites que no estaba dispuesta a sobrepasar.

Por eso, cada cierto tiempo, se buscaba una amante a la que hacer todo aquello que su mujer no le permitiría.

Y ella lo consentía en aras de una convivencia feliz y de unos privilegios que deseaba más que nada.

Era la hija de un gran jefe de clan escocés que apoyaba al rey inglés en su ansia por apoderarse de Escocia, pero ella quería los lujos y las libertades que le ofrecía la Corte real.

Casarse con un conde inglés se lo había proporcionado y, para no renunciar a ellos, había aceptado que este se tomase ciertas licencias extramatrimoniales, siempre que su posición no peligrase.

―He estado ocupado.

―¿Todas las noches? Te recuerdo que tenemos un trato, Corvin. ―Su mirada se endureció―. Yo te permito jugar con tus putitas a cambio de mi estatus y tu sinceridad. Sé que tienes a una de esas furcias en la casa.

―¿Qué importa si la tengo? No he descuidado mi deber conyugal. Y te sigo acompañando a todos los bailes de la Corte.

―Cierto, pero sabes que no consentiré que me ignores por culpa de tus… deseos libidinosos.

―No te ignoro, querida. Es solo la novedad. ―Se encogió de hombros―. Se me pasará pronto.

Sin embargo, lo sintió como una mentira porque, cuando más tiempo pasaba, más ansiaba que llegase la noche para poder disfrutar de Virginia.

El deseo no menguaba, sino que iba en aumento.

Se pasaba el día pensando en lo que le haría cuando se reencontrasen y en cómo lograría mantener la expresión de terror que veía siempre en sus ojos.

Era, con creces, la mejor de todas las amantes que había tenido.

Y puede que estuviese obsesionado porque la joven no tenía experiencia y porque nadie la había tocado antes de él, lo que le generaba un sentimiento de posesividad enfermizo, pero le atraía mucho la idea de moldearla a su gusto, de someterla a sus caprichos sin que pudiese compararlo con nadie.

―Eso espero, Corvin ―le advirtió su esposa―. Ya sabes lo que haré si no sucede así.

Aquella amenaza lo alertó, pues sabía, por experiencias pasadas, que no dudaría en deshacerse de la muchacha si sospechaba que podía ser una amenaza para ella. Así era su Jocelyn. Implacable para conseguir sus propósitos. Por eso se había casado con ella, eran idénticos.

―Se me pasará ―repitió con seguridad para convencerla. No podía permitir que lo alejase de Virginia, así que tendría que ser más cuidadoso.

―Esta tarde iré a la Corte a tomar el té con la reina. ―El cambio de tema le dijo que su esposa ya no estaba enfadada―. Intentaré convencerla para que tome a nuestra Alicia como dama de compañía. Si lo logro, podremos casarla con algún hombre del rey. Tal vez un duque.

―Su dote no es suficiente para aspirar a un duque, Jossie.

―Lo será si la reina intercede por ella. El rey se toma en serio sus opiniones. Si ella quiere un duque para nuestra pequeña, lo tendrá.

―Pero antes debes conseguir que la acepte.

―No será difícil. Ya casi está hecho.

Corvin conocía a su esposa y sabía que lo lograría.

Siempre lo hacía. Una sombra oscureció su ánimo.

Si descubría el embrujo que Virginia ejercía sobre él, haría desaparecer a la joven sin pensárselo dos veces.

Y se lo haría pagar a él de alguna forma.

Quizá debiera intentar mantenerse unos días lejos de la muchacha.

Podía darle tiempo a que se le curase la espalda.

Se había alterado tanto al ver que se había encerrado que no midió la fuerza del castigo.

Y, aunque le gustaba que sufriese bajo su dominio, podía hacer una excepción.

Por su esposa. Para que no sospechase que había algo más.

―¿Quieres que te acompañe, querida? ―se ofreció.

―Por supuesto que vendrás ―sentenció―. El rey espera tu visita tanto como la reina la mía. Si queremos que el plan tenga éxito, has de esforzarte Corvin. Esto nos incumbe a ambos.

―Está bien. Haré todo lo que esté en mi mano.

Para cuando regresaron a casa era de noche.

La tarde de té se había alargado más de la cuenta, pero estaban satisfechos.

Alicia formaría parte del séquito de damas de compañía de la reina.

Era un principio muy prometedor. Ahora era el turno de la joven ganarse el favor de la reina por encima de las demás.

Jocelyn se encargaría de enseñarle cómo hacerlo.

―Todo marcha según lo planeado. ―La mujer se acercó a su esposo y paseó las manos por los hombros de este, antes de sacarle la chaqueta con deliberada lentitud―. Deberíamos celebrarlo.

―Me parece una excelente idea. ―Comenzó a desnudarla, aunque el cuerpo le pidiese a gritos que se reuniese con Virginia.

Esa noche y, tal vez, un par más, debería mantenerse lejos para que Jocelyn no interviniese.

Además, no es que no disfrutase con su esposa, así que el sacrificio no sería tan grande―.

Nunca me cansaré de ti, Jossie ―afirmó después de que esta lo besase―.

Eres la mujer más maravillosa que podría haber desposado.

―Lo sé. Mi madre siempre me decía que a los hombres se los ganaba con el estómago y se los conservaba con el sexo. Tenía razón, desde luego.

―Dios bendiga a tu madre, amor. ―La besó, dispuesto a dejar de hablar para concentrarse en tareas más placenteras.

Cuando Jocelyn lo notó, rio con picardía.

A pesar de sus sospechas, su esposo todavía la deseaba como el primer día.

Puede que no le hubiese mentido y solo fuese la novedad.

Lo cierto era que, cada vez que adquiría una nueva amante, se obsesionaba con ella las primeras semanas.

Aunque, ya habían pasado dos meses desde que la había comprado.

La frecuencia de visitas debía empezar a bajar; de lo contrario, se encargaría de la muchacha como había hecho en otras ocasiones.

Admiró el cuerpo de Corvin. A pesar de los años, todavía conservaba el vigor de cuando se habían conocido.

Tenía unos músculos bien cincelados, aunque una incipiente barriga comenzaba a asomar.

Le recorrió el pecho con dedos ansiosos.

La piel le quemaba las yemas, estaba preparado.

Siempre lo estaba para ella. Pero no le permitiría poseerla todavía. Antes debía suplicar.

Cuando se habían conocido, los rumores de que el conde de Warwick tenía gustos exóticos en la cama resonaban con fuerza.

Por eso, decían, todavía no se había casado a sus treinta y dos años.

Para poder cazarlo, sin tener que someterse a esas prácticas extremas, había tenido que hacer uso de todo su ingenio y había logrado darle la vuelta al tema.

Le había hecho prometer que ella tendría siempre el poder en sus relaciones a cambio de darle vía libre con amantes de bajo rango.

Nada de prostitutas en posadas de mala muerte, pues podían contagiarle algo, ni de viudas ricas que pretendieran ocupar su lugar.

Por eso, en su matrimonio, ella era la de dominaba, la que ofrecía lo que le apetecía, y Corvin debía suplicar para obtener algún beneficio especial de su esposa.

Esa noche se esmeraría más, para grabársela en la mente y que la recordase incluso estando en brazos de la otra.

Sabía cómo era aquel juego. Si no le ofrecía un aliciente para regresar a su cama, lo perdería.

Y con él, todos los privilegios. Había luchado mucho para llegar donde estaba. No dejaría que aquello pasase.

Bajó la mano hasta la cintura del pantalón de su esposo y este intentó frenarla sin éxito.

―No deberías… ―susurró el hombre.

―Claro que sí ―lo contradijo ella. Era, sin duda, una de las pocas esposas de alta cuna que hacía aquello por su hombre. Y, aunque él trataba de evitarlo en cada ocasión, la realidad era que lo deseaba―. Esta tarde has estado magnífico con el rey. Mereces un premio y voy a dártelo.

Le sujetó el miembro con la mano y jugueteó con él. La tensión era evidente cuando se endureció todavía más. Subió y bajó lentamente, torturando a su ya demasiado receptivo esposo.

―Te gusta esto, ¿verdad? ―susurró cerca de su boca―.

Sentir cómo aprieto sin compasión. ―Mientras hablaba, su mano se cernía cada vez con más fuerza, sin llegar a dañarlo.

Quería que sufriese, pero que obtuviese placer con ello.

Eso era lo que a él le gustaba―. Tu putita no lo hace, ¿verdad?

Al menos no como yo ―se corrigió sin perder la sonrisa―.

A ella la obligas, yo lo hago porque quiero. Siempre me tendrás dispuesta, amor.

Entonces bajó la boca y, antes de que Corvin pudiese decir nada, la introdujo hasta donde fue capaz. Era demasiado grande para abarcarla toda, pero su mano suplía el pequeño inconveniente.

El hombre cerró los ojos, como si así pudiese controlar la intensidad de su reacción a lo que le estaba haciendo.

La experiencia que había adquirido su esposa a lo largo de los años ensombrecía, incluso, la estrechez que tanto adoraba en Virginia.

Cuando Jocelyn usaba la boca sobre él, no podía pensar en nada más.

Y eran pocas las ocasiones en que lo agasajaba de aquel modo.

Disfrutaban del sexo, pues era muy fogosa en la cama, pero aquel era un privilegio que pocas veces obtenía.

Un premio reservado para momentos especiales en los que lograba complacer a su esposa.

Debía recordar esmerarse más con ella para merecer la recompensa.

―Déjame llenarte, mujer ―le suplicó―. Quiero… necesito…

No podía pensar con claridad, aunque ambos sabían lo que pedía. Jocelyn lo torturaba a conciencia y eso despertaba más deseo en él. Era una dulce agonía que aceptaba con gusto.

Los primeros años de matrimonio hubiese preferido ser el dominante, pero había aprendido a apreciar que su esposa dirigiese el acto. Ya tenía a las amantes para someterlas a su antojo.

―Por favor, Jossie. ―Había llegado al límite y ya no le importaba suplicar.

―Ven a mí, amor ―le concedió. Se retiró y abrió las piernas para que Corvin la cubriese. Estaba tan preparada como él.

Cuando se habían casado, ella se había sentido torpe e inexperta.

La primera vez que él intentó obligarla a hacer algo que no le gustaba, supo que los rumores eran ciertos y que debía hacer algo para evitar que la usase sin más.

Había pasado meses moldeándolo, después de hacer el trato de las amantes, pero ahora Corvin era un sumiso con ella y ambos lo disfrutaban.

Sabía que sus gustos exóticos se habían intensificado y que las amantes que elegía no lo pasarían bien con él, pero a Jocelyn no le importaban más allá de que su esposo no quisiese reemplazarla por una de ellas.

―Ya casi estoy, amor ―dijo entre jadeos su esposo.

Sin sentir ninguna vergüenza, ella se tocó para para alcanzar juntos el clímax. También le había llevado meses aceptar que ser libre en el sexo no era pecado y que podía hacer más cosas que yacer bajo él mientras este la penetraba.

―Cielo, eres perfecta ―suspiró el hombre, exhausto pero complacido.

―No lo olvides ―le advirtió ella.

―Nunca me cansaré de ti, amor. No temas.

Sin embargo, antes de dormirse, Corvin Ackerman pensó en Virginia.