Ginnie Campbell CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Las dos primeras semanas habían sido las peores para Virginia.

La novedad lo mantenía en su cama prácticamente todas las noches hasta cerca del amanecer, sin darle apenas descanso entre una violación y otra.

Estaba dolorida, maltratada y avergonzada.

La había obligado a hacer tales atrocidades, que por más veces que se limpiase se sentía sucia.

Ella no quería hacerlo, por supuesto, pero el temor que le inspiraba el conde la obligaba a ceder ante cualquier petición, por más aterradora que le sonase.

Sobre todo, después de las primeras palizas y de comprobar que la deseaba igual, aunque su cuerpo estuviese lleno de cardenales.

Cuando las visitas se acortaron en la tercera semana, sintió alivio.

Al menos, solo tenía que complacerlo durante un par de horas al día.

El resto lo ocupaba tratando de borrar las huellas del hombre de su maltrecho cuerpo, descansando para la siguiente batalla por la supervivencia y, en los días en que era capaz, se entretenía bordando.

No había querido pedir nada más para ella, por miedo a que el conde le exigiese un pago mayor en la intimidad.

Salvo hierbas para evitar un embarazo, algo que el hombre celebró con regocijo.

«Serían meses de no poder tocarte», había dicho, «y eso no me gusta».

Ni siquiera se había planteado lo que sucedería con el bebé una vez naciese, así que Virginia supo que se habría deshecho de él sin miramientos. Una razón más para odiarlo.

Sin embargo, las horas que pasaba lejos de él suponían un bálsamo para su alma rota.

Si no fuera por lo que sucedía en la cama, podría haber disfrutado de aquel lugar.

No tenía servidumbre, pues nadie podía saber lo que pasaba allí, pero se las arreglaba bastante bien para tener la casa limpia y ordenada.

Aquello le ayudaba a no pensar en lo que ocurría cada noche.

Mantenerse ocupada la salvaba de volverse loca.

Tampoco pasaba hambre. Cada dos días, una mujer corpulenta traía comida y suministros.

La primera vez que la había visto, había intentado congraciarse con ella.

No le había dicho lo que pasaba, por temor a que ya lo supiese y le fuese con el cuento al conde, y este la castigase a ella después, pero había esperado hacerse amiga suya.

Quizá, si se encariñaba lo suficiente, la ayudaría a escapar, incluso a riesgo de que su señor se enfadase por ello.

Pero la mujer la había ignorado. Ni siquiera la miraba cuando iba a llevar la mercancía. Tampoco le hablaba.

Podía entender el miedo de la señora, pues el conde de Warwick era un lord importante, uno de los hombres de confianza del rey.

Al menos, de eso presumía mientras la sometía a sus deseos.

Según le había contado, el favor del monarca le había granjeado grandes beneficios.

Virginia sabía que se lo había dicho para que no soñase con escapar de la casa y denunciar lo que le hacía.

Nadie movería un dedo por ella si lo intentaba.

Así que, resignada ante aquel cruel destino, permitía que él la humillase noche tras noche, mientras pensaba en el alivio que le suponían las horas que pasaría en soledad después, sin tener que verlo, ni oírlo…

ni sentirlo. ¿Qué eran dos horas comparadas con la libertad de vivir bien alimentada y vestida el resto de sus días?

«El resto de mis días», gimió. Era demasiado joven.

Aquello suponía más tiempo del que, quizá, podría soportar.

―Sé fuerte ―se decía cada día frente al espejo―. Unas semanas más y se cansará de ti. Entonces vendrá menos.

Trataba de autoconvencerse de que el futuro que le esperaba en aquella casa no estaría tan mal cuando la obsesión de aquel hombre por ella mermase.

A veces incluso deseaba que se cansase y la echase de allí.

Pero le preocupaba lo que sería de ella si eso sucedía, porque no podía volver con su padre.

Tampoco es que quisiera hacerlo. Jamás le perdonaría que la hubiese vendido a aquel depravado.

Pero estaría sola en el mundo, si lograba salir de allí, y eso la asustaba.

Temía que nadie la contratase si descubrían lo que le había hecho el conde. No sería a él al que culparían.

Lloró una vez más. Ya no solo porque cada parte del cuerpo le dolía y porque su interior clamaba por una clemencia que no podía esperar del conde, sino por el miedo a acabar acostumbrándose a aquella tortura diaria y a que dejara de importarle o de molestarle que el hombre la usase a su antojo.

Había supuesto que, a esas alturas, ya no le quedarían lágrimas por derramar, pero se equivocaba.

Como siempre. Aquella situación la superaba cada día más, pero tampoco sabía cómo ponerle fin.

Era de madrugada y llevaba varias horas durmiendo cuando escuchó cómo alguien arrastraba una mesa en el cuarto de la entrada.

Al momento, Virginia se había puesto en alerta.

Después de que el conde no apareciese a la hora habitual, se había relajado, segura de que ya no la visitaría aquella noche; sin embargo, aquel ruido no podía ser otra cosa que él, borracho una vez más.

Aunque había aprendido por las malas que no servía de nada esquivarlo y que el castigo era peor después, no pudo evitar intentarlo una vez más y corrió al cuarto de bordado para encerrarse en él.

Tal vez, si estaba lo suficientemente alcoholizado como para chocarse con los muebles, acabaría inconsciente antes de lograr abrir la puerta.

Siempre anhelaba aquello, pero, hasta el momento, nunca había sucedido.

Por muy afectado que estuviese, la sometía cada noche.

―Así que quieres jugar, pequeña zorrita.

Lo oyó moverse por la casa y se cubrió la boca con las manos, como si así pudiese impedir que la encontrase.

Aunque no tuvo esa suerte, pues tampoco había muchos lugares donde buscar.

Pronto se movió la manilla de la puerta y retrocedió hasta la pared del fondo, mientras contenía el aliento.

Si no abría, se condenaría a sí misma, pero el miedo no le permitió desechar la esperanza de que se cansase y la dejase en paz.

Notó cómo se iba enfadando con cada intento de entrar y ella temió cada vez más las consecuencias de lo que estaba haciendo, así que, en el último momento, le dejó pasar.

―Lo siento ―susurró nada más verlo―. Yo…

La golpeó con tal fuerza que acabó en el suelo, goteando sangre por la boca. Se le nubló la vista, y no solo por las lágrimas que acudieron a sus ojos.

―Estúpida niña, ¿creías que podías escapar de mí?

¿Es que no has aprendido nada todavía? ―Se agachó a su lado para alzarle la barbilla.

Sus dedos apretaron hasta lastimarla―. Eres mía y haré contigo lo que quiera.

―La liberó y se puso en pie para propinarle una patada en el estómago―.

Si lo vuelves a intentar, te mato, maldita zorra desagradecida.

La pateó una vez más, antes de sujetarla por el cabello y arrastrarla por toda la casa hasta la alcoba. Poco le importaron los gritos de Virginia ni sus intentos por liberarse. Que la joven hubiese intentado huir de él lo había enfurecido.

Ella le pidió perdón mientras él le rasgaba el camisón sin miramientos, y le juró que no volvería a hacerlo, en un intento de que no fuese muy rudo con ella, pero el conde solo podía pensar en hacerle daño para darle una lección.

Así que la poseyó con rabia, al tiempo que la abofeteaba hasta que también la nariz le empezó a sangrar.

Escuchar sus gritos lo hizo venirse demasiado rápido, por la excitación que le provocó, lo que aumentó su enfado.

Habría querido durar más para infligirle un mayor castigo.

―Es culpa tuya ―le repetía una y otra vez, mientras la giraba en el colchón para dejarla de espaldas y le ataba los brazos al cabecero de la cama, que había mandado hacer tiempo atrás según sus propias especificaciones, precisamente para ese tipo de situaciones.

Con la cuerda sobrante, la que solía usar para los pies, la azotó hasta que lo único que se oyeron fueron sus jadeos por el esfuerzo. Solo en ese momento se detuvo, consciente de que la muchacha se había desmayado.

―Así aprenderás ―dijo en voz alta y sofocada. Después se marchó a casa, sin haberla soltado.

Virginia se despertó al amanecer, con un intenso dolor en la espalda y en los brazos, que habían permanecido en una mala postura durante horas. Se le escapó un quejido lastimero al intentar moverse.

Había sangre seca a su alrededor y la piel le latía al ritmo del corazón.

Por un momento, no supo qué había pasado, tal era la niebla mental en la que se había sumido tras los azotes.

Para cuando se despejó, las lágrimas regresaron por la impotencia de saberse en desventaja.

Nada de lo que hiciera para librarse del conde serviría. Ella siempre perdería.

Se arrastró hacia la cabecera, con ayuda de las ataduras, hasta que la cuerda estuvo lo suficientemente floja como para poder soltar sus muñecas. Tuvo que usar la boca para deshacer el primer nudo y eso le reabrió la herida del labio.

Caminar hasta la parte trasera se convirtió en una agonía constante, pero no dejó de mover los pies hasta que alcanzó la jofaina, que había llenado aquella mañana con agua fresca.

La casa tenía su propio pozo en un pequeño jardín aislado del mundo.

El conde sabía bien cómo hacer las cosas para que nadie supiese que allí retenía a jóvenes en contra de su voluntad.

Ni siquiera se molestó en mojar el trapo de lino para lavarse, sostuvo la jarra y se echó el agua por encima, ropa incluida.

Soltó un grito al notar el ardor en la espalda, pero no fue eso lo que le hizo llorar más, sino saber que el hombre no le daría tregua hasta haber curado las heridas.

Solo de pensar en el dolor que le causaría cuando regresase la noche siguiente, se le encogía el corazón de pánico.

Ya no estaba segura de cuánto sería «el resto de sus días». Ni si quería que durase mucho más. Si lo único que iba a encontrar en su vida eran sufrimiento y humillación, prefería morir de una vez.

Regresó a la cama a paso lento y se dejó caer sobre ella de frente. Pretendía recuperar fuerzas antes de secarse y cambiar el camisón ensangrentado, pero el agotamiento hizo mella en ella y, cuando el malestar se atenuó, cerró los ojos y se quedó dormida.

―No ―gritó, sobresaltada, al sentir presión en el cuerpo. El movimiento brusco para alejarse la hizo gemir de dolor.

―Estaos quieta ―la reprendió una voz femenina― o estropearéis el vendaje.

Virginia se retorció sobre sí misma hasta que vio a la mujer inclinada sobre la cama, con una tela blanca en las manos. Era la señora que le traía los suministros.

―¿Qué… hacéis? ―inquirió, sorprendida.

―Curaros ―respondió sin más.

―¿Ahora me habláis? ―se atrevió a decir después de un rato. No pudo evitar que su voz se tiñese de rencor. Tantas veces había intentado iniciar una conversación con ella sin éxito.

―No soléis durar mucho en esta casa ―añadió la mujer, vacilante―. Resulta más fácil hacer mi trabajo si no os conozco.

―Así que… sabéis lo que pasa aquí. ―La acusación implícita en sus palabras provocó una mueca de disgusto en la mujer.

―Todos necesitamos el dinero. ―Esa fue su excusa.

Y, aunque Virginia se resintió porque fuese capaz de ignorar el sufrimiento de los demás, en el fondo, la entendía.

Había pasado suficientes penurias como para saber que la desesperación te obligaba a tomar decisiones difíciles.

A pesar de ello, quería creer que ella no buscaría prosperar a costa del dolor de otros.

―Aunque quisiera ayudaros, no puedo. ―La mujer supo leer su mirada―. El conde es un hombre poderoso, si me enfrentase a él… No lo haré.

La rotundidad de su respuesta le dijo a Virginia que no hablaría más del tema, así que se limitó a dejar que la mujer terminase de vendarle las heridas en silencio.

Le hubiese gustado preguntar qué había pasado con las mujeres que habían estado allí antes que ella, pero era probable que no le gustase la respuesta.

―Si me aceptáis un consejo ―se despidió la mujer cuando terminó―, no os opongáis a él. Eso nunca acaba bien.

Virginia se estremeció tras la advertencia, segura de haber entendido cuáles eran las consecuencias finales de resistirse.