CAPÍTULO UNO #2
―Eres una delicia para la vista ―continuó hablando, ajeno al miedo de la joven.
O, tal vez, no le importaba―. Si lo que tu padre ha dicho es cierto, habrás valido cada centavo invertido.
Pero no estaré seguro de haber hecho un buen trato hasta que pruebe la mercancía. Comprobemos si no he sido timado.
Se acercó a ella, tambaleante, y trató de apartar las sábanas para verla bien.
Gruño, con enfado, al descubrir que la muchacha las sujetaba con fuerza.
Tiró de nuevo y sonrió con satisfacción cuando la joven quedó expuesta.
La recorrió por entero, deteniendo el escrutinio en sus pechos, que ascendían y descendían por su agitada respiración.
―Por favor, milord ―le suplicó.
―He pagado por ti, muchacha. Para esto estás aquí. Las únicas súplicas que atenderé serán las que me inviten a montarte de nuevo.
Le sujetó un tobillo y la arrastró sin dificultad hasta dejarla boca arriba y con la piel expuesta, cuando el camisón se le enroscó en la cintura.
Se colocó encima. Veía miedo en sus ojos, pero aquello solo lo excitó más.
Le gustaba el dominio, someter a la mujer a sus deseos y, cuanto más se resistiese ella, más lo disfrutaba.
La había visto de casualidad una tarde y le había pedido a su hombre de confianza que localizase a su familia.
El padre le había asegurado que era virgen y él no había dudado en pagar lo que le pedía.
No era habitual que un progenitor vendiese a su propia hija cuando todavía era una doncella, así que no podía desaprovechar la ocasión.
Ser el primero era un privilegio. Le gustaba el pánico en el rostro de las muchachas al penetrarlas antes de que supieran siquiera lo que les esperaba. Su miembro palpitaba solo de pensarlo.
Le rompió el camisón, a pesar de sus protestas, para descubrir sus pechos.
No eran muy grandes, pero tenían la turgencia de la juventud.
Le apretó uno para comprobar que le cabía en la mano y sonrió satisfecho.
Apenas sentía los golpes que la muchacha le propinaba para intentar sacárselo de encima.
En realidad, le gustaba que se resistiera. Aquello era más divertido.
Las últimas dos amantes que había tenido se habían vuelto muy solícitas en poco tiempo y eso le había hecho perder el interés. Porque él disfrutaba más con una mujer peleona a la que pudiese someter. Una como la joven que tenía bajo el cuerpo en ese instante.
Llevó una mano entre sus piernas e introdujo un dedo en aquel espacio tan estrecho. Apenas logró contenerse para no derramar su semilla sobre ella.
―Parece que tu padre no mentía ―gruñó―. Pero necesito comprobarlo.
Le sujetó los brazos sobre la cabeza para evitar que continuara pegándole y la embistió sin contemplaciones, sin prepararla.
El grito de dolor que siguió a la invasión y la cara descompuesta de la joven supusieron una liberación para él.
En apenas dos movimientos más, se corrió como hacía años que no lograba.
Su esposa era ardiente en la cama y lo satisfacía muy bien, pero obligar a una joven inexperta a darle placer era lo que él más disfrutaba. Muchos de sus amigos lo llamarían sádico si descubrían lo que hacía, pero era conde y, con su dinero y el título, el escándalo no llegaría lejos.
―Ha sido increíble, muchacha. Pena que no te pueda desvirgar más que una vez. Pero no lo olvidaré nunca. Gracias. ―La besó en los labios antes de ponerse en pie―. ¿Cuál era tu nombre? Con la emoción de tenerte, olvidé preguntar.
―Virginia ―susurró.
Tenía la vista perdida y temblaba. En cuanto se vio libre de su violador, se acurrucó en una esquina de la cama y se tapó de nuevo con las sábanas.
Vio la sangre que las manchaba y se estremeció.
Su madre le había dicho que la primera vez dolería y que podía sangrar, pero jamás habría imaginado aquella agonía en su interior.
―Virginia. ―Rio―. Un nombre más que apropiado al momento. Aunque, tal vez debiera cambiártelo ahora, porque ya no eres tan virgen, ¿cierto?
La carcajada que soltó la hizo sentir más sucia y cerró los ojos para que no se le escapasen las lágrimas. Aquel hombre era horrible y ella estaba a su merced. Podría hacerle lo que quisiera y no se podría negar porque lo tomaría igualmente.
El conde la miró con posesividad. Había sido un pago justo, después de todo.
Incluso se atrevía a decir que el padre de Virginia había salido perdiendo en el trato.
Y, ahora que había comprobado que la joven no tendría la fuerza suficiente como para resistirse a él, disfrutaría probando con ella todo lo que su esposa no le permitía.
El deseo volvió a crecer al imaginárselo y, aunque debería marcharse, pues la condesa lo esperaba en casa, después de una breve discusión consigo mismo, ganó la lujuria en lugar de la sensatez.
Se acercó de nuevo a la cama y se la frotó con la mano para tranquilizarla al ver cómo la muchacha intentaba alejarse, horrorizada. Era como una muñeca en sus manos y no le resultó difícil arrastrarla hacia él, tirando de nuevo de uno de sus pies.
―No tan deprisa, cielo. Todavía tengo tiempo para un asalto más.
Virginia había quedado de espaldas a él y pataleó para soltarse, lo que hizo que su pequeño y redondeado trasero le provocase un espasmo de placer.
Sus ojos brillaron con malicia antes de acariciárselo y bajar la boca hasta él para luego morderlo.
No lo suficiente para dejarle marca, pero sí para que ella gritase. Su pene ya estaba listo de nuevo.
―Di mi nombre, muchacha ―le pidió al oído mientras se ponía sobre ella―. Llámame Corvin. Quiero oírtelo decir.
Virginia notaba su erección sobre el trasero y temblaba de miedo al pensar en lo que estaba a punto de hacerle aquel hombre. ¿Acaso no se conformaba con haberle robado su inocencia de un modo tan brutal? ¿Era aquel el destino que le esperaba?
―Di mi nombre ―le exigió más alto, al ver que permanecía callada.
―Corvin. ―Apenas lo murmuró.
―Suplícame que te folle, Virginia. Hazlo. Ahora. Suplícame.
―Por favor. ―Más bien pedía lo contrario. Algo que temía que no ocurriría jamás.
―Dilo todo, Virginia. Quiero oírlo. ―Se apretó contra su trasero una vez más con violencia.
―Por favor, Corvin, hazlo. ―Las lágrimas caían por su cara, pero apenas las notaba. Estaba aterrada.
―Sí, pequeña. ―Le lamió la oreja mientras hablaba―. Lo haré con gusto. Te daré lo que quieres.
Y la penetró de nuevo con una fuerza descomunal.
Virginia creyó que la rompería por dentro.
Sentía su empuje una y otra vez, sin piedad.
Forzándola a acogerlo por entero. Su interior, ya magullado tras la violenta acometida anterior, palpitaba de dolor.
El conde era grande y la lastimaba demasiado.
Por eso, tras varias acometidas más, dejó de resistirse.
No podría vencer y se resignó. Tal vez, si le permitía usar su cuerpo, acabase antes y se marchase.
En cambio, Corvin no conseguía terminar. Se movía dentro y fuera, cada vez con más violencia, para intentar sacarle algún grito que le ayudase a correrse. Frustrado, se separó de ella y la obligó a mirarlo de frente.
―Vas a hacer que me corra, muchacha, o no me iré en toda la noche. Créeme, hay formas más dolorosas de conseguir mis propósitos. Te conviene colaborar ―la amenazó.
Se sentó en el borde de la cama y la obligó a ponerse de rodillas frente a él. Su pene estaba a escasos centímetros de la cara de Virginia, que lo miraba con horror. Había notado que era grande, pero tenerlo a esa distancia era más de lo que su inocencia podía soportar.
―Bien. ―Sonrió satisfecho―. Eso está mejor. Ahora haz tu trabajo. No pares hasta que me corra en tu boca. Y mucho cuidado con lo que haces. No vas a salir de aquí jamás, así que no me importa si mañana estás llena de cardenales.
Y, aunque su intención había sido marcharse después de aquello, en cuanto sintió la cálida boca de la joven cubriéndolo, supo que aquella sería una noche muy larga.
Ya encontraría una excusa que darle a su esposa.
No regresaría a casa hasta dejarla tan agotada que no pudiese levantarse de la cama hasta la noche siguiente, cuando empezasen de nuevo.
Conseguir una nueva amante siempre era muy excitante.