Ginnie Campbell CAPÍTULO UNO
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Ginnie Campbell

Ginnie Campbell

Por Sonia Lopez Souto

© inepub.com

CAPÍTULO UNO

Los tiempos de guerra siempre eran duros.

Y mucho más para hombres humildes que no podían contribuir a la corona como su rey esperaba de ellos.

Su padre pertenecía a esa categoría. Había perdido una pierna en una de las tantas batallas en las que había participado y ahora tenía que subsistir como zapatero.

Lo que ganaba no era suficiente para cuidar de su familia, de modo que su mujer había tenido que emplearse como doncella de una marquesa rica que frecuentaba la corte real.

Habían aprendido a vivir con poco y les bastaba.

El amor que sentían el uno por el otro les ayudaba a no desesperar.

Sin embargo, el día que su madre murió al dar a luz a un bebé que la siguió a la tumba poco después, todo cambió.

Aquello supuso un duro golpe para el orgullo de un hombre ya de por sí sometido.

Tras varias semanas de luto interno y borracheras continuas para olvidar su desdicha, se encontró con dos hijos a los que cuidar y una deuda que no podía pagar con lo poco que ganaba.

El muchacho era su única fuente de esperanza.

Lo alistaría en el ejército en cuanto tuviese edad suficiente y podría mantenerlos a ambos con su sueldo.

Pero a ella, su preciosa hija, aquella que tanto le recordaba a la esposa que había perdido, no podía mirarla sin sentir la ausencia de su madre.

Le recordaba el amor que había perdido y agudizaba el dolor de su corazón. No soportaba su presencia.

Había planeado emplearla en alguna casa donde le ofrecieran alojamiento también para no tener que verla más, pero, cuando un día, lo abordó un hombre con otro tipo de propuesta más lucrativa para él, no se lo pensó mucho.

Después de casi un año sin apenas mirarla, Virginia se sintió especialmente optimista cuando su padre le pidió que la acompañase aquella tarde.

Tal vez, el dolor comenzase a remitir y pudiesen volver a sentirse como una familia.

Había echado mucho de menos los tiempos en los que disfrutaban los cuatro de alguna salida por la ciudad, incluso si no podían darse muchos lujos.

Caminaron en silencio hasta entrar en una de las calles más cuidadas de la ciudad.

Le gustaban aquellas casas, bonitas y robustas, construidas en piedra; no como en la que vivían ellos y que, año tras año, se iba deteriorando por no tener dinero suficiente para reparar la madera podrida.

Cuando entraron en una de ellas, se emocionó al pensar que su padre le había encontrado trabajo allí.

Tras la muerte de su madre, necesitaba sentirse útil para la familia.

Había tenido que dejar de ayudar a sus vecinos con tanta frecuencia para ocuparse de la casa también.

Y, ahora, sin más ingresos que unas pocas monedas de vez en cuando y lo que su padre ganaba como zapatero, cuando no estaba demasiado borracho para hacer su trabajo, apenas le alcanzaba para preparar una comida decente al día.

Si la contrataban como doncella, las cosas sin duda mejorarían.

Aunque a ella se le complicase la vida para atender a su padre y a su hermano también.

No era una casa grande, pero sí acogedora.

El cuarto donde esperaban a los dueños decía mucho de la riqueza de la familia.

Normalmente, los hogares tenían una única estancia, pero allí había más, lo que solo la gente con mucho dinero podía permitirse.

Sería un placer ocuparse de un lugar como aquel.

Sobre todo, porque resultaría muy fácil mantenerlo en perfectas condiciones. Le sonrió a su padre, feliz.

―Es una casa bonita, padre. ¿Trabajaré aquí? ―tanteó.

―Con suerte, serás la dueña y señora ―le dijo este con expresión lúgubre.

―¿Me habéis encontrado marido?

Ahora estaba incluso más sorprendida. Nadie que se pudiese permitir una casa en aquella calle querría casarse con una mujer sin dote.

No entendía cómo lo había logrado su padre, pero aquello le pareció la mejor disculpa que este le habría podido dar por ignorarla durante un año.

Y empezaba a pensar que, tal vez, lo había malinterpretado todo.

―Algo así ―susurró este.

La joven lo miró con curiosidad. ¿Qué habría querido decir con eso?

Se disponía a preguntarle, pero la llegada de un hombre trajeado y con rictus serio se lo impidió.

Este se llevó a su padre a un pequeño cuarto que había al fondo de la casa, mientras que a ella la obligó a esperar en la sala.

Aunque la idea de ser la dueña de aquel lugar le parecía un sueño, le inquietaba el trato que pudiese aceptar su padre cuando no tenían nada que ofrecer a cambio.

Y quizá debió preocuparse más porque, cuando este regresó y le explicó los términos del contrato, la ilusión se vio transformada en espanto.

―No podéis hablar en serio, padre.

―Silencio, Virginia ―la increpó―. Harás lo que yo te diga. Tienes suerte de que lord Ackerman haya accedido a comprarte como amante. Tendrás más lujos de los que podremos conocer nunca tu hermano y yo. Siéntete afortunada.

―¿Afortunada? Padre, si me convierto en su amante, jamás podré casarme honradamente.

―¿Quién necesita honradez cuando puede poseer todo lo que quiera sin esfuerzo?

―Desechó sus palabras con un gesto brusco de la mano―.

Si te portas bien con el conde, te concederá cualquier cosa que le pidas.

Somos pobres, hija. Jamás podrías haber aspirado a esto sin convertirte en la amante de un hombre rico. Acéptalo y disfrútalo.

―No puedo, padre. No voy a…

―¡Harás lo que te diga! ―la interrumpió―. Ya he cobrado el dinero, no hay vuelta atrás. Tu hermano y yo lo necesitamos para ir tirando hasta que lo ingrese en el ejército. Por una vez en tu vida, servirás para algo más que para gastar.

―He trabajado desde los ocho años, padre ―le recordó, con el corazón roto por aquellas palabras―. Y, desde la muerte de mamá, he mantenido a flote a nuestra familia como buenamente he podido. No podéis hablar en serio.

―No menciones a tu madre. ―Levantó la mano para golpearla, pero la bajó de nuevo―. No me importa lo que creas. Te quedarás aquí y aprovecharás la oportunidad que se te brinda. Con el tiempo, aprenderás que es mejor ser la puta de un conde que la esposa de un don nadie, y me darás las gracias.

Dicho aquello, su padre la dejó sola en la casa.

Y, aunque no lo había dicho, le había quedado claro que no podría regresar a su hogar.

No volvería a ver a su hermano. Ni siquiera había podido despedirse de él.

Su cuerpo tembloroso cayó sobre el sillón que había ocupado instantes antes.

La preciosa salita que tanto había admirado ahora se le antojaba una cárcel.

―Buenas tardes, señorita. ―El hombre que había hablado con su padre se presentó minutos después―.

La despensa está llena y tenéis ropa en el armario de la habitación.

Una vez por semana alguien repondrá lo que vayáis gastando.

Si tenéis algún antojo, pedídselo y os lo traerán en la siguiente remesa.

El conde espera que encontréis todo a vuestro gusto, pero si no es así, os da permiso para cambiarlo.

Vendrá esta noche para conoceros en persona.

―¿Me quedaré sola aquí?

―Esta es vuestra casa ahora. Aparte de las visitas del conde, permaneceréis sola el resto del tiempo.

―¿Y qué se supone que he de hacer ahora?

―Hay una pequeña sala al fondo con buena luz donde podéis bordar. Y, si sabéis tocar algún instrumento, podéis pedirlo. El conde os proporcionará todo lo que queráis. ―Se encogió de hombros―. O descansad. Me temo que por las noches no podréis hacerlo durante una temporada.

La implicación de lo que eso significaba y la mirada lastimera que le dedicó le decían que lamentaba la situación, pero que no haría nada por ella.

―Gra… gracias ―tartamudeó. Le temblaban las manos y las escondió bajo la falda del vestido, avergonzada. Apenas lograba contener las lágrimas.

―Buenas tardes, señorita. ―Vaciló antes de dirigirse a la puerta.

Por un momento, Virginia creyó que le diría algo más, pero luego oyó cómo pasaba la llave y comprendió que acababan de encerrarla en su prisión personal.

Tendría todo el tiempo del mundo para sí misma y no le faltaría de nada, según le había asegurado el hombre, pero la habían privado de lo más importante para ella: su libertad.

Lloró toda la tarde, acurrucada en un rincón de la habitación, con los ojos fijos en la ropa que el conde le había comprado. Nunca en su vida había tenido nada tan bonito ni con aquella calidad, pero había vomitado al pensar en lo que tendría que hacer para «ganárselo».

Con el pasar de las horas, Virginia anheló que el conde la dejase en paz aquel primer día, pero este apareció bien avanzada la noche, muy borracho.

Vendría de alguna de las fiestas organizadas por el rey con las que pretendía entretener a sus hombres para hacerles olvidar que en el norte se libraba una guerra. Una guerra que estaban perdiendo.

―Eres una muchacha preciosa. ―La lujuria brilló en sus ojos mientras se desvestía con torpeza.

No era un hombre feo y todavía conservaba un cuerpo bastante en forma, a pesar de rondar la cincuentena.

Su cabello, en cambio, mostraba el claro paso de los años.

Aunque no le escaseaba, apenas veía ya el negro de su juventud entre las canas que se habían apoderado de él.

El deseo que notó en sus ojos marrones le recordó que había ido a verla para acabar con su inocencia aquella noche.

Ocultó el cuerpo bajo las sábanas por instinto y apoyó la espalda contra la cabecera de la cama para alejarse lo máximo posible del hombre, como si aquel gesto la fuese a salvar de su funesto destino.