Capítulo catorce
H yde Park rebosaba de movimiento aquella mañana.
Los carruajes avanzaban lentamente y los jinetes desfilaban por Rotten Row.
El clima cálido había atraído a grupos de niños y familias hasta la orilla del río.
Georgiana y sus hermanas estaban igual de deseosas de disfrutar al aire libre de aquel día espléndido.
Georgiana caminaba un poco por delante de sus hermanas, no por sentirse superior sino por pura costumbre.
De pequeñas, solía ir siempre a la cabeza, abriendo camino.
Si sus hermanos pequeños estuvieran allí, tendría que volverse cada pocos minutos para asegurarse de que se portaban bien, aunque ya estaban llegando a la edad en que observar a hombres apuestos resultaba más atractivo que hacer travesuras.
Wilhelmina se mantuvo cerca aquel día, hablando en voz baja mientras relataba algún nuevo cotilleo sobre el vizconde Southcombe.
Frankie participaba a ratos en la conversación, más pendiente de la incomodidad que le causaba su ridículo que de las implicaciones morales de una indiscreción.
Theodosia iba varios pasos por detrás, absorta en un manoseado libro de historia natural, confiando aparentemente en que el mundo no chocaría con ella mientras leía.
Frankie casi tropezó con un pequeño dachshund y soltó un taco, que disimuló rápidamente con una tos.
—Juro que los ricos se han vuelto locos por los perros feos —dijo—. Mira esas patas. Parecen salchichas.
—Es alemán —respondió Will de inmediato—. Están muy de moda en Viena. A mí me gustan bastante.
Georgiana tropezó ligeramente y Will se rio.
—Ese dachshund tiene más gracia que tú, George.
Georgiana esbozó una sonrisa tensa. Prefería que su hermana la comparara con un perro rechoncho a que descubriera lo que realmente la había hecho tropezar.
Rafe se acercaba desde Rotten Row, caminando con paso decidido aunque varias personas intentaban entablar conversación con él. Georgiana sintió una leve opresión bajo las costillas.
Era solo porque habían acordado ser discretos en la forma en que Rafe mostraba interés por ella. No convenía que nadie sospechara que le prestaba más atención que a las demás.
Frankie señaló hacia él con la cabeza.
—Ahí está tu tutor. Tan apuesto como siempre.
Georgiana reprimió un bufido de fastidio ante el tono de suficiencia de su hermana.
—Desde luego que tiene buena planta —coincidió Will—. Con esos hombros anchos y esos silencios melancólicos. Todo un héroe gótico.
—No es melancólico —saltó Georgiana—. Es simplemente... reflexivo.
—Qué suerte —murmuró Will— que lo hayas observado tan de cerca como para notar la diferencia.
Georgiana notó que se ruborizaba.
—No lo he estudiado.
—Acabas de defender sus hombros —intervino Theodosia de repente, al parecer más interesada en humillar a Georgiana que en su libro.
—Yo no he hecho tal cosa.
Frankie ladeó la cabeza.
—Pues parecía que le hubieras hecho un examen exhaustivo.
Will abrió mucho los ojos.
—¿De verdad, George? Has estado muy calladita sobre el tema de tus lecciones.
Y es que sus lecciones no habían dado ningún fruto hasta el momento. Salvo por un casi beso. Tragó saliva. Un beso que estuvo a punto de ocurrir.
Georgiana estaba a punto de responder cuando un grito repentino y agudo rasgó el aire. Las cuatro se volvieron hacia el sonido y Georgiana oyó otro grito: esta vez, una petición de auxilio.
—Quedaos aquí —ordenó Georgiana, aunque ninguna obedeció mientras ella se abría paso hacia la orilla.
Alguien agitaba los brazos señalando al agua.
—¡Dios mío, se ha caído! ¿Es que nadie sabe nadar?
Un niño pequeño se debatía en el agua, agitando los brazos con desesperación.
Por un momento, nadie se movió. La cabeza del niño seguía hundiéndose bajo el agua mientras la multitud permanecía paralizada, y una mujer se desmayó. Georgiana lanzó su sombrilla a una de sus hermanas y se agachó para desatarse una bota con manos temblorosas.
—No lo hagas.
Alguien le puso una mano en el brazo y ella se detuvo, alzando la vista hacia Rafe, que ya se había quitado la chaqueta. Él se descalzó rápidamente y arrojó las botas a la orilla.
No tuvo oportunidad de decir nada antes de que él se zambullera en el agua.
Georgiana se abrazó el cuerpo mientras lo veía salir a la superficie.
El niño se hundió una vez, dos veces, y otra más, desapareciendo bajo el agua gris verdosa.
El río era lento pero profundo y ancho. Si se perdía bajo la superficie, quizá no volverían a verlo jamás.
Rafe se sumergió de nuevo cerca de donde había desaparecido el niño. La dama que se había desmayado volvió en sí y rompió a llorar. Era la madre del niño, comprendió Georgiana. Sus hermanas la rodearon para consolarla, pero Georgiana no podía apartar la mirada del agua.
«Vamos, Rafe», lo instó en silencio. Llevaba demasiado tiempo bajo el agua. La ropa debía de pesarle una barbaridad. Rafe era fuerte, pero ¿lo bastante como para nadar con las prendas empapadas? No estaba segura.
Georgiana se obligó a respirar.
Entonces Rafe emergió a la superficie, sujetando al niño contra el pecho, con la camisa blanca pegada al cuerpo mientras braceaba hacia la orilla. Cuando llegó a la zona poco profunda, izó al niño hasta la orilla y se desplomó a su lado, jadeando.
Georgiana se precipitó hacia ellos. Puso al niño de lado, le presionó la espalda con firmeza y el agua manó de su boca. El pequeño tosió y después emitió un gemido débil.
—Oh, gracias a Dios.
A su espalda, Rafe se incorporó y se interpuso entre ella y la multitud.
—Dadle espacio —dijo con voz ronca.
Alguien ofreció un abrigo y otro un chal. Georgiana arropó al niño tembloroso con ambas prendas mientras Rafe lo alzaba en brazos y lo llevaba, tiritando, hasta su madre.
—Oh, gracias, gracias —dijo la mujer, estrechando al niño contra su pecho.
—Tiene que llevarlo a casa y abrigarlo bien —ordenó Rafe.
—Deberíamos acompañarlos a casa —se ofreció Theo—. No parece en condiciones de hacer gran cosa —le murmuró a Georgiana.
Georgiana asintió.
—De acuerdo.
—Y tú deberías ocuparte de Rafe —dijo Frankie con una sonrisa—. Necesita algo caliente de beber y ropa seca.
Se le encendió el rostro al imaginarse a Rafe quitándose la camisa mojada. Dios mío, qué persona tan terrible era. Tanto Rafe como el niño podrían haberse ahogado en el Serpentine, y ahí estaba ella, imaginándoselo desnudo.
Sus ojos se encontraron con los de Rafe.
—Lo hiciste bien —le dijo él.
—Tú lo rescataste —replicó ella.
Rafe sacudió la cabeza; el agua aún le goteaba del pelo sobre el cuello de la camisa. —Habrías entrado.
—Sí.
—Y te habrías ahogado.
—Nado perfectamente.
Él la repasó con la mirada de arriba abajo. —No con esas faldas.
Abrió la boca para replicar —aunque probablemente él tuviera razón—, pero entonces él se tambaleó ligeramente. Nadie más lo habría notado. Ella sí.
—Te estás congelando —dijo ella.
—No estoy... —Se le tensó la mandíbula, delatando el escalofrío que intentaba reprimir—. No es nada.
—Claro que es algo. Estás empapado hasta los huesos. ¿Dónde está tu carruaje?
A sus espaldas, escoltaron a la madre junto con su hijo, flanqueada por las hermanas de Georgiana y varios curiosos solícitos. El pánico inicial se había disipado, dando paso a la admiración y el cuchicheo. La gente ya volvía a girar la cabeza hacia el espectáculo del paseo matutino.
Rafe miró hacia el sendero. —No tengo carruaje —dijo con los dientes apretados—. Iré andando a casa. Está bastante cerca.
—No harás tal cosa —dijo Georgiana con firmeza—. Vendrás conmigo.
—¿Contigo? —Enarcó las cejas.
—Sí. Tomaremos un coche de alquiler. Necesitas entrar en calor.
—Buena suerte encontrando uno que me acepte en este estado. —Le lanzó una mirada que casi parecía divertida—. De todos modos, he sobrevivido a cosas peores que una camisa mojada.
—¿Ah, sí?
Algo se asomó fugazmente a su expresión, y ella recordó demasiado tarde que él había estado en la guerra.
A veces deseaba que le hablara de aquello, pero ¿cómo se preguntaban esas cosas?
Hasta estas supuestas lecciones, solo habían coincidido en reuniones sociales, o ella lo había visitado tras la muerte de su hermano y su padre.
Difícilmente podía interrogar a un hombre de luto sobre su vida en el campo de batalla, ¿no?
Frankie reapareció a su lado. —La madre y el niño viven cerca. Vamos a llevarlos a casa enseguida; Theo insiste en llamar a un médico. —Miró a Rafe y probablemente vio la misma palidez que había notado Georgiana—. Puede que también necesites uno para él.
—Tengo nombre —espetó Rafe, aunque sin convicción.
Georgiana le tocó el brazo a su hermana. —Voy a meterlo en un carruaje. Nos vemos en casa.
Haciendo caso omiso de las advertencias de Rafe, Georgiana paró un coche de alquiler e informó al conductor de quién era exactamente el pasajero que iba a transportar y de las consecuencias si lo dejaba morir de frío en la acera.
El cochero resopló, se quitó el abrigo y se lo tendió.
—Que se siente encima de esto. Dentro hay una manta también, aunque a mi mujer no le hará ninguna gracia tener que lavarla.
Georgiana ignoró el comentario y cogió el abrigo. Rafe ya había abierto la puerta del carruaje —siempre tan caballero—, pero ella no pasó por alto cómo se le crispó la mano a un costado, como si el frío por fin estuviera haciendo mella de verdad.
Extendió el abrigo y se dejó ayudar a subir, prometiéndose que no le permitiría seguir haciéndose el caballero una vez estuvieran a salvo dentro. Necesitaba que lo atendieran, le gustase o no.
—Si vas a volver a decirme lo que tengo que hacer —dijo él con sequedad mientras cerraba la puerta—, preferiría una manta primero.
Ella parpadeó. Luego alargó la mano hacia la manta de viaje de repuesto.
Cuando le envolvió los hombros con la lana y se acercó a él, Rafe no la detuvo.
Georgiana se recostó hacia atrás, dejando que sus dedos se demoraran un instante más en el borde de la manta.
Le lanzó una mirada fugaz al perfil de él, y el calor que sentía en el pecho se expandió.
Le había pedido a un libertino que le enseñara todo lo que sabía, pero sospechaba que Rafe era mucho más que el pícaro que había sido en otro tiempo.
Y por frustrante que resultara, una parte de ella no quería que él fuera de otra manera.