Capítulo Once
C ada vez que Rafe visitaba el White's, se marchaba preguntándose por qué se había molestado.
De joven, debería haber encajado perfectamente, pero no tenía paciencia para quedarse sentado felicitándose por el mero hecho de ser hombre.
Después de la guerra, la cosa empeoró. ¿Cómo iba a quedarse allí bebiendo brandy a sorbos después de presenciar semejantes atrocidades?
Ahora, como par oficial del reino, el White's debería ser el lugar perfecto para él. Allí había hombres en una posición similar a la suya, que soportaban las mismas cargas, que seguían el mismo camino.
Pero seguía sintiéndose fuera de lugar.
Rafe se detuvo en el umbral un momento. Las voces se mantenían bajas, las sillas chirriaban, las copas tintineaban. La regla tácita era simple: podías decir casi cualquier cosa, siempre que no fuera con demasiada crudeza.
No había tenido intención de venir aquí.
Su intención había sido irse a casa, quitarse la ropa de etiqueta, olvidar el baile por completo. En cambio, se encontró quitándose la chaqueta en el vestíbulo del club, con una irritación que le bullía bajo la piel y le hacía sentirse inquieto, necesitado de acción.
El portero hizo una reverencia. Alguien lo llamó por su nombre. Un murmullo de reconocimiento lo siguió mientras cruzaba la sala; Rafe siempre atraía la atención ahora que era duque, lo quisiera o no. Aminoró el paso brevemente al ver a Thornbury.
Maldita sea, de entre todas las personas que podían estar aquí.
Rafe pidió un brandy que no quería y tomó asiento cerca de la pared del fondo, donde las mesas de cartas quedaban a la vista pero la conversación era algo menos estúpida. No iba a salir huyendo solo porque ese canalla estuviera allí. Al fin y al cabo, tenía todo el derecho a estar allí.
Se le formó un nudo en el estómago mientras se hundía más en la silla. Sabía lo que era y no tenía por costumbre engañarse a sí mismo.
Celos.
Unos celos profundos y ardientes que no tenía derecho a sentir.
Georgiana había bailado con tres hombres esa noche.
Los había contado sin querer.
El primero había sido inofensivo: sincero, aburrido, agradecido por su atención. El segundo había sido más inteligente, más apuesto, y se había inclinado demasiado al reír. El tercero...
Thornbury.
A Rafe se le tensó la mandíbula con el recuerdo.
Thornbury siempre le había dado repelús. Había observado a Georgiana como si fuera algo que adquirir. Rafe había visto el momento exacto en que Thornbury se dio cuenta de que no era meramente bonita, no meramente divertida, sino disponible .
Una silla chirrió cerca.
—Su Excelencia.
Rafe levantó la vista y vio al capitán Devine dejándose caer en la silla de enfrente sin invitación, con una sonrisa demasiado engreída para su gusto. Se conocían desde hacía varios años y habían estrechado lazos al servir en el mismo pelotón en Frances.
—Deberías haber venido antes —continuó Devine—. Te perdiste un animado debate sobre los méritos comparados de las cantantes de ópera y las cortesanas. Profesiones íntimamente relacionadas, al parecer.
Rafe gruñó.
—Ya me lo imagino.
—No esperaba verte aquí, la verdad. Pensaba que detestabas este lugar.
—Nunca he dicho eso.
—No hacía falta. Tu cara lo dice todo.
Devine siguió su mirada a través de la sala, hacia donde Thornbury estaba repantigado cerca de las mesas de juego, copa en mano, riendo demasiado alto.
—Ah —dijo en voz baja—. Eso lo explica.
Rafe apretó los dedos en torno a la copa.
—Explica qué.
—Tu expresión —los ojos de Devine brillaron—. Pareces un hombre que está pensando en cometer un asesinato.
—Entonces deberías hacértelo mirar —dijo Rafe con frialdad.
Devine se rio entre dientes.
—Vamos, hombre. Te vi observando a la Señora Berry toda la noche. Media sala también. Fue... —hizo una pausa, buscando la palabra— todo un espectáculo.
Rafe no respondió.
La risa de Thornbury resonó por toda la sala, tosca y desinhibida. Se inclinó hacia un grupo de hombres, bajando la voz lo justo para sugerir confidencia más que discreción.
Rafe captó un fragmento.
—...bastante fácil de encantar. Las viudas siempre lo son. Pura gratitud y nervios...
El resto se perdió en el ruido, pero fue suficiente. Rafe estaba de pie antes de haber decidido conscientemente levantarse. Las sillas se movieron. Las conversaciones se interrumpieron. Thornbury levantó la vista, un destello de sorpresa en el rostro que enseguida se tornó en diversión.
—Su Excelencia —dijo arrastrando las palabras—. ¿Desea unirse a nosotros?
Rafe se detuvo a un paso de distancia. Lo bastante cerca para que Thornbury no malinterpretara su intención.
—Hablarás de la Señora Berry con respeto —dijo Rafe, con una voz más serena de lo que él mismo se sentía.
Thornbury parpadeó y luego sonrió.
—¿Perdón?
—Me has oído.
Un silencio se extendió por la sala. Si no estaban todos pendientes en ese momento, Rafe se llevaría una sorpresa.
Thornbury resopló.
—No pretenderás insinuar que he dicho algo impropio. Ni siquiera sabes...
Rafe dio un paso más.
—Lo sé —dijo—. Y te disculparás o te haré lamentar tu falta de juicio.
Devine se levantó de golpe y se acercó a él.
—Rafe...
La sonrisa de Thornbury se esfumó.
—No puedes hablar en serio.
Rafe le sostuvo la mirada sin parpadear.
—Ponme a prueba.
Por un momento, nadie se movió. El aire estaba cargado de tensión, de expectación. Rafe notaba el pulso latiéndole con fuerza en las sienes. También era consciente, vagamente, de que estaba haciendo aquello en público, sin pensar en las consecuencias.
Pero la idea de que Georgiana oyera que hablaban de ella como si fuera una mercancía hacía que las consecuencias le importaran un bledo.
Thornbury miró a su alrededor. Se rio, demasiado deprisa.
—Disculpas, entonces —dijo, alzando la copa—, si alguien se ha ofendido.
Rafe inclinó la cabeza una fracción y dejó que la tensión abandonara su mandíbula.
—Procura no cometer el mismo error.
La sala exhaló.
Devine lo alcanzó cerca de la barra. —¿Eres consciente —murmuró— de que media Londres se habrá enterado de esto mañana por la mañana?
—Que se enteren —dijo Rafe.
Devine lo observó largamente. —No se defiende así a una mujer a menos que uno pretenda hacerla suya.
Rafe aceptó otra copa que tampoco deseaba y no respondió. La alta sociedad podía pensar lo que le viniera en gana. Dudaba que la reputación de Georgiana se viera perjudicada por el interés de un duque. Al contrario, la haría más codiciada a ojos de muchos hombres.
El problema era que la alta sociedad ignoraba que, por muy valioso que fuera el interés de un duque, Georgiana no lo quería. Ella había dejado claro que jamás volvería a casarse y que él, el duque de Ashford, quedaba relegado al mero papel de tutor.
De algún modo, tendría que aceptarlo. De algún modo, tendría que enterrar los celos enrevesados que ella había despertado en él.
Rafe dio un sorbo pausado a la copa; el ardor le ofreció un pequeño consuelo frente al dolor de lo que no se había dicho.
La mirada de Devine se posó en él con una ceja enarcada, pero Rafe ignoró a su amigo.
Que la alta sociedad cotilleara. Que tejieran sus historias.
Nada de eso cambiaría el hecho de que el corazón de Georgiana era solo de ella, y él aceptaría estar a su lado en los términos que ella dispusiera.