Capítulo Diez
E l carruaje se detuvo frente a la casa de los Darling.
El cielo había comenzado a palidecer de negro a azul, y el silencio gris del amanecer se extendía sobre Londres.
Georgiana sofocó un bostezo, con el cuerpo entumecido tras horas de pie y de baile, mientras un coro de pájaros les daba la bienvenida con sus trinos desde algún lugar de la plaza.
Sus hermanas y su padre bajaron del carruaje igual de agotados. La Temporada apenas había comenzado y la familia Darling parecía volver de una campaña militar y no de una noche entre la alta sociedad. La velada había sido larga. Ruidosa. Agotadora.
Y, sospechaba, en buena parte desperdiciada.
Había bailado. Había sonreído. Se había reído de bromas que no recordaría por la mañana. Se había dejado admirar, de forma consciente y deliberada. Había coqueteado con cautela, midiendo cada inclinación de cabeza y cada mirada por encima del abanico.
Había hecho exactamente lo que se había propuesto.
Y sin embargo.
Suponía que debía agradecerle a Rafe aquella persistente irritación que se negaba a abandonarla. Aceptar que él la instruyera había sido un error. Había pasado la mitad de la noche casi esperando verlo al otro lado del salón de baile.
Y la otra mitad, buscándolo.
Maldito hombre.
—¿Subes, George? —llamó Will, ya a mitad de las escaleras, con el cabello escapándosele del cuidadoso recogido.
Georgiana lo consideró, pero entonces su estómago rugió en señal de protesta y le recordó lo escaso que había sido el refrigerio.
—Todavía no —dijo—. Necesito algo sustancioso.
Will rio y se dio la vuelta.
—Entonces te acompaño. Me niego a acostarme con hambre después de bailar con tres hombres que no pararon de pisarme.
Se dirigieron a la cocina, donde aún ardía un fuego bajo en el fogón.
La cocinera había dejado todo limpio y ordenado, y Georgiana deseó que la eficiente mujer que su padre había contratado para la Temporada hubiera dejado al menos algo en la estufa.
Will rebuscó en la panera mientras Georgiana sacaba la mantequilla y la miel.
Se sentaron a la larga mesa de madera. Georgiana observó a su hermana atacar una rebanada de pan.
—Conocí a alguien —dijo Will con la boca llena—. En la conferencia de ayer.
Georgiana se detuvo con el pan a medio camino de la boca.
—Ah, ¿sí?
—No es de aquí —Will se lamió una miga del labio—. Thomas Fairfax. Tendrías que haberlo oído hablar de arte. Asombroso.
Georgiana emitió un murmullo pensativo. A ella también se lo habían presentado, y no había pasado por alto la ceja enarcada de la señora Smethurst ni su advertencia murmurada sobre las finanzas del caballero.
Entendía el atractivo. El hombre era apuesto y encantador, y claramente bastante talentoso.
Pero Georgiana tenía poco interés en un hombre que no tenía nada que ofrecer salvo algo de carisma y buena apariencia.
—Su manera de hablar. Qué entonación tan deliciosa. Y sus ojos —Will suspiró—, tan azules y... y cautivadores.
Georgiana arqueó una ceja.
—¿Todo eso en una sola conferencia?
Will se llevó las manos a las mejillas.
—Me comprende, Georgie. Me comprende de verdad.
Soltó una risita.
—Parezco absurda.
—Suenas... eh... inspirada —dijo Georgiana con dulzura, y le tomó la mano manchada de tinta—. ¿Te dijo por qué está en Londres?
Will titubeó.
—Viaja. París. Viena. Venecia.
Le brillaron los ojos.
—Parece sacado de una novela. Ojalá yo también pudiera viajar así.
Georgiana escuchó y dejó que su hermana se desahogara, asintiendo en los momentos oportunos. Siempre era así con Will: nuevas pasiones, nuevas convicciones, un corazón que se lanzaba sin mirar.
Cuando Will por fin calló, Georgiana le apretó la mano.
—Solo ten cuidado. No parece de los que se quedan en un solo lugar.
—No quiero estar a salvo —dijo Will en voz baja—. Quiero sentirme viva.
El reloj dio la hora suavemente en el vestíbulo.
Georgiana miró por encima del hombro hacia el sonido.
Había pasado muchas noches siendo el oído atento de sus hermanas para todas sus penas.
Incluso la más pequeña, Freddy, a veces se metía en su cama cuando se quedaba en casa de su padre y parloteaba hasta altas horas.
No le importaba la mayor parte del tiempo, pero había anhelado tanto tener una vida propia cuando se casara, una que pudiera dedicarse enteramente a sí misma.
El problema era que, incluso con casa propia, estaba atrapada. Si su padre la necesitaba, tenía que acudir. No podía permitirse ser tan libre como deseaba, y por mucho que adorase a su familia, por una vez, solo por una vez, quería ser egoísta.
—¿Nunca te has sentido así, George? —preguntó Will de repente—. ¿Como si tu mundo entero pudiera cambiar con una sola mirada?
Georgiana tragó saliva. La manera en que Rafe la había mirado mientras avanzaba hacia ella aquella noche le vino a la mente como un fogonazo.
—No lo creo —mintió, y se irguió en la silla—. Además, sería una tontería cambiar todo mi mundo por una sola mirada.
—¿Crees que soy tonta?
—No, no, no quise decir eso.
Georgiana contuvo un suspiro.
—Pero te pido que tengas cuidado. No conoces a este hombre y tienes cierta tendencia...
—Una tendencia a la tontería, lo sé —espetó Will—. Sé que todos me consideráis tonta e insensata por seguir esperando el romance, pero sé que vale la pena buscarlo. Me niego a ser como las generaciones que nos precedieron, que se casaban simplemente porque debían.
Pasó el dedo por un arañazo de la mesa.
—Me niego a ser como tú —dijo en voz baja.
Las palabras golpearon con fuerza. Georgiana las sintió clavarse en algún lugar bajo las costillas, agudas e innegables. No era una acusación que pudiera rebatir, no con honestidad. Se había casado por deber. Por estabilidad. Por el futuro sensato que todos elogiaban y nadie envidiaba.
—No es que esté buscando marido ahora mismo —protestó.
—No, estás buscando seguridad. Otra vez.
—Eso no es justo —protestó Georgiana.
—¿No lo es? —La voz de Will se suavizó—. Estás eligiendo con cuidado a un hombre que pueda desempeñar cierto papel mientras mantienes el corazón a buen recaudo.
Abrió la boca y volvió a cerrarla. Antes de que pudiera encontrar qué decir, Frankie apareció en el umbral, con la bata torcida y un libro bajo el brazo. —¿Esto es un debate filosófico o una disputa doméstica? —preguntó con calma—. Porque es demasiado temprano para ambas.
—No es nada —dijo Georgiana de inmediato, agradecida por la interrupción. Se levantó y se acercó a Frankie, apoyando una mano en su brazo como para sostenerse—. Me voy a la cama.
Will no la miró. Mantuvo la mirada fija en la mesa, el dedo aún trazando el mismo arañazo superficial, como si fuera a encontrar respuestas de tanto seguirlo.
Georgiana vaciló —solo un momento— y se alejó.
Mientras subía las escaleras, con la casa desperezándose en la mañana a su alrededor, no pudo evitar pensar que Will tenía razón en una cosa, al menos.
Ella estaba eligiendo la seguridad.
Pero esta seguridad era diferente. Significaba libertad.
Para ella y para sus hermanas. Un arreglo cuidadoso que las protegía a todas.
Eso era lo que deseaba. La felicidad, concluyó Georgiana mientras subía, no siempre llegaba vestida de romance.
A veces venía como independencia. Como la tranquila satisfacción de saber que había hecho lo sensato.
Llegó a su puerta y apoyó la mano contra ella.
Era el camino correcto para ella, lo sabía. Esto la haría libre.