Georgiana (La temporada del escándalo 1) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

R afe permanecía en el centro de su biblioteca, con las manos entrelazadas a la espalda, intentando aparentar compostura ducal mientras todos sus nervios estaban en tensión.

La luz del sol de la tarde se colaba por los huecos de las pesadas cortinas, invadiendo en silencio la quietud de la estancia. El tenue olor a puros añejos y cuero gastado flotaba en el aire y le traía recuerdos de su padre.

Negó con la cabeza. Elegir reunirse con Georgiana allí había sido un acto deliberado. La habitación no invitaba precisamente a la seducción. Era un lugar sensato. Un lugar donde pensaba en la familia. Un lugar donde podría mantener el control.

Rafe dejó escapar un largo suspiro.

Ojalá pudiera mantener las apariencias. Esperar su llegada lo estaba volviendo loco.

Volvió a pasear. Sentarse había resultado intolerable. Había intentado leer un libro, pero las palabras se negaban a quedarse quietas, se difuminaban como si conspiraran contra él. Había intentado ensayar algo que decir, pero se había quedado en blanco.

Ella había acudido al hombre equivocado para esto.

Lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que le presentó su descabellada idea.

Sí, había seducido a mujeres antes. Demonios, disfrutaba enormemente de su compañía.

Las mujeres le ofrecían algo que los hombres no podían darle, y después de su tiempo en la guerra, elegiría cenar con una mujer antes que pasar una noche en el White's sin pensárselo dos veces.

Pero sus recientes problemas de sueño no le permitían llevarlas a la cama últimamente.

Su juvenil manera de acostarse con mujeres había quedado muy atrás.

Pero nada de eso importaba. Lo único que importaba era que la estaba salvando de la ruina.

La estaba salvando de hombres que no dudarían en tomar lo que ella ofrecía sin dar nada a cambio.

Quizás después de unas cuantas «lecciones» cuidadosamente dosificadas, ella vería lo absurdo de su plan y lo abandonaría por completo.

La idea de que ella fuera la amante de otro hizo que algo punzante se le retorciera en el pecho.

Se debía a su historia con las chicas Darling.

Tenía que ser eso. Había disfrutado del tiempo con su familia en su juventud, antes de que la guerra despojara al mundo de su dulzura.

Cuando su posición en la sociedad importaba mucho menos.

Y ellas habían correspondido a su amistad con la suya propia, llevándole comida y consejo cuando la mitad de su familia desapareció de la noche a la mañana.

Les debía mucho.

A mitad del mismo circuito inútil por la habitación, la puerta se abrió con un chasquido.

Rafe se detuvo en seco, con los talones juntos, como si lo hubieran pillado en alguna travesura juvenil.

Georgiana entró.

Llevaba un vestido azul pálido. Bastante inocente, de no ser por cómo se ceñía a su cuerpo y realzaba una figura en la que él nunca había dedicado tanto tiempo a pensar. El cuello del vestido estaba abotonado hasta arriba, su postura era serena.

Pero la inquietud hacía titubear su sonrisa.

—Su Excelencia —dijo ella.

No le sostuvo la mirada. Buena señal. Quizás había cambiado de opinión.

—Señora Berry.

Ella misma cerró la puerta, con los dedos demorándose en el pestillo una fracción más de lo necesario.

—¿El señor Burton será discreto?

—Completamente. Y seremos todo lo discretos que podamos esta temporada. No querríamos que la alta sociedad notara nada inapropiado.

Ella asintió.

Se quedaron de pie, sin que ninguno hiciera ademán de sentarse, hasta que Rafe cayó en la cuenta, algo tarde, de que él era el anfitrión e indicó con un gesto la silla más cercana a la chimenea. Ella cruzó la alfombra con pasos cautelosos y se sentó.

Solo entonces reparó en el leve temblor de sus manos al entrelazar los dedos en el regazo. Se permitió una sonrisa irónica. No era el mejor comienzo para unas lecciones de seducción.

Se sentó frente a ella, dudando un instante sobre qué postura adoptar. Optó por una formalidad cómoda: erguido, con las piernas ligeramente separadas.

No, resultaba extraño. Se reclinó un poco.

Seguía siendo extraño.

Permanecieron en silencio un rato, hasta que Rafe carraspeó.

—Antes de que, eh, vayamos más lejos, me gustaría saber con precisión qué crees que me estás pidiendo.

Los labios de ella se curvaron levemente.

—¿Desea establecer condiciones, Su Excelencia? ¿Debo firmar algo? ¿Pagarle por horas?

Sonrió a su pesar.

—No. Solo quiero asegurarme de que comprendes lo que estoy dispuesto a dar y lo que no.

Ella ladeó la cabeza.

—¿Y eso es...?

—Puedo aconsejarte —dijo con cautela—. Pero no permitiré que te pongas en peligro.

—No busco un escarceo amoroso, como bien sabes. Pienso ser cautelosa en mi elección. Necesito algo seguro. Alguien en quien pueda confiar.

Santo Dios, qué sombrío sonaba aquello. Georgiana merecía algo mejor.

—Entonces lo que quieres es casarte.

Ella negó enérgicamente con la cabeza.

—No. Jamás.

—Estoy seguro de que podrías encontrar un buen partido sin dificultad.

—Tengo poca fortuna y apenas dote. Pero eso da igual —Georgiana lo miró con audacia—. El matrimonio es una trampa y no tengo intención de caer en ella.

Se contuvo para no pellizcarse el puente de la nariz.

No discutió. Muchos hombres pensaban lo mismo; sin embargo, era la elección obvia para una mujer que buscaba protección.

No podía evitar preguntarse por qué ella estaba tan rotundamente en contra.

Rafe solo podía suponer que su difunto esposo no había mejorado su opinión sobre la institución.

Ella se desabotonó los guantes con parsimonia y los dejó en la mesita junto a su bolso.

—Deseo hablar de sexo —dijo—. En concreto, de qué quieren los hombres.

A él se le escapó una tos ahogada.

—¿Sexo?

—Los dos somos adultos.

Rafe se acomodó en la silla tras el escritorio. Cogió un pisapapeles, lo hizo girar en la mano y lo dejó de nuevo con un golpe seco.

—Los hombres —comenzó— no son tan complicados como crees.

—No creo que sean complicados en absoluto —dijo ella—. Solo quiero hechos. Detalles. Si voy a conseguir un benefactor, como tú dices, al menos debería saber qué se espera de mí.

La observó durante un largo momento. Santo Dios, ¿en qué se había metido?

—¿Y esperas que yo... te lo explique?

Ella asintió.

Se removió en el asiento y se pasó una mano por la boca.

—Algunos dirían que no tiene mucho misterio. Deseo, mecánica, alivio. Otros... —le sostuvo la mirada—. Otros quieren más.

Ella lo observó sin pestañear. —¿Cuál eres tú?

Apartó la mirada, clavándola en un rayo de sol, y se preguntó cómo demonios había acabado allí, respondiendo a semejantes preguntas. —Depende de la compañía.

—Supongo que tienes bastante experiencia.

Rafe sonrió con suficiencia. —Eso dicen.

Se acercó a la repisa de la chimenea y pasó un dedo por el ornamentado reloj. —Explícamelo entonces. ¿Qué quieren los demás?

A ti , estuvo a punto de decir. ¿Cómo podría cualquier hombre no desearla?

Rafe hizo rodar el pisapapeles bajo la palma, de un lado a otro, e inhaló profundamente. No tenía ni idea de cómo responder a sus preguntas. No creía haber pensado nunca tan a fondo sobre el sexo.

Al menos, no hasta que la tocó.

—Supongo que, para la mayoría de los hombres, no siempre se trata del acto en sí. Se trata de sentirse deseado. De la ilusión de que la mujer no puede resistirse.

Ella lo meditó un momento. —Así que todo es una actuación.

Se encogió de hombros. —No siempre.

—¿Fue una actuación entonces? ¿La otra noche? —preguntó, incapaz de contenerse.

Le sostuvo la mirada. —No.

La oyó exhalar.

—Crees que necesitas aprender a fingir deseo. No es así. Con la persona adecuada, resultará natural. —Se pasó una mano por la cara—. Dios mío, parezco una madre que intenta aleccionar a su hija.

Ella tensó los hombros. —Olvidas que no tuve madre que me contara esas cosas. Murió cuando nació Freddy.

Maldita sea, qué imbécil.

—Sí. Cierto. Lo siento.

—Pero aun así, no son muchas las madres que les cuentan a sus hijas qué esperar. Tenemos que hablarlo entre nosotras y confiar en que todo salga bien.

—Cierto —repitió él.

—Necesito saber... —Se mordió el labio inferior y entrelazó las manos—. Necesito saber lo práctico. Dónde poner las manos. Qué hacer. Cómo evitar pasar vergüenza.

Apretó la mandíbula. —¿Tienes miedo?

—No del acto. De fracasar.

Dejó el pisapapeles. —Una mujer como tú no puede fracasar. Si el hombre tiene un mínimo de decencia, te guiará.

Georgiana torció la boca. —Esa no ha sido mi experiencia.

La miró fijamente mientras el corazón le daba un vuelco violento. —Quieres decir...

Asintió brevemente. —Mi esposo. No fue... agradable.

Menos mal que ya no tenía el pisapapeles en la mano, porque lo habría aplastado. —¿Te hizo daño?

—Fue... eficiente.

—Eficiente —murmuró Rafe—. Eso es un pecado.

Casi sonrió. —¿Un pecado, Su Excelencia?

—Merecías algo mejor.

—Nunca se me ocurrió que pudiera querer algo para mí. Una esposa no debe sentir placer. Debe asegurarse de que su esposo lo sienta. —Bajó la mirada—. Según James, fracasé en eso.

Rafe negó con la cabeza. —El placer de una mujer es el mayor regalo que puede recibir un hombre, y si fracasaste, fue culpa suya, maldita sea.

—Ya da igual —dijo con un gesto de la mano.

—A mí sí me importa. —Se levantó y se acercó, obligando a Georgiana a mirarlo a los ojos—. Merecías algo mejor —repitió en voz baja.

Georgiana lo observó unos instantes. —Quizás.

—¿No es por eso por lo que haces esto? ¿Porque sabes que mereces algo mejor?

—Sí. —Asintió con determinación—. Sí, tienes razón.

—Entonces replantéate tu plan, Georgiana. No te dará lo que necesitas.

—No empieces con eso otra vez —espetó—. Creí que habías aceptado ayudarme.

—Lo hice. —Temiendo asustarla y empujarla a los brazos de otro, Rafe retrocedió un poco—. Lo haré.

—Entonces —dijo con la voz algo tensa— necesito más de esta lección.

No estaba seguro de cuánto más podía ofrecer. —¿Como qué?

Alzó la barbilla. —Un beso.

La palabra quedó suspendida entre ellos como un desafío.

—Un beso —repitió.

—Tienes mucha más experiencia que yo. Seguro que entiendes su importancia.

—Creo —dijo con cautela— que los besos no son tan... inocentes como imaginas.

—Entonces, ¿cómo aprende una algo sin practicar?

Dio un paso hacia él, justo lo suficiente para que el espacio entre ambos desapareciera. Ahora podía sentir su calor, el roce de la manga contra su muñeca.

Soltó una risa breve, entrecortada. —Que Dios me ayude. Lo dices en serio.

—De verdad quiero aprender.

Extendió la mano antes de poder contenerse y le rozó la mano desnuda con los dedos, tanteando, vacilante. El pulso de Georgiana se aceleró bajo su pulgar. Le miró los labios, la curva de la mejilla y cómo lo observaba ella, toda inocencia y confianza.

Dios, qué equivocada estaba al confiar en él. ¿Acaso no se había dado cuenta después de la otra noche? Por alguna razón, él perdía todo el control en lo que a ella se refería.

—Continuaremos —dijo al fin, con la garganta seca—. Pero no hoy.

Ella arqueó las cejas.

—¿Por qué no?

—Necesito tiempo —respondió con premura.

—¿Tiempo?

—Para preparar tus lecciones —mintió—. Ahora que sé que, eh, no tienes experiencia. —Se ajustó el corbatín—. Debería planificarlo todo como corresponde.

Ella entrecerró los ojos, pero quizás intuyó que no lograría arrancarle un beso por mucho que insistiera.

—Bien, pero no tengo tiempo que perder.

—El próximo lunes. A primera hora de la mañana. Nos vemos entonces.

—Muy bien.

Una vez que ella se marchó, Rafe se quedó donde estaba, con la mirada fija en el lugar donde había estado ella, mientras su calidez aún le perduraba en la piel.

Se permitió relajarse. No tenía ni idea de cómo demonios había logrado mantener las distancias cuando Georgiana Berry le exigía besos.

Si dieran premios al autocontrol, él sería el maldito campeón reinante, al menos por hoy.