Capítulo Ocho
G eorgiana había dormido muy poco, aunque cuando vio a Rafe sospechó que él no había dormido en absoluto.
La distinción importaba. El suyo había sido un duermevela inquieto, interrumpido a partes iguales por la irritación y el recuerdo. El de él —a juzgar por su estado— había sido algo más cercano a un castigo.
Supo que la estaban siguiendo mucho antes de permitirse reconocerlo.
No era solo el sonido de los cascos —Hyde Park nunca estaba en silencio a esa hora—, sino la familiar tensión entre los hombros, esa conciencia que nada tenía que ver con la razón y todo con el recuerdo.
Fijó la mirada al frente, la sombrilla apoyada bajo el brazo, la postura lo bastante rígida como para sugerir determinación en lugar de huida.
No miró atrás.
No necesitaba hacerlo.
Rafe De Montford siempre había poseído un talento exasperante para la presencia.
Llenaba los espacios sin esfuerzo. La noche anterior solo había agudizado ese conocimiento.
La pared contra la espalda. La mano de él —demasiado firme, demasiado segura— en la garganta.
La vergüenza de ser abandonada. La vergüenza mucho peor de desear más.
Alargó el paso. Dos pasos completos por delante de sus hermanas. No lo bastante para abandonarlas. Lo bastante para dejar claro su mensaje.
—¡Su Excelencia!
La voz de Wilhelmina resonó, brillante y encantada, y Georgiana estuvo a punto de echarse a reír.
Por supuesto que Will lo saludaría como si fuera un viejo amigo y no la causa de su noche en vela, del dolor en los miembros y del corazón furiosamente desbocado.
Aminoró el paso a regañadientes porque negarse solo provocaría una escena, y lo último que necesitaba esta temporada era llamar la atención de forma indeseada.
Para cuando se volvió, él ya se había apeado.
Tenía un aspecto —se permitió esta pequeña y cruel satisfacción— completamente desastroso. Una barba oscura le ensombrecía la mandíbula, el abrigo le colgaba como si se lo hubiera echado encima sin mirarse, y las ojeras bajo los ojos no había apostura que pudiera disimular.
Bien, pensó. Que sufra.
Sus hermanas lo rodearon de inmediato. Will sonrió como si él fuera el mismísimo sol. Frankie lo evaluó con fría precisión. Theo apareció de pronto a su lado aferrando algo fangoso y fibroso que Georgiana esperaba sinceramente que no estuviera vivo.
Las dejó parlotear. Centró la atención en el sendero, en mantener la respiración acompasada.
—George —la llamó Frances—, estás caminando demasiado rápido.
Georgiana exhaló por la nariz y les permitió alcanzarla.
Rafe se puso a su lado. Demasiado cerca. Siempre demasiado cerca. Ella no lo miró.
—Si me lo permite —dijo él en voz baja—, unas palabras. A solas.
Casi se rio del descaro. La última vez que habían estado a solas, él había hecho lo impensable.
Qué fastidio que deseara que lo hiciera de nuevo.
Antes de que pudiera objetar, Will ya le había dado un golpecito en el brazo y le había guiñado un ojo.
—Venga, George, ve. No nos alejaremos mucho.
Frankie asintió.
—Le doy media hora antes de que Theo se aburra y os interrumpa.
—Convocaré a los agentes de Bow Street —añadió Theo con solemnidad— si no regresas.
Traidoras. Todas ellas.
Caminaron en silencio. Sintió la mirada de él sobre ella y se obligó a respirar con calma.
—Anoche…
—…es mejor dejarlo ahí —dijo ella, deteniéndose en seco y volviéndose para mirarlo—. Tu opinión quedó perfectamente clara. No hace falta repetirla, Su Excelencia.
Él dio un respingo. Ella sintió una pequeña y mezquina satisfacción.
—No me llames «Su Excelencia» —dijo él.
—¿Cómo quieres que te llame? —preguntó ella—. Eres duque. El mundo lo exige.
—Que el mundo se vaya al infierno.
La brusquedad de su tono la sobresaltó a pesar de sí misma. Le escrutó el rostro en busca de arrogancia, prepotencia, cualquier cosa que justificara su ira.
En cambio, encontró arrepentimiento. Sin adornos. Sincero.
—Me comporté de forma abominable —dijo él—. En mis palabras. En mi conducta. Al creer que tenía algún derecho.
Se le cerró la garganta de la forma más inoportuna.
—Pensaste que era una tonta —dijo ella.
—Nunca —dijo él de inmediato—. Pensé que eras audaz. Temeraria. Y… —Se interrumpió y se pasó una mano por el pelo—. No soporto la idea de que te pongas en manos de otro hombre. Ni siquiera para… instrucción.
Ahí estaba. La verdad. Una verdad posesiva que debería haberla irritado. ¿Acaso no había puesto en marcha todo su plan para recuperar el control? Y sin embargo, ahí estaba ella, deleitándose con sus palabras exigentes. Quizá sí era una tonta.
Soltó una risa breve.
—¿Y a ti qué te importa?
—No reclamo autoridad —dijo él—. Solo sentimientos.
Ella pasó de largo y siguió caminando. Él la siguió.
—Lo haré —dijo ella con voz neutra—. Con o sin tu bendición. Puedes juzgarme. Puedes sermonearme. Pero no me detendrás.
Él se adelantó y le bloqueó el paso.
—Londres está lleno de hombres que se aprovecharían de ti.
Georgiana puso los ojos en blanco. ¿Acaso no había oído ya ese discurso, cuando él la había dejado sonrojada y avergonzada?
—¿Y tú eres tan distinto? —le espetó ella—. Anoche…
—Lo sé —dijo él con voz ronca—. Que Dios me ayude, lo sé.
Extendió la mano hacia la de ella, vaciló y luego solo le rozó los dedos. A pesar de los guantes, el contacto le provocó una descarga.
—Entonces deja que sea yo —dijo él—. Si alguien ha de enseñarte, que sea yo.
Semejante audacia le robó el aliento. Le escrutó el rostro en busca de cálculo o triunfo y no encontró ninguno. En cambio, encontró algo peligrosamente cercano a la sinceridad.
—¿Y tus condiciones? —preguntó ella.
—No acudas a otro —dijo—. Confía en mí.
¿Confiar? Después de lo de anoche, ¿podía realmente confiar en él?
Suspiró para sus adentros. Apenas comenzaba la temporada, pero era corta y ella seguía sin experiencia.
Lo que Rafe había despertado en su cuerpo la noche anterior no se le iba de la cabeza, y le había hecho comprender lo profunda que era su inexperiencia.
Necesitaba un tutor y, a pesar de todo, no había nadie en quien confiara más que en Rafe.
Tras un largo momento, asintió.
—Muy bien. Pero no volverás a jugar conmigo.
Los labios de Rafe se curvaron.
—No lo sobreviviría.
∞∞∞
Para cuando regresaron del paseo y se sentaron todos a desayunar, eran casi las once.
Las hermanas de Georgiana ya estaban inmersas en su caos habitual: Will leyendo en voz alta del Morning Post, Frances corrigiéndola, Theo absorta en un frasco de algo verde y de origen dudoso; pero Georgiana apenas podía prestar atención.
—Y aquí dice que lady Chadwick perdió cien libras a los dados en una sola noche. ¿Cómo es que aún no está en la prisión de deudores?
Los ojos azules de Will brillaban con el deleite de quien saboreaba los desastres ajenos casi tanto como sus propios sueños románticos.
Frankie, a su lado, no levantó la vista de sus huevos.
—Porque sus acreedores son más listos que tú, Wills. Saben que mañana por la noche se lo ganará a algún pobre incauto.
Clavó el tenedor en el plato con tal fuerza que Georgiana temió por la delicada vajilla.
—Si vas a recitar las noticias, al menos incluye la parte política.
Will le sacó la lengua.
—Como si tú leyeras algo que no fueran cartas al director, Frankie. Deberías escribir la tuya, con la cantidad de quejas que envías sobre el servicio de correos.
—¿Eso es... —Frankie entrecerró los ojos— agua de estanque, Theo?
—No es de estanque. Es del Serpentine —dijo Theo sin levantar la vista—. Estoy probando si puedo mantener viva esta lenteja de agua una semana para observar su reproducción.
Frankie parpadeó.
—Fascinante.
Will sonrió y le lanzó una servilleta.
—Algún día hará fortuna dando conferencias sobre lentejas de agua.
—George, estás notablemente... ¿cuál es la palabra?
Will hizo una pausa y chasqueó los dedos.
—Colorada. ¿A que sí?
—Yo diría roja —añadió Frankie—. Muy roja.
Georgiana dio un sorbo a su té y esbozó una leve sonrisa.
—Pues muchas gracias.
No les había contado nada de Rafe: ni su disculpa, ni el acuerdo al que habían llegado, ni cómo la había tocado la noche anterior.
Frankie se inclinó hacia delante.
—Vamos, cuéntanos qué te dijo Rafe en el parque. Llevas callada desde entonces.
Georgiana tragó saliva y miró su comida intacta.
—Él... bueno... ha aceptado ser mi tutor.
Theo arrugó la nariz.
—¿Cómo se enseña siquiera la seducción? ¿Como la esgrima o la química?
A Georgiana casi se le fue el aire.
—De forma práctica, supongo —dijo Frankie—. Con demostraciones. Más te vale tomar notas.
Will negó con la cabeza.
—No me puedo creer que vayas a hacer esto, George.
Georgiana dio otro sorbo a su té. Ella tampoco podía creerlo del todo. Una cosa era pensarlo como un plan sólido, y otra muy distinta dar los pasos para que se hiciera realidad.
Theo la miró.
—¿Es seguro? ¿Y si el duque quiere... algo innombrable?
Georgiana dejó la taza.
—Él hizo su oferta. La aceptaré, pero en mis términos.
Will negó con la cabeza.
—Siempre fuiste la más sensata de todas, George. Supongo que sabrás lo que haces.
Frankie la miró fijamente, con los labios apretados en un gesto sombrío.
—Solo prométenos que andarás con cuidado.
Georgiana sonrió levemente.
—Esa es mi intención.
Hizo un gesto hacia la mesa.
—Ahora comed antes de que se enfríe.
La orden de la hermana mayor surtió el efecto esperado.
Tras años de recibir órdenes de Georgiana, todas volvieron a comer, leer y contemplar agua de estanque, mientras Georgiana se obligaba a beber el té e ignorar el latido constante en su interior, ese que no la dejaba olvidar que estaba a punto de embarcarse en lo más audaz que había hecho en su vida.
Y o la salvaría a ella y a sus hermanas, o la conduciría a su perdición.